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Mensaje de Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.

Queridos hermanos y hermanas, los saludo afectuosamente desde la Casita Sagrada de nuestra piadosa y compasiva Madrecita, Santa María de Guadalupe, quien hace 475 años trajo a estas tierras al Verdaderísimo Dios por quien se vive; Jesucristo nuestra esperanza.

La arquidiócesis primada de México, depositaria de la Sagrada Tilma del indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin, en la que se estampara la celestial imagen de nuestra Muchachita Guadalupe, conciente de este portentoso milagro, siempre se ha esforzado en darlo a conocer y presentarlo ante el mundo, no sólo como un ejemplo de evangelización perfectamente inculturada, sino como posible respuesta a graves problemas de solución humanamente imposibles.

Tenemos, pues, que reconocernos depositarios de un tesoro de valor incalculable: de la prueba de que, bajo el amparo de la materna ternura del amor de Dios, todos somos hermanos y todos, por encontradas que sean nuestras posturas o culturas, podemos y debemos llegar a ser una familia, -desde luego que con todos los problemas de una familia- pero familia, es decir hermanos solidarios, y no enemigos mortales. Esto se hace urgente ante la creciente inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, en el que cada día crece la tan deplorable cultura de la muerte y donde la rebatinga del poder y de los puestos públicos pone en riesgo la estabilidad del Estado mexicano.

Recordemos ahora algo que bien sabemos, porque siempre nos lo ha repetido Dios: que El no otorga sus tesoros para nuestro usufructo egoísta, sino para que "los negociemos mientras vuelve" (Lc. 19, 13), para que aprendamos, sigamos y compartamos en nuestro aquí y en nuestro hoy su pedagogía, que es inculturación directa de su Evangelio, y no meramente mexicana, sino válida, oportuna y urgentísima hoy en todos los rincones de la Tierra:  Nuestro Acontecimiento Guadalupano es algo único en la historia de la Iglesia: Non fecit taliter omni nation "No hizo cosa igual con ninguna otra nación" (Sal. 147, 20) , pues nuestra Madre Santísima no sólo fue nuestra evangelizadora, es decir, que sólo convirtió a un pueblo a la fe de su Hijo, sino que nos dio el ser como nación mestiza mexicana, al permitir la aceptación mutua de nuestros padres indios y españoles que nacimos seres nuevos, hijos reales de dos aparentemente irreconciliables enemigos. No sólo como cristianos somos hijos de Ella, sino como mexicanos, con miembros de esta Patria que nació entonces al calor de su materno amor... En todo sentido un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada[1]

Con estos sentimientos, el pasado 12 de diciembre de 2005, Su Eminencia el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de esta Iglesia Particular y custodio del Sagrado Original de nuestra Señora de Guadalupe; declaró solemnemente mediante un DECRETO la apertura del Año Jubilar Guadalupano y con él a lo largo de todo el año, particularmente los días 12 de cada mes, hemos realizado una serie de celebraciones y eventos que nos permitieron profundizar en el significado, valor y trascendencia del mensaje de Guadalupe para México, América y el mundo.

Deseo, fervientemente, que este Año Jubilar sea el comienzo de nuestra preparación para el año 2031 en el que celebraremos los quinientos años de las históricas apariciones de nuestra Señora de Guadalupe a nuestro querido indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Estoy seguro que esta preparación tendrá un importante impulso y líneas de acción bajo la tutela de los obispos de América Latina y del Caribe, quienes en Asamblea Plenaria, en mayo del próximo año, en el Brasil, contemplaran a Santa María de Guadalupe, como faro luminoso de la misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo en el animo de todos los agentes de pastoral la urgencia de manifestarnos discípulos y misioneros de Jesucristo, para que todos nuestros pueblos tengan vida en Él.


En la clausura de este Año Jubilar Guadalupano esperemos el mensaje del Santo Padre Benedicto XVI, quien desde su solio romano se dirigirá a nosotros, como manifestación de su solicitud apostólica por esta Iglesia Particular de México – Tenochtitlan.  


Cambiando la dirección de este mensaje, quiero decirles que esperamos con los brazos abiertos a nuestros hermanos que durante estos días peregrinarán a esta Basílica: su testimonio de fe anima nuestro trabajo pastoral, su presencia en medio de nosotros nos permite acrecentar nuestra propia fe. Su presencia, se suma a los más de veinte millones de peregrinos que durante el año visitan la Casita de la Madre de todos los mexicanos.


La Basílica de Guadalupe en coordinación con las autoridades federales y la delegación Gustavo A. Madero hemos implementado un operativo de seguridad, mismo al que podrán acudir ante cualquier eventualidad. Queremos que su presencia en este lugar sagrado sea verdaderamente una oportunidad para encontrarse con Jesucristo, a través del rostro tierno, sereno y compasivo de nuestra celestial Muchachita, Santa María de Guadalupe.


Les deseo a todos ustedes y a cada uno de los miembros de su familia, una sincera felicitación y un fuerte abrazo con ocasión de las fiestas de la Navidad y del Año Nuevo. Que el nacimiento en la carne de nuestro Señor Jesucristo, haga renacer en cada uno de ustedes una nueva vida. Que al contemplar en el pesebre a Jesús Niño experimenten la ternura con que Dios nos ha amado. ¡Felicidades!
Dios les bendiga.

Notas

  [1].- JUAN PABLO II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, (12 de octubre de 1992), 24: AAS 85 (1993), 826. Vuelto a citar en el documento Ecclesia in America, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1999, cap. I, no. 11, pp. 19-20. 1999, no, 11.
 
 
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