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Dozavario
María Modelo Nuestro

8 de diciembre
Mujer de fe y esperanza en la oración expectante de pentecostés.

Introducción

Como ya escuchamos algunas palabras respecto de la Inmaculada y del Sacerdocio, sólo añadamos algo más de lo que hemos venido hablando en este dozavario: de María Santísima como ejemplo nuestro, y hoy, día de su Inmaculada Concepción, pensemos en el ejemplo que nos da en su expectación de Pentecostés. Y veamos un poco en qué y por qué:

Ser inmaculada significa, como oímos, haber sido concebida sin pecado. No es el que haya sido siempre virgen físicamente, que lo fue; tampoco es que haya sido impecable. María pudo pecar, su mérito es que, habiendo podido, jamás lo hizo, sino que fue siempre fiel. Su fe, durísimamente probada, siempre se mantuvo intacta. Al revés de nuestra madre Eva, inmaculada también inicialmente, que pronto cedió e hizo caer a su compañero.

La virtud cristiana de la Fe

Para entender Pentecostés preguntémos ¿qué cosa es la fe? Recordémoslo brevemente: La fe no es un sentimiento, la fe es la operación intelectual que ejecutamos cuando creemos algo, es decir: cuando nos enteramos de una cosa que no sabíamos, y que quizá no alcancemos a entender por nuestra capacidad limitada, pero la aceptamos, la hacemos parte normal de nuestros conocimientos, no porque la hayamos analizado y comprendido, sino por la confianza que nos merece quien nos la ha transmitido. Podremos, pues, definirla como un "asentimiento intelectual basado en la autoridad de quien nos revela algo".

La fe no es algo raro, infrecuente entre nosotros: muy al contrario, es la base misma de nuestra vida racional. Sin fe no podríamos desenvolvernos como seres racionales, más aún, no podríamos sencillamente existir. Veámoslo con un simplísimo ejemplo: ¿Cuántas cosas que sabemos, cuánta información que necesitamos para podernos desenvolver como hombres, la inventamos o la descubrimos nosotros mismos? ¡Prácticamente nada! Todo lo que sé, lo sé porque lo recibí de otros; y lo aprendí, lo acepté, porque tuve confianza en quien me lo enseñó: mis padres, mis maestros, mis profesores, mis instructores, todos ellos merecieron mi fe, y, gracias a que se las tuve, sé lo que sé, tengo lo que tengo, hago lo que hago y soy lo que soy.

Nada somos sin la fe

Sin fe no podríamos ni siquiera vivir. Si, por ejemplo, mi madre me advierte: "¡No te comas eso, porque es venenoso!", y yo -chiquillo terco y soberbio- no acepto su palabra, sino quiero constatar por experiencia propia si es cierto o no lo que ella dice, y me como lo que me ha prohibido comer, simplemente no sobrevivo.

La fe pues, es la cosa más natural del ser humano, y nada más natural que tener fe en la máxima autoridad, la máxima sabiduría que es Dios. Sin embargo, la fe no es fácil, precisamente porque se trata de aceptar lo que no vemos, o a veces aceptar lo contrario de lo que vemos, como un niño a quien atráe la belleza del fuego, o de una serpiente, y quisiera jugar con ellos sin hacer caso a la prohibición de sus padres.

Los tiempos de Dios

Ahora bien, ¿qué fe pedía Dios de los apóstoles y de María cuando aguardaban el día de Pentecostés?. Evidentemente, no que creyeren en la resurrección. Eso ya no lo "creían", ¡ya lo sabían! Jesús ya había resucitado, ya era un hecho totalmente comprobado que estaba vivo y glorioso, ya lo habían visto todos ellos, ya había comido con ellos, ya Tomás había puesto su mano en sus heridas: No podía caberles duda ninguna del maravilloso triunfo de Jesús sobre la muerte. En eso ya no podía haber fe: era evidencia. ¿Qué faltaba entonces? ¿Todavía se puede tener fe cuando ya se están viendo las cosas? ¿María la necesitaba aún, cuando ya ha visto a su Hijo resucitado? ¡Desde luego que sí! Porque allí enfrentamos una condición nuestra, una realidad que, muchas veces, no somos capaces de aceptar correctamente, y que es la confianza en el tiempo de Dios.

Todo mundo querría que las cosas fuesen rápidas, máxime cuando ya está todo hecho; todo mundo podría preguntar, como lo hicieron los apóstoles: "Señor, ¿ahora sí ya vas a restaurar el Reino de Israel?" (Hch. 1, 6), y no nos resulta fácil aceptar su respuesta: "No es cosa de ustedes conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha reservado a su autoridad." (Hch. 1, 7), pues nuestra impaciencia hace que objetemos: ¿Por qué Jesús no aprovechó su Resurrección más útilmente, más eficazmente, más eficientemente?

La locura de Dios

Lo habían retado a que, si bajaba de la cruz, creerían en Él (Mt. 27, 39-43). Él no aceptó ese desafío barato, sino otro incomparablemente más difícil: levantarse de la tumba en donde le habían puesto hasta guardias para que no se fuera a salir. ¡Y lo hizo! ¡Qué le costaba, entonces, presentarse ante las autoridades judías, y jactarse: "-¿No que no? ¡Aquí estoy! ¡Cumplan su palabra y crean en mí!"

¿Qué le costaba? Nada menos que una cosa para Él absolutamente inaceptable: Forzar al otro, quitar la fe del otro. La evidencia quita la fe, pues no se puede creer lo que ya no se puede negar, y Dios quiere que todos podamos creer, y, por tanto, que pudiéramos negar. Quien ya sabía que estaba vivo, como eran sus apóstoles, obviamente, hubieran querido que no cometiese la "locura" de desaprovechar esa oportunidad, que usufructuase su triunfo, que sacase provecho inmediato y completo a su resurrección "restaurando ya y para ellos el Reino de Israel".

Y Jesús no sólo no hizo lo que ellos juzgaban obvio y urgente, sino que les mandó que fuesen ellos quienes testimoniasen tanto su crucifixión como su resurrección, a sabiendas de que aceptar ambas era pedir algo dificilísimo, "pues mientras los judíos buscan señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios; porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres." (1 Cor. 1, 21-25).

No apremiar, sino orar

No es fácil que tengamos esa fe nosotros; cuando vemos una cosa que, a nuestro juicio, es completamente lógica, perfectamente real, apremiantemente urgente... y nos encontramos con que Dios no está de acuerdo con nuestra prisa. No es fácil tener fe, tenerle fe en esas circunstancias. Sin embargo, en el tiempo de Dios, en el plan de Dios, la fe es esencial para bien de todos. La violencia y la evidencia, quitan la fe, y Dios no quiere ningún tipo de violencia, ni siquiera la violencia intelectual de enfrentarnos a hechos consumados e innegables.

¿Qué podemos hacer, entonces, cuando nos encontramos con un desfase entre nuestro tiempo y el tiempo de Dios?. María Santísima es perfecta respuesta, perfecto ejemplo: "Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la madre de Jesús y sus parientes..." (Hch. 1, 14) Es decir, Ella, junto con toda la Iglesia, se prepara al tiempo de Dios, a la venida del Espíritu Santo prometido. ¿Cómo? ¿Reclamando?¿Urgiendo?. No ¡Orando!

Fe y paciencia

Toda oración cristiana hecha en la fe es infalible: "Tengan fe en Dios: Les aseguro que si uno le dice al monte ese: "-Quítate de ahí y tírate al mar, no con dudas interiores, sino creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: Cualquier cosa que pidan en oración, crean que se les ha concedido, y la obtendrán." (Mc. 11, 24), y, en el momento solemnísimo de la Cena, insistió: "Pues sí, les aseguro, si aducen mi nombre, el Padre les dará lo que pidan. Hasta ahora no han pedido nada aduciendo mi nombre. Pidan y recibirán, así su alegría estará completa." (Jn. 16, 23-24). Además, la oración de María y con María no sólo es infalible, sino omnipotente, Ella es "la Omnipotencia Suplicante"... pero también supo y sabe ser paciente. El Señor, pues, nos empeñó su palabra de que es infalible nuestra oración; no puso límites ni restricciones; pero Él vive y se maneja en su tiempo, no en el nuestro, y en eso podemos diferir inmensamente, pues "para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. No retrasa el Señor lo que prometió, es que tiene paciencia con nosotros..." (2 Pd. 3, 8-9).

Conclusión

Dado, pues, ese desfase de su tiempo con el nuestro, nuestra vida estará llena de impaciencias: aunque, por su gracia, tengamos fe, y con ella la certeza absoluta de que Él, que todo lo controla y todo lo puede, nada va a negarnos, no conocemos su tiempo, y por ello nuestra impaciencia se va a ver muchas veces duramente probada, porque no recibe al momento lo que al momento quisiera, y se nos presentará la tentación no sólo de dejar de orar, sino aun de desesperar, de decirnos que no existe lo que estábamos esperando. Pero Él mismo, en su amor, no instó a siempre insistirle, a motivarlo incluso que nos atienda "para librarse de nuestra insistencia" (Cfr. Lc. 11, 8), pero eso requiere de perseverancia y fe, y en eso María Santísima, nuestra Madre, nos dejó el mejor de los ejemplos.

Confiemos en María y en el ejemplo que nos dejó, hoy especialmente, en el día de su Inmaculada Concepción. No hay tiempo de continuar, pero que esto nos sirva de veras para ver en Ella, no un ejemplo lejano y altísimo, sino un contacto cercano y utilísimo para que podamos ser como Ella, de veras, hijos de fe.

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