• Segunda Entrevista Con Zumárraga
68.- Al día siguiente, Domingo, muy de madrugada, cuando
todo estaba aún muy oscuro, de allá salió de su casa hacia acá, a Tlaltelolco:
viene a aprender las cosas divinas, a ser pasado en lista; luego a ver
al Gran Sacerdote.
Vale la pena hacer notar que esa referencia topológica: "salió
de su casa hacia acá, a Tlaltelolco" nos muestra que el texto
fue escrito ahí, en Tlaltelolco, lo que es una confirmación de
que su autor fue Antonio Valeriano, quien fue alumno, maestro
y rector del Colegio de Santa Cruz, instalado ahí.
69.- Y como a las diez de la mañana estuvo dispuesto: se había oído
Misa, se había pasado lista, se había dispersado toda la gente. 70.-
Y él, Juan Diego, luego fué al palacio del Señor Obispo. 71.- Y tan
pronto como llegó, hizo todo lo posible para tener el privilegio de
verlo, y con mucha dificultad otra vez tuvo ese honor.
72.- A sus pies hincó las rodillas, llora, se pone triste, en tanto
que dialoga, mientras le expone el venerable aliento, la amada palabra
de la Reina del Cielo, 73.- para ver si al fín era creída la embajada,
la voluntad de la Perfecta Virgen, tocante a que le hagan, le edifiquen,
le levanten, su templo donde se dignó indicarlo, en donde se digna quererlo.
Juan Diego, que el día anterior tuvo el buen criterio de ir de inmediato a cumplir
el encargo de la Señora del Cielo, omitiendo la asistencia a
Misa que se celebraba en su honor y a la que él acudía por libre
devoción, ahora, en domingo, para nada se considera exentado
de su obligación de sí hacerlo. Tampoco llega ante el Obispo
con la actitud desafiante de quien se sabe portador de una orden reconfirmada
de la Reina de Cielo, sino con la humildad y miedo de quien siente
que él puede ser causa de que se frustre algo que sincerísimamente
desea: "A sus pies hincó las rodillas, llora, se pone triste
en tanto que dialoga, mientras le expone el venerable aliento, la amada
palabra de la Reina del Cielo, para ver si al fin era creída la voluntad
de la Perfecta Virgen, tocante a que le hagan, le edifiquen, le levantan
su templo donde se dignó indicarlo, en donde se digna quererlo."
74.- Y el Señor Obispo muchísimas cosas le preguntó, le examinó, para
que bien en su corazón constase (para cerciorarse) dónde fue a verla,
qué aspecto tenía. Todo lo narró al Señor Obispo, con todos sus detalles,
75.- pero, pese a que todo absolutamente se lo pormenorizó, hasta en
los más menudos detalles, y que en todas las cosas vió, se asombró porque
clarísimamente aparecía que Ella era la perfecta Virgen, la venerable,
gloriosa y preciosa Madre de nuestro Salvador Jesucristo, 76.- a fin
de cuentas, no estuvo de acuerdo de inmediato, 77.- sino que le dijo
que no nada más por su palabra, su petición, se haría, se ejecutaría
lo que solicitaba, 78.- que era todavía indispensable algo como señal
para que poder creerle que era precisamente Ella, la Reina del Cielo,
quien se dignaba enviarlo de mensajero.
La Señora se había identificado como Madre de Dios, había
sido muy clara en que se trataba del mismo que siempre habían venerado
los mexicanos, pero no había mencionado a Jesucristo.
La identificación de éste con Ipalnemohuani, Tloque Nahuaque, Teyocoyani...
es mérito de Juan Diego, lo que demuestra la madurez e ilustración
de su fe, y la corrección con que había entendido Quién era la "Señora
Reina" que le hablaba. Si alguien pensara que estamos exagerando,
atribuyendo a un indio alcances que no podía tener, Mendieta
comenta eso mismo de los catequistas indios, que no sólo captaban todo
a perfección, sino que superaban a su maestro español, añadiendo más
de lo que éste les había dicho: "estando el religioso presente
[...] predicaba en su nombre todo lo que le había dicho [...] y echaba
de ver si era enteramente dicho, o si había alguna falta. La cual no
hallaban, sino que eran muy fieles y verdaderos, y en extremo hábiles:
que no solamente decían lo que los frailes les mandaban, mas aun añadían
mucho más [...] Tanta fue la ayuda que estos intérpretes dieron,
que ellos llevaron la voz y sonido de la palabra de Dios, no sólo
en las provincias donde hay monesterios y en la tierra que de ellos
se predica y visita, mas a todos los fines de esta Nueva España,
y a todas las otras partes adonde los mercaderes llegan y tractan,
que son los que calan mucho la tierra adentro.".
Aquí también podemos comprobar que Zumárraga no fue nada crédulo,
y lo duramente exprimido que fue Juan Diego: "Muchísimas
cosas le preguntó, le examinó.." Zumárraga era inquisidor,
experto en interrogar y en desenmascarar, y fue en eso tan duro con
los indios recién conversos que la Corona los sustrajo de su jurisdicción.
Con todo, el rudo examen fue exitosamente aprobado: "clarísimamente
aparecía que Ella era la perfecta Virgen, la venerable, gloriosa y preciosa
Madre de nuestro Salvador Jesucristo.." Alguien menos exigente
quizá se hubiera dado por satisfecho, pero Zumárraga nó:
a fin de cuentas, esto no venía sino a comprobar que Juan Diego
no mentía, lo que, obviamente, era insuficiente para cualquier Obispo
responsable, puesto que podía haber tenido una alucinación, por lo cual
exige una prueba, una señal, haciéndonos el inmenso favor de que, después
de siglos, la tengamos aún en la imagen milagrosa que seguimos venerando.
79.- Y tan pronto como lo oyó, Juan Diego dijo respetuosamente al Obispo:
80.- <<-Señor Gobernante, por favor sírvete ver cuál será la señal
que tienes a bien pedirle, pues en seguida me pondré en camino para
solicitársela a la Reina del Cielo, que se dignó enviarme acá de mensajero>>.
81.- Y cuando vió el Obispo que todo lo confirmaba,
que desde su primera reacción en nada titubeaba o dudaba, luego lo despidió;
pero 82.- apenas hubo salido, luego ordenó a algunos criados, en quienes
tenía gran confianza, que fueran detrás de él, que cuidadosamente lo
espiaran a dónde iba, y a quién veía o hablaba.
La naturalidad de Juan Diego al aceptar de inmediato que se pida
una señal, y, más aun, su candorosa pregunta de cuál debe ser ésta,
impactó ciertamente a Zumárraga, pues nada desarma tanto a un
escepticismo como la evidencia de la buena fe, manifestada en la pronta
disponibilidad a cualquier control, pero no se dejó convencer y montó
una vigilancia suplementaria, a espaldas del interesado. Y no
se fió de un cualquiera, sino de "algunos criados, en quienes
tenía gran confianza", e impartiéndoles consignas tan minuciosas
cuanto cautelosas: "que fueran detrás de él, que cuidadosamente
lo espiaran a dónde iba, y a quién veía o hablaba."
83.- Y así se hizo. Y Juan Diego en seguida se vino derecho, enfiló
la calzada. 84.- Y lo siguieron, pero allí donde sale la barranca, cerca
del Tepeyac, por el puente de madera, lo perdieron de vista, y por más
que por todas partes lo buscaron, ya en ningún lugar lo vieron, 85.-
por lo que se regresaron. Y con eso no sólo se vinieron a enfadar grandemente,
sino también porque los frustró, los dejó furiosos, 86.- de manera que
le fueron a insistir al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no
le creyera, le inventaron que lo que hacía era sólo engañarlo deliberadamente,
que era mera ficción lo que forjaba, o bien que sólo lo había soñado,
sólo imaginado en sueños lo que decía, lo que solicitaba. 87.- Y en
este sentido se confabularon unos con otros, que si llegaba a volver,
a regresar, allí lo habían de agarrar y castigar duramente para que
otra vez ya no ande contando mentiras, ni alborotando a la gente.
Podemos juzgar, por el extremo enojo con que reaccionan, que los enviados
de "gran confianza", no habían apreciado mucho que
digamos la comisión de seguir durante kilómetros el ágil paso de un
indígena, estimando que era tonto conceder tanta importancia a alguien
tan insignificante. El haberle perdido de vista no necesariamente implica
algo sobrenatural, quizá sólo fue producto de su descuido, lo que aumentaría
su mal humor, pues tendrían que confesarlo ante su jefe. En todo caso,
pese a que no podían dar fe de nada, inventan un "chivo
expiatorio" de su fracaso, decidiendo no nada más calumniarlo de
falsario, sino agredirlo, si se les presentaba la ocasión.
88.- Entre tanto Juan Diego estaba en la presencia de la Santísima
Virgen, comunicándole la respuesta que venía a traerle de parte del
Señor Obispo. 89.- Y cuando se lo hubo notificado, la Gran Señora y
Reina le respondió: 90.- <<-Así está bien, Hijito mío el más amado,
mañana de nuevo vendrás aquí para que lleves al Gran Sacerdote la prueba,
la señal que te pide. 91.- Con eso en seguida te creerá, y ya, a ese
respecto, para nada desconfiará de tí ni de tí sospechará. 92.- Y ten
plena seguridad, Hijito mío predilecto, que yo te pagaré tu cuidado,
tu servicio, tu cansancio que por amor a mí has prodigado. 93.- ¡Animo,
mi muchachito! que mañana aquí con sumo interés habré de esperarte>>.
Aquí las cosas cambian por completo. Aparentemente ya habían terminado
todos los problemas de Juan Diego y había superado exitosamente
las pruebas a las que la Señora había querido someterlo, y lo
tranquiliza asegurándole el feliz éxito de su misión, lo cual debió
causarle una gran alegría y un gran deseo de poder volver para cosechar
los frutos de lo que tan penosamente le había pedido sembrar. Pero...
¡faltaba lo peor!
• El Tio Moribundo
94.- Pero a la mañana siguiente, lunes, cuando Juan Diego
debería llevarle alguna señal suya para ser creído, ya no regresó, 95.-
porque cuando fue a llegar a su casa, a un tío suyo, de nombre Juan
Bernardino, se le había asentado la enfermedad, estaba en las últimas,
96.- por lo que se pasó el día buscando médicos, todavía hizo cuanto
pudo al respecto; pero ya no era tiempo, ya estaba muy muy grave. 97.-
Y al anochecer, le rogó instantemente su tío que, todavía de noche,
antes del alba, le hiciera el favor de ir a Tlaltelolco a llamar a algún
sacerdote para que viniera, para que se dignara confesarlo, se sirviera
disponerlo, 98.- porque estaba del todo seguro que ya era el ahora,
ya era el aquí para morir, que ya no habría de levantarse, que ya no
sanaría.
En la cultura náhuatl el tío era una figura sin equivalente
en la nuestra. Estando el verdadero padre con gran frecuencia ocupado
en alguna guerra lejana, de la que era muy posible que nunca volviera,
"al tío tenían por costumbre estos naturales de dejarle
por curador o tutor de sus hijos, y de su hacienda, y de su mujer y
de toda la casa. El tío fiel tomaba a su cargo la casa de su hermano,
y su mujer como la propia suya.". De modo que
para Juan Diego su tío era como su verdadero padre, con quien
había crecido y a quien más amaba.
No sabemos de qué se enfermó Juan Bernardino, pero sí sabemos
que fué algo inesperado, que Juan Diego lo había dejado bueno
y sano antes de salir, que el mal fue fulminante, ya que en pocas horas
lo puso a las puertas de la muerte y que el o los médicos indígenas
a los que Juan Diego acudió nada pudieron hacer, todo lo cual
coincide con el cuadro de alguna de las pestes "importadas"
por los españoles. Sabemos por Mendieta, que en ese "año
3l. La segunda pestilencia les vino también de nuevo por parte de los
españoles, once años después de las viruelas [Antes dijo que éstas
fueron en 1520, al llegar Narváez], y ésta fue de sarampión,
que trajo un español, y de él saltó en los indios, de que murieron muchos,
aunque no tantos como de las viruelas [...] A este sarampión llamaron
ellos <<tepiton zahuatl>>, que quiere decir pequeña lepra...".
También conocemos el inmenso aprecio que tuvieron los indios por el
Sacramento de la Confesión, y notemos que Juan Bernardino
pide "algún sacerdote para que viniera, para que se dignara
confesarlo, se sirviera disponerlo", sin mencionar el Viático
ni la Unción de los enfermos, pues -por raro que hoy nos parezca-
estos Sacramentos no se les impartían en un principio a los indios.
También demuestra gran madurez en la Fe que Juan Diego haga a
un lado cosas tan inmensamente importantes y gratas para él, como una
cita con la Madre de Dios y una embajada, esta vez
con éxito asegurado, ante el Obispo, para atender a su tío
moribundo, madurez que ya tenía, puesto que desde su cultura
prehispánica se le había enseñado que los enfermos "son imagen
de dios.". Su Bautismo
vino a coronar, no a crear, una sólida virtud que como indio ya poseía.
99.- Y el martes, todavía en plena noche, de allá salió, de su casa,
Juan Diego, a llamar al sacerdote, allá en Tlatelolco.
Es fácil imaginar la desolación de Juan Diego al salir, a media
noche, después de un día angustioso y frustrante, muerto de frío, no
a la gloriosa cita que tiene con la Reina del Cielo, sino a la
difícil tarea de conseguir un sacerdote para su tío agonizante. Una
observación pertinente es que, debiendo caminar largas horas en temperaturas
bajo cero, (Expresamente se menciona al "hielo" en
los versículos 129 y 133), no podía llevar una tilma pequeña colgada
suelta de los hombros, como suele representársele, sino una grande para
abrigarse mejor, con la que pudiera arroparse y embozarse.
100.- Y cuando ya vino a llegar a la cercanía del cerrito Tepeyac, a
su pie, donde sale el camino, hacia el lugar donde se pone el sol, donde
antes él pasara, se dijo: 101.- <<-Si sigo de frente por el camino,
no vaya a ser que me vea la noble Señora, porque como antes me hará
el honor de detenerme para que lleve la señal al Jefe de los Sacerdotes,
conforme a lo que se dignó mandarme. 102.- Que por favor primero nos
deje nuestra aflicción, que pueda yo ir rápido a llamar respetuosamente
el sacerdote religioso. Mi venerable tío no hace sino estar aguardándolo>>.
103.- En seguida le dió la vuelta al monte por la falda, subió a la
otra parte, por un lado, hacia donde sale el sol, para ir a llegar rápido
a México, para que no lo demorara la Reina del Cielo. 104.- Se imaginaba
que por dar allí la vuelta, de plano no iba a verlo Aquella cuyo amor
hace que absolutamente y siempre nos esté mirando.
Esto podría parecer una tontería por parte de Juan Diego, de
imaginarse que "por dar allí la vuelta, de plano no iba a verlo
Aquella cuyo amor hace que absolutamente y siempre nos esté mirando",
pero no es sino cortesía. A él ni por la cabeza le pasa "cobrarle"
el servicio pidiéndole un milagro, y como lo que le importa en ese momento
es tratar de dar a su tío el supremo servicio de un confesor, y, reconociendo
justamente mayor importancia a eso que a cualquier otra cosa en el mundo,
sabe que debe negarse a la Señora, pero, a fuer de mexicano,
no quiere causarle esa pena.
Para su innata cortesía india es impensablemente ruda una negativa directa,
por lo cual hace lo mismo que seguimos haciendo los mexicanos: Rehuye
decir el no directo, esquivando el compromiso que no se puede satisfacer.
Que esto se haga con un subterfugio evidente, refuerza su delicadeza,
porque es lo que nosotros entendemos perfectamente y los extranjeros
nó: que damos por supuesto que nuestro interlocutor entiende así la
negativa, apreciando y agradeciendo la cortesía de no haberla hecho
directa.
105.- Pero la vió como hacia acá bajaba de lo alto del montecito, desde
donde se había dignado estarlo observando, allá donde desde antes lo
estuvo mirando atentamente. 106.- Le vino a salir al encuentro de lado
del monte, vino a cerrarle el paso, se dignó decirle: 107.- <<-¿Qué
hay, Hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas? ¿A dónde vas a ver?>>.
Juan Diego, que nada sabe del maravilloso regalo que le tiene reservado la Señora,
se siente profundamente apenado y desconcertado ante la falta de cortesía
de Ella, pues era impensable que cualquier persona bien
educada, y máxime una Reina, hubiese tenido la malcriadez de salirle
al encuentro sabiendo que la rehuía precisamente para no apenarla, puesto
que no podía concederle lo que pedía; pero Ella, que demuestra
conocer la etiqueta mexicana perfectamente, entiende y agradece la treta
de Juan Diego ni remotamente aludiéndola, ni insinuando el más
leve disgusto o desaprobación, (que además no podía tener tratándose
de una obra de caridad), antes le allana el camino, obligándolo a franquearse
con Ella y revelarle sus angustias: "-¿Qué hay, Hijo mío el
más pequeño? ¿A dónde vas, a dónde vas a ver?"
Vale la pena comentar que, dentro de la etiqueta náhuatl, María
estaba procediendo en forma decididamente descortés, casí grosera y
agresiva, al salir al encuentro de Juan Diego cuando sabía perfectamente
la razón por la cual él rehuía verla. Esto: que el amor de Dios
se nos manifieste a veces en forma tremendamente ruda, lo tenemos también
en el Evangelio. Así también procedió Jesucristo quiso
probar y fortificar la fe de quien sabía la tenía grande (Mt. 15, 21-28):
Recordemos que a una pobre mujer cananea, que le pidió un milagro para
su hija, la trató inicialmente en esa forma: no haciendo caso a sus
ruegos y llamándola "perra", pero no era para insultarla,
sino para acrisolar más su fe, que El luego alaba y, desde luego, para
concederle aún con más merito de ella lo que deseaba.
108.- Y él, ¿acaso un poco por eso se apenó, tal vez se avergonzó, o
acaso por eso se alteró, se atemorizó? 109.- En su presencia se postró,
con gran respeto la saludó, tuvo el honor de decirle: 110.- <<-Mi
Virgencita, Hija mía la más amada, mi Reina, ojalá estés contenta; ¿Cómo
amaneciste? ¿Estás bien de salud?, Señora mía, mi Niñita adorada? 111.-
Causaré pena a tu venerado rostro, a tu amado corazón: Por favor, toma
en cuenta, Virgencita mía, que está gravísimo un criadito tuyo, tío
mío. 112.- Una gran enfermedad en él se ha asentado, por lo que no tardará
en morir.
113.- Así que ahora tengo que ir urgentemente
a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de nuestro Señor,
de nuestros sacerdotes, para que tenga la bondad de confesarlo, de prepararlo.
114.- Puesto que en verdad para esto hemos nacido: vinimos a esperar
el tributo de nuestra muerte. 115.- Pero, aunque voy a ejecutar esto,
apenas termine, de inmediato regresaré aquí para ir a llevar tu venerable
aliento, tu amada palabra, Señora, Virgencita mía. 116.- Por favor,
ten la bondad de perdonarme, de tenerme toda paciencia. De ninguna manera
en esto te engaño, Hija mía la más pequeña, mi adorada Princesita, porque
lo primero que haré mañana será venir a toda prisa>>.
La incondicionalidad de Juan Diego sigue siendo admirable, pese
a las circunstancias: Aunque afirma que le apena no poder cumplir de
inmediato su encargo, puesto que obsta una razón más importante aún,
-la única más importante- que es la atención espiritual a un moribundo,
afirma que eso es lo único inaplazable para él, al mostrarse dispuesto
a que, una vez solucionado el asunto de su tío, no tomará en cuenta
ningún otro interés propio, por legítimo que sea, sino que "lo
primero que haré mañana será venir a toda prisa". Esto es auténticamente
heróico, pues sabe muy bien que su tío está a punto de fenecer, tanto
que ni siquiera es seguro que lo alcance el sacerdote y que, en el mejor
de los casos, va a morir muy poco después, de manera que su ofrecimiento
de quedar a disposición de Ella al día siguiente implicaba no participar
en el funeral de su amadísimo tío: Aunque eso era supremamente importante
para todo indio, él no lo anteponía a su obediencia a la Señora del
Cielo.
117.- Y tan pronto como hubo escuchado la palabra de Juan Diego, tuvo
la gentileza de responderle la venerable y piadosísima Virgen: 118.-
<<-Por favor presta atención a esto, ojalá que quede muy grabado
en tu corazón, Hijo mío el más querido: No es nada lo que te espantó,
te afligió, que no se altere tu rostro, tu corazón. Por favor no temas
esta enfermedad, ni en ningún modo a enfermedad otra alguna o dolor
entristecedor. 119.- ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor
de ser tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso
no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el
cruce de mis brazos? ¿Por ventura aun tienes necesidad de cosa otra
alguna? 120.- Por favor, que ya ninguna otra cosa te angustie, te perturbe,
ojalá que no te angustie la enfermedad de tu honorable tío, de ninguna
manera morirá ahora por ella. Te doy la plena seguridad de que ya sanó>>.
121.- (Y luego, exactamente entonces, sanó su honorable tío, como después
se supo.).
Juan Diego, pues, al oír estar tiernísimas palabras, al oír nuevamente que la Madre
de Dios se honraba en ser su madre, no podía recibir mejor explicación
y garantía de que, en efecto, nada tenía que temer, pues nada más
amoroso y cuidadoso que una madre india: "la madre virtuosa
es vigilante, ligera, veladora, solícita, congojosa; cría a sus hijos,
tiene continuo cuidado de ellos, tiene vigilancia en que no les falte
nada, regálalos, es como esclava de todos los de su casa, congójase
por la necesidad de cada uno; de ninguna cosa necesaria en la casa
se descuida..". Las otras expresiones:
"sombra y amparo... fuente de alegría... en mi regazo, en
el cruce de mis brazos" para el mexicano no sólo significaban
ternura, sino seguridad de gobierno, así hablaban el Tlatoani
al tomar posesión, de modo no podía esperarse menos de una madre que
también era reina: ".. quizás alguna vez busquen madre, busquen
padre (protección); también delante de tí pondrán su llanto, sus lágrima,
su indigencia, su penuria [...] Tal vez también con calma, con alegría
te la tomarán, te la recogerán a tí que eres su madre, a tí que eres
su amparo, porque mucho los amas, los ayudas, eres su guía, eres su
señora".
Notas
MENDIETA
Fr. Jerónimo de: "Historia Ecca...", Lib. 3, cap. 19,
pp. 225-6.
SAHAGUN: "Historia
General...", Lib. 10, cap. 1, no. 10, p. 546.
MENDIETA, "Historia
Ecca..", libro 4, cap. 36, p. 514.
SAHAGUN: "Historia
General...", lib. 6, cap. 7, # 34, pág. 315.
SAHAGUN: "Historia
General...", Lib. 10, cap. 1, no 2, p. 545.
ANONIMO, "Testimonios
de la antigua palabra...", "Palabras de salutación
con las que alguna señora así saluda, le habla a otra que también
lo es.", p. 161.