Decreto
Año Jubilar Guadalupano |
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Al presbiterio y fieles de la Arquidiócesis de México.
Hoy, 12 de diciembre de 2005, estamos celebrando el
474 aniversario de nuestro glorioso Acontecimiento Guadalupano que,
como todos sabemos, podemos considerar como el momento mismo en que
Dios dio nacimiento a nuestra Iglesia mexicana y a nuestra propia patria
mestiza, al haber posibilitado la unión y fusión de nuestros
padres indios y españoles, al hermanarlos en el maternal amor
de su Madre santísima. Además, vemos ya otear en el horizonte
el año 2031, el quinto centenario, es decir el medio milenio
de ese hecho maravilloso que vino a completar y consolidar el inicio
de la evangelización en América, que celebramos hace 13
años, en 1992.
Este aniversario, y ese otro que ya debemos prever,
tiene, además, para nosotros el redoblado valor de estar hoy
conscientes que el Señor mismo, a través de su Vicario
en la tierra, nuestro amado y recordado pontífice Juan Pablo
II, nos otorgó la seguridad de tener catalogado entre los santos
a su protagonista San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y de haber extendido
esta fiesta a todo nuestro continente, renovando el nombramiento de
María Santísima de Guadalupe como Patrona de América.
Si queremos obedecer el mandato del Señor de
estar atentos a los “signos de los tiempos” (Mt 16, 4),
podemos constatar que, en este tiempo nuestro, los sorprendentes avances
de la ciencia han prácticamente eliminado las barreras de las
distancias, haciendo de la humanidad una sola y conflictiva familia,
instalada en una misma y estrecha casa, con consecuencias tanto de ventajas
como de conflicto: disponemos hoy de asombrosas posibilidades de unión,
colaboración y enriquecimiento mutuos, pero también enfrentamos
terribles incomprensiones, odios y hostilidades, que ponen en real peligro
nuestra misma existencia como especie.
Para quienes tenemos el don de la fe, estos inequívocos
“signos de nuestro tiempo” constituyen una elocuente convocatoria
a potenciar el mandato evangélico de amar a Dios y al prójimo,
y en particular a nosotros, los mexicanos, que hemos sido favorecidos
con ese privilegio insigne del Acontecimiento Guadalupano, deben urgirnos
a asumir la gloriosa y onerosa obligación de reconocernos albaceas
de un legado divino que puede y debe extender, a nivel mundial, esa
misma gracia de unidad que nos dio el ser como una nación mestiza,
y que nos permite entrever la posibilidad de que, si sabemos corresponderle
con nuestra vida y nuestro ejemplo, no sólo podremos sobrevivir
a los abusos que ahora estamos cometiendo contra nuestros hermanos y
aún contra con nuestro planeta, sino la de que no nada más
los cristianos, sino todos los seres humanos, podamos llegar a aceptarnos
como un “solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16)
Así pues, un Servidor, consciente de la responsabilidad
personal de ser el trigésimo cuarto Sucesor de quien recibió
la tarea de ser el custodio de ese legado, a partir de esta fecha y
hasta el 12 de diciembre del 2006, deseo declarar y lo DECLARO AÑO
JUBILAR GUADALUPANO.
El Señor nos ha concedido un ardiente amor a
su Madre Santísima, del que es patente prueba el que hoy en toda
nuestra patria – y ahora también en todo nuestro continente
– se este celebrando con tanto fervor esta fiesta, pero es necesario
que este fervor nuestro se transparente mucho más en nuestra
conversión y mejoría de vida, a fin de que, con el ejemplo,
podamos predicar al mundo entero la maravillosa novedad de que la “Madre
del Dios por quien se vive, se honra en ser Madre de todos los que en
esta tierra estamos en uno y de las demás variadas estirpes de
hombres” (Nican Mopohua 30-31).
Exhorto, pues, a todos a unirnos en esta amorosa tarea,
seguros de que nada más grato podemos ofrecer a nuestra Madre
Santísima, y a Quien nos la otorgó como Madre, que esforzándonos
por cumplir, en nuestra época y en nuestras circunstancias, su
perenne “mandato nuevo” de “amarnos como Él
nos amó” (Jn 13,34)
Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México