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• Dioses y políticos - Políticos y dioses
¿Qué papel tenían,
entonces, los demás "dioses" si éste era el único? Según los
mexicanos, todos eran el mismo y solo Ometéotl, simples aspectos
del único verdadero, productos de la falaz percepción humana. Ometéotl,
por ejemplo, ciertamente comprendía en su unidad toda la riqueza masculina
y femenina, pero el hombre sólo podia entender eso concibiéndolo como
si fuera lo que conoce él: la pareja de hombre y mujer: "In
Tonantzin in Totatzin" = "Nuestro Madre y Nuestro Padre",
como "Ometecutli Omecíhuatl" = "Señor del Dos, Señora
del Dos", a quienes, a su vez, concebía como padre de cuatro
hijos, abuelos de ocho nietos, y así hasta la treceava potencia de distorción
en que se hallaba el mundo humano, el Tlaltípac, a cuyo nivel
las dualidades ya constituían auténticos antagonismos tan feroces como
los del Sol, Luna y Estrellas, pero todos esos "dioses",
por más opuestos y enemigos entre sí que pudieran aparecer al observador
humano, "eran tan sólo otras tantas manifestaciones de lo Uno". Sin embargo,
estos antagonismos, que en nada afectaban la armonía de Ometéotl,
para el hombre era básico que se mantuvieran tal como estaban, pues
cualquier reajuste produciría el fin de su "Quinto Sol".
Esto en nada afectaría a Ometéotl, pero para el humano sería
su inmediato fin.
Esta idea de
identidad básica y antagonismos complementarios no era sólo la base
de su religión, sino también de su política. El "Imperio Mexicano",
que los españoles creyenros una unidad política totalitaria, jamás existió:
eran ciertamente conquistadores, pero jamás fueron imperialistas, en
el sentido socio-político que conferimos hoy a esa palabra, pues en
política interior y exterior eran convencidos pluralistas. La tribu estaba
dividida en "calpullis", que eran grupos tanto territoriales
cuanto clánicos y relativamente autónomos, cada cual con su propio templo,
colegios, tribunales y control comunal de la tierra. Cada uno elegía
a un jefe, llamado "Tlatoani" = "El que habla". El conjunto
de todos los tlatoanis, junto con representantes del clero y
del ejército, constituía el Tlatocan, que era el cuerpo colegiado
que efectivamente gobernaba México. Ellos designaban a cuatro
ejecutivos: El Cihuacóatl = "Serpiente Mujer", (nombre
de la diosa madre), General en Jefe del ejército; el Huey Calpizqui
= "Gran Mayordomo", que atendía a todo lo interno a la
tribu; el jefe del culto, que era un cargo doble, cuyos titulares llevaban
el nombre de Quetzalcóatl Tlaloc Tlamacazqui = "Serpiente emplumada
sacerdote de Tláloc" y "Quetzalcóatl Totec Tlamacazqui"
= "Serpiente emplumada sacerdote de nuestro Señor", (nombres
que, por sí solos, nos hablan tanto de la teología aun no homogéamente
asimilada de los primeros pobladores y de los ulteriores mexicas como
de la importancia de Quetzalcóatl), y, finalmente, el Huey
Tlatoani = "Gran Hablante", quien, en la práctica, era
el más poderoso, pues se considera "imagen" de Huitzilopochtli
y de él dependía la guerra o la paz, pero que de ningún modo era un
"Emperador" como lo creyeron los españoles. Esto es
lo que era Motecuhzoma a su llegada.
Esos cargos eran electivos e indefinidos en su duración, no necesariamente
vitalicios. Los nombrados podían ser removidos, depuestos y aún ejecutados,
si no cumplían a satisfacción del Tlatocan. En su política
exterior, lo que buscaban prioritariamente eran alianzas que implicaban
"nunca ser contrarios al imperio, dejar entrar y salir, tratar
y contratar a los mercaderes y gente de él, enviando cierto presente
de oro, pedrería, plumas y mantas, requiriéndoles que recibiesen a sus
dioses mexicanos y los tuviesen en su templo y adorasen y reverenciasen
[...] los pueblos que ansí venían de su voluntad, sin haber precedido
guerra, tributaban como amigos y no como vasallos, y servían trayendo
presentes y estando obedientes".
Esto no era mera
imposición colonialista, pues ese comercio podía resultar muy ventajoso
para ambos. México-Tenochtitlán era riguosamente "industrial"
en su economía: pequeño territorio superpoblado, importaba metales,
plumas, fibras, madera, cuero, piedras y demás material primas, para
recolocarlas luego ya elaboradas a cambio de alimentos y nuevos materiales.
Disponía, además, de la solicitadísima sal del lago -mercancía inapreciable
en el altiplano, con millones de consumidores lejos del mar- y de pedernal
y obsidiana, insustituibles para armas e instrumentos en un mundo neolítico,
aun sin metales de uso práctico.
El trato, sin
embargo, no era exactamente igualitario, pues se partía del principio
de que el dios tribal de México era superior y debía detentar
la preeminencia -sin desplazar a los de las otra tribus, por supuesto,
pues todos eran partes del equilibrio goblal- así que se exigía poner
a Huitizilopochtli en el templo local, junto con el dios de la
tribu, pero éste NO recibía el mismo trato de reciprocidad, sino que
era colocado en el templo de México debajo de su titular.
En cuanto al presente, éste lo era en verdad, pues su monto y entrega
quedaban al criterio de los interesados y era correspondido con munificencia,
pero implicaba un claro vasallaje moral que no todos estaban dispuestos
a aceptar, y no nada más por orgullo, sino porque también pensaban que
eso iría contra el equilibrio general, de cuya necesidad estaban igualmente
convencidos.
•
La guerra increíble
Si rehusaban aceptar el trato, les concedían tres meses para reflexionar,
reiterándoles cada mes la petición, y, si perserveraban en su negativa,
se les declaraba la guerra con largas y complicadas ceremonias. Pero
era una guerra definitivamente extraña del punto de vista europeo, pues
lo que pretendía era reactuar en la tierra el conflicto y el equilibrio
del cielo, nunca destruir a los contrarios. No había, por ejemplo, la
menor prisa para iniciarla: hubo quien pidió, (¡y obtuvo!) 10 años para
prepararse antes de empezar las hostilidades. "Era ley entre
ellos que antes de la batalla se avisaban algunos años atrás, para que
de una y otra parte estuvieran avisados y prevenidos [...] lo cual se
guardó hasta el tiempo que vinieron los españoles en esta tierra.".
La batalla misma no podía ser más absurda del punto de vista de la táctica
europea, pues tenía objetivos radicalmente distintos: no se trataba
de herir y matar al enemigo, sino de convencerlo de su error al no aceptar
la supremacía mexica, y resultaba por ello más ceremonia litúrgica que
choque militar, regulada como estaba por estrictas leyes caballeroso-religiosas.
En primer lugar, no de debía matar ni herir al contrario, sino desarmarlo
y tomarlo prisionero. Como prisionero era "hijo" de su captor,
consideraba gran honor su estado y ni por asomo se concebía que tratase
de liberarse; más aún, si se escapaba y volvía con los suyos, éstos
lo condenaban a una muerte afrentosa por haberlos así deshonrado. Quien
llegaba a morir resultaba personalmente victorioso, y, quien lo mataba,
avergonzado por su torpeza. Esto quedaba sólidamente reforzado por su
convicción de que la vida ultraterrena no dependía de la conducta que
se hubiese observado en este mundo, sino del género de muerte con que
los dioses hubiesen concedido salir de él, y quien moría en batalla
o en sacrifico, o mujeres en el parto, eran los verdaderamente afortunados,
pues se hacían compañeros del Sol peleando siempre con él en
su lucha victoriosa contra la Luna y las Estrellas.
No se impedía
la reunión de dispersos ni se perseguía a los desbandados. La batalla
terminaba tan luego como lo solicitaban los vencidos, o estimaban los
vencedores que ya era abusivo prolongarla... En pocas palabras: había
que someter al enemigo, pero destruirlo era impensable, pues su misma
oposición era parte del orden que se pretendía mantener.
Una vez sometidos,
seguía una áspera discusión respecto al monto del tributo que en adelante
deberían pagar, tributo que era bastante moderado a juicio de un experto
fiscal español, Alonso de Zorita: "... era poco lo que cada
uno pagaba, y como la gente era mucha, venía a ser mucho lo que se juntaba
[...] y cierto es que ahora, [en la época española], paga más un tributario
que entonces seis...". El templo local
era quemado, pero la ciudad no. Concertados los tributos, los mexicanos
se retiraban con sus prisioneros, sin preocuparse usualmente en poner
poner guarnición alguna, sin inteferir directamente en la política local
y dejándoles libres de hacer lo que quisiesen, con tal de que no faltara
el tributo a su debido tiempo y que no se levantaran contra ellos.
•
Los Españoles
Los otros protagonistas, los españoles de entonces, es fácil
que creamos entenderlos porque, además de descender de ellos, hablamos
su lengua y llevamos sus nombres, pero, en realidad, podemos no conocerlos
siquiera. Para empezar, algo que parece broma pero que es rigurosa verdad,
es que "España" NO conquistó México, pues además
de que no fue una guerra entre indios y blancos, sino entre indios manipulados
por blancos, quien realmente vino a México no fue "España",
sino Castilla, lo cual no es mero juego de palabras: Los dos
reinos recién unidos, Castilla y Aragón, diferían mucho:
en Aragón las cosas marchaban más o menos bien; en Castilla
la corrupción y la venalidad campeaban por sus fueros, y esto iba a
tener influencia decisiva en el caso de México. Fray Francisco
de Aguilar, un conquistador metido después a fraile dominico, consigna
una lista completa de las nacionalidades de sus colegas, en la que encontramos
gentes tan inesperadas como griegos y venecianos, pero en la que brillan
por su ausencia catalanes, mallorquinos, valencianos o cualesquiera
súbditos del reino de Aragón: "... hubo gente de Venecia, griegos,
sicilianos, vizcainos, montañeses, asturianos, portugueses, andaluces
y extremeños.".
España empezaba apenas
a existir como entidad política. No tenía unidad lingüística ni racial,
pero en un punto en que todos concordaban era en que todos eran cristianos,
sincera, profunda y hasta fanáticamente cristianos, y más exáctamente
católicos, pero no veían a su religión como la vivimos hoy, sino
con visos judaicos y musulmanes de Inquisición y "Guerras Santas".
Lo que hoy, al menos en teoría profesamos, es: "Este Concilio
Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa.
Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes
de toda coacción, tanto por parte de personas particulares y de cualquier
potestad humana, y ello de tal manera que, en materia religiosa, ni
se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que
actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros,
dentro de los límites debidos.". "Es uno
de los capítulos principales de la doctrina católica, contenido en la
palabra de Dios y predicado constantemente por los Padres, que el hombre,
al creer, debe responder voluntariamente a Dios, y que, por tanto, nadie
debe ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad. Porque el acto
de fe es voluntario por su propia naturaleza [...] Está, por consiguiente,
en total acuerdo con la índole de la fe el excluir cualquier género
de coacción por parte de los hombres en materia religiosa.".
Pero todos los católicos españoles de entonces, luego de ocho siglos
de guerra contra el Islam, para nada pensaban así, antes habían
identificado el ser cristiano con el ser guerrero, y su llegada a América
la consideraron como una convocatoria divina a seguir luchando contra
los infieles: "La mayor cosa después de la creación del mundo
y la muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias [...]
Nunca nación extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje
y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas [...]
Comenzaron las conquistas de indios acabada la de moros, para que siempre
guerreasen españoles contra infieles.".
Notas
"Waren
nur ebensoviele Manifestationen des Einen", (BEYER Hermann:
"Das astekische Goetterbield Alexander von Humbolt's",
Müller Hnos. México 1910, Apud LEON PORTILLA:
La Filosofía Nahuatl..., p. 161.
Una excelente
exposición de cómo se hallaba organizada la sociedad mexicana y su
gobierno, puede verse en SOUTELLE Jacques:
"La vie quotidienne des Azteques a la veille de la conquête
espagnole", Editorial Hachette, París 1955, Cap. II: "La
societé et l'Etat au debut du XVe. Siècle", pp. 62-121.
El idioma náhuatl
es uno de los más ricos y expresivos que ha forjado la mente humana.
Hablarlo con propiedad era todo un apreciado arte, tanto que existían
dos idiomas: el vulgar: "macehuatolli" y el refinado:
"tecpillatolli", por ello identificaban la autoridad
máxima con la mejor manera de hablar.
Tízoc,
quinto Huey Tlatoani, muy probablemente fue muerto, y Motecuhzoma
II ciertamente fue depuesto.
IXTLILXOCHITL
Fernando de Alva: "Historia de la Nación Chichimeca"
en "Obras Históricas", U.N.A.M., Instituto de Investigaciones
Históricas, México 1977, cap. 38, p. 103.
IXTLILXOCHITL:
"Sumaria Relación de las Cosas de la Nueva España",
cap. 5, p. 260.
Para una exposición
completa de los singulares usos de sus guerras, puede verse a MOTOLINIA
O.F.M. Fr. Toribio Paredes de Benavente: "Memoriales
o libro de las cosas de la Nueva España", Edición crítica
de la U.N,A.M., Instituto de Investigaciones Históricas, 2a. Edición,
México 1971, preparada por Edmundo O'GORMANN,
Nueva Transcripción paleográfica del manuscrito original, con la inserción
de porciones de la "Historia de los Indios de la Nueva España",
Vol. I, 2a. parte, cap. 12: "De las leyes y costumbres que
los Indios de Anáhuac tenían en las guerras", "Modo que
tenían en la guerra y cómo se habían con los que prendían", "La
honra que hacían al que el Señor prendía la primera vez, y la que
al Señor mismo era hecha", pp. 344-352.
ZORITA
Alonso de: "Breve Relación de los Señores de la Nueva
España", Ed. Chávez Hayhoe, México 1941, "El
Príncipe", p. 148.
Un buen estudio
a este respecto puede verse en PUIGGROS Rodolfo:
"La España que conquistó el Nuevo Mundo", B. Costa
Amic Editor, Colección "Ciencias Sociales", 5a. edición,
México 1976.
AGUILAR
O.P. Fr. Francisco de: "Relación breve de la Conquista
de la Nueva España", U.N.A.M., Instituto de Investigaciones
Históricas, 7a. edición, México 1977, Segunda Jornada, p. 66.
CONCILIO
VATICANO II: Declaración "Dignitatis
Humanae" sobre la libertad religiosa, I, no, 2.
LOPEZ
DE GOMARA Francisco: "Historia General
de las Indias", Biblioteca Ayacucho, Caracas 1979, Dedicatoria,
pp. 7-8.
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