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Dozavario
María Modelo Nuestro

9 de diciembre
Fiesta de San Juan Diego

Introducción

Hoy hermanos, festejamos a San Juan Diego. Hay naciones cristianas que pueden referir su cristiandad, y hasta su cultura y nacionalidad, a un santo concreto, tenerlo como padre en la fe, por ejemplo, Irlanda a San Patricio, Inglaterra a San Agustín de Canterbury, Alemania a San Bonifacio, Suiza a San Nicolás de Flue, los pueblos eslavos a los Santos Cirilo y Metodio. Aquí en México, tenemos a San Juan Diego.

Riqueza la fe y del mestizaje

Y San Juan Diego es para México mucho más en cierto sentido que todos ellos, porque no fue alguien que simplemente llegó, predicó y convirtió a esos pueblos al Evangelio, sino alguien que en un sentido, casi dijéramos físico, hizo que naciéramos nosotros los mexicanos, cristianos e hijos de padres muy diferentes, herederos de toda su sangre y conjuntamente de todas las del mundo.

España era ya en ese entonces, una síntesis de todas las sangres del Viejo Mundo. Tenía sangre germana: los Godos, sangre romana, por supuesto sangre ibera, sangre oriental, sangre africana, pero no tenía sangre mongola, que son la mitad de la humanidad. Los indios son de raza mongólica, de modo que un pueblo que nace de esos dos padres, es un pueblo que no nada más poéticamente, sino en un sentido real genético, es una nación universal, una raza cósmica. Eso somos los mexicanos, no por mérito nuestro, pero en algún sentido sí por mérito de Juan Diego, que fue instrumento de Dios, e instrumento no nada más material, sino plenamente humano. Es decir, no fue simplemente aquello con lo que Dios hizo algo, sino un ser humano, como nosotros, mediante el cual, con su plena colaboración, Dios convirtió a nuestros padres indios e hizo que aceptaran a nuestros padres españoles, propiciando así que naciésemos como nación mestiza.

Exactamente un día como hoy

Pensemos un poquito en el asunto: exactamente un día como hoy, un sábado 9 de diciembre, exactamente aquí en el Tepeyac, pasó algo que cambió nuestra historia: El cuadro que había en ese entonces era desolador: Dios viene a un pueblo profundísimamente religioso, como era el pueblo indio, aunque entrampado en errores tremendos, ya que pensaban de buena fe que matar y torturar era darle culto, y viene a él a través de otro pueblo también religiosísimo, pero también con la conciencia errónea de que su papel de cristianos era pelear, matar, imponer su fe a quien no la tuviese.

El encuentro es una especie de error por ambas partes. Los españoles vienen pensando que tienen que arrancar de aquí al demonio, que enseñorea por completo las antiguas tierras mexicanas. Los indios creen que reciben a Dios, a Quetzalcóatl que viene a re-arreglar las cosas en la paz y concordia que antes las había dejado. Ambos por tanto, de total buena fe, sienten y aceptan ser ejecutores de la voluntad divina.

Aparente fracaso

El choque es tremendo, mueren muchísimos de ambas partes, la mayoría de ambas partes; muchos más indios que españoles en número, pero en proporción, cuesta la vida prácticamente a iguales partes de ambos lados. Y al final, el resultado parece ser un fracaso total, de ambas partes también: el indio se siente traicionado por Dios: "-Yo recibí a quien pensé que eras tú" -podían pensar ellos- "a quien venía en tu nombre. Luché, pensando que peleaba una guerra por ti, en pro o en contra de uno de tus aspectos, de Huitzilopochtli o de Quetzalcóatl. Jamás pensé defenderme de una invasión extranjera, que nunca hubiera aceptado. Y, sin embargo, eso me entrega ahora en manos de un infierno, de una pesadilla que no acabo de comprender. Me dicen, que mis venerados ancestros arden en el infierno, que todo lo mío, lo que yo amaba, lo que yo sigo amando en el fondo de mi corazón desgarrado, es diabólico, que es malo, que tengo que arrancarlo por completo si quiero ser tuyo. Y tú bien sabes que eso fue lo que siempre quise: ser tuyo enteramente, pero no destruyendo la venerada Tradición de mis Padres". Lo que sentían los pobres indios era una auténtica traición, haber sido traicionados por Dios.

Los españoles, aunque ensoberbecidos y ufanos los más de ellos por el triunfo y el enriquecimiento que habían adquirido, en su conciencia interna no estaban tranquilos. Basta oír a un profeta de ese entonces, Bartolomé de las Casas, con cuánta dureza enjuicia la acción española: "Todas las guerras que llaman conquistas, fueron y son injustísimas. [...] Las gentes naturales de todas las partes donde hemos entrado en las Indias tienen derecho adquirido de hacernos guerra justísima y de raernos del haz de la tierra..." ( ). De modo que, aparentemente, la buena voluntad y la disponibilidad de ambos en manos de Cristo, había acabó desembocando en un fracaso cristiano de los dos.

Sacrificio de Abraham

En ese panorama desolador, hoy, 9 de diciembre, pasa una cosa aparentemente sencillísima: un cristiano, un indio, absolutamente heróico, absolutamente excepcional en su entrega a Dios, había hecho al bautizarse siete años antes lo que llamaríamos "su sacrificio de Abraham", o sea, había aceptado sacrificar lo que más amaba: su propia cultura, renunciar a lo que no podía seguir más que amando: su "Huehuetlamanitiliztli" = la Tradición de sus Mayores, todo lo que para él era la razón de ser. Y lo hace porque está convencido que Dios le pide eso para ser cristiano, como estaba convencido Abraham de que matar a su hijo Isaac era la voluntad de Dios.

Abraham duró tres días con esa angustia. Al cabo de ellos le ordena Dios: "No alargues la mano contra tu hijo, ni le hagas nada. Ya he comprobado que respetas a Dios, porque no le has negado a tu hijo, tu único hijo" (Gn. 22, 12). Para Juan Diego no fueron tres días, sino siete años, hasta que el día de hoy, 9 de diciembre de 1531, a través de cantos de pajaritos, que para los indios eran voz de Dios, entiende eso mismo que entendió Abraham: "Ya vi que me eres fiel, que nada me has negado. ¡No mates a quien amas!". En ese momento él entiende, en forma mística, que no hay oposición entre la religión de sus padres y la suya propia; que hay profundos errores que corregir, ciertamente, que hay muchas cosas que mejorar ciertamente, pero que la buena fe de todos ellos estaba perfectamente recompensada con la grandeza que Dios les traía a través del Evangelio.

Resultado instantáneo

Conocemos el resto: a través de acciones, de unas flores, de unas palabras, de esta imagen, gestos netamente adecuados a la cultura india, en solamente cuatro días, de hoy, 9 de diciembre, al próximo martes 12, María Santísima, como instrumento dócil y anuente de Dios, revela a mexicanos y a españoles, que Ella se honra en ser Madre nuestra, que quiere un templo para aquí darnos a su Hijo, que quiere ser Madre de todos los que "le hagamos el favor", (así lo expresa el texto náhuatl), de aceptarla e invocarla (Cfr. Nican Mopohua, v. 31).

Es instantáneo el resultado: a un pueblo que se comunica con imágenes, le entrega Ella esta imagen, en la que pudieron "leer" lo que ningún español jamás les podría haber dicho en ese momento: "Soy la Madre de tu Dios, de tu Dios de siempre, y vengo a traerte aquí a la tierra, la paz del cielo. Ya no habrá lucha entre el sol, luna y estrellas, Yo las tengo en paz".

Acta de nacimiento

La reacción del pueblo indio es de absoluto entusiasmo. En este día se lee en Laudes un himno que pinta eso exactamente y es algo así como el "acta de fundación de nuestra Patria", puesto que explica el porque nuestros padres indios, dispuestos a matar y a morir antes que a cambiar, aceptaron la religión y la sangre de los blancos:

¡Dancemos!, ¡cantemos!
Al Dador de la Vida,
Al Dueño de cuanto nos rodea,
porque nos ha entregado sus flores y sus cantos.

¡Dancemos!, ¡cantemos!
Por tí, Juan Diego, el más pequeño,
oímos el canto florido.
Por tí vuelan en nuestra tierra
las mariposas de jade
y el reluciente colibrí abre sus alas.

¡Dancemos!, ¡cantemos!
porque tú nos recuerdas que vivimos
en la tierra de nuestro sustento,
en la tierra del maíz, de nuestra carne.
Suene para el verdadero Dios por quien se vive
el atabal de la alegría,
el huéhuetl de nuesto gozo.

¡Dancemos!, ¡cantemos!
al Dios Antiguo y Nuevo
porque tú recogiste fragantes flores
allí donde perdura el rocío
y se abre el brillante arcoiris
que cubrió la montaña.

¡Dancemos!, ¡cantemos!
Vivimos agradecidos,
ya no estamos tristes:
¡No fuímos traicionados, Juan Diego!
El Dios de nuestros padres y abuelos
nos entrega plena su Palabra.

¡Dancemos!, ¡cantemos!
Por tí se quedó entre nosotros, Juan Diego,
Nuestra Madre, Nuestra Muchachita,
Nuestra Hija Menor, Nuestra Señora,
Nuestra Niña, Tonantzin Guadalupe.

AMÉN.

La danza era, y sigue siendo, para el indio "la oración total". Aquí mismo lo vemos, en el atrio de nuestra Basílica. Así oraban, y oran, no solamente con la palabra, con la boca, sino con todo el cuerpo y todo el ser, a Ipalnemohuani, al "Dador de la vida", a Tloque Nahuaque "Dueño de cuanto nos rodea, porque nos ha entregado sus flores y sus cantos", que era como el indio había siempre tratado de comunicarse con Él, a través de las flores y los cantos, con su "canto florido". También mariposas, colibríes y arcoiris eran símbolos divinos para nuestros antepasados. Danzaban y cantaban al son de teponaxtle y del huéhuetl al sentir que recobraban su tonacatlapan, su xochitlalpan: "la tierra de nuestro sustento, la tierra del maíz, de nuestra carne, la tierra de las flores... Ya no estamos tristes. No fuímos traicionados. ¡Él Dios de nuestos Padres y Abuelos nos entrega plena su Palabra, nos entrega a su Madre!".

Tlamacehualiztli

Para el indio el sufrimiento, las penas, los peores sacrificios, no eran problema cuando entendían su razón de ser, porque pensaban que con eso se igualaban con Dios, que había entregado antes su sangre para darles la vida. Sabiendo que "no había sido traicionados" todo lo demás cobraba sentido: todos sus sufrimientos, suyos y de sus padres, se transformaban en gloria que les permitía sentir que vivían la "tlamacehualiztli", el "merecimiento de las cosas" que los honraba y exaltaba equiparándolos a la generosidad de Dios.

Todo eso lo entendió Juan Diego desde el primer momento que entró en contacto con esa "Niña, Tonantzin Guadalupe", y eso fue lo que motivó al Santo Padre a poner el día de hoy, 9 de diciembre, su fiesta como oficial de la Iglesia. Un santo se festeja, en general, el día que muere, porque ese día entra al cielo. No sabemos el día exacto en que murió Juan Diego; fue por julio o agosto de 1548, pero el Santo Padre dijo que se festejara hoy, porque hoy aquí en el Tepeyac, entró en el cielo, en "la tierra de nuestro sustento, en la tierra de las flores".

El máximo honor

Eso festejamos hoy: su entrada en el cielo que abrió el camino al nacimiento de nuestra Patria cristiana y mestiza. El que Juan Diego sea santo, quiere decir que podemos acudir a él como intercesor y como modelo, y que podemos festejarlo hoy con el máximo honor que la Iglesia confiere a uno de sus hijos: la Eucaristía... pero nos queda una deuda todavía con Dios, con María Santísima y con él, que es compartirlo con todo el resto del mundo a través de su canonización, y tanto más que el mundo tiene urgente necesidad de que le compartamos eso que nos dio Dios a través de él y de nuestra Madre Santísima: la fórmula para que los enemigos se reconozcan hermanos. Los mexicanos tenemos, o, mejor dicho: somos esa solución de Dios al problema del mundo.

Conclusión

Oremos para que todo lo que esté mal de nuestra parte se corrija, y para que todo lo bueno se fortifique y se potencie y podamos así compartirlo. De manera que unámonos en la confesión de fe y en la Eucaristía.

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Señora de Guadalupe


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