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Dozavario
María Modelo Nuestro

11 de diciembre
Madre de profunda caridad ante la evangelización fundante de México

Introducción

Mañana, hermanos, festejaremos una vez más el máximo don del amor de Dios a nosotros, a México: nos entregó a su Madre Santísima para que Ella nos entregara a su Hijo.

Pero también fijémonos que no es simplemente "una vez más"; las circunstancias, cronológicas y sociológicas, en las que estamos en este momento viviendo, hacen de nuestro "hoy" algo excepcional, pues estamos ante un nuevo siglo, un nuevo milenio, y ante un nuevo panorama político en nuestra Patria, lo que hace que debamos considerar nuestra vocación con más cuidado, sacar las consecuencias con más atención, de esto que Dios nos manifiesta a través de ellas.

Creados por amor, no amados por creación

Hoy fijémonos en la cosa más obvia que podemos ver en nuestra Madre Santísima, en su ejemplo de amor: somos hijos de su amor completamente, no sólo porque Ella, desde el Calvario, lo es de todos los hombres, sino porque Ella misma nos comunicó aquí en el Tepeyac "que se honraba en ser Madre nuestra, que quería serlo, de todos los que en esta tierra habitamos y todas las demás variadas estirpes de hombres" (Cfr. Nican Mopohua, vv. 29-31).

Nuestra religión tiene de diferencia con las demás que de plano cambia, tergiversa, pone de cabeza lo que el hombre pensaría de sí mismo y de Dios. Pensaríamos, como es obvio, que todo se lo debemos a Dios, y así es; que somos sus criaturas, y así es, y que nos ama por eso, porque todo creador ama a lo que ha creado, y así no es. Es lo opuesto, al revés: no nos creó porque nos ama, sino porque nos ama nos creó. No nos ama porque nosotros lo amemos, sino podemos amarlo "porque Él nos amó primero" (1 Jn. 4, 19). A Él no le faltaba absolutamente nada y no podemos darle nada que Él no tuviera, sino que fue su amor gratuito lo que se volcó a nosotros, dándonos incluso lo más impensable que se puede dar: la plena libertad, hasta la capacidad de no estar de acuerdo con Él, de disentir de Él, de ofenderlo. Y la razón de todo eso es porque nos ama, porque nos ama antes de que existiéramos y, por supuesto, sin que lo mereciéramos.

Dar más que la vida propia

Jesús dejó claro que el máximo amor es dar la vida por quien se ama (Cfr. Jn. 15, 13); pero esto tiene un sesgo todavía mayor, que es dar no sólo la vida propia, sino la vida de alguien a quien amamos por encima de nosotros mismo. El Padre, el Padre eterno "tanto amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito para que tenga vida eterna y no perezca" (Jn. 3, 16), y nuestra Madre Santísima hizo eso mismo: también nos dio a su Hijo.

En el Evangelio tenemos una parábola preciosa que está en cierto sentido incompleta: la parábola del Hijo Pródigo (Lc. 15, 11-32). Allí veamos que pinta un padre, modelo de veras de padre, de amor paterno, casi diríamos de amor "materno" por su absoluta incondicionalidad, el cual tiene dos hijos que no son dignos de él. Para uno, el pródigo, el papá es un tonto que se deja explotar; para otro, el supuestamente bueno y fiel, el papá siempre lo ha explotado a él. O sea, ninguno de los dos entiende el amor de ese padre, ninguno está a su altura, ni ha sabido corresponderle.

No a que lo mantengas, sino a que lo perdones

Faltaría aquí, en esa parábola, el ejemplo de un hijo que fuese de veras digno de ese padre. ¿Cómo reaccionaría un hijo, que amase a ese padre tanto cuanto ese padre merece, ante la falla de un hermano? No está en la parábola, pero está en el Evangelio. Haría lo que hizo Jesús: "Padre, Papá, mira nada más hasta dónde ha caído mi hermano. ¡Está cuidando cerdos! [Lo peor que podía pensar un judío, el peor oprobio]. Sé perfectamente lo que eso significa para ti, el dolor que te causa. Y como yo te amo y lo amo a él, hazme un favor, Papá: Déjame ir por él. Y déjame ir por él sin llevarme ni un centavo de aquí de tu casa. No quiero ir a comprar su regreso, sino a rescatarlo de su humillación. Y por eso llegaré como está él, totalmente en la calle. Él se siente un fracasado: todos sus supuestos amigos le han vuelto la espalda, pero yo sé que lo amas y por ello, se que vale infinitamente, y también lo vale para mí. Yo asumo los problemas en que él se metió, y junto con él, -A ver cómo le hago- aguantando lo que él se ha provocado, hago que no sólo que salde sus deudas, sino que tenga otra vez dinero, mucho más de lo que se llevó de aquí. Y así, ya que pueda venir no a que lo mantengas, sino a que lo perdones, le invito a que venga conmigo a pedir tu perdón".

Un Padre así, al oír esas palabras de su hijo, no podría decir sino: "-Hijo, mil gracias. Me parte el corazón que quieras tú ir a pagar lo que tú no debes, pero me llenas de orgullo y gratitud al ver cuánto me amas y cuánto amas a tu hermano. Vé, pues, con mi bendición. Aquí los esperaré a los dos." Eso precisamente es lo que hizo Cristo que "nos redimió de la maldición haciéndose maldición por nosotros. Asi lo dice la Escritura: Maldito el que cuelga del madero." (Gal. 3, 13).

Mucho damos, pero mucho más debiéramos dar

La correspondencia a un amor infinito debiera ser eso mismo: otro amor infinito. Nosotros, los mexicanos, no podemos jamás negar que hemos sido objeto de amor infinito de parte del Padre, que nos dió a su Hijo e hizo tan nuestra a su Madre. A Dios gracias estamos conscientes: Aquí estamos miles de gentes. Nadie los trajo a ninguno de ustedes, nadie los acarreó; nadie les pagó nada por venir, antes todo lo contrario: ustedes han gastado, a veces muchísimo, en dinero, en energías, en esfuerzos, para poder estar aquí a ver por un instante esa imagen que Ella nos dejó.

Llenamos, a Dios gracias, nuestra Patria de iglesias para Ella; nos pidió un templo y le damos millares. Llenamos de flores su casa; las danzas, las oraciones, resuenan hoy por doquier, en todo el territorio patrio. ¡Qué bueno, bendito sea Dios! ¡Qué maravilla que tengamos esa conciencia del amor que Ella nos prodigó y que así le correspondamos! Pero, pensemos un momento: a una madre auténtica, a una madre que ama infinitamente a sus hijos, ¿le basta eso? ¿Puede bastarle que el día de su santo la cubramos de flores y de alabanzas? ¿Qué madre no prefiere que sus hijos sean, todos los días, lo mejor que puedan ser? ¿Qué madre no quisiera, tanto o hasta más que el papá del hijo pródigo, que el pecado de uno sirviera para una explosión de amor de su hermano por él y para una gozosa reconciliación con el padre mismo?

Dolores de parto

Y en ese punto, -tengamos la honradez de reconocerlo- no estamos correspondiendo como deberíamos al infinito amor que Dios, a través de María, nos dió aquí en nuestra Patria. ¿Somos buenos hermanos los mexicanos, los hijos de María Santísima? ¿Es nuestra Patria ejemplo de respeto mutuo, de apoyo de unos para con otros? Eso es lo que sí convence. Eso estaba prescrito desde el Antiguo Testamento: "No serás vengativo ni guardarás rencor a tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a tí mismo" (Lev. 19, 18); Jesús lo extendió hasta a los enemigos (Mt. 5, 45), y ese fue el argumento más convincente de los primeros cristianos, que "todos ellos eran muy bien vistos, porque entre ellos ninguno pasaba necesidad" (Hch. 4, 34). Pero hoy nosotros, creo que, si somos honestos, hemos de confesar que eso no puede decirse de nosotros, no cuanto debía de ser, y, peor aún, que hoy estamos a menos del mínimo que debía esperarse, ya que tenemos años de estar matándonos, robándonos, destrozándonos unos a otros.

San Pablo nos enseña que no sólo nuestra Patria, sino la creación entera, sufre "dolores de parto" al verse, por una parte, ya redimida y anhelante de la plenitud del amor, y, por otra, aun envuelta en mil miserias, contra las que debemos siempre luchar. Podríamos aplicárnos, parafraseando, lo que San Pablo dice en su carta a los Romanos: "México vislumbra impaciente, aguardando a que se cumpla lo que es ser hijos de Dios y de su Madre Santísima, porque, aun sometido a la corrupción y al odio, (no por su gusto, sino por aquel que la sometió), abriga la esperanza de que será liberado de esta esclavitud, para alcanzar la libertad y gloria de los hijos de Dios y de su Madre Santísima. Sabemos bien que, hasta el presente, desde nuestra corrupción y miseria, gemimos como con dolores de parto. Más aun, incluso nosotros, que desde nuestro nacimiento como Iglesia y Nación poseemos la certeza de su amor, gemimos en lo íntimo a la espera de la plena condición de hijos, del rescate de nuestro ser, pues sabemos que no debemos temer este mal ni cosa otra alguna, ya que Ella está aquí y es nuestra Madre, estamos bajo su sombra y resguardo, es la fuente de nuestra alegría, nos lleva en el hueco de su manto, en el cruce de sus brazos." (Cfr. N. M. vv. 118-119) (1 ).

Cielo nuevo y tierra nueva

Nunca podremos hacer de la tierra un cielo, pero debemos siempre luchar porque se le asemeje, tratando de hacer de nuestro mundo "un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite la justicia" (2, Pd. 3, 13). Aparentemente, y Dios lo quiera, las cosas ahora en nuestra Patria pueden mejorar. Aprovechemos entonces el amor infinito que Ella nos prodigó, para tener la nobleza de corresponderle. ¡Qué bueno que hagamos lo que hacemos ahora! Que cantemos, que dancemos, que cubramos de flores su imagen, ¡qué bueno, por supuesto! Pero también ¡y ojalá! que no sea solamente eso, sino también amemos, con el amor que nos enseñó Ella y su Hijo, a nuestros hermanos, a todos nuestros hermanos, y que seamos así el ejemplo que todos los pueblos de la tierra tienen el derecho de esperar ver en nosotros, como pidió Ella.

Eso no es nada fácil, por supuesto, lo hacemos en pequeño: hay ejemplos maravillosos de heroísmo. Que estén ustedes aquí es uno de ellos; pero no basta lo poco, ni aun lo mucho, ante lo infinito, y su amor es total, infinito, completo.

Intentemos corresponderlo en esa misma forma; y podemos hacerlo, al menos en intención, pidiéndoselo a Ella, pidiéndole que nos ayude a lograrlo. Pidámosle pues, ahora, por todo eso que tanto nos hace falta: que entendamos su amor, lo apreciemos mucho más allá de lo que ya lo hacemos, sobre todo y principalmente en lo que de veras se verifica el amor de Dios, que es el amor al prójimo. San Juan dice -y tomemos eso como criterio-, "Que si decimos que amamos a Dios a quien no vemos, y no al prójimo que está junto a nosotros, que vemos, estamos mintiendo, estamos mintiéndonos a nosotros mismos". (Cfr. 1 Jn. 4, 20).

Conclusión

Ciertamente no es mentira el amor que nos ha congregado hoy aquí, el amor que le tenemos a Ella es completamente sincero, pero es insuficiente, y podría parecer hasta mentira a quienes nos ven de fuera: ¿Cómo dicen los mexicanos que son tan amantes de Dios y de María, si vemos cómo se portan unos con otros? Corrijamos eso y, corrijámoslo por lo menos en eso en lo que nadie puede decir que no está a nuestro alcance: en pedírselo a Ella, en no olvidarnos de orar.

Roguémosle pues a Ella, y a través de Ella a nuestro Señor, que podamos aproximarnos a ser, tener y dar de veras algo tan bello, algo tan grande, algo tan total, como es el amor de Ella para nosotros.

 

NOTA

(1) La cita textual de San Pablo en su Carta a los Romanos es: "La humanidad otea impaciente, aguardando a que se cumpla lo que es ser hijos de Dios, porque, aun sometida al fracaso, (no por su gusto, sino por aquel que la sometió), abriga la esperanza de que será liberada de la esclavitud, para alcanzar la libertad y gloria de los hijos de Dios. Sabemos bien que, hasta el presente, la humanidad entera sigue lanzando un gemido universal como de dolores de parto. Más aun, incluso nosotros, que poseemos el Espíritu como primicia, gemimos en lo íntimo a la espera de la plena condición de hijos, del rescate de nuestro ser, pues con esta esperanza hemos sido salvados." (Rm. 8, 19-24).

 

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