Contexto
Queridos hermanos y hermanas
en este octavo día del dozavario de las celebraciones que preparan
nuestra fiesta de la querida Virgen de Guadalupe, coincidimos
con una solemnidad muy significativa de la Virgen, a saber:
la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Su sello característico:
ser llena de gracia
Así como cada uno de nosotros
tiene un rostro definido que lo hace inconfundible, único e
irrepetible por alguna característica. Dios nuestro padre quiso
que la Virgen María tuviera como sello característico la cualidad
de estar llena de su Gracia desde el momento mismo que
fue concebida.
Como todos lo sabemos, al participar
de esta humanidad marcada por el pecado, todos necesitamos de
la redención de Cristo, sólo Él nos ha salvado a todos del pecado
y sus consecuencias del pecado, la peor de ellas: la muerte.
Sin embargo, la comunidad cristiana
desde muy antiguo ha creído que Dios hizo que los méritos de
la redención de Cristo se aplicaran a la Virgen María desde
el mismo momento en que empezó a existir. Así es que María desde
su inicio tiene como sello característico de su ser verse libre
de pecado, por lo tanto está llena de Gracia, Inmaculada.
En el Adviento la imagen de
la Guadalupana nos recuerda a María llena de Gracia.
La plenitud de Gracia en María
se vio manifestada de una forma especial cuando, obediente al
designio del Padre y cubierta por la sombra del Espíritu Santo,
permitió que en su propio seno se encarnara Jesucristo el Hijo
eterno del Padre.
En este tiempo del Adviento
recordamos con especial atención el proceso de gestación de
Nuestro Señor Jesucristo en el vientre de la Virgen María.
Pero en este santuario y ante
la misma imagen de la Virgen, que se dignó imprimir en la tilma
de Juan Diego, tenemos nosotros este testimonio, en efecto,
la imagen de la Virgen que se plasmó en esta tilma nos representa
a la Virgen embarazada caminando sobre el ombligo de la luna;
es decir, caminando sobre México (que es lo que significa estar
en medio de la luna).
María nos trae a Jesús
al Anahuac
La predilección amorosa que
Dios nos mostró al enviar a la Virgen María a nuestra patria
tiene como finalidad que nosotros recibamos con cariño a la
madre y a su hijo Jesús.
Como Dios lo hizo hace más de dos mil años, atento a la Salvación
de todos, ahora lo hace con nosotros para que comprendamos que
la Salvación de Dios no está lejos ni en el tiempo ni en el
espacio, sino cerca, a la mano.
Nuestra veneración a la sagrada
imagen de la Virgen provoca en nosotros una gran responsabilidad,
pues debemos recordar que: “a quien mucho se le dio mucho se
le pedirá y se le exigirá”. Pero esta responsabilidad no es
para nosotros nada gravoso o indeseable; porque en palabras
de la misma Señora del Tepeyac, nuestra misión es anunciar a
muchos otros el gran cariño que Dios nos tiene y dejar que nuestros
corazones, tal vez heridos por desengaños y traiciones, por
fracasos e injusticias, sean sanados por la misericordia divina,
y nosotros mismos perdonemos a los demás como Dios nos ha perdonado.
Una mirada
de esperanza
Para concluir, no dejemos pasar
la ocasión sin volver nuestra mirada agradecida a la Virgen
María, llena de gracia; es decir, llena de Dios, porque a pesar
de que el horizonte nacional y mundial nos haría pensar que
estamos pasando por una noche de la humanidad llena de violencia,
codicia y egoísmo, es la luz que Ella irradia un faro de esperanza
que nos alienta en el compromiso y en el esfuerzo por gestar
la civilización del amor, la civilización de la vida, en donde
todos y cada uno de los hijos engendrados por Dios tenemos un
espacio y una oportunidad para ser felices y para hacer felices
a los demás.
Alabado sea Jesucristo.