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Entrevista con Zumárraga
                  


        38.- E inmediatamente en su presencia se postró, respetuosamente le dijo: <<-Señora mía, mi Niña, por supuesto que ya voy para poner por obra tu venerable aliento, tu amada palabra. Por ahora de tí me despido, yo, tu humilde servidor.>>
 

                        39.- En seguida bajó para ir a poner por obra su encargo: Vino a tomar la calzada que viene derecho a México.40.- Y cuando hubo llegado al interior de la ciudad, de inmediato y directo se fue al palacio del Obispo que muy recientemente había llegado de Jefe de Sacerdotes, cuyo reverendo nombre era D. Fray Juan de Zumárraga, Sacerdote de San Francisco. 
                                               

Juan Diego
obedece al instante y, con todo buen criterio, prescinde de ir a Tlaltelolco y va directamente a ver al Señor Obispo, quien, efectivamente, no hacía mucho tiempo -apenas tres años- que había llegado y no había dejado de tener agrios problemas con las autoridades civiles de la Primera Audiencia, auténticos desalmados que no sólo le impedían comunicarse con España para que no los acusase, sino que lo habían calumniado a él acusándolo de traidor ante la Corte. Esta lo había mandado llamar, y estaba a pocos meses de embarcarse, lo que también explica que no le pudiera poner mucha atención a Juan Diego, preocupado como estaba por cosas para él resultaban, en ese momento, mucho más graves y urgentes. 

             41.- Y al llegar, de inmediato hace el intento de verlo, rogándo a sus servidores, sus domésticos, que vayan a anunciarlo.


             42.- Al cabo de una espera un tanto excesiva, vienen a llamarlo cuando el Señor Obispo tuvo a bien convocarlo para que pasara. 


             43.- Y en cuanto entró, en seguida en su presencia se arrodilló, se postró. Luego ya le declara, le narra el venerable aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le refirió respetuosamente todas las cosas que admiró, que miró, que escuchó.

             44.- Y cuando hubo escuchado todas sus palabras, su mensaje, como que no del todo le dió crédito. 45.- Le respondió, se dignó decirle: <<-Hijito mío, otra vez vendrás, aún con calma te oiré, muy aun desde el principio lo miraré, pensaré lo que te hizo venir acá, tu voluntad, tu deseo.>> 
                                   

Cualquier obispo sensato, entonces, hoy y en cualquier parte del mundo, hubiera actuado de manera similar ante una embajada semejante, y tanto más Zumárraga que tenía esas preocupaciones y que, como español de su época, desconfiaba de la sinceridad de la conversión de los indios. Hemos de admitir que tenía que parecerle muy sospechoso que un neófito, recién converso, viniera a decirle que nadie menos que la Madre de Dios le pedía a él, el Obispo, que construyera un templo en un sitio apartado, y nada menos que exactamente donde había estado el templo del ídolo que los indios consideraban madre de los dioses y de ellos.



Segunda Aparición                  


               46.-  Salió, pues, abatido de tristeza porque su encomienda no se realizó de inmediato. 47.- En seguida se regresó. Poco después, ya al acabar el día, se vino luego en derechura a la cumbre del cerrito, 48.- y allí tuvo la grande suerte de reencontrar a la Reina del Cielo, allí precisamente donde por primera vez la había visto. Lo estaba esperando bondadosamente.
                                    
Juan Diego
tenía el ingenuo candor de pensar que el Obispo iba a aceptar "de inmediato" su mensaje, por venir de Quien venía. Ignoraba lo que mencionábamos, que, siendo él indio y recién converso, resultaba "a priori" sospechoso, y tantísimo más su osada petición de un templo a la Madre de Dios nada menos que en el sitio donde "el demonio" se había hecho adorar como el "ídolo Coatlícue Tonantzin", la "Diosa Madre" de los mexicanos.  
                                               
Al salir, fracasado, no hace falta gran imaginación para entender cuán lastimada debía estar su delicada sensibilidad india. Si había visto a la Virgen al amanecer y regresaba "al acabar el día", estaba claro que la mayor parte de éste lo tuvieron relegado esperando, sin probar bocado, tenso ante la impresionante entrevista y ansioso que cumplir bien su cometido. Debía, pues, sentirse malísimo ante el fracaso de su misión y ante la pena de anunciárselo a la Señora, unido todo eso al cansancio de tantas horas de esa espera dolorosa y humillante, pero se guarda mucho de decirle nada de eso.
  
                        49.- Y apenas la miró, se postró en su presencia, se arrojó por tierra, tuvo el honor de decirle:  50.- <<Dueña mía, Señora, Reina, Hijita mía la más amada, mi Virgencita, fuí allá donde Tú me enviaste como mensajero, fuí a cumplir tu venerable aliento, tu amable palabra. Aunque muy difícilmente, entré al lugar del estrado del Jefe de los Sacerdotes. Lo ví, en su presencia expuse tu venerable aliento, tu amada palabra, como tuviste la bondad de mandármelo>>. 51.- <<Me recibió amablemente y me escuchó bondadosamente, pero, por la manera como me respondió, su corazón no quedó satisfecho, no lo estima cierto. 52.- Me dijo: Otra vez vendrás, aún con más calma te oiré, muy aun desde el principio examinaré la razón por la que has venido, tu deseo, tu voluntad.>>

 
                        53.- <<Me dí perfecta cuenta, por la forma cómo me contestó, que piensa que el templo que Tú te dignas concedernos el privilegio de edificarte aquí, quizá es mera invención mía, que tal vez no es de tus venerados labios. 54.-Por lo cual, mucho te ruego, Señora mía, mi Reina, mi Virgencita, que ojalá a alguno de los ilustres nobles, que sea conocido, respetado, honrado, a él le concedas que se haga cargo de tu venerable aliento, de tu preciosa palabra para que sea creído.>> 55.- <<Porque yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros y a cargo ajeno, no es mi paradero ni mi paso allá donde te dignas enviarme, Virgencita mía, Hijita mía la más amada, Señora, Reina. 56.- Por favor, perdóname: afligiré tu venerado rostro, tu amado corazón. Iré a caer en tu justo enojo, en  tu digna cólera, Señora, Dueña mía>>.
                                                

En este diálogo encontramos varios ejemplos de la refinada delicadeza india, que, característicamente, mezcla la formalidad y la ternura, la solemnidad y la familiaridad: "Señora, Reina", e "Hijita mía la más amada".
 
                                               
Que Juan Diego limite al adverbio "difícilmente" todo su comentario de haber sufrido un día entero relegado y esperando, es realmente un gentil eufemismo; pero no es ocioso, sino indicativo de la sutil delicadeza indígena inculcada desde la infancia: "Si alguien a algún lugar te envía, si allá sólo eres reprendido [...] no por eso vendrás enojado. No en tus labios, no en tu boca vendrá prendido lo que así te ocurrió, lo que te hizo sufrir el haber ido. Y cuando hayas regresado, si luego te pregunta el que te envió, si te dice: ¿Cómo te fue allá a dondo fuiste?, luego, con buenas palabras, le contestarás; sólo con suavidad, no jadearás, no luego así le dirás lo que así te afligió..."
[157], psicología que en parte ha heredado el mexicano: Juan Diego siente que no puede quejarse ante la Señora sin ofenderla a Ella, puesto que fue Ella quien lo mandó, por eso, por atención y deferencia, suaviza su informe lo más que puede, puesto que cualquier queja vendría a traducirse en un reproche contra Ella. Muy al contrario, tiene la delicadeza de atribuir el fracaso a su propia ineptitud. Igualmente, su gentileza india suaviza la no tan delicada acogida de Zumárraga. Esto es importante tomarlo en cuenta para que se entienda lo que vendrá después, (101 a 104), cuando aparentemente trata de "engañarla" tomando otro camino para no encontrarse con Ella. El, sin embargo, tiene genuino e inmenso interés en que sí se construya ese templo que desea la Señora, por lo que le ruega prescindir de él y enviar alguien que sí tenga las cualidades necesarias.                                     

Hay que tomar en cuenta que la primera vez Juan Diego obedeció sin chistar, para también entender que la renuencia que esta vez demuestra no es sino cortesía y e interés por el plan de la Señora del Cielo. Esto era también típico de su educación india: "Si te fuere mandado tener cargo, por ventura te quieren probar; por eso excúsate lo mejor que pudieres, y serás tenido por cuerdo y no lo aceptes luego, aunque sientas tú exceder a otros; mas espera, porque no seas desechado y avergonzado"
[158].

                          57.- Y la siempre gloriosa Virgen tuvo la afabilidad de responderle: 58.- <<-Escucha, hijito mío el más pequeño, ten por seguro que no son pocos mis servidores, mis embajadores mensajeros a quienes podría confiar que llevaran mi aliento, mi palabra, que ejecutaran mi voluntad; 59.- mas es indispensable que seas precisamente tú quien negocie y gestione, que sea totalmente por tu intervención que se verifique, que se lleve a cabo mi voluntad, mi deseo. 60.- Y muchísimo te ruego, hijito mi consentido, y con rigor te mando, que mañana vayas otra vez a ver al Obispo. 61.- Y de mi parte adviértele, hazle oír muy claro mi voluntad, mi deseo para que realice, para que haga mi templo que le pido. 62.- Y de nuevo comunícale de que manera nada menos que yo, yo la siempre Virgen María, la Venerable Madre de Dios, allá te envío de mensajero.>>
                                                                                   

En el Evangelio, Jesús insistió en que cada uno tenemos la responsabilidad de ser operarios en su mies, (Mat. 9, 37; Luc. 10, 2), y eso mismo es lo que hace María Santísima: también Ella es totalmente explícita en que la Evangelización de México que Ella pretende tiene que ser obra de los mexicanos, comprendiendo en esto a todos: indios y españoles. Ya hemos visto, y veremos aún, que exige la intervención de Zumárraga, pero no es menos explícita en cuanto a exigir la de Juan Diego. Es categórica en desechar el supuesto implícito de que no conoce la realidad del enviado, y que por ello está a punto de cometer la imprudencia de escoger un inepto, y le reafirma, en perfecto acuerdo a la etiqueta náhuatl, que "es indispensable que seas precisamente tú quien negocie y gestione, que sea totalmente por tu intervención que se verifique, que se lleve a cabo mi voluntad, mi deseo." Esto, además de ser un gran abono a la calidad personal de Juan Diego, es parte admirable de la pedagogía divina de adaptación al otro, de "inculturación", siglos antes de que ésta se aceptara, o aun se concibiera.
 
                                   
Por otra parte, la delicadísima afabilidad y ternura de María, en ningún momento implican preterición de su grandeza: es la Madre de Dios, y puede dirigirse a Juan Diego, al Obispo, y a toda la Iglesia con autoridad de Reina: "Y de mi parte adviértele, hazle oír muy claro mi voluntad, mi deseo para que realice, para que haga mi templo que le pido. Y de nuevo comunícale de que manera nada menos que yo, yo la siempre Virgen María, la Venerable Madre de Dios, allá te envío de mensajero."
 
                         63.- Y Juan Diego le respondió respetuosamente, le dijo reverentemente:  <<-Señora mía, Reina, Virgencita mía, ojalá que no aflija yo tu venerable rostro, tu amado corazón; con el mayor gusto iré, voy ciertamente a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra; de ninguna manera me permitiré dejar de hacerlo, ni considero penoso el camino. 64.- Iré, pues, desde luego, a poner en obra tu venerable voluntad, pero bien puede suceder que no sea favorablemente oído, o, si fuere oído, quizá no seré creído; pero 65.- mañana, por la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a devolver a tu venerable aliento, a tu amada palabra lo que me responda el Jefe de los Sacerdotes>>. 
                        66.- <<Ya me despido, Hijita mía la más amada, Virgencita mía, Señora, Reina. Por favor, quédate tranquila>>. 67.-  Y, acto continuo, él se fué a su casa a descansar. 
                                   
María Santísima
ordena a Juan Diego una nada fácil tarea al mandarle volver con el obispo que ya lo había rechazado. La cosa era hasta peligrosa, pues el interés por un templo cristiano en el mismo sitio donde había estado otro pagano suscitaba inevitables sospechas de idolatría, que estaba penada con la muerte. Cuando Moisés recibió en el Sinaí el encargo similar de ir a hablar con el Faraón, que antes había amenazado matarlo, puso cuanto subterfugio pudo para no aceptar (Ex. 4, l-13). Es pues notable el contraste con Juan Diego que de inmediato contesta:  ".. con el mayor gusto iré, voy ciertamente a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra; de ninguna manera me permitiré dejar de hacerlo, ni considero penoso el camino."                                     
Y así, la actuación del primer dia termina con la enternecedora preocupación de él, "el hijo más pequeño" por el reposo de Ella, siendo que era Juan Diego quien sí que debía estar exhausto.


 




Notas

[157] ANONIMO, "Testimonios de la antigua palabra, (Huehuetlatolli)",  "Exhortación con que el padre así habla, así instruye a su hijo para que bien, rectamente viva"., p. 65.
[158] MENDIETA:Historia Eclesiástica, libro 2, cap. 20, p. 113.
 
 
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