Dozavario
María
Modelo Nuestro
10 de diciembre
Madre de fe y esperanza en el Tepeyac otorga su
plena confiaza a un indígena
Introducción
En
estos pasados nueve días hemos intentado
preparanos a la fiesta de nuestra Madre Santísima
de Guadalupe considerándola como nuestro
modelo a imitar. Hemos visto su fe y esperanza
en Dios; hoy veamos su fe y esperanza en nosotros
los hombres.
El
panorama que México presentaba en 1531
era desolador. Los indios que había recibido
a los blancos como a dioses, se habían
visto envueltos en una guerra intestina contra
la tribu dominante, los aztecas, creyendo que
les devolverían el reino de paz y justicia
que había logrado Quetzalcóatl,
pero, después de su victoria, se toparon
un otro mundo de abusos y opresión mucho
peores que los de antes.
Pérdida de confianza
Los
españoles, que hicieron incontables proezas
de valentía y arrojo confiando en que venían
como apóstoles de Cristo para implantar
su reino, se ensoberbecían pensado que
su triunfo era una especie de fuero de parte de
Dios para que cometiesen toda clase de tropelías,
y no veían ningún reino de amor
cristiano ni siquiera entre ellos mismos, sino
un continuo pelear y asesinarse, amén de
abusos sistemáticos contra sus antiguos
aliados y benefactores, los indios. Nada en todo
el panorama permitía pensar en que se establecería
una Iglesia sana y mucho menos que llegase a deponerse
el antagonismo entre ellos y los indios. Nada
permitía confiar en que las cosas mejorarían,
puesto que sus protagonistas habían demostrado
ser incapaces de controlarlas, desconfiaban unos
de otros y de sí mismos...
Un encargo difícil
Es
en ese ambiente de desconfianza que el Señor
interviene a través de su Madre Santísima
para pedir la colaboración de los dos con
Él y consigo mismos, primero para levantar
un templo, y luego para que, al aceptar su amor,
descubrieran que podían y debían
amarse a sí mismos y entre sí.
Conocemos
la historia. Ella aquí, en el Tepeyac,
le pide a Juan Diego Cuautlatoatzin que vaya con
el Obispo español para transmitirle su
encargo de que le levante un templo, "en
donde lo mostraré, lo ensalzaré
al ponerlo de manifiesto, a Él que es todo
mi amor, mi mirada compasiva, mi auxilio, mi salvación"
(Nican Mopohua vv. 26-28).
El
obispo no confía en el mensaje, y menos
en el mensajero, por lo que Juan Diego tiene que
volver a reportar su negativa: "Patroncita,
Señora, Reina, Hija mía la más
pequeña, mi Muchachita, ya fuí a
donde me mandaste a cumplir tu amable aliento,
tu amada palabra. Aunque difícilmente,
entré a donde es el lugar del Gobernante
Sacerdote, lo ví, ante él expuse
tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste. Me
recibió amablemente y lo escuchó
perfectamente, pero, por lo que me respondió,
como que no lo entendió, no lo tiene por
cierto." (N. M. vv. 50-51).
Cortesía india
La
cortesía india mandaba que jamás
se dijese a una persona que le había confiado
a alguien una tarea lo difícil que había
resultado ésta, porque era como reprocharle:
"-¡Tú me mandaste algo inadecuado!".
Que Juan Diego limite al adverbio "difícilmente"
todo su comentario de haber sufrido un día
entero relegado y esperando, es realmente un gentil
eufemismo; pero no es ocioso, sino indicativo
de la sutil delicadeza indígena inculcada
desde la infancia: "Si alguien a algún
lugar te envía, si allá sólo
eres reprendido [...] no por eso vendrás
enojado. No en tus labios, no en tu boca vendrá
prendido lo que así te ocurrió,
lo que te hizo sufrir el haber ido. Y cuando hayas
regresado, si luego te pregunta el que te envió,
si te dice: ¿Cómo te fue allá
a dondo fuiste?, luego, con buenas palabras, le
contestarás; sólo con suavidad,
no jadearás, no luego así le dirás
lo que así te afligió..." (1
).
Para
él, como indio y como cristiano, un templo
al Dios de sus antepasados, al Dios que reconocía
la Virgen Santísima que era el mismo Hijo
suyo y, por tanto, que hermanara a españoles
y a indios como hijos de esa misma madre, era
supremamente importante. Él lo deseaba
con todas las fuerzas de su alma india, más
por eso mismo no se consideraba apto para esa
tarea, desconfiaba de sí mismo: "Mucho
te suplico, Señora, Reina, Muchachita mía,
que a alguno de los nobles, estimados, que sea
conocido, respetado, honrado, le encargues que
conduzca, que lleve a cabo tu amable aliento,
tu amada palabra, para que le crean. Porque en
verdad soy un jornalero, soy mecapal, soy parihuela,
soy cola, soy ala, necesito ser conducido, llevado
a cuestas. No es lugar de mi andar ni de mi detenerme
allá donde me envías, Virgencita
mía, Hija mía la más pequeña,
Señora y Niña mía..."
(N. M. vv. 54-55).
Absoluta confianza
Pero
Ella contesta reiterándole su absoluta
confianza: "Escucha, el más pequeño
de mis hijos: ten por cierto que no son escasos
mis servidores, mis mensajeros [...] pero es muy
necesario que tú, personalmente, vayas,
ruegues, que por tu intercesión se realice,
se lleve a efecto mi querer, mi voluntad, Y mucho
te ruego, hijo mío el menor, y con rigor
te mando que otra vez vayas mañana a ver
al Obispo..." (N.M. vv. 58-60).
Y
Juan Diego acepta esa misión dificilísima,
que es mucho más ardua de lo que podríamos
pensar: a nadie nos gusta regresar a rogar a quien
ya nos rechazó una vez. Y en el caso de
Juan Diego estaba en riesgo hasta su misma vida,
puesto que Zumárraga tenía motivos
para sospechar que buscaba favorecer la idolatría,
dado que le estaba pidiendo que edificase un templo
en donde anteriormente estaba el templo de una
diosa pagana: Coatlicue Tonatzin, y eso: fomentar
la idolatría, se castigaba entonces con
la muerte.
Duro interrogatorio
Volvió,
sin embargo, con muchos trabajos lo pudo ver,
-nos dice la narración- y Zumárraga
lo recibió con más desconfianza
que el día anterior y "a sus pies
se hincó, lloró, se puso triste
al hablarle, al descubrirle la palabra, el aliento
de la Reina del Cielo." (Nican Mopohua v.
72). "Y el gobernante Obispo muchísimas
cosas le preguntó, le investigó"
(N. M. v. 74). Sabemos qué tipo de interrogatorios
se hacían en este caso, por documentos
de la Inquisición: se preguntaba al sospechoso,
(Juan Diego lo era ya por el simple hecho de ser
"cristiano nuevo"), "si ha habido
algún judaizante, o penitenciado por el
Santo Tribunal en su familia, porque los que no
son de sangre limpia están más propincuos
a delinquir contra la fe. [Que era precisamente
el caso de Juan Diego como recién converso]
Se le mandará decir el Padre Nuestro, el
Ave-María, el Credo, los Artículos,
los Mandamientos de la Ley de Dios, y de la Iglesia,
los Sacramentos, y otras oraciones, y si no las
supiere, o se equivocare al decirlas, es indicio
este vehementísimo de su falta de cristiandad.
(Instruc. de 1561. art. 16) " (2 ).
Zumárraga,
pues, lo interroga durísimamente, y, contra
lo que podía esperarse, "en cada cosa
vió, admiró que aparecía
con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen,
la amable, maravillosa Madre de nuestro Salvador,
nuestro Señor Jesucristo" (N. M. v.
75). No pudo encontrar en él nada que no
fuese correcto, perfectamente ortodoxo; eso, sin
embargo, no bastó para que él depusiera
su desconfianza. Y, con prudencia, y al mismo
tiempo con exigencia, ya que ve que no hay nada
que pueda objetar desde el punto de vista doctrinal,
exige todavía una garantía más:
"Dijo que no sólo por su palabra,
su petición se haría, se realizaría
lo que él pedía. Que era muy necesaria
alguna otra señal para poder ser creído
cómo a él lo enviaba la Reina del
Cielo en persona." (N. M. vv. 77-78).
María
Santísima acepta en seguida otorgar la
señal. Lo cita para el día siguiente,
lunes, y él no puede acudir ante la repentina
enfermedad de su tío que lo pone a las
puertas de la muerte. En la madrugada del martes
ya sabemos qué pasó: le sale Ella
a su encuentro, le reitera su amor y su confianza,
le garantiza la salud del tío, y le entrega
las flores y la imagen.
Terquedad en confiar
Y
sabemos que esa confianza que Ella depositó
en él de ninguna manera fue defraudada.
El cumple a perfección todo el encargo
y entrega el resto de su vida a compartir con
sus hermanos indios ese maravillosa milagro. Esto
que tenemos aquí, lo que en este momento
estamos compartiendo, es fruto de su esfuerzo,
de su perseverancia. Cuanto somos, incluso como
pueblo mestizo, a él se lo debemos, como
ayer reflexionábamos. De modo que María
de ninguna forma se equivocó confiando
en él.
Pensemos
un poco, ya aplicándolo a nosotros, que
tendríamos mil motivos para reprocharle
a Dios, a Dios mismo, que está muy equivocado
al confiar en los humanos. Cuantísimas
veces le hemos fallado, cuantísimas le
hemos decepcionado, cuantísimas, por culpa
nuestra, su plan ha quedado fallido; y sin embargo,
terquea Él, persevera en otorgarnos su
confianza.
La
máxima confianza concebible, la máxima
locura, casi diríamos, de confianza que
se puede tener, es lo que San Juan comenta: "Tanto
amó Dios al mundo que le entregó
a su Hijo único para que el mundo se salve
por Él" (Jn. 3, 16). Y ¿qué
hicimos de ese Hijo? ¡Se lo asesinamos!
Y eso no es una cosa lejana, meramente histórica
que hayamos superado. ¿Cuántos hijos
de Dios hoy en día en el mundo, y aquí
en México, que nos continúa entregando
como una muestra de su incondicional confianza,
los seguimos asesinando desde el vientre mismo
de sus madres? Pensemos en eso un instante. ¡Qué
tontería -dijéramos- la de Dios
de seguir confiando en quienes le han mil veces
demostrado que no merecen confianza alguna! Sin
embargo, Él que todo lo ve, que todo lo
sabe, que ama infinitamente, persevera, terquea,
en otorgarnos su ilimitada confianza... Mas también
pensemos que Él no puede equivocarse, tampoco
nos olvidemos de eso. En alguna forma, pues, Él
sabe que somos capaces, que valemos la pena, y
nos lo sigue repitiendo cada vez que insiste en
darnos el crédito de su confianza.
Un gran ejemplo no bien correspondido
En
el caso concreto de nosotros los mexicanos, estamos
enfrentando una responsabilidad, marcada por el
Santo Padre mismo, que excede con muchísimo
a lo que pensaríamos que somos capaces
de responder: Somos, según dice él
en el documento que entregó aquí
mismo a todos los Obispos de América, "un
gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada" (3), y esto es claro, porque
simplemente como pueblo, no solamente como Iglesia,
somos la prueba de que es posible que enemigos
irreconciliables tan se reconozcan hermanos que
se aceptan y se fusionan.
Deberíamos,
pues, ser ejemplo para todo el mundo; deberíamos
motivar a que mucha gente desease ser como nosotros.
Y no creo, la verdad, que estemos cumpliendo con
esa vocación. Un profeta judío,
Zacarías, anunciaba que con la llegada
del Mesías, el pueblo judío sería
modelo para todos los demás. "En aquel
día diez hombres de cada lengua extranjera
agarrarán a un judío por la orla
del manto y le dirán: -Queremos ir con
vosotros, pues hemos oído que Dios está
con vosotros." (Zac. 8, 23). Y eso se cumplió,
unos cuantos judíos cambiaron al mundo
convirtiéndolo al amor manifestado en Jesucristo.
Eso,
en alguna forma ha dicho el Santo Padre que deberíamos
ser los mexicanos, y hoy vemos que también
Dios nos pone, inesperadamente, ante nuevas posibilidades
de ser ejemplo para el mundo: estamos iniciando
un nuevo siglo, un nuevo milenio, unas circunstancias
políticas perfectamente inéditas:
es un reto de Dios. Podemos ciertamente aprovecharlo,
podemos ciertamente ser como Juan Diego, mostrarnos
dignos de la confianza que Él ha puesto
en él... o podemos esterilizar esa gracia
de Dios.
Conclusión
¿Qué
debemos hacer entonces? Cada quien lo sabe en
su ámbito personal. Todos tenemos una pequeña
o grande tarea, pero todos tenemos una responsabilidad:
Un político, que trabaje en política;
un economista, en economía, un estudiante,
en sus estudios; un comerciante, en sus negocios...
y todos en la familia. Y lo que todos podemos
hacer es orar juntos unos por otros, y por el
mundo que Dios nos entregó.
De
modo que, reforcemos esa fe en nosotros mismos,
esa fe en quien parece no merecerla, pero que
nos la muestran Dios y su Madre Santísima
e intentemos seriamente, haciendo nuestro mejor
esfuerzo, colaborar con esa confianza que nos
tuvo Él a través de Ella, que vino
aquí a darnos a su Hijo.
NOTAS
(1) ANÓNIMO, "Testimonios
de la antigua palabra, (Huehuetlatolli)",
Edición patrocinada por HISPASAT, Edición
bilingüe, Introducción y Notas por
Miguel LEON PORTILLA y Librado SILVA GALEANA,
Colección Historia 16 # 56, Madrid 1990,
"Exhortación con que el padre así
habla, así instruye a su hijo para que
bien, rectamente viva"., p. 65.
(2) EYMERIC Nicolau: Manual de Inquisidores para
uso de las Inquisiciones de España y Portugal
o Compendio de la Obra Titulada Directorio de
Inquisidores de Nicolao Eumerico, Inquisidor General
de Aragón, traducida del francés
en idioma castellano por Don J. Marchena; con
adiciones del traductor acerca de la Inquisición
de España, Texto y edición de JOSE
MARCHENA RUIZ, Texto de la Edición Príncipe
de 1821, Colección "Rutas", Serie
"Erebus", Editorial Fontamara, 2a. edición,
Barcelona 1982, Adiciones al cap. 3, pág.
127.
.
(3) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Santo Domingo (12 de octubre de 1992), 24: AAS
85 (1993), 826. Cfr. también: Juan Pablo
II, exhortación apostólica Ecclesia
in America, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad
del Vaticano, 1999, cap. I, no. 11, pp. 19-20.