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Dos Mundos en Choque

Cuando Cortés deja Cempoala, la capital totonaca, y se lanza a conquistar México, más que un enfrentamiento militar se inicia el de dos cosmovisiones irreconciliables: dos mundos están a punto de chocar. Para los españoles, todos los indios están en poder de Satán, y no cabe sino convertirlos o exterminarlos; para los indios, los españoles son dioses, con legítimos derechos sobre la tierra, y les corresponde el lugar de preeminencia, pero nunca el de exclusividad. 
Al llegar a territorio tlaxcalteca, NO fueron recibidos de paz, y los primeros contactos no pudieron augurarles nada peor: La primerísica escaramuza fue entre seis españoles a caballo contra "unos quince hombres con espadas y rodelas". Los quince acabaron muertos, pero "defendiéronse tan bien un rato de los seis, que hirieron a dos de ellos y les mataron dos caballos de dos cuchilladas, y, según algunos que lo vieron, cortaron cercén de un golpe cada pezcuezo, con riendas y todo."[60]. Si quince por poco acaban con seis y liquidaron a dos valiosísimos caballos, no les costó mucho hacer las cuentas de cómo les podía ir en lo sucesivo en una batalla seria. Y, cuando vino la primera:  
            "Turbados y afligidos -por no decir llenos de miedo- de ver tanto esfuerzo en unos indios y tantos que cubrían el sol y que era la primera refriega en que se veían, y ellos tan pocos y no muy bien apercibidos, y con temor de verse metidos en reino extraño y de bárbaros, y las espaldas no muy seguras, y entre más gente que las arenas del mar, que a papirotes los podían matar, oí decir a un conquistador religioso que se halló seglar en ese combate y conflicto, que muchos hubo que se les saltaron las lágrimas y dieron por mucho no ser nacidos, ya que maldecían al Marqués por haberlos traído en aquel extremo y punto tan temeroso."[61]. 
Sin embargo, pronto se llevaron la grata sorpresa de ver que contaban evidentemente con una especial asistencia divina, pues siendo esos indios estupendos soldados y luchando con nunca vista bravura, no mataban a ninguno de ellos, "muriendo de los suyos infinitos, que como estaban apretados, hacía riza en ellos la artillería"[62]. Pero, aun así, tras días y noches de pelear, llegaron a la conclusión de que esa empresa era una locura, y le exigieron a Cortés huir de regreso al mar: Si la pequeña Tlaxcala se mostraba invencible, ¿qué sería la legendaria Tenochtitlan?! Cortés, herido él mismo y enfermo, les dió la razón: lo que estaban haciendo era una locura, pero de siempre habían sabido que lo era, y la habían emprendido confiando no en sus fuerzas, sino en Dios, cuya era la causa que por la que militaban, y, si habían llegado a donde estaban, era patentemente porque El los guiaba y defendía, de modo que sería hacerle traición dejar de confiar en su auxilio, retirándose ahora... Y ¡los convenció! Supieron tragarse su terror y seguir adelante, lo cual debe hacernos apreciar su auténtico heroísmo, pues, en ese momento, de veras sentían que se les cerraba el mundo. 
Pero realmente no era así: los tlaxcaltecas ya habían admitido que Quetzalcóatl había probado ser, efectivamente, más poderoso que su dios tribal Camaxtle, y decidieron pasarse a su bando con armas y bagajes, para gran desconsuelo de Motecuhzoma, que veía así cumplirse sus peores pesadillas, y mucho más cuando los vio desafiar -¡y vencer!- al propio dios del fuego, Xiuhtecutli, escalando el Popocatépetl.  


Quetzalcóatl contra Quetzalcóatl  

Es muy posible que Motecuhzoma sí haya pretendido intentar, en Cholula, el ataque directo a los invasores. Sus convicciones teológicas debieron llevarlo a la idea de que no podían ser el benévolo monarca del que hablaban los toltecas, sino su infame gemelo Xólotl, y que la forma de eliminarlo era oponerlo contra sí mismo, cosa que podía hacer en Cholula, que era la ciudad santa del Quetzalcóatl tolteca. Pero Cortés percibió la conjura y se adelantó, bañando en sangre la ciudad. Su rapidez y crueldad en nada mermaron su fama de dios, antes la confirmaron a ojos mexicanos, que esperaban precisamente eso de unos dioses que se respetasen.
 
Ante eso, el incansable Motecuhzoma optó por una forma de resolver conflictos que había de funcionarle a maravilla a sus sucesores de siglos después: comprar al líder: "... él te promete de te enviar al puerto [a condición de que se retirasen], mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro rey, y para tí y para cada uno de tus hermanos, una carga."[63]. La oferta era de vértigo: ¡10 toneladas de oro, sin peligros ni trabajos! Por poco caen los españoles en la tentación de aceptarla, pero venció su convicción de ser paladines de Dios y del Rey, y la rehusaron, aceptando enfrentarse a las terribles consecuencias de desafiar, ellos tan débiles, a los todopoderosos, lo cual también nos demuestra que eran unos héroes, mucho más quijotes que sanchopanzas.
Desesperado, entonces, Motecuhzoma se resolvió por una medida espantosa para todos, puesto que arriesgaba un cataclismo universal y acabar con el Quinto Sol: Disfrazó de nobles a nuevos brujos y los envió a envenenar a Quetzalcóatl... Hubiera sido facilísimo hacerlo: la herbolaria mexicana disponía de toda suerte de drogas, pero nuevamente, a fuer de teólogo, Motecuhzoma razonó que un dios era inmune a venenos normales y requería de especiales, por lo que le mandó un guiso de carne humana sacrificada a Huitzilopochtli. Si Cortés, que nunca fue melindroso, se la hubiera comido, por supuesto que nada le hubiera pasado, pero Motecuhzoma, que no era ningún tonto, habría descubierto de inmediato que era un simple mortal y no el dios que él creía... toda la sutil trama de equívocos estaba a punto de desmoronarse... pero aconteció de nuevo lo inaudito: una nueva casualidad vino a dejar las cosas como antes, y mejor que antes, para Cortés: Marina sospechó algo al oír habla a los "nobles" con lenguaje de plebeyos, y comunicó sus inquietudes a Cortés, quien los hizo confesar la verdad. Sin darse cuenta del alcance mágico del hecho, y sólo asqueado de que se hubiese pretendido que él comiese carne humana, la hizo enterrar y reclamó agriamente a Motecuhzoma, quien quedó apabullado ante la evidente invencibilidad del dios... Todavía intentó mandarle un nuevo comando de brujos a atacarlo cuando descendió al Valle, sólo para ser informado por éstos que los dioses se rehusaban ya a colaborar. 
Motecuhzoma vió entonces culminar su drama: Literalmente había hecho TODO su posible, y, literalmente, TODO le había fallado. Lo primero que pensó fue en inmolarse él mismo.  Lejos de ser un cobarde que todo lo sacrificó por miedo a morir, su primer intento había sido ese. Desde la llegada de los "dioses" había tomado nota de su inexplicable interés por su persona: "hacían con mucha instancia preguntas tocante a Motecuhzoma: cómo era, si acaso muchacho, si acaso hombre maduro, si acaso viejo, si acaso ya un anciano, si tenía cabeza blanca..."[64], y, ante eso, había decidido librar a su pueblo de la amenaza que podía él representar retirándose, o quitándose la vida. El P. Durán, en capítulo 87, narra sabrosamente el largo calvario de Motecuhzoma para obtener la anuencia divina de suicidarse, y la final amarga negativa[65]: su destino era morir, sí, a manos de esos "dioses", y de eso quedó tan seguro que se ocupó de encomendar a sus hijos a un amigo de su confianza: "... te ruego y te pido de merced, que después de que sean venidos los dioses y yo sea muerto a sus manos -que yo sé que me han de matar- que tomes a mis siete hijos que dejo a tu cargo, y los ampares..."[66]. 
Haciendo, pues, cuentas, nada le quedaba por hacer sino afrontar, con toda la dignidad de un prócer mexicano, la suerte del vencido... Había intentado reiteradamente un arreglo diplomático, reconociendo sin ambages la preeminencia de Quetzalcóatl, enviándole espléndidos regalos y otorgando a sus envíados plena libertad de comercio, que era todo lo que se estilaba entre gentes bien educadas... se lo habían rechazado. Había intentado una y otra vez el ataque mágico... habían resultado contraproducentes.  Los tlaxcaltecas habían probado la confrontación directa... habían acabado aliándose con él.  Había intentado enfrentarlo contra sí mismo en Cholula... se había demostrado más fuerte que nunca.  Había intentado el soborno... habían resistido.  Había intentado envenenarlo... había sido descubierto y puesto en vergüenza.  Había solicitado ofrendar su propia vida... había sido rechazado. ¿Qué más podía hacer, sino afrontar su destino conforme al código del prisionero, desplegando no mera resignación, sino hasta colaboración y cariño hacia su vencedor, "su padre" según la más pundonorosa ética militar... Y lo hizo, efectivamente, escandalizando generaciones futuras por su "cobardía" y asombrándolos a ellos, que nunca se esperaron esa reacción cuando, una vez en México, lo tomaron preso a traición.



Nuevos vasallos 

Al ser recibidos e instalados los españoles en México por sus anfitriones indios, con inmenso pasmo mutuo, Cortés expuso a Motecuhzoma su cantilena de que venía en nombre de Dios y demás, y éste hubo de contestarle que ya lo sabía, que de siempre lo habían sabido él y sus antecesores, y por ello, en pleno y justo uso de sus facultades de Huey Tlatoani, aceptó jurar vasallaje al Rey de España al estilo español, y entregó como regalo, ("tributo" entendieron los españoles), un impresionante tesoro.
 
Con esto, el equívoco Cristo-Quetzalcóatl llega a su máximo éxito, pues Cortés ya es dueño de México sin haber disparado un solo tiro: pero todo se funda en un frágil juego de errores y cada parte entiende cosas incompatiblemente distintas: Para los españoles, Motecuhzoma posee el "imperio" como bien suyo patrimonial, y lo ha entregado in perpetuum a su propio emperador, Carlos V de Alemania y I de España, de quien Cortés es ahora representante plenipotenciario. México es ya un "reino" más de España, como Castilla, León o Aragón, sometido de inmediato a sus leyes y, apenas posible, a su cultura y a su religión, cosa ésta última la de la máxima importancia. 
Para los indios, lo único que había sucedido era que había terminado la hegemonía de Huitzilopochtli-Tezcatlipoca y reinaba, de nuevo y como antes, Quetzalcóatl. Existía una federación que estipulaba nunca ser enemigos, libertad de comercio y el derecho a poner la imagen nueva de Quetzalcóatl junto a -¡nunca en lugar de!- la de Huitzilopochtli en el Templo Mayor. No habiendo habido resistencia ni guerra, no existía obligación de tributo ninguno, aunque bien cuidarían ellos de mandar regios regalos... De ahí en fuera nada iba a cambiar de su religión, leyes o cultura, y Cortés y los suyos ya no eran sino embajadores cesantes, que nada tenían que seguir haciendo entre ellos, y cuya presencia empezaba ya a colmarles el plato.
Para Motecuhzoma las cosas eran personalmente distintas: él si había luchado contra ellos y era su prisionero; para él no existía, pues, más salida honrosa que la muerte. Cuando, de improviso, llegó un inesperado "Tezcatlipoca hispano" en la persona de Pánfilo de Narváez, enviado por Velázquez con copiosas tropas para vengar la traicion de Cortés, él ni siquiera intentó aprovecharse, antes se lo informó a Cortés y le ofreció la ayuda de sus guerreros, que éste se guardó mucho de aceptar, hecho como estaba a las traiciones y temiéndolas de su prisionero, a quien le había dado mil motivos para odiarlo, cuya colaboración y cariño no atinaba a explicarse, y temía fuera sólo una pantalla.
Salió de México, con la mayoría de sus tropas, a combatir a las de Nárvaez, dejando en su lugar a un matasiete: Pedro de Alvarado. Por esos días caía la fiesta máxima de Tenochtitlan: Tóxcalt, la fiesta de Tezcatlipoca, el antiguo vencedor de Quetzalcóatl... Los aliados tlaxcaltecas, quedados con Alvarado, estaban muertos de miedo: Desde el 2 de febrero de ese año de 1520, había concluído el año Ce Acatl -el año de Quetzalcóatl- e iniciado el Ome Técpatl = Dos Pedernal, por lo tanto, la fuerza de Quetzalcóatl se había desvanecido... Estaban en plena capital de su archienemigo Huitzilopochtli-Tezcatlipoca, y ya Cortés había tenido que salir a enfrentar a un Tezcatlipoca blanco, que parecía traer todas las de ganar, y, para colmo, se avecina el 16 de mayo, la máxima fiesta de Tezcatlipoca... ¡¡Cualquiera comprendería que van a ser atacados y eliminados!! Y así se lo comunicaron a Alvarado, que compartía cien por ciento sus temores... 
El historiador tezcocano Ixtlilxóchitl, que, en general, no es nada favorable a los mexicanos, comenta sin embargo: "... ciertos tlaxcaltecas [...] por envidia, lo uno acordándose que en semejane fiesta los mexicanos solían sacrificar gran cantidad de cautivos de la nación tlaxcalteca, y lo otro que era la mejor ocasión que ellos podían tener para poder henchir las manos de despojos y hartar su codicia y vengarse de sus enemigos [...] fueron con esta invención al capitán Pedro de Alvarado, que estaba en lugar de Cortés, el cual no fue menester mucho para darles crédito, porque tan buenos filos y pensamientos tenía como ellos..."[67]. 
Eso pues, y su loca avaricia al ver las riquísimas joyas de los danzantes, hicieron que diera la orden de atacar a la nobleza mexicana inerme, provocando una matanza espantosa en el Templo Mayor. Pero, lejos de obtener el mismo efecto que Cortés había logrado en Cholula, lo que provocó fue que los mexicanos se sintieran objeto de una auténtica traición de parte de Quetzalcóatl, al habere violado el trato de "nunca ser enemigos", y, desligados así de su pacto, se volvieran contra él cual furiosas avispas, aunque -eso sí- siempre guardando el indiscutido respeto a sus leyes litúrgico-guerreras, que les garantizaban que morir era vencer y les conminaban a no matar sino cautivar vivo al contrincante.
 


La Noche Triste

Tan completo era este respeto que ni siquiera impidieron la entrada de Cortés, que volvió con cuantiosos refuerzos: toda la gente de Narváez, que encantada se pasó a su bando ante el señuelo del oro. Contando en ellos, estaba seguro de arreglarlo todo fácilmente. 

Para su amarga sorpresa, pronto comprobó que no era así. Pese a que los indios llevaban desventaja aplastante ante su artillería, su número y bravura disipaban toda esperanza de victoria. "Me respondieron -narra él a propósito de un intento suyo de transar- que bien veían que recibían de nos mucho daño, pero que ellos estaban determinados de morir veinte y cinco mil de ellos y uno de los nuestros, nos acabaríamos nosotros primero, porque éramos pocos y ellos muchos..."
[68]. "... no aprovechaban mucho nuestros tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear, aunque les matábamos y heríamos muchos de ellos, por las puntas de las lanzas y de las espadas se nos metían [...] Aunque estuvieran allí diez mil Héctores troyanos y tantos Roldanes no les pudiesen entrar [...] y no sé por qué lo escribo aquí tan tibiamente, porque unos tres o cuatro soldados que se habían hallado en Italia, juraron muchas veces a Dios que guerras tan bravosas jamás habían visto entre cristianos y contra la artillería del rey de Francia ni del gran Turco..."[69]. 
Además, él traía oculto en la manga, (tan oculto, de hecho, que jamás lo mencionó a nadie, y si lo conocemos es por una fuente india, el Códice Ramírez): nada menos que "mas de 200 mil hombres"[70] al mando de Ixtlilxóchitl, que atacaban a los mexicanos a pocas cuadras de su cuartel: "cuando él estaba en el mayor fuego de la guerra le socorría con picar a los mexicanos por la parte de San Antón, de manera que los hazía que acudiesen allí y dejasen de cargar a los del fuerte (aunque esto lo callan los españoles no sé por qué).."[71].
Pese a eso, pronto fue evidente que nada de eso iba a funcionan, y no tuvo más remedio que tragarse su orgullo e ir a pedirle a su prisionero que lo sacara del atolladero. Para Cortés no había en ello problema: el emperador era dueño de la nación... Motecuhzoma, en cambio estaba seguro de haber sido ya depuesto por el Tlatocan, y bien sabía que, si ahora se presentaba ante su pueblo para abogar por los traidores, eso le costaría la vida... y eso precisamente fue lo que decidió hacer. 

Es triste constatar que Cortés nunca entendió a Motecuhzoma, ni en sus miserias ni en su grandeza, igual que tampoco lo entenderían los más de los mexicanos de entonces y de ahora. Cierto que fue un tirano abominable, vanidoso y arbitrario; pero, desde que llegaron los españoles, su actuación jamás dejó de ser coherente, valiente y hasta épicamente grandiosa, dentro, desde luego, de su personal cosmovisión, y, sin embargo, eso mismo le mereció fama de cobarde ante el propio Cortés: "Hombre sin corazón y de poco debía ser Moctezuma, pues se dejó prender, y preso, nunca procuró soltura..."[72].
¡Por supuesto que Motecuhzoma jamás iba a pretender la vileza de liberarse! Muy lejos de eso, se prestó a la última ignominia que le exigía su captor -su "padre"- de abogar por ellos, pese a su alevosa traición, y eso le costó la vida... Muerto él, Cortés hubo de enfrentar la cruda realidad de que no le quedaba más recurso que la huída. Huyeron, en efecto, cargados de botín, para encontrar la muerte la gran mayoría de ellos y de sus aliados indios, en una derrota tan desastrosa que hubiera debido ser el final de su aventura, de no ser porque los equívocos mutuos provocaron otra vez lo imposible:
Para los indios era impensable exterminar al enemigo, y mucho menos, en este caso, al propio Quetzalcóatl; al contrario, era indispensable que sobrevivieran los más posibles de los derrotados tanto para no afectar al equilibrio de que eran parte, como para luego hubiese tributarios y heraldos de la invencibilidad de Huitzilopochtli, cosa ésta última que ahora resultaba especialmente importante, puesto que todo el mundo había siempre estado de acuerdo en que Quetzalcóatl era el más fuerte y dueño legítimo del país, que ellos sólo habían tenido en usufructo provisional. Ahora había vuelto, y se le había devuelto: mas él, cobarde y arteramente, había traicionado el pacto y, en la lucha subsiguiente, se había patentizado que No era el más fuerte, que Huitzilopochtli lo había vencido en buena lid, de modo que era esencial que las pruebas vivas de ese triunfo siguieran así, pruebas y vivas, por lo que no sólo no los exterminaron, sino hasta cuidaron de que volviesen salvos a Tlaxcala: "... siempre teníamos escuadrones de mexicanos que nos seguían, mas ya no se osaban llegar, y aquellos que venían era como quien dice: <<Allá iréis fuera de nuestra tierra>>."[73]. 
        


El Ocaso del Quinto Sol
                                    

De todo esto los españoles no tenían la más mínima idea, antes, razonando por lo que hubieran ellos hecho, les parecía palmariamente milagro que los mexicas se limitasen a ese hostigamiento. Su terror era tal que, cuando se encontraron en la llanura de Otumba a un inmenso ejército, enviado por Ixtlixóchitl, que venía en su socorro lo atacaron y mataron a muchos antes de caer en la cuenta de su equivocación
[74]. Cuando, por fín, llegaron a Tlaxcala, muertos de miedo de que sus antiguos aliados actuaran como hubieran actuado ellos, es decir: abandonado al débil para congraciarse con el fuerte y vencedor, hallaron sólo lealtad y apoyo... que no les convenció. Ignoraban que todos sus aliados no tenían ya otra alternativa, como en el caso de los totonacas. Por ello no cabían en sí de asombro e indignación al enterarse de que Cortés, lejos de huir cuanto antes hacia el mar, pretendía volver a reconquistar México:  

            "¿Que piensa Cortés? ¿Qué quiere hacer de nosotros?  ¿Por qué nos quiere tener aquí, donde muramos de mala muerte? ¿Qué le merecemos para que no nos deje ir?  Estamos descalabrados, tenemos los cuerpos llenos de heridas y podridos, con llagas, sin sangre, sin fuerza, sin vestidos; vémonos en tierra ajena, pobres, flacos, enfermos, cercados de enemigos y sin esperanza ninguna de subir donde caímos. Harto locos sandios seríamos si nos dejásemos meter en otro semejante peligro como el pasado. No queremos morir locamente como él, que en la insaciable sed de gloria y mando tiene en no estima su muerte, cuanto más la nuestra, y no mira que le faltan hombres, artillería, armas y caballos, que hacen la guerra en esta tierra, y que le faltará la comida, que es lo principal. Yerra, y de verdad mucho lo yerra, en confiarse en estos de Tlaxcalan, gente, como todos los indios son, liviana, mudable, de novedades amiga, y que querrá más a los de Culúa que a los de España; y que si bien ahora disimulan y temporizan con él, en viendo ejércitos mexicanos sobre sí, nos entregarán vivos a que nos coman y sacrifiquen, que cierto es que nunca pega bien ni dura amistad entre personas de diferente religión, traje y lenguaje."[75] 
Con todo, y por increíble que parezca, Cortés los convenció de lo contrario, hablándoles con la autoridad de quien cree profundamente lo que dice. ¿Qué más prueba podían pedir de la voluntad y asistencia de Dios que seguir vivos?: "Menos éramos cuando a esta tierra entramos y ningún amigo teníamos; y, como bien sabéis, no pelea el número, sino el ánimo: no vencen los muchos, sino los valientes..."[76]. 
No era muy exacto esto último, pues pronto contó con innumerables aliados, el más poderoso de los cuales fue una espantosa pandemia de viruela, traída por un negro de Narváez, que para los no inmunizados indios "fue entre ellos tan grande enfermedad y pestilencia mortal en toda la tierra, que en algunas provincias moría la mitad de la gente, y en otras poco menos..."[77]. La fuerza de este "aliado" no estuvo sólo en acabar con enemigos, sino en el efecto que causó en la mente india, pues toda su concepción de valores éticos en torno a la guerra se colapsó violentamente: Hasta ese momento, se suponía que Quetzalcóatl era el legítimo y bondadoso soberano, aborrecedor de la sangre y de la muerte, que volvía a liberarlos del yugo de los "villanos" Tezcatlipoca y Huitzilopchtli, idea que los españoles no habían hecho sino fomentar...
                                    
Sin embargo, ahora resultaba que este Quetzalcóatl español siempre había procedido al revés, siempre se había mostrado como el verdadero villano, desmintiendo sistemáticamente sus palabras con sus acciones, al grado de quebrantar alevosamente un solemne pacto formal, provocando así su aplastante derrota y evidenciando su inferioridad real, con lo que había quedado claro que sus adversarios eran en realidad los fuertes y los leales...   A ojos de todos, pues, ya el asunto quedaba zanjado: Tezcatlipoca y Huitizilopochtli reinarían en adelante indiscutidos...  Pero, hete aquí que, de improviso, el derrotado Quetzalcóatl se muestra aún más alevoso e innoble de lo que podría jamás haberse creído, lanzándose a masacrar por igual a amigos que a enemigos, con un arma nueva y desconocida, pero tan espantosamente eficaz que cobraba de un golpe más víctimas que todas las antiguas guerras juntas...
 
                                   
Como es lógico, ante eso las reacciones indias se polarizaron y se rigidizaronn: Los partidarios de Huitzilopochtli empeñándose más que nunca en luchar con estricto apego a sus limitantes leyes de guerra, mientras que los alineados con Quetzalcóatl empiezaron a hallar "divina" la idea española de asolar y matar indiscriminadamente, al grado que pronto los ya numerosísimos aliados de Cortés
[78], que antes, como todos, "mas pugnaban por prenderse que por matarse [...] ni hacer otro mal y daño en el hombre, ni mujer, ni casa, ni sementera, sino sólo traer de comer al ídolo ..."[79], desecharon todas sus represiones ancestrales y acabaron convirtiéndose en tan desenfrenados asoladores y asesinos que, a su lado, sus maestros españoles parecían ingenuos principiantes por no asesinar a mansalva, sino contentarse con saquear: ".. nuestros soldados hasta romperles y ponerles en huida no curaban de dar cuchilladas a ningún indio, porque les parecía crueldad; en lo que más se empleaban era en buscar una buena india o haber algún despojo, y lo que comunmente hacían era reñir a los amigos porque eran tan crueles y por quitarles algunos indios o indias porque no las matasen."[80]. 
                                   
Así, el más valioso aliado de Cortés resultó la terca fidelidad de los mexicas a sus leyes caballeroso-litúrgicas ante la desatada violencia de los enemigos, fidelidad que los llevó a la derrota entre continuas victorias. El propio Cortés fue hecho prisionero dos veces, una en Xochimilco y otra en México: para los indios eso era victoria definitiva, y, a sus ojos, él se cubrió de oprobio al dejarse ayudar a escapar... para los españoles esos mismos "escapes milagrosos" resultaban claras muestras de la asistencia divina, que más los impulsaban a proseguir la lucha.
 

Por fín, tras enconada y penosísima resistencia, cayó Tenochtitlan. Para los indios no representó eso algo inaudito: cierto que nunca había existido una ciudad tan poderosa, pero ya otras habían alcanzado enhiestas cumbres, caído después, y el mundo en torno a ellas había seguido su curso... Ahora, en cambio, era su propio mundo el que iba a desaparecer. 


Notas

[60] GOMARA, "Historia de la Conquista...", cap. 45, p. 79.
[61] DURAN: "Historia de las Indias...", tomo II, cap. 72, no. 19, p. 529.
[62] DIAZ Bernal, "Historia Verdadera...", cap. 78, p. 136.
[63] DIAZ Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 87, p. 157.
[64] SAHAGUN: "Historia General...", Libro 12, cap. 9, no. 5. p. 768.
[65] Cfr.DURAN: "Historia de las Indias...", tomo II, cap. 67, pp. 491-497.
[66] DURAN:"Historia de las Indias...", tomo II, cap. 71, no. 17, p. 520.
[67] IXTLILXOCHITL: "Obras Históricas", Historia de la Nación Chichimeca, tomo II, cap. 88, p. 228.
[68] CORTES Hernán: "Cartas de Relación", Editorial Porrúa, Coleccción "Sepan Cuantos..." no. 7, 14a. edición, México 1985, 2a. Carta Relación, p. 81.
[69] DIAZ Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 126, pp. 249-250.
[70] TOVAR JUAN DE S.J.: Códice Ramírez. Aunque consta que este Padre, el primer jesuita mexicano, lo redacto tomándolo de fuentes indígenas, el nombre está ya indeleblemente asociado al de su primer editor, José F. Ramírez, quien encontró el manuscrito en el convento de San Francisco.  Editorial Porrúa, Biblioteca Porrúa no. 61, (Junto con Crónica Mexicana de TEZOZOMOC), 2a. edición, México 1975, no. 2, cap. sin número, p. 144.
[71] Ibidem, p. 145.
[72] GOMARA: "Historia de la Conquista...", cap. 89, p. 141. La opinión es del propio Gomara, pero no olvidemos que él nunca estuvo en México, sino fue capellán de Cortés, quien fue su fuente principal de información, de modo que todo lo que él dice es como un eco del conquistador. ¡No tenía éste idea de que, para un preso mexicano, era impensable deshonra "procurar soltura"!
[73] DIAZ Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 128, p. 261.
[74] Cfr. GONZALEZ Ruy: "Epistolario de la Nueva España", recopilado por DEL PASO Y TRONCOSO Francisco, México 1939, tomo III, no. 369. También TOVAR S.J. Juan de: "Códice Ramírez", Editorial Porrúa, Biblioteca Porrúa no. 61, 2a. Edición, México 1975, no. 2. p. 145.
[75] GOMARA: "Historia de la Conquista.,.", cap. 113, p. 179.
[76] GOMARA: "Historia Verdadera...", cap. 114, p. 180.
[77] MOTOLINIA: "Memoriales...", 1a. parte, cap. 2, no. 37, p. 21.
[78] Según Ixtlilxóchitl había 250,000 guerreros, 8,000 oficiales y 50,000 labradores del propio Texcoco; 50,000 de Chalco, Itzocan, Cuauhnáhuac, Tepeyacac; 50,000 de Otumba, Tolanztzinco, Xicotépec; 50,000 de Tziuhcohuácaz, Tlatlautitepec y más de 300,000 tlaxcaltecas, huexutzincas y cholultecas, a más de 16,000 canoas. (IXTLILXOCHITL, ibidem, p. 461).
[79] DURAN: "Historia de las Indias...", tomo I, cap. 3, p. 34.
[80] DIAZ Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 142, p. 307.
 
 
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