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• El Trauma Indio de la Conquista
Lo que opinaban
Zorita y Mendieta era del todo cierto, pero ni uno ni
otro podían calibrar que la conquista y la fe cristiana les habian planteado
un problema mucho peor: Una derrota, por catastrófica que fuese, no
desquiciaba a un pueblo guerrero, hecho, por definición, a la posibilidad
de sufrirla... Podían enteder el "¡Vae victis!", al
haber caído en manos de unos bárbaros, como ya antes había ocurrido
en México... Lo que de ninguna manera podían entender era por
qué todo eso les había caído encima no por una derrota, sino por su
victoria, una victoria en un guerra peleada en nombre de Dios.
¿Qué había pasado con Dios y con su justicia?
Ni la conquista ni la derrota, en realidad, habían sido tales. Los invasores
jamás hubieran tenido oportunidad de penetrar en el Anáhuac si
no hubiera sido porque ellos mismos les allanaron el camino, creyendo
que peleaban una guerra normalísima, en pro o en contra de Quetzalcóatl.
Si hubiera podido hablarse de "vencidos", los vencidos habían
sido sólo una tribu, los mexicas; todos los demás eran vencedores,
y sobre ellos, sobre los vencedores, recaía todo el peso de una derrota
que habia sido victoria. ¿¡Qué estaba pasando!?...
Ahora se sentían ridículos de haber podido confundir a tales bárbaros
con el heroe epónimo de su raza que habían estado esperando; se sentían
ridículos y ridiculizados por haber creído que el Sol y el universo
necesitaban de su sangre, lo cual hacía que ya ni siquiera de su pasado
pudiesen sentirse orgullosos; se sentían ridículos en haber esperando
una "liberación" de manos de esos bárbaros, tan peores que
sus antiguos dominadores, pues ni siquiera se contentaban con su sangre
y sus tributos, sino que pretendían destruirles su historia, su cultura
y su religión.
Esto último era lo más duro: la más dolorosa de las llagas era la abierta
en el alma de todos ellos por la nueva religión. Los misioneros que
llegaron tras los soldados eran, sin discusión, magníficas personas,
que se prodigaban en atenderles... pero que para nada los comprendían...
ni podía comprenderlos. Estaban convencidos de que el mundo pronto iba
a acabarse y que urgía,
por tanto, que "forzaran a entrar" a los indios
a la fe católica; pero, además, todos ellos quedaron tan horrorizados
ante la religión india que ninguno pudo jamás entenderla, y, como no
podían dejar de reconocer en ella sublimes verdades, principios y bellezas,
inventaron que algún predicador apostólico debía haber llegado a México
en tiempos remotos y predicado la verdadera fe, que luego Satanás
había corrompido, u opinaban, con toda seriedad, que podría tratarse
de las tribus perdidas de Israel, o que el propio Satanás
en persona había parodiado las verdades y ritos cristianos.
Y esta antipatía contra la religión prehispánica la expresaban sin contemplaciones
a sus evangelizados: "Sabido tenemos y entendido, amados amigos,
no por oydas sino con lo que por nuestros propios ojos hemos visto que
no conocéis al solo verdadero Dios por quien todos vivimos, ni le teméis,
ni acatáis, mas antes cada día y cada noche le ofendéis en muchas cosas
y por esto auéis incurrido en su ira y desgracia y está en gran manera
enojado contra vosotros; por esta causa embió delante a sus siervos
y vasallos los españoles, para que os castigasen y afligiesen por vuestros
innumerables pecados en que estáis." "Si vosotros
queréis ver y admiraros deste reino y riquezas de aquel por quien todos
bivimos, nuestro Señor Jesucristo, ante todas las cosas os es muy necesario
despreciar y aborrecer, desechar y abominar y escupir todos estos que
agora tenéis por Dioses y adoráis, porque a la verdad no son Dioses,
sino engañadores y burladores, y también os es muy necesario que os
apartéis y desechéis todos los pecados de cualquier manera que sean,
porque todos ellos enojan a Jesucristo, y es también menester que os
purifiquéis de todas vuestras suciedades, con el agua de Dios." "... nunca
a venido a vuestra noticia la doctrina y palabras del señor del cielo
y de la tierra, y viuís como ciegos entenebrecidos, metidos en muy espesas
tinieblas de gran ignorancia, y hasta agora alguna escusa an tenido
vuestros errores; pero si no quisiéredes oyr las palabras divinas que
ese mismo Dios os embia y darles el crédito y reverencia que se les
deue, de aquí adelante vuestros errores no tienen escusa alguna y nuestro
Señor Dios que os [ha] començado a destruir por vuestros grandes pecados,
os acabará.".
A nadie puede
hacerle gracia que se le exija renegar y maldecir cuanto ha amado y
aceptado siempre, pero para los pobres indios eso no sólo resultaba
insultante, sino incomprensible. Antes, aunque hubiesen estado en desacuerdo
sobre si Quetzalcóatl o Huitzilopochtli, u otro cualquiera
de los dioses, era el más fuerte, todos siempre habían sabido que ninguno
era realmente Dios, sino aspectos, pobres y confusos, del único
verdadero, de Ometéotl, que era a quien todos servían a través
de cualquiera de ellos, aunque en este mundo hubiera que luchar por
uno o por otro para mantener su siempre frágil equilibrio. Una guerra
de castigo y exterminio, en la que Dios hubiera "enviado
delante a sus siervos y vasallos los españoles, para que los castigasen
y afligiesen por sus innumerables pecados" era una idea absolutamente
contraria a la que siempre todos habían tenido: "Mirad, hermanos,
lo que nos dijeron los viejos en nuestras crianzas y doctrina del arte
de las armas, que el sol comía de ambos ejércitos...", es decir, que
igualmente bien servía y adoraba a Dios quien peleaba, sin importar
en qué bando lo hiciera.
Ahora, en cambio, les salían con la novedad de todos sus dioses,
Ometéotl, por supuesto, incluído, eran "demonios",
y que el verdadero era otro, a quien ellos nunca habían conocido;
que toda su cultura estaba contaminada... Y lo peor era constatar que
ese absurdo parecía ser cierto, pues el infierno que estaban viviendo
lo demostraba: Si de parte de ellos no había habido siempre sino fidelidad
insobornable a Ometéotl, a quien todos por igual habían servido,
ayudando o combatiendo a Quetzalcóatl; si la razón de que los
españoles los tuviesen ahora oprimidos no era otra sino que ellos mismos
los habían instalado, porque con eso habían considerado cumplir su divina
voluntad, ¿cómo era, entonces, posible que el pago que obtuviesen de
El fuese la destrucción y anatema de todo lo que amaban? ¿Que se les
pidiese que se "despreciaran y aborrecieran, desecharan y abominaran
y escupieran" a sí mismos?
En su religión ya tenían antes -¡Y mejor!- todo lo bueno que la nueva
parecía ofrecerles. En ella habían sido colaboradores de sus dioses,
de sus dioses que por ellos habían entregado su sangre y su vida...
En la nueva podían aspirar, si bien les iba, a ser súbditos de un incomprensible
téotl español llamado Jesucristo, que pretendía ser Ometéotl
mismo, pero que, a juzgar por lo que estaban viendo en sus seguidores,
era quien parecía un auténtico demonio, pues predicaba vida y amor,
y no hacía más que sembrar en torno suyo muerte, rapiña y destrucción,
a una escala incomparablemente mayor que todos los anteriores juntos.
Ahora bien, si, por absurdo, ese Jesucristo era en verdad Ometéotl,
como les insistían los frailes, ¿de dónde podía reprocharles nada? ¿Cómo
podía proponerles un cambio tan en peor en "premio" a su inquebrantable
fidelidad...?
No cabía, pues, sino rendirse a la evidencia: u Ometéotl los
había traicionado, porque de veras era un demonio maligno, o había muerto...
¡Muerto El!! ¡Ipalnemohuani, el Dador de la Vida!, ¡Moyocoyani
Teyocoyani, la Causa Incausada de sí y de cuanto existe! Y, en uno
u otro caso, ya nada en este mundo valía la pena deu vivirse...
Siendo así las cosas, siendo imposible que los indios entendieran el
Evangelio en la forma que se los presentaban por los misioneros
españoles de entonces, (que no podían presentárseles en ninguna otra,
dada su mentalidad y la época), podríamos preguntarnos: ¿Cómo fue que
se convirtieron?, puesto que consta que el pueblo, súbitamente y en
masa, se convirtió, y en forma tal entusiasta y total que sorprendió
a los misioneros como algo nunca visto en la historia: "..a
la conversión y baptismo de esta Nueva España, tanto por tanto comparando
los tiempos, pienso que ninguno le ha llegado desde el principio de
la primitiva Iglesia..", amén que la
prueba irrefutable de su conversión la constituimos nosotros mismos,
el pueblo católico y mestizo que formamos ahora México.
Hay quien piensa que la conquista espiritual fue tan "fácil"
como la militar, que bastó que llegaran los triunfadores con sus nuevos
"dioses" para que los vencidos los aceptasen sin chistar:
; pero consta que esto no fue así. Consta que, en los primeros años,
hubo tenaz resistencia, pero que terminó en forma abrupta a partir de
1532.
Motolinía califica a todos
los indios de "muy fríos" en los primeros
años; Pedro de Gante es aun más explícito: reconoce, a los principios,
tanto una gran resistencia como métodos bastante primitivos para quebrantarla,
por ejemplo retener a "mas o menos mill mochachos, los cuales
teníamos encerrados en nuestra casa de día y de noche, no les permitiendo
ninguna conversación con sus padres, y menos con sus madres", a "los
más hábiles y alumbrados" de los cuales enviaban cada semana
a predicar y a combatir la antigua religión con graves amenazas, "y
desta manera, unas veces por bien y otras por mal, poco a poco se destruyeron
y quitaron muchas idolatrías: a lo menos los señores y principales [...]
empero la gente común estaba como animales sin razón, indomables,
que no los podíamos traer al gremio y congregación de la Iglesia, ni
a la doctrina, ni a sermón, sino que huían desto sobremanera..".
Fray Martín de Valencia, más de un año después de la aparición, acepta que
encontraron "rencor y enemistad" y que, aunque
ya había muchos bautizados, eran "los más dellos niños, que
no osamos dar a todos el baptismo, aunque nos lo piden". Muñoz Camargo
consigna otra reacción lógica: el desprecio: "Cuando
predicaban [A señas] estas cosas decían los Señores Caciques:
¿qué han estos pobres miserables? mirad si tienen hambre, y si han menester
algo, dadles de comer; otros decían [...] Estos pobres deben estar enfermos
o estar locos, dejadlos vocear a los miserables, tomádoles ha su mal
de locura; dejadlos estar, que pasen su enfermedad como pudieren: no
les hagáis mal, que al cabo estos y los demás han de morir de esta enfermedad
de locura [...] sin duda ninguna es mal grande el que deben tener, porque
son hombres sin sentido, pues no buscan placer ni contento, sino tristeza
y soledad.".
El gran historiador Robert Ricard, autoridad máxima en "La
Conquista Espiritual", constata escuetamente que "..es
cosa cierta que la media de los bautismos fue mucho más elevada
de 1532 a 1536 que de 1524 a 1532.". Bautismos
ciertamente hubo numerosos, y desde un
principio, desde la llegada de Cortés, (aun antes de
que hubiese misioneros); pero, como luego veremos, aunque llegó
a haber hasta mártires y no faltaron las conversiones convencidas y
sinceras, los más de ellos, o fueron de niños pequeños, o puede desconfiarse
de su validez moral, pues además de que eran bajo fuerte coacción, física
o moral , la nueva fe
era presentada por los españoles y "reinterpretada" por los
indios como aceptación lógica del dios vencedor.
Un indicio fiable para evaluar objetivamente esas conversiones y el
increíble cambio que acontece en 1532, nos lo proporciona también Motolinía,
al testimoniar que los indios todos, pese al Bautismo, se rehusaban
en bloque a aceptar la idea cristiana del Matrimonio, y que en
particular la Nobleza se resistía con todas sus fuerzas a dejar la poligamia:
"parecíales no bastar remedio humano, ni fuerza o poder del
papa, ni mandamiento del emperador, que ni bastaban predicaciones, ni
ejemplos, ni ruegos ni amenazas para acabar con los señores que, dejada
la muchedumbre de las mujeres e mancebas, se casasen con una a ley de
bendición, según lo manda la Santa Madre Iglesia", hasta que "el
Espíritu Santo vino a la nave trayendo un ramo de oliva de su divina
clemencia [...] y poco a poco, de cinco o seis años a esta parte,
[Más tarde declara que escribe en 1537] comenzaron algunos
a dejar la muchedumbre de mujeres...", y que ya para
esa fecha, apenas 6 años después de 1531, eran los indios quienes
evangelizaban a los indios, y se había
superado el problema de los Matrimonios, pues quienes se casaban eran
"ya por la bondad de Dios tantos que hinchan las iglesias. Días
hay de desposar cien pares, días de doscientos y trescientos, y de quinientos
y más." , y eso pese
a las durísimas condiciones que se les imponían, pues "les acaecía
a muchos haber dejado las mujeres legítimas, porque no les tenían amor,
y andar revueltos con las mancebas a quienes estaban aficionados, y
tener en ellas tres y cuatro hijos, y por cumplir lo que se les mandaba,
dejaban estas en quien tenían puesta su afición, y iban a buscar las
otras, quince y veinte leguas, porque no les negasen el baptismo".
Es, pues, evidente que "algo", increíblemente motivante
y convincente, ocurrió en 1531, que atrajo en bloque no sólo a "pobres
desarrapados", sino a los indios todos al Bautismo,
los convirtió en misioneros de sus hermanos, y obtuvo, en un punto que
veremos era sensibilísimo, lo que no habían logrado "remedio
humano, ni fuerza o poder del papa, ni mandamiento del emperador, ni
predicaciones, ni ejemplos, ni ruegos, ni amenazas".
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Epopeya Unica
O sea, que lejos
de ser exacto eso de que "con sólo proponerles unos frailes
pobres y extraños mi palabra, luego la creyeron", hubo incomprensión
y tenaz resistencia, desaparecidas tan de improviso que el cambio
tomó de sorpresa a los mismos misioneros, pues en 1533 ya eran los
indios quienes porfiaban en pedir el Bautismo y ellos quienes titubeaban.
Y a partir de entonces, el movimiento de conversiones se tornó alud
oceánico, a pesar de que nada hacían para alentarlo, antes muchos
vacilaban o se oponían, que los desbordó
al grado de no darse a basto ni para el trabajo físico de los Bautismos
( 12), y que no cesó
sino hasta que la sociedad entera fue cristiana... Epopeya sublime
y tiernísima que justamente califica Mendieta de única en toda
la historia de la Iglesia:
"Al principio comenzaron a ir de doscientos
en doscientos, y de trescientos en trescientos, y siempre fueron
creciendo y multiplicándose, hasta venir a millares; unos de dos
jornadas, otros de tres, otros de cuatro, y de más lejos; [..].
Acudían chicos y grandes, viejos y viejas, sanos y enfermos. Los
baptizados viejos traían a sus hijos [..] y los mozos baptizados
a sus padres; el marido a la mujer y la mujer al marido. Y en llegando
tenían sus aposentadores y enseñadores. Y aunque los más de los
adultos venían enseñados y sabían la doctrina, tornábanselas ahí
a reducir a la memoria, y a mejor enseñar y pronunciar, y catequizábanlos
en las cosas de la fe. [Atención, no olvidemos: Estos catequistas, que de antes los preparaban
y los que les repasaban ahí, eran indios. La conversión fue,
en su mayor parte, obra de indios y para indios] .. tanto era
el fervor que traían, que todos estaban en pie, y daban mil vueltas
con la memoria al Pater noster, Ave María y Credo, con lo demás.
Y al tiempo que los baptizaban, muchos recibían aquel sacramento
con lágrimas. ¿Quién podía atreverse a decir que estos venían sin
fe, pues de tan lejas tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo
nadie..? [...] Después de baptizados, era cosa notable verlos ir
tan consolados, regocijados y gozosos con sus hijuelos a cuestas,
que parecía no caber en sí de placer."
.
El contraste,
pues, entre este fervor y la anterior actitud de "como animales
sin razón, indomables.. que huían desto sobremanera" no puede
ser más elocuente: ¿Qué había pasado? Pasó algo "sencillísimo":
un diálogo de no muchas palabras entre la Madre de Dios y un
indio recién converso en la colina del Tepeyac, pidiéndole que
tramitara ante el Obispo español la construcción de un templo; una bella
puesta en escena de cantos de pájaros y flores; unas flores milagrosas
que dejaron pintada una imagen en la tilma del indio. Todo en cuatro
días: del sábado 9 al martes 12 de diciembre de 1531. Sin embargo, eso
poco bastó para cambiar todo el panorama anímico de los indios, sin
que cambiara ninguna otra cosa: los misioneros no depusieron su
intransigencia, ni suavizaron sus exigencias las autoridades y encomenderos,
pero los indios vieron con otra luz la religión de Cristo y entusiastamente
la abrazaron en masa.
Tenemos la fortuna de tener una crónica de esos días, escrita por un
mexicano que supo plasmar, en pocas palabras, no sólo los hechos, sino
la vivencia de su raza. Hoy a cualquiera que la lea lo enternece, pero
a quien la entiende lo deja boquiabierto al descubrir en ella nada menos
que lo que el Santo Padre Juan Pablo II calificó como "un
gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada".
Antes de examinar con cierta calma cómo fue posible ese milagro de acoplar
el Evangelio, encarnado totalmente en la cultura hebrea del siglo
I, a otras dos culturas del XVI en violento conflicto la una contra
la otra, vale la pena agradecer, con San Pablo:
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Damos gracias
Dios Padre,
que nos ha hecho
capaces de compartir
la herencia del
pueblo santo en la luz.
El nos ha sacado
del dominio de las tinieblas
y nos ha trasladado
al reino de su Hijo querido
por cuya sangre
hemos recibido la redención
el perdón de
los pecados.
El es imagen
del Dios invisible,
primogénito de
toda creatura;
pues por medio
de él fueron creadas todas las cosas
celestes y terrestres,
visibles e invisible:
Tronos, Dominaciones,
Principados, Potestades,
todo fue creado
por él y para él.
El es anterior
a todo, y todo se mantiene en él,
El es también
la cabeza de todo el cuerpo de la Iglesia.
El es el principio,
el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero
en todo.
Porque en él
quiso Dios que residiera toda plenitud
y por él quiso
reconciliar consigo todas las cosas,
haciendo la paz
por la sangre de su cruz
con todos los
seres, así del cielo como de la tierra.
(Col. 1, 12-20).
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Visto todo esto:
la imposibilidad de una solucion humana, podemos pasar a examinar
ese precioso relato:
Notas
"...
Ahora... cuando el día del mundo va declinando a la hora undécima..."
les escribía al enviar a los 12 primeros franciscanos su Ministro
General Fray Francisco de los Angeles (MENDIETA:
"Historia Ecca...", libro III, cap. 10, p. 204.).
Cfr. MENDIETA:
"Historia Ecca...", libro I, cap. 4, pp. 24-16.
"Quién
sabe si estamos tan cerca del fin del mundo, que en estos se hayan
cumplido las profecías que rezan haberse de convertir los judíos en
aquel tiempo", comenta también Mendieta Libro IV,
cap. 41, p. 540), y Fray Diego Durán no sólo insiste en la
idea, sino que a todo lo largo de su obra machaca la tesis de una
parodia demoniaca evidente en la religión y cultura indias. tesis
que compartían todos los misioneros.
"Coloquios
y Doctrina Cristiana" Los diálogos de 1524 según el texto de
Fray Bernardino de Sahagún y sus Colaboradores Indígenas,
Edición Facsimilar del Manuscrito Original, Paleografía, Versión del
Náhuatl, Estudio y Motas de LEON PORTILLA
Miguel. U.N.A.M., Fundación de Investigaciones Sociales A.C., México
1986, Paleografía del Texto en Castellano, cap. 2, C, p. 81.
Ibidem,
cap. 5, C, pag. 85.
Ibidem,
cap. 8, B, pag. 90.
TEZOZOMOC
ALVARADO Hernando: "Crónica Mexicana"
(1598), Anotada por el Sr. Lic. Manuel OROZCO
Y BERRA y precedida del "Códice Ramírez",
Ed. Porrúa, "Biblioteca Porrúa" no. 61, México 1975, cap.
99, p. 651.
MENDIETA:
"Historia Ecca...", lib. 3, cap. 38, pag. 275.
MOTOLINIA:
Fr. Toribio: "Historia de los Indios de la Nueva España",
Ed. Porrúa, Col, "Sepan Cuantos" # 129, 2a. Edición, México
1973, Tratado 2°, cap. 1, # 190, pag. 78.
CODICE
FRANCISCANO: "Carta
de Fray Pedro de Gante al Rey Felipe II, De S. Francisco de México,
de 1558", Ed. Chávez Hayhoe, México 1941, pag. 204.
"CODICE
FRANCISCANO: "Carta
de Fray Martín de Valencia y otros religiosos al Emperador, De Teguantepeque
a los 18 de enero de 1533 años." p. 162. También en MOTOLINIA:
"Memoriales...", Apéndice documental, documento XVIII,
p. 444.
MUNOZ
CAMARGO Diego: Historia de Tlaxcala,
Ed. Innovación, México 1978, libro I, cap. 20, pp. 164-5.
RICARD
Robert: "La Conquista Espiritual de México", (Proemio fechado
en junio de 1932), Traducción de GARIBAY
Angel María, Ed. JUS, México 1947, lib. 1, cap. 4, no. 2, pag.
199.
Zumárraga, en una carta
del 12 de junio de 1531 al Capítulo General de su Orden reunido en
Tolosa, se ufana de que "por manos de nuestros religiosos
de la orden de nuestro seráfico padre S. Francisco, de la regular
observancia, se han baptizado más de un millón de personas, quinientos
templos de ídolos derribados por tierra, y más de veinte mil figuras
de demonios que adoraban, han sido hechas pedazos y quemadas..."
Apud MENDIETA FR. GERONIMO
DE: Historia Eclesiástica Indiana, Ed. Facsimilar de 1870,
Ed. Porría, Biblioteca Porrúa no. 46, México 1971, libro V, cap. 30,
p. 637.
Como ejemplo
de coacción moral, y de los oyentes a quienes más afectaba, oigamos
a Motolinía: "...dábaseles a entender quién era el demonio
en quien ellos creían, y cómo los traía engañados; y las maldades
que en sí tiene, y el cuidado que pone en trabajar que ninguna ánima
se salve; lo cual oyendo hubo muchos que tomaron tanto espanto y temor,
que temblaban de oír lo que los frailes les decían, y algunos pobres
desarrapados, de los cuales hay hartos en esta tierra, comenzaron
a venir al bautismo..." (MOTOLINIA
Fray Toribio: "Historia de los Indios de la Nueva España",
(1a. Edición México 1858). Ed. Porrúa, Col. "Sepan Cuantos"
no. 129, 4a. Edición, México 1984, Tratado I, cap. IV, No. 64, pág.
24.)
Es significativo
que, aunque ya "en el primer año de la venida de los frailes",
cuando ni aún sabían apenas la lengua, abundaron indios que "pedían
ser enseñados, y el bautismo para sí y para sus hijos; lo cual, visto
por los frailes, daban gracias a Dios con grande alegría, por ver
tan buen principio", esos primeros éxitos acontecieran en
los pueblos ribereños de los grandes lagos, es decir, entre los que
se habían cambiado de partido, abandonando y atacando a sus consanguíneos
mexicas para enlistarse en el bando español. (Cfr. MOTOLINIA...
Historia..., Tratado II, cap. I, No. 192, pág. 79).
MOTOLINIA: "Memoriales...",
1a. parte, cap. 48, no. 266, pag. 148.
Ibidem, no. 267, pp.
148-9.
El año lo pone
accidentalmente, pero testimoniando el pasmoso cambio efectuado en
los indios, de recelosos misionados a celosos misioneros: "..muchos
[...] hanse dado tanto a la virtud y al servicio de Dios, que en este
año pasado de 1536 salieron de esta ciudad de Tlaxcala dos mancebos
indios confesados y comulgados, y sin decir nada a nadie, se metieron
por la tierra adentro más de cincuenta leguas, a convertir y enseñar
a otros indios; y allá anduvieron padeciendo hartos trabajos y hicieron
mucho fruto, porque dejaron todo lo que ellos sabían y puesta la gente
en razón para recibir la palabra de Dios [...] Y de esta manera han
hecho otros algunos en muchas provincias y pueblos remotos, adonde
por sola la palabra de estos han destruido sus ídolos, y levantado
cruces imágenes y a donde rezan eso poco que les han enseñado."
(no. 245. Ibidem, pag. 150).
MENDIETA: Historia
Eclesiástica..., libro III, cap. 46, p. 300.
Mendieta dedica todo el
capítulo 36 de su libro tercero a hablar "De los estorbos
que el demonio procuró poner para la ejecución del baptismo en aquel
tiempo de tanta necesidad, con diversidad de opiniones en los ministros."
Historia Ecca... pp. 267-9.
"Eran tantos
los que en aquellos tiempos venían al baptismo, que a los ministros
que baptizaban, muchas veces les acontecía no poder alzar el brazo.."
(MENDIETA:
Historia... lib. 3, cap. 36, pag. 266.) "¿Cómo es posible
(decían los benditos evangelizadores de esta nueva Iglesia) que un
pobre sacerdote en un día pueda con tanto, como es [...] baptizar
tres y cuatro mil (que no quiero decir ocho o diez mil) guardando
con ellos las ceremonias y solemnidad del baptismo?" (Ibidem,
cap. 37, pp. 268-9)
"Unos dicen
que se han bautizado en la Nueva-España seis millones de personas,
otros ocho, y algunos diez. Mejor acertarían diciendo cómo no hay
por cristianar personas en cuatrocientas leguas de tierra, muy poblada
de gente. ¡Loado nuestro Señor en cuyo nombre se bautizan!" LOPEZ
DE GOMARA Francisco:
Historia de la Conquista de México, Biblioteca Ayacucho no.
65, Caracas 1979, cap. 239, pág. 362.
"..a la
conversión y baptismo de esta Nueva España, tanto por tanto comparando
los tiempos, pienso que ninguno le ha llegado desde el principio de
la primitiva Iglesia.." (MENDIETA:
Historia Ecca.., lib. 3, cap. 38, pag. 275.).
Ibidem,
cap. 39, pp. 276-7. Nótese que a esos millares de indios nadie los
traía, que recorrían días y días para llegar, que se les exigía memorizar
en latín varias oraciones y saber un mínimo de catecismo, que
eran ellos entre sí quienes se catequizaban, que nada material ganaban
con ello, pese a lo cual su fervor llegaba a las lágrimas, y se marchaban
estallando de felicidad. Se le ha dado hasta un nombre a este singular
fenómeno: "Síndrome de Guacachula", por el lugar
concreto (Huaquecholan) de que habla Mendieta.
JUAN
PABLO II, exhortación apostólica Ecclesia in America, Libreria Editrice
Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1999, cap. I, no. 11, pp. 19-20.
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