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Dioses y políticos - Políticos y dioses

¿Qué papel tenían, entonces, los demás "dioses" si éste era el único? Según los mexicanos, todos eran el mismo y solo Ometéotl, simples aspectos del único verdadero, productos de la falaz percepción humana. Ometéotl, por ejemplo, ciertamente comprendía en su unidad toda la riqueza masculina y femenina, pero el hombre sólo podia entender eso concibiéndolo como si fuera lo que conoce él: la pareja de hombre y mujer: "In Tonantzin in Totatzin" = "Nuestro Madre y Nuestro Padre", como "Ometecutli Omecíhuatl" = "Señor del Dos, Señora del Dos", a quienes, a su vez, concebía como padre de cuatro hijos, abuelos de ocho nietos, y así hasta la treceava potencia de distorción en que se hallaba el mundo humano, el Tlaltípac, a cuyo nivel las dualidades ya constituían auténticos antagonismos tan feroces como los del Sol, Luna y Estrellas, pero todos esos "dioses", por más opuestos y enemigos entre sí que pudieran aparecer al observador humano, "eran tan sólo otras tantas manifestaciones de lo Uno"[29]. Sin embargo, estos antagonismos, que en nada afectaban la armonía de Ometéotl, para el hombre era básico que se mantuvieran tal como estaban, pues cualquier reajuste produciría el fin de su "Quinto Sol". Esto en nada afectaría a Ometéotl, pero para el humano sería su inmediato fin. 

Esta idea de identidad básica y antagonismos complementarios no era sólo la base de su religión, sino también de su política. El "Imperio Mexicano", que los españoles creyenros una unidad política totalitaria, jamás existió: eran ciertamente conquistadores, pero jamás fueron imperialistas, en el sentido socio-político que conferimos hoy a esa palabra, pues en política interior y exterior eran convencidos pluralistas[30]. La tribu estaba dividida en "calpullis", que eran grupos tanto territoriales cuanto clánicos y relativamente autónomos, cada cual con su propio templo, colegios, tribunales y control comunal de la tierra. Cada uno elegía a un jefe, llamado "Tlatoani" = "El que habla"[31]. El conjunto de todos los tlatoanis, junto con representantes del clero y del ejército, constituía el Tlatocan, que era el cuerpo colegiado que efectivamente gobernaba México. Ellos designaban a cuatro ejecutivos: El Cihuacóatl = "Serpiente Mujer", (nombre de la diosa madre), General en Jefe del ejército; el Huey Calpizqui = "Gran Mayordomo", que atendía a todo lo interno a la tribu; el jefe del culto, que era un cargo doble, cuyos titulares llevaban el nombre de Quetzalcóatl Tlaloc Tlamacazqui = "Serpiente emplumada sacerdote de Tláloc" y "Quetzalcóatl Totec Tlamacazqui" = "Serpiente emplumada sacerdote de nuestro Señor", (nombres que, por sí solos, nos hablan tanto de la teología aun no homogéamente asimilada de los primeros pobladores y de los ulteriores mexicas como de la importancia de Quetzalcóatl), y, finalmente, el Huey Tlatoani = "Gran Hablante", quien, en la práctica, era el más poderoso, pues se considera "imagen" de Huitzilopochtli y de él dependía la guerra o la paz, pero que de ningún modo era un "Emperador" como lo creyeron los españoles. Esto es lo que era Motecuhzoma a su llegada. 
                                   
Esos cargos eran electivos e indefinidos en su duración, no necesariamente vitalicios. Los nombrados podían ser removidos, depuestos y aún ejecutados, si no cumplían a satisfacción del Tlatocan
[32]. En su política exterior, lo que buscaban prioritariamente eran alianzas que implicaban "nunca ser contrarios al imperio, dejar entrar y salir, tratar y contratar a los mercaderes y gente de él, enviando cierto presente de oro, pedrería, plumas y mantas, requiriéndoles que recibiesen a sus dioses mexicanos y los tuviesen en su templo y adorasen y reverenciasen [...] los pueblos que ansí venían de su voluntad, sin haber precedido guerra, tributaban como amigos y no como vasallos, y servían trayendo presentes y estando obedientes"[33].
 
Esto no era mera imposición colonialista, pues ese comercio podía resultar muy ventajoso para ambos. México-Tenochtitlán era riguosamente "industrial" en su economía: pequeño territorio superpoblado, importaba metales, plumas, fibras, madera, cuero, piedras y demás material primas, para recolocarlas luego ya elaboradas a cambio de alimentos y nuevos materiales. Disponía, además, de la solicitadísima sal del lago -mercancía inapreciable en el altiplano, con millones de consumidores lejos del mar- y de pedernal y obsidiana, insustituibles para armas e instrumentos en un mundo neolítico, aun sin metales de uso práctico. 
El trato, sin embargo, no era exactamente igualitario, pues se partía del principio de que el dios tribal de México era superior y debía detentar la preeminencia -sin desplazar a los de las otra tribus, por supuesto, pues todos eran partes del equilibrio goblal- así que se exigía poner a Huitizilopochtli en el templo local, junto con el dios de la tribu, pero éste NO recibía el mismo trato de reciprocidad, sino que era colocado en el templo de México debajo de su titular. En cuanto al presente, éste lo era en verdad, pues su monto y entrega quedaban al criterio de los interesados y era correspondido con munificencia, pero implicaba un claro vasallaje moral que no todos estaban dispuestos a aceptar, y no nada más por orgullo, sino porque también pensaban que eso iría contra el equilibrio general, de cuya necesidad estaban igualmente convencidos.  


La guerra increíble                                    

Si rehusaban aceptar el trato, les concedían tres meses para reflexionar, reiterándoles cada mes la petición, y, si perserveraban en su negativa, se les declaraba la guerra con largas y complicadas ceremonias. Pero era una guerra definitivamente extraña del punto de vista europeo, pues lo que pretendía era reactuar en la tierra el conflicto y el equilibrio del cielo, nunca destruir a los contrarios. No había, por ejemplo, la menor prisa para iniciarla: hubo quien pidió, (¡y obtuvo!) 10 años para prepararse antes de empezar las hostilidades. "Era ley entre ellos que antes de la batalla se avisaban algunos años atrás, para que de una y otra parte estuvieran avisados y prevenidos [...] lo cual se guardó hasta el tiempo que vinieron los españoles en esta tierra."
[34]. 
                                   
La batalla misma no podía ser más absurda del punto de vista de la táctica europea, pues tenía objetivos radicalmente distintos: no se trataba de herir y matar al enemigo, sino de convencerlo de su error al no aceptar la supremacía mexica, y resultaba por ello más ceremonia litúrgica que choque militar, regulada como estaba por estrictas leyes caballeroso-religiosas. En primer lugar, no de debía matar ni herir al contrario, sino desarmarlo y tomarlo prisionero. Como prisionero era "hijo" de su captor, consideraba gran honor su estado y ni por asomo se concebía que tratase de liberarse; más aún, si se escapaba y volvía con los suyos, éstos lo condenaban a una muerte afrentosa por haberlos así deshonrado. Quien llegaba a morir resultaba personalmente victorioso, y, quien lo mataba, avergonzado por su torpeza. Esto quedaba sólidamente reforzado por su convicción de que la vida ultraterrena no dependía de la conducta que se hubiese observado en este mundo, sino del género de muerte con que los dioses hubiesen concedido salir de él, y quien moría en batalla o en sacrifico, o mujeres en el parto, eran los verdaderamente afortunados, pues se hacían compañeros del Sol peleando siempre con él en su lucha victoriosa contra la Luna  y las Estrellas.
 
No se impedía la reunión de dispersos ni se perseguía a los desbandados. La batalla terminaba tan luego como lo solicitaban los vencidos, o estimaban los vencedores que ya era abusivo prolongarla... En pocas palabras: había que someter al enemigo, pero destruirlo era impensable, pues su misma oposición era parte del orden que se pretendía mantener[35]. 

Una vez sometidos, seguía una áspera discusión respecto al monto del tributo que en adelante deberían pagar, tributo que era bastante moderado a juicio de un experto fiscal español, Alonso de Zorita: "... era poco lo que cada uno pagaba, y como la gente era mucha, venía a ser mucho lo que se juntaba [...] y cierto es que ahora, [en la época española], paga más un tributario que entonces seis..."[36]. El templo local era quemado, pero la ciudad no. Concertados los tributos, los mexicanos se retiraban con sus prisioneros, sin preocuparse usualmente en poner poner guarnición alguna, sin inteferir directamente en la política local y dejándoles libres de hacer lo que quisiesen, con tal de que no faltara el tributo a su debido tiempo y que no se levantaran contra ellos.



Los Españoles

Los otros protagonistas, los españoles de entonces, es fácil que creamos entenderlos porque, además de descender de ellos, hablamos su lengua y llevamos sus nombres, pero, en realidad, podemos no conocerlos siquiera. Para empezar, algo que parece broma pero que es rigurosa verdad, es que "España" NO conquistó México, pues además de que no fue una guerra entre indios y blancos, sino entre indios manipulados por blancos, quien realmente vino a México no fue "España", sino Castilla, lo cual no es mero juego de palabras: Los dos reinos recién unidos, Castilla y Aragón, diferían mucho: en Aragón las cosas marchaban más o menos bien; en Castilla la corrupción y la venalidad campeaban por sus fueros, y esto iba a tener influencia decisiva en el caso de México
[37]. Fray Francisco de Aguilar, un conquistador metido después a fraile dominico, consigna una lista completa de las nacionalidades de sus colegas, en la que encontramos gentes tan inesperadas como griegos y venecianos, pero en la que brillan por su ausencia catalanes, mallorquinos, valencianos o cualesquiera súbditos del reino de Aragón: "... hubo gente de Venecia, griegos, sicilianos, vizcainos, montañeses, asturianos, portugueses, andaluces y extremeños."[38]

España empezaba apenas a existir como entidad política. No tenía unidad lingüística ni racial, pero en un punto en que todos concordaban era en que todos eran cristianos, sincera, profunda y hasta fanáticamente cristianos, y más exáctamente católicos, pero no veían a su religión como la vivimos hoy, sino con visos judaicos y musulmanes de Inquisición y "Guerras Santas".                                     

Lo que hoy, al menos en teoría profesamos, es: "Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de toda coacción, tanto por parte de personas particulares y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos."
[39]. "Es uno de los capítulos principales de la doctrina católica, contenido en la palabra de Dios y predicado constantemente por los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios, y que, por tanto, nadie debe ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza [...] Está, por consiguiente, en total acuerdo con la índole de la fe el excluir cualquier género de coacción por parte de los hombres en materia religiosa."[40].
                                   
Pero todos los católicos españoles de entonces, luego de ocho siglos de guerra contra el Islam, para nada pensaban así, antes habían identificado el ser cristiano con el ser guerrero, y su llegada a América la consideraron como una convocatoria divina a seguir luchando contra los infieles: "La mayor cosa después de la creación del mundo y la muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias [...] Nunca nación extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas [...] Comenzaron las conquistas de indios acabada la de moros, para que siempre guerreasen españoles contra infieles."
[41].



Notas

[29] "Waren nur ebensoviele Manifestationen des Einen", (BEYER Hermann: "Das astekische Goetterbield Alexander von Humbolt's", Müller Hnos. México 1910, Apud LEON PORTILLA: La Filosofía Nahuatl..., p. 161.
[30] Una excelente exposición de cómo se hallaba organizada la sociedad mexicana y su gobierno, puede verse en SOUTELLE Jacques: "La vie quotidienne des Azteques a la veille de la conquête espagnole", Editorial Hachette, París 1955, Cap. II: "La societé et l'Etat au debut du XVe. Siècle", pp. 62-121.
[31] El idioma náhuatl es uno de los más ricos y expresivos que ha forjado la mente humana. Hablarlo con propiedad era todo un apreciado arte, tanto que existían dos idiomas: el vulgar: "macehuatolli" y el refinado: "tecpillatolli", por ello identificaban la autoridad máxima con la mejor manera de hablar.
[32] Tízoc, quinto Huey Tlatoani, muy probablemente fue muerto, y Motecuhzoma II ciertamente fue depuesto.
[33] IXTLILXOCHITL Fernando de Alva: "Historia de la Nación Chichimeca" en "Obras Históricas", U.N.A.M., Instituto de Investigaciones Históricas, México 1977, cap. 38, p. 103.
[34] IXTLILXOCHITL: "Sumaria Relación de las Cosas de la Nueva España", cap. 5, p. 260.
[35]Para una exposición completa de los singulares usos de sus guerras, puede verse a MOTOLINIA O.F.M. Fr. Toribio Paredes de Benavente: "Memoriales o libro de las cosas de la Nueva España", Edición crítica de la U.N,A.M., Instituto de Investigaciones Históricas, 2a. Edición, México 1971, preparada por Edmundo O'GORMANN, Nueva Transcripción paleográfica del manuscrito original, con la inserción de porciones de la "Historia de los Indios de la Nueva España", Vol. I, 2a. parte, cap. 12: "De las leyes y costumbres que los Indios de Anáhuac tenían en las guerras", "Modo que tenían en la guerra y cómo se habían con los que prendían", "La honra que hacían al que el Señor prendía la primera vez, y la que al Señor mismo era hecha", pp. 344-352.
[36] ZORITA Alonso de: "Breve Relación de los Señores de la Nueva España", Ed. Chávez Hayhoe, México 1941, "El Príncipe", p. 148.
[37] Un buen estudio a este respecto puede verse en PUIGGROS Rodolfo: "La España que conquistó el Nuevo Mundo", B. Costa Amic Editor, Colección "Ciencias Sociales", 5a. edición, México 1976.
[38] AGUILAR O.P. Fr. Francisco de: "Relación breve de la Conquista de la Nueva España", U.N.A.M., Instituto de Investigaciones Históricas, 7a. edición, México 1977, Segunda Jornada, p. 66.
[39] CONCILIO VATICANO II: Declaración "Dignitatis Humanae" sobre la libertad religiosa, I, no, 2.
[40] Ibidem, II, no, 10.
[41] LOPEZ DE GOMARA Francisco: "Historia General de las Indias", Biblioteca Ayacucho, Caracas 1979, Dedicatoria, pp. 7-8.
 
 
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