1631.
En 1631 estaba México atemorizado con la terrible inundación
de 1629, que no solamente no había terminado, sino que se había aumentado
precisamente con la de 1631, por lo cual dice con toda justicia el
“Escudo de Armas” que la celebración del primer centenario “fue más
devota que festiva, no viciando el desenfreno de la alegría la devoción”.
Entonces estaba la Imagen de la Virgen de Guadalupe en catedral de
México, adonde había sido traída desde 1629, y el libro citado resume
en estas palabras la celebración del primer centenario: “Crecieron
las aguas, las súplicas y cultos a nuestra Señora de Guadalupe”, (o.
c. n. 714).
1731.
Para celebrar el segundo centenario se pensó en trasladar la
Sagrada Imagen a México, pero no lo consintió el Ilmo. señor Arzobispo.
He aquí lo que dice a este respecto Cabrera y Quintero en su enmarañado
estilo: “Mucho fue lo que meditó y se la procesión, que rodeó el cementerio
del santuario, y después en la iglesia. Siguió la solemne misa, que
cantó el Chantre, Dignidad y prebendados de la metropolitana, llenando
el púlpito y el gusto de todo su auditorio el Magistral Dr. y Ministro
don Bartolomé de Ita y Parra. . .”
“No acabó aquí la solemnidad de este siglo: continúose el sábado
inmediato en México y su metropolitana, adornándose galantemente a
este efecto la capilla y costoso y retablo que se le erigió en esta
basílica, y dirigiéndose al mismo fin el aniversario de maitines solemnes,
misa y sermón con que ha muchos años solemniza la Aparición de nuestra
Señora de Guadalupe”. (Esc. de arms. ns. 755-58).
1831.
He aquí cómo describe el “Álbum Histórico Guadalupano” del
R. P. Mariano Cuevas, S. J., las solemnidades con que se celebró el
Tercer Centenario de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe:
“Vibrante y unísona la voz del pueblo proclamando con regocijo
el tercer centenario de la Aparición, presentó el año de 1831 la más
solemne de sus pruebas”.
Nada más a propósito para describir los festejos, que una relación
publicada entonces y requerida hoy como rareza bibliográfica de alta
valor. Su autor fue ciertamente un testigo de vista y por algunos
rasgos que se le escapan, no muy amigo de la causa guadalupana. Este
detalle viene a dar más valor a cuanto de dicha relación transcribimos.
“Scribantur haec in generatione altera: et populus qui creabitur
laudabit Dominum. . .”
“Luego que la Junta Guadalupana proyectó solemnizar este acontecimiento
y comenzó a dictar sus providencias para ello, se advirtió en el público
un grande empeño en imitarla. La función de Guadalupe en la Colegiata
el día 12 fue solemnísima, lo mismo que la de la Alcaicería de México”.
“Domingo 25 de diciembre de 1831, (Día hermoso). “A
las doce de hoy ha habido un solemne repique a vuelo en todas las
iglesias, comenzando por la Catedral”.
Lunes 26. (Bello día).- “Han dado un gran placer las vísperas
y matines de Catedral; éstos acabaron a las diez y cuarto de la noche.
Dicenme que se reunieron en el coro cuarenta y dos voces con los instrumentales.
La Iglesia se iluminó en todas sus bóvedas con candiles de plata,
y a falta de algunos de éstos con los de calamina dorada de la Profesa,
su hermosa lámpara y hachones de cera por toda la crujía que lucía
mucho, pues se aseó al efecto. La concurrencia fue tan grande que
no cambia en el templo, y sólo era comparable con la del Jueves Santo
en la noche.
Colocóse en el trono del ciprés la Imagen de Nuestra Señora
de Guadalupe que tiene en una se representaba a la Señora, aparecida
como está en el ayate y en la otra en actitud demostrarse al señor
Zumárraga por el venturoso Juan Diego: seguramente es de muy regular
pincel. En el lado del Evangelio se veía colocado un estandarte exquisitamente
bordado con alguna pedrería en razo azul y en su centro se colocó
la pequeña Imagen de Guadalupe que dicen poseía el venturoso Juan
Diego y más ha 80 años que está colocada en la puerta del Sagrario
del Altar Mayor de la Catedral. Las torres y fachadas de este Templo
se han iluminado completamente y también las calles principales.
Martes 27.- (Día hermoso en toda la extensión de la palabra).- “Se anunció
el alba con solemne repique a vuelo en todas las iglesias. La Junta
Guadalupana se reunió en la Diputación, y marchó a las ocho y media
a la Catedral donde ya se había cantado la tercia. Allí fue recibida
por una numerosa comisión de sus miembros con toda etiqueta. Presidióla
el Excmo. ayuntamiento bajo de mazas, y se colocó detrás de esta corporación
en el lado del evangelio; ofició la misa el señor canónigo Bucheli,
acompañándole dos padres capellanes a falta de señores Capitulares.
Allí todo era augusto y majestuoso: riquísimos ornamentos todo el
aparato del altar de oro la concurrencia numerosísima y brillante
una compañía de infantería hizo las salvas de estilo. Cada uno tenía
en su imaginación a la Señora objeto de tan solemnes cultos: la gloria,
el credo y cuanto allí se cantó fue con la mayor armonía y delicadeza,
aunque la composición no me pareció moderna.
Luengas se excedió a sí mismo al cantar el signum magnum aparuit
in coelo: llegamos en el post comunio a la antífona “Non fecit taliter”,
y en este momento el corazón quería saltarse de gozo. ¡Qué recuerdos
tan tiernos excitan estas palabras salidas en un instante de entusiasmo
por la boca del gran Benedicto XIV! Nada diré de las sensaciones que
produjo el órgano al cantarse el Te Deum; al entonar Te Ergo quaesumus,
todo el mundo se arrodilló, y parece que se veía en competencia a
los autores de este himno.
Ambrosio y Agustín, que después de recordar la alabanza que
la Divinidad recibe en el Hosanna eterno de todas las jerarquías celestiales,
humillados a su presencia y anonadados imploraban su protección, y
misericordia, recordándole el inestimable precio de su sangre; el
bajo del órgano retumbaba estrepitosamente, y hacía estremecer el
corazón como si se oyera la majestuosa voz del que con sólo el arqueamiento
de sus cejas hace retemblar hasta el profundo de los abismos. Dadas
las doce del día terminó esa función y todos los mexicanos salieron
del templo enorgullecidos por haber pagado ese tributo de gratitud
a la que los ha llenado de ventura y ha acumulado sobre sus cabezas
bienes sobre bienes con razón en una se representaba a la Señora,
aparecida como está en el ayate y en la otra en actitud de mostrarse
al señor Zumárraga por el venturoso Juan Diego: seguramente es de
muy regular pincel. En el lado del Evangelio se veía colocado un estandarte
exquisitamente bordado con alguna pedrería en razo azul y en su centro
se colocó la pequeña Imagen de Guadalupe que dicen poseía el venturoso
Juan Diego y más ha 80 años que está colocada en la puerta del Sagrario
del Altar Mayor de la Catedral. Las torres y fachadas de este Templo
se han iluminado completamente y también las calles principales.
Martes 27.- (Día hermoso en toda la extensión de la palabra). – “Se anunció
el alba con solemne repique a vuelo en todas las iglesias. La Junta
Guadalupana se reunió en la Diputación, y marchó a las ocho y media
a la Catedral donde ya se había cantado la tercia. Allí fue recibida
por una numerosa comisión de sus miembros con toda etiqueta.
Presidióla el Excmo. ayuntamiento bajo de mazas, y se colocó
detrás de esta corporación en el lado del evangelio; ofició la misa
el señor canónigo Bucheli, acompañándole dos padres capellanes a falta
de señores Capitulares. Allí todo era augusto y majestuoso: riquísimos
ornamentos; todo el aparato del altar, de oro; la concurrencia numerosísima
y brillante; una compañía de infantería hizo las salvas de estilo.
Cada uno tenía en su imaginación a la Señora objeto de tan solemnes
cultos: la gloria, el credo y cuanto allí se cantó fue con la mayor
armonía y delicadeza, aunque la composición no me pareció moderna.
Luengas se excedió a sí mismo al cantar el signum magnum aparuit in
coelo: llegamos en el post comunio a la antífona "Non fecit taliter",
y en este momento el corazón quería saltarse de gozo. ¡Qué recuerdos
tan tiernos excitan estas palabras salidas en mí instante de entusiasmo
por la boca del gran Benedicto XIV! Nada diré de las sensaciones que
produjo el órgano al cantarse el Te Deum; al entonar Te Ergo quaesumus,
todo el mundo se arrodilló, y parece que se veía en competencia a
los autores de este himno. Ambrosio y Agustín, que después de recordar
la alabanza que la Divinidad recibe en el Hosanna eterno de todas
las jerarquías celestiales, humillados a su presencia y anonadados
imploraban su protección, y misericordia, recordándole el inestimable
precio de su sangre; el bajo del órgano retumbaba estrepitosamente,
y hacía estremecer el corazón como si se oyera la majestuosa voz del
que con sólo el arqueamiento de sus cejas hace retemblar hasta el
profundo de los abismos. Dadas las doce del día terminó esa función
y todos los mexicanos salieron del templo enorgullecidos por haber
pagado ese tributo de gratitud a la que los ha llenado de ventura
y ha acumulado sobre sus cabezas bienes sobre bienes; con razón le
dice la iglesia... "perpetuis beneficiis, nos cumulari voluisti".
Llegó la tarde de este día memorable, y en ella se completó
el gozo de este buen pueblo. La Junta se reunió en la Diputación como
por la mañana, y trasladada con el Ayuntamiento a la Catedral, comenzó
a salir la procesión de este templo. La tropa de la guarnición estaba
formada, haciendo valla como en la del día de Corpus; abrían la marcha
los gastadores de la artillería de a caballo, en seguida iban los
estandartes de las hermandades, de las parroquias, terceras órdenes
y después las comunidades religiosas por el orden de su antigüedad;
seguía la Curia eclesiástica, el venerable clero, música del coro;
unos infantes del mismo cantaban la letanía Lauretana; los curas del
Sagrario cerraban la procesión, y muy cerca del Simulacro de Nuestra
Señora de que hemos hablado iban algunos señores canónigos con capas
pluviales. En el cuerpo de la procesión iban las imágenes de San Felipe
de Jesús mexicano, Santa Rosa de Lima, los Padres de María Santísima,
y el Patriarca Señor San José, llevando a cada imagen porción de cargadores
decentemente uniformados. El acompañamiento secular era numeroso y
brillante, todo marchaba bajo las mazas de la ciudad y terminaba con
el señor Gobernador del Distrito que llevaba el estandarte de que
hemos hablado, en que estaba la imagen que poseyó Juan Diego; del
mismo estandarte colgaban dos borlas de oro, que una llevaba el alcalde
ordinario más antiguo y otra el general Quintanar como Presidente
de la Junta Guadalupana. También en el ayuntamiento iba la Universidad
con no poco número de doctores y los colegios, inclusos el de abogados
y escribanos. Las calles estaban adornadas con la mayor delicadeza,
y la de Tacuba parecía un jardín qUé acababan de hermosear varios
altares con pequeños pabellones y muchas banderas graciosamente colocadas.
La carrera de la procesión, repito, fue la del Corpus e iguales sus
adornos.
Siguióse el imponente espectáculo de la guarnición que marchaba
en seguida: no puede decirse qué cuerpo se atraía más la atención
tanto por su lujo como por su buen orden en la marcha. La artillería
llevaba una gran batería de cañones de calibres de 8 de 4 y abuses,
pero tan arreglada como si en aquel momento saliese a campaña, hasta
su capellán a caballo se presentó en su respectivo lugar. Llamaban
con especialidad la atención, los regimientos números 2 y 3 de caballería
por sus monturas, caballos, equipos y bandas de música que podían
presentarse en la gran Parada de París, mandada por Napoleón; seguía
parte del 80 de caballería y concluían la marcha los gendarme s de
la misma arma. Nada se diga de la infantería, pues sus granaderos
principalmente se atraían las miradas. Aun no acababa de moverse la
caballería del último cuerpo, cuando ya la procesión iba entrando
por la catedral: ésta se dejó ver iluminada como la noche anterior,
y concluyó el acto cantándose la Salve a toda orquesta. No es fácil
pintar el gozo que produjo este espectáculo en un pueblo numerosísimo
continuó la iluminación de la Catedral, la Diputación, Palacio y en
casi todas las casas, y daba a ello mucho realce la de los altares
que se veían en diversas partes, como en la azotea de Santa Clara,
y torres de varios conventos de ambos sexos; calle de Plateros y Empedradillo.
Miércoles 28.- (Día sereno). – “La Junta Guadalupana marchó con el Ayuntamiento
a la Colegiata siguiéndolo un concurso muy numeroso; hubo persona
que pagó 25 pesos por un coche para hallarse en el Santuario de la
ciudad de Hidalgo. La función de iglesia fue tan solemne como la del
día 12. En la noche se reunió el pueblo a ver quemar diez y siete
piezas entre castillos y arboletes en la Plaza mayor. También el concurso
de toda clase de gentes a este espectáculo fue numerosísimo, tanto
en el centro de la gran Plaza como en las azoteas de Palacio, Empedradillo,
Portal de las Flores, de la Diputación y Agustino; puede calcularse
la reunión en veinte y dos mil personas. Mostránronse todos regocijados
por la variedad de los fuegos que dirigió el teniente coronel de artillería
don. Joaquín de Arellano, quien en el corto espacio de 22 días todo
lo dispuso como si se le hubiese dado el tiempo suficiente. Dos horas
duró este agradable espectáculo, el que concluido se retiró el pueblo
gozoso, sin que se hubiese notado la menor quimera ni desazón aun
entre la gente más miserable. De este modo ha celebrado el pueblo
mexicano el aniversario de la Aparición de María Santísima en Tepeyac…"
(o. c. pág. 237).