InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías > Dozavario
   
 

Dozavario
María Modelo Nuestro

3 de diciembre
Mujer de fe y caridad en la huida a Egipto

Introducción

Iniciamos, hermanos, el Adviento, que es la preparación a la Navidad. Hoy y para nosotros es un tiempo feliz, pues es el tiempo de la Virgen de Guadalupe, de Posadas, de piñatas, de regalos, de sentirnos padres del "Hijo del hombre... que nos ha nacido, que se nos ha dado" (Is. 9, 5), de ese Hijo que se hizo hombre por nosotros. Sin embargo, para la Iglesia es un tiempo de penitencia, de mortificación... Puede que no nos demos cuenta, o que no recordemos, cuánto costó ese gozo nuestro a quienes fueron instrumentos de Dios para que pudiéramos tenerlo: a María y a José.

Huida a Egipto

Ahora que estamos preparándonos a la fiesta de la Virgen Santísima de Guadalupe, consideremos eso: el costo que Ella y su esposo José tuvieron que cubrir para darnos al Hijo de Dios. Recordemos que, para empezar -ya a punto de parir Ella- tuvieron que dejar la seguridad y la relativa comodidad de su Nazaret para ir a Belén, por órdenes de un gobierno lejano y despótico, al que lo que le importaba era la cuestión económica... Algo así como lo que ahora tienen que sufrir familias desamparadas por causa de la "globalización". El censo que mandaba el emperador romano, era un censo económico; por eso, José, que era de la familia de David, tuvo que ir a Belén, porque allá están sus raíces y, posiblemente, sus tierras, y evidentemente que no tenía recursos para dejar a su esposa convenientemente atendida en Nazaret, por lo que tiene que llevarla consigo, de modo que, ese viaje, incomodísimo para una chica a punto de dar a luz, es apenas una parte de lo que costó la Navidad, que naciera el Salvador entre nosotros.

Hay momentos de gloria, ciertamente: la adoración de los pastores, de los magos... pero lo que domina es un panorama de penosa escasez, de carencias, de tremenda angustia; sobre todo lo que ahora consideraremos más de cerca: la huída a Egipto. De un de repente, sin más ni más, en plena noche, José recibe la orden de: "Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto", y la razón no podía ser más atroz ni más injusta: "porque Herodes va a buscar al niño para matarlo." (Mt. 2, 13).

Pensemos en la angustia y desconcierto que implica eso, y pensemos, sobre todo, en lo que para ellos dos, María y José, significó. El niño es todavía muy chico, todavía no se puede dar cuenta de lo que está pasando, pero ellos sí; y podrían perfectamente haber pensado, como quizá pensamos nosotros, ¿por qué nos metimos en estos líos? Ese niño, en un cierto sentido, era una imposición de Dios: ellos no lo habían planeado. Para nada era su plan de vida estar en Belén en ese momento, eso se los había impuesto Roma, y mucho menos tener allí a ese Niño que no era de ellos dos. Era de Dios, por supuesto, pero María es Madre-Virgen... José, simplemente aceptó lo que Dios le pedía: ser padre, tutor, nutricio, educador, de quien que no era biológicamente hijo suyo, y que desde su concepción no había hecho otra cosa que causarle angustias y problemas.

Modelo nuestro

Decíamos el primer día, que un santo es alguien imitable; podríamos, pues, preguntarnos: ¿Podríamos imitar en eso a María, a José? Quizá pensemos que no, pero no hace falta mucha imaginación para darnos cuenta que situaciones como esa son posibles aún, y así, en forma crudamente literal. Nuestra época ha vivido en muchísimas partes esa angustia: cientos y miles de gentes que tienen que dejar todo y huir para que no los maten. En Kosobo, en Ruanda, en la misma Palestina... Y no vayamos tan lejos, aquí en nuestra patria, aquí en México, en Chiapas, en Oaxaca, en Guerrero, hay inocentes que hoy, han vivido eso mismo. Que de repente, intrigas políticas o económicas, de las que ellos son totalmente ajenos, les impongan dejar todo, absolutamente todo, y huir para salvar lo único salvable: la vida.

Los por qués de Dios

No es pues, algo lejano, remoto, superado; estamos en eso, seguimos en eso. Pero lo que nos importa a todos, a todos absolutamente, es pensar en algo que parece absurdo: ¿Por qué Dios causa esos problemas? O, si no los causa El, ¿por qué no los impide, si puede tan fácilmente impedirlos, siendo todopoderoso?

Todos pensaríamos que, aunque no entendamos por qué Dios quiere amarnos, si de veras nos amara y si Él es infinitamente rico y omnipotente, lo más elemental que debiera hacer es cuidarnos, atendernos, agasajarnos, darnos todo lo que nos gusta y librarnos de todo lo que nos disgusta.

Pero nos encontramos con que las cosas no son así, sino muchas veces son todo lo contrario. A la Madre de Dios, por ejemplo, todo mundo pensaríamos que se le debería pleitesía absoluta, que nada ni nadie en todo el universo pudiera atreverse a otra cosa que a servirla y venerarla, que el sol jamás osaría quemarla, ni el frío a molestarla, que ningún animal se atrería a hacerle daño, como un mosquito a picarla, y muchísimo menos que los humanos hiciésemos jamás nada que no fuera rendirle nuestro homenaje. Que pretendiésemos matar a su Hijo, y a Ella también, si fuera necesario, nos parecería una blasfemia absurda e inconcebible. Y lo es... pero lo hacemos. Desde su nacimiento, así recibimos a ese Niño divino.

¿Por qué Dios quiere o permite eso? La respuesta, que a todos nos atañe, es que en el fondo, si nos fijamos, eso es todavía más amor de Dios. Si alguien multimillonario se prendase de mí al grado de adoptarme como hijo, yo esperaría que recibir de inmediato el usufructo de todos sus bienes, dejar de lado toda preocupación y empezar a gozar en grande. Pero, si en lugar de eso, viniera a encontrarme con él pretende todo lo contrario: que por amor a mí se despoja de cuanto tiene y se queda completamente inerme, incapaz de bastarse a sí mismo, y me pide que yo sea quien lo atienda, quien vea por él en todo y por todo... Yo no me sentiría agredecido ni conmovido, sino por el contrario, me indignaría, me sentiría objeto de burla y sarcasmo.

Un bebé el más grande de los estímulos

Sin embargo, eso es el más grande amor. Un amor egoista lo que quiere es gozar del amado; un amor verdadero amor acepta aún sufrir para que el amado crezca y sea mejor, como declaró Juan el Bautista de Jesús: "Yo no soy el Mesías, sino el precursor... Por eso mi alegría ha llegado a su colmo: Lo que importa es que él crezca, y que yo me haga un lado" (Jn. 3, 28-30). Si yo de veras amo, quiero que quien amo sea grande, sea excelso, dé cuanto tenga de sí mismo para crecer él, no yo. Y nada mejor puedo hacer que motivar esa grandeza, ese crecimiento, dándole ocasión de que él lo ponga en práctica tanto como pueda. Un bebé es, no solamente una carga para sus padres, sino también es un estímulo que hace que saquen de sí mismos cosas que nunca creyeron tener: generosidad, entrega, sacrificio, verdadera excelsitud, grandeza maravillosa. Una chica, por ejemplo, que era superficial, comodina y un tanto irresponsable, cuando se convierte en madre, si su hijo la necesita, se transforma en una heroína invencible. Si su niño la necesita, saca fuerzas titánicas de su flaqueza, es capaz de pasarse días y noches sin comer y sin dormir, crece, por tanto, por encima de todo lo que jamás pudo creer tener capacidad para hacerlo.

Así nos ama Dios, así quiere que crezcamos. San Pablo dice textualmente que "se despojó, se arrancó lo que tenía como prerrogativas divinas para hacerse como nosotros, y aún dependiente nuestro", pero, por supuesto, para que ahí lleguemos como Él a la máxima grandeza: "que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo." (Cfr. Fil. 2, 6-10). Somos todos "padres de Dios", puesto que Él es "Hijo del hombre". Y no solamente en forma simbólica, también en forma real: todo niño, todo bebé, es hijo de Dios. Todos los padres, todos los interesados en ese bebé, somos padres de Dios o... quizá, verdugos, asesinos de Dios.

Huir de la propia patria

María y José reaccionan con un profundo espíritu de fe; no vemos en ellos la menor muestra de reproche, siquiera una palabra de odio a la gente que les impone eso. Tienen que huir... Y eso, por desgracia, no ha cambiado. Nos consta que aquí mismo en la Basílica, muchas gentes vienen a decirnos a los sacerdotes que los bendigamos porque van a huir de México. No hace mucho personalmente me tocó atender, y me conmovió profundamente, un anciano español que me confesó: -"Padre, vengo a que me bendiga, es mi último día en México. Aquí llegué de joven, aquí nacieron mis hijos, aquí desée morir, pero ya no puedo. A un hijo mío lo asesinaron, a otro lo raptaron... ¡Imposible! No tengo ya fuerzas para seguir viviendo aquí. Me parte el alma tener que dejar esto que es mi patria, pero tengo que hacerlo." Y esto fue hace poco aquí, aquí en la Basílica... La crueldad y maldad ya no de Herodes, sino de nosotros mismos, sigue campeando por sus fueros; sigue desatando matanzas y provocando huídas de inocentes.

De manera que no estamos nada lejos de poder comprender, apreciar, este drama que vivió María, que vivió José, para que pudiéramos tener nosotros a su hijo Jesús. De modo que entendamos esto todos, avivemos nuestra fe, comprendamos que, paradójicamente, eso es amor de Dios, que nos permite crecer y dar más, pero desde luego, intentemos implantar su Reino entre nosotros. Su Reino no es Reino político, pero sí es Reino plenamente humano porque es Reino de amor (Cfr. Jn. 18, 36). Amémonos como Él nos amó, imitemos a Quien dió ejemplo de amarlo a Él protegiéndolo, huyendo, si fuera necesario, pero nunca detestando a los enemigos.

María Santísima aquí nos vino a decir que venía, no a quitarnos problemas, pero sí a acompañarnos en ellos. "Quiero estar aquí para recibir todas sus lágrimas, penas y dolores" (Cfr. Nincan Mopohua v. 32). Apreciemos eso; si Dios nos manda penas y dolores, jamás será porque nos aprecia menos, porque nos ame menos, sino todo lo contrario, porque nos ama profundamente y quiere que crezcamos más, tanto cuanto podamos. Pero intentemos crecer no solamente en forma de aguantar injusticias, sino de eliminarlas, empezando por nosotros mismos.

Conclusión

Pidamos al Señor, a su Madre y a José, que fue auténtico padre de Jesús porque le dio la vida en ese sentido, defendiéndosela, que nuestras familias, que nuestra patria, pueda ser algo mejor cuando la entreguemos de lo que era cuando nos la entregaron. Que nuestros hijos reciban algo de veras mejor de lo que recibimos nosotros.

Pidamos eso con la Eucaristía.

 

 

Dozavario a Nuestra
Señora de Guadalupe


1 de diciembre
Mujer de fe ante el proyecto de Dios: Anunciación

2 de diciembre
Mujer de fe y prudencia que se traduce en caridad en la visita a Isabel

3 de diciembre
Mujer de fe y caridad en la huida a Egipto

4 de diciembre
Mujer de fe que se traduce en caridad en Las Bodas de Caná

5 de diciembre
Mujer de fe ante el ministerio incomprendido de su Hijo

6 de diciembre
Mujer de fe, esperanza y caridad en el Calvario

7 de diciembre
Mujer de fe y esperanza ante el sepulcro vacío

8 de diciembre
Mujer de fe y esperanza en la oración expectante de
Pentecostés


9 de diciembre

Fiesta de San Juan Diego

10 de diciembre

Madre de fe y esperanza en el Tepeyac otorga su plena confiaza a un indígena

11 de diciembre

Madre de profunda caridad ante la Evangelización fundante de México

12 de diciembre
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE GUADALUPE




 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados