Dozavario
María
Modelo Nuestro
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA
VIRGEN DE GUADALUPE
12 de diciembre de 2000
Norberto Cardenal Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México
Muy
queridos hermanos y hermanas, peregrinos venidos
de esta Arquidiócesis de México
y de las Iglesias esparcidas por todo el país,
de nuestro Continente Americano y de otros Continentes.
Queridos
hermanos en el ministerio presbiteral y episcopal,
Eminentísimos Señores Cardenales:
Nos
encontramos aquí reunidos una vez más
para agradecer al Señor el privilegio de
haber recibido la fe, la nacionalidad y la patria
de manos de su Madre Santísima al hacer
Ella que aquí, en el Tepeyac, nacieran
unas flores y nos legaran esta imagen; pero hoy,
no es simplemente "una vez más",
puesto que nos aproximamos a clausurar el gran
jubileo de los dos mil años del nacimiento
de Nuestro Redentor, y ahora también reconocemos
y agradecemos que Ella haya sido el amoroso y
anuente instrumento mediante el cual su Hijo nos
convirtió en un "modelo de evangelización
perfectamente inculturada" (1), privilegio
que es no solamente para nosotros, sino para todo
el Continente Américano. Y tenemos la dicha
de que esto lo corrobore la presencia de mis hermanos
Obispos, en especial la del Cardenal Francis Eugene
George, Arzobispo de Chicago, con tantos de sus
feligreses de la Arquidiócesis de Chicago,
ciudad tan significativa para su servidor, ciudad
que ahora nos abre las puertas de fraternidad
y de comunión. Esto lo corrobora también
la más grande peregrinación que
haya existido desde aquí a Argentina y
de Argentina a este Santuario.
Dos liberadores: Moisés y Juan
Diego
En
otras ocasiones me he atrevido a comparar a Juan
Diego con Abraham, ya que, de alguna manera, es
nuestro padre en la fe. El día 9 de diciembre
pasado, en la fiesta de Juan Diego, aquí
en la primera casita que tuvo nuestra Señora,
descubría en la vocación de Juan
Diego las mismas características de las
vocaciones que nos narra la Biblia. Ahora quisiera
comparar al indio vidente con Moisés.
Según
el libro del Deuteronomio (2), Moisés,
poco antes de su muerte, hizo una recapitulación
de lo que él y su pueblo habían
vivido: la liberación del yugo de Egipto,
el pacto con Dios en el Sinaí y su increíble
amor por Israel; de que había habido momentos
sublimes y bochornosos, de gloria y de oprobio,
de fidelidad y de traición, suyas y de
su pueblo. Así resume Moisés: "Pregunta
a la antigüedad, a los tiempos remotos, desde
que Dios creó al hombre, a los cielos y
a la tierra, si ha sucedido algo tan grande o
si se ha oído algo semejante. ¿Ha
oído algún pueblo a Dios hablando
desde el fuego, como tú lo has oído?
¿Intentó algún Dios acudir
a sacar a un pueblo de en medio de otro pueblo
con pruebas, milagros y prodigios, en son de guerra,
con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles
portentos, como lo hizo el Señor vuestro
Dios con ustedes, contra los egipcios, ante los
ojos de ustedes?" (3).
Transcurrieron
los siglos; Israel gemía bajo una nueva
opresión, la de los Romanos, y reclamaba
que les mandase la redención en la persona
de un caudillo que invirtiese los papeles, instaurando
un reino universal en el que ellos fueran por
siempre dueños y señores... Y el
Reino llegó, llegó en efecto, mil
veces mejor de lo que nunca pudieron imaginarse,
pues cayeron en la cuenta de que éste,
su Señor, a quien reclamaban haberlos abandonado,
los amaba muchísimo más, pues, "se
hizo carne y plantó su tienda entre ellos"
(4 ). Y su designio era efectivamente que esa
donación se extendiese, a partir de ellos,
a todos los otros pueblos de la tierra.
Entre
esos otros pueblos estaban nuestros antepasados
indios, fieles como nadie en su entrega a Dios,
pese a tenerla contaminada con errores tan graves
como el que anunciaba Jesús en su Última
Cena: Creer que matando daban gloria a Dios (5).
Y el Amor divino quiso no sólo corregirles
esa aberración, sino recompensar su entrega
con un inmenso premio. Fiel a su Encarnación,
que lo comprometía a servirse de otros
hombres para alcanzar a todos los demás,
echó mano de nuestros padres españoles,
los únicos disponibles en ese momento,
para hacer llegar a nuestros padres indios la
plenitud de su redención.
Unos
y otros acudieron presurosos y generosos a su
llamado, pero acabaron viéndose entrampados
en una situación que parecía reactuar
lo peor de Egipto, sobre todo para los indios:
explotación, esclavitud, desesperanza...
"¡El adversario ha arrasado todo...
prendieron fuego a tu santuario, derribaron y
profanaron tu morada... incendiaron todos los
templos del país. Ya no vemos estandartes
nuestros, no nos queda ni un profeta, ni uno que
sepa hasta cuándo...!" (6).
¡Pero
sí que quedó un profeta! En ese
momento trágico, el Señor, a través
de su Madre Santísima, acudió a
un nuevo Moisés, a quien pidió no
que fuera a acusar a nadie de tiranías,
no que alentara al pueblo oprimido a sacudirse
del yugo opresor y escapar, no que anunciara a
unos la liberación y castigo para los otros,
no que liberaría a unos despojando a otros,
sino que venía a entregarles a ambos el
amor y la liberación que su Hijo les había
ganado a españoles y a indios, descubriéndoles
su incondicional Buena Nueva, Buena Noticia de
unión y de amor, revelándoles que
eran hermanos, hijos de una misma Madre que venía
a pedirnos el privilegio de entregarnos a su Hijo
divino y de estar ambos, Ella y Él, para
siempre con nosotros, para allí "dárnoslo
a Él que es todo su amor, su mirada compasiva,
su auxilio, su salvación... para allí
escuchar nuestro llanto, nuestra tristeza, remediar,
curar, todas nuestras diferentes penas, miserias
y dolores." (7).
Algo incomparablemente más difícil
Y
fijémonos, hermanos y hermanas, cuán
diferente y ambicioso era esta vez el designio
divino: Ya no se trataba de "sacar a un pueblo
de en medio de otro pueblo con pruebas, milagros
y prodigios, en son de guerra, con mano fuerte
y brazo poderoso, con terribles portentos",
sino de algo incomparablemente más difícil,
tan difícil que cualquiera lo calificaría
de imposible para la humana miseria: que enemigos
irreconciliables, que para nada se comprendían
ni aceptaban, que no tenían en común
ni lengua, ni tradiciones, ni historia, antes
se veían separados por abismos de incomprensión
y desconfianza, no sólo dejaran de matarse,
no sólo se separaran sin exterminarse,
sino que se aceptaran el uno al otro, se reconocieran
hijos del amor de un mismo Padre y de una misma
Madre, y se fusionaran en una sola familia.
En
ambos casos, en el Sinaí y en el Tepeyac,
se inició el diálogo, pero -siendo
el mismo mensaje- fue mil veces más tierno,
más amoroso y, sobre todo, más universal
el que sonó en nuestro suelo. En el Sinaí
se oyó: "Moisés [...] yo soy
el Dios de tu Padre, el Dios de Abraham, el Dios
de Isaac, el Dios de Jacob [...] He visto la opresión
de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas
contra los opresores. Me he fijado en sus sufrimientos.
Y he bajado a librarlos [...] a llevarlos a una
tierra fértil y espaciosa, una tierra que
mana leche y miel [...] Y ahora anda, que te envío
al Faraón para que saques de Egipto a mi
pueblo, a los israelitas" (8).
En
el Tepeyac escuchamos eso mismo, pero de otra
manera: "Juantzin, Juandiegotzin, Juanito,
Juandieguito, ten por cierto, hijo mío
el más pequeño, que yo soy la siempre
Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo
Dios por quien se vive, el creador de las personas,
el dueño de la cercanía y de la
inmediación, el dueño del cielo,
el dueño de la tierra... Mucho quiero,
ardo en deseos de que aquí me levanten
mi casita sagrada, en donde lo mostraré,
lo ensalzaré, al ponerlo de manifiesto...
porque en verdad soy vuestra madre compasiva,
tuya y de todos los hombres que en esta tierra
estáis en uno, y de las demás variadas
estirpes de hombres, mis amadores, los que a mi
clamen, los me que me busquen, los que me honren
confiando en mí, porque allí les
escucharé su llanto, su tristeza, para
remediar, para curar todas sus diferentes penas,
sus miserias, sus dolores... Anda al palacio del
Obispo y le dirás como yo te envío,
y como mucho deseo que aquí me provea de
una casa, me erija en el llano mi templo. Todo
le contarás, cuanto has visto y admirado,
y lo que has oído". (9 ).
Respuesta idéntica y del todo
diferente
Ahora
bien, la respuesta de los enviados, siendo también
la misma, no pudo ser más diferente: Moisés
lo primero que hizo fue negarse, objetando: "¿Quién
soy yo para sacar a los israelitas de Egipto?"
(10). Juan Diego aceptó de inmediato: "Señora,
Niña mía, ya voy a realizar tu venerable
aliento, tu amada palabra" (11), y cuando
también objetó: "Tal vez no
seré oído, y si fuere oído,
quizá no seré creído"
(12), fue sólo después de haberle
asegurado: "Señora mía, Reina,
Muchachita mía, que no angustie yo con
pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto
iré a poner por obra tu aliento, tu palabra,
de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni
estimo por molesto el camino." (13 ).
Ambos
enviados fueron inicialmente recibidos con desconfianza
y rechazo. Moisés, ante ese rechazo, acarreó
plagas y sembró la muerte; Juan Diego obtuvo
la curación de su tío moribundo,
entregó flores y esta imagen, que aquí
tenemos la fortuna de conservar, y que es por
sí sola un poema de incondicional y maternal
amor. Moisés logró separar a los
oprimidos de los opresores; Juan Diego que ambos
se aceptaran y fusionaran hasta darnos el ser
a nosotros, sus hijos mestizos.
El
Moisés de Egipto y del Sinaí fue
instrumento del Señor para que, siglos
después, "pudiéramos ser dichosos
todos los pueblos de la tierra" (14); pudiémos
"todas las generaciones" llamar "bendita
entre las mujeres" (15) a nuestra Madre Santísima.
El Moisés nuestro, nuestro liberador, nuestro
padre en la fe y en nuestra nacionalidad mestiza,
titán de la fe, de la esperanza y de la
caridad, nuestro Juan Diego Cuautlatoatzin debe
también ser instrumento de Dios para que
su amor pueda reinar "entre todos los que
en esta tierra estamos en uno, y en las demás
variadas estirpes de hombres" (16 ).
"No hizo cosa igual con ninguna
otra nación"
Podríamos
decirle mucho, pero hagamos algo mejor: terminemos
intentando escucharlo a él, preguntándole
qué nos diría, qué nos dice
hoy. Y no hay duda de que podría también
interpelarnos:
"Pregunta
a la antigüedad, a los tiempos remotos, desde
que Dios creó al hombre, a los cielos y
a la tierra, si ha sucedido algo tan grande o
si se ha oído algo semejante: ¿Ha
oído algún pueblo a Dios hablando
con el canto de muchos pájaros finos, escuchando
su aliento, su palabra, extremadamente glorificadora,
sumamente afable, como de quien ama y estima mucho,
como tú lo has oído, y quedó
vivo? ¿Intentó algún Dios
acudir a unir a un pueblo con otro pueblo, su
mortal enemigo, ofreciendo el materno desvelo
de su propia Madre, su sombra y resguardo, ser
la fuente de su alegría, llevarlos en el
cruce de sus brazos, como lo hizo el Señor
vuestro Dios con ustedes, ante sus ojos?"
(17 ).
Quizá
con esto, hermanos y hermanas, comprendamos mejor
la inscripción del Magisterio Pontificio
que corona la antigua Basílica: "Non
fecit taliter omni nationi" = "No hizo
algo igual con ninguna otra nación"
(18 ).
Y
no podemos negarle la razón, no podemos
dejar de reconocer que el Amor divino nos dió
la vida a través del de su Madre Santísima;
que nuestra misma existencia de nación
mestiza proclama que es posible ese imposible
de que los humanos no nos despedacemos, antes
nos aceptemos y complementemos.
Y,
todo eso no obstante, ¡cuán lejos
nos vemos de haber completado su obra! No sólo
no somos aún para nuestros hermanos del
mundo entero el ejemplo que deberíamos
ser, sino que en estos momentos bien podría
el Señor repetir de nosotros: "He
visto la opresión de mi pueblo en Egipto,
he oído sus quejas contra los opresores,
me he fijado en sus sufrimientos", sino que
somos el mismo pueblo, hermanos contra hermanos,
los que sembramos la violencia, la injusticia
y escandalosas desigualdades.
Conclusión
Por
eso, hermanos, unámonos en la misma oración,
la Eucaristía, pidiendo a nuestro Padre
del Cielo por Quien vivimos y a nuestra Madre
Santísima que nos lo trajo, por la intercesión
de Juan Diego, el más pequeño y
amado de sus hijos, que "todos los que estamos
en esta tierra, y todas las demás variadas
estirpes de hombres", podamos estar, de veras
y para siempre, en uno, en paz, que ya y de veras
"venga a nosotros su Reino" (19 ).
México Tenochtitlan, 12 de diciembre
de 2000
Norberto Cardenal Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México
________________
NOTAS
(1) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Santo Domingo (12 de octubre de 1992), 24: AAS
85 (1993), 826.
(2) Deuterononio, capítulos 1 a 4.
(3) Deut. 4, 32-35
(4) Cfr. Jn. 1, 14.
(5) Cfr. Jn. 16, 2.
(6) Salmo 74, 7-9.
(7) Cfr. Nican Mopohua vv. 26-32.
(8) Ex. 3, 4-10.
(9) Cfr. N. M. vv. 12-33.
(10) Ex. 3, 11.
(11) N.M. v. 38.
(12) N.M. v. 64.
(13) N. M. v. 63.
(14) Cfr. Gen. 22, 18.
(15) Luc. 1, 42, 48.
(16) Cfr. N. M. vv. 30-31.
(17) Cfr. N. M. v. 8; v. 22; v. 119.
(18) Sal. 147, 20.
.(19) Mt. 6, 10; Luc. 11, 2.