Un poema por demás bello, sensible
e incitante, que hoy podríamos poner en labios de Santa
María de Guadalupe y escucharlo dirigido a cada uno de nosotros
que participamos en esta celebración eucarística.
En la belleza y sabiduría de
la cultura náhuatl, Quetzalcóatl (para los mayas Kukulkán),
representaba una honda aspiración humana, a saber: el deseo
de unir el cielo con la tierra; ningún ser más terreno que
la serpiente, puesto que todo el tiempo está sobre la tierra,
ni más celeste que el ave, tan cercana al cielo. Esa es
la unidad de los contrarios plasmada en el icono de la “Serpiente
Emplumada”, y que proyecta en sí, las últimas aspiraciones
del hombre.
Tal deseo y aspiración que
se encontraban en lo más hondo de las culturas mesoamericanas,
como una de las tantas “Semillas del Verbo” esparcidas
por el Espíritu de Dios en estas tierras, encontraron su
cumplimiento y satisfacción en Santa María de Guadalupe;
no es un lugar, sino una persona, en donde realmente se
alcanzó lo siempre deseado, la unidad del cielo con la tierra,
de lo humano con lo espiritual, de lo inmanente con lo trascendente.
Certeza de la redención
María es el signo de la redención
realizada, por eso su figura es sumamente importante:
“María permanece ante Dios
y ante toda la humanidad como el signo inmutable e inviolable
de la elección hecha por Dios, una elección más poderosa
que toda la experiencia del mal y del pecado y que toda
“enemistad” con que quedó marcada la historia del hombre,
en esta historia María es puesta como signo de esperanza
cierta ”.
La Virgen María es un signo
que permite a la Iglesia, (y en especial a la de nuestro
México, tan herido y lacerado), mirar al futuro con esperanza
y actuar, no sólo reaccionando frente al mal, sino, sobre
todo, comunicando el sentido de confianza y de victoria,
en la certeza de que la redención se ha realizado, se realiza
y sigue realizándose.
María contrasta con todas las
formas de amargura, de derrotismo, de pesimismo, de aislamiento,
haciendo ver que no son ésas las realidades últimas. La
realidad última es la Redención, de la que Ella es signo
especialmente en los momentos de temor y de oscuridad.
Perseveraban en la oración con María la madre de Jesús
El libro de los Hechos de los
Apóstoles nos narra: «Todos ellos perseveraban en la
oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres,
de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch
1,14). Es el paso del Misterio Pascual al Misterio de Pentecostés.
El Hijo de Dios, con su Encarnación
abatió el muro de separación de la naturaleza, uniendo en
su persona Dios y hombre, el Espíritu y la carne; creando
un puente indestructible entre los dos. Con su Pascua abatió
el muro de separación del pecado.
Ahora ya nada impide que el
Espíritu pueda ser infundido, como de hecho sucederá en
Pentecostés.
Gracias al Espíritu Santo,
la gracia salvífica del Misterio de la Encarnación y del
Misterio Pascual se hacen operantes en nuestra vida.
Y precisamente, María está
presente en los tres momentos constitutivos del misterio
cristiano y de la Iglesia: La Encarnación, el Misterio Pascual
y Pentecostés.
También en el cenáculo, igual
que en el Calvario, María es mencionada junto con algunas
mujeres. Pero también aquí la calificación “madre de
Jesús”, que sigue a la mención de su nombre, lo que
cambia todo y pone a María en un plano distinto.
Significa que el Espíritu Santo
que ha de venir es “el Espíritu de su Hijo.” Entre Ella
y el Espíritu Santo hay un vínculo objetivo e indestructible
que es el mismo Jesús que juntos han engendrado
Una Iglesia que se descubre
pneumática, es decir, movida y animada por el Espíritu
Santo, busca espontáneamente su propio modelo en María que
por obra del Espíritu Santo concibió a su Cabeza y Salvador.
Porque en María se refleja la obra que el Espíritu Santo
realiza en toda la Iglesia.
María y el Espíritu Santo en
el Evangelio de Lucas
Existe un estrecho paralelismo
entre la venida del Espíritu Santo sobre María en la Anunciación
y su venida sobre la Iglesia en Pentecostés.
El Espíritu Santo es prometido
a María como “poder del Altísimo” que “descenderá” sobre
Ella (Lc 1,35); a los apóstoles les es prometido igualmente
como “poder” que “descenderá” sobre ellos “desde lo alto.”
Recibido el Espíritu Santo,
María se pone a proclamar (megalynei), en un lenguaje
inspirado, las grandes obras (megala) que el Señor
ha realizado en Ella (Lc 1,46-49). Del mismo modo, los apóstoles,
recibido el Espíritu Santo, se ponen a proclamar en diversas
lenguas las grandes obras (megaleia) de Dios (Hch
2,11). También el concilio Vaticano II nos habla de esta
relación, “María imploraba con sus oraciones el don del
Espíritu Santo, que en la Anunciación ya había cubierto
con su sombra.”
Todos aquellos a los que les
es enviada María, después de este descenso del Espíritu
Santo, son a su vez tocados o movidos por el Espíritu Santo.
Y nosotros no somos la excepción.
Efectivamente, Santa María
de Guadalupe, imploró también la venida del Espíritu Santo
sobre nuestro continente y ¡vaya que se derramó! Hoy más
de la mitad de todos los católicos del mundo nos encontramos
en América y seguimos proclamando las maravillas de Dios
en esta oleada de nueva evangelización a que nos invita
el soplo del Espíritu a través de S.S. Benedicto XVI.
Fue el Espíritu Santo quien
realizó, desde el inicio, la primera unidad comunitaria
entre pueblos distintos. En aquel tiempo la gran división,
el gran sisma, era entre judíos y gentiles.
Y después de 1500 años, el
milagro del Espíritu Santo se repitió, a través del Acontecimiento
guadalupano, dos pueblos o razas irreconciliables y
antagónicas entre sí, con dos cosmovisiones opuestas y encontradas,
dieron origen a un nuevo pueblo, a una nueva raza mestiza,
la Raza Cósmica, como la llamó José Vasconcelos.
Jesús ha unido a María y al
Espíritu Santo más de cuanto un hijo pueda unir entre sí
al padre y a la madre. Porque si cada hijo, simplemente
con su vida, proclama que padre y madre estuvieron unidos
un instante según la carne, Jesús proclama que el Espíritu
Santo y María estuvieron unidos “según el Espíritu.”
La Santísima Virgen, habiendo
experimentado en sí misma que Dios realiza obras grades
en Ella, a pesar de ser humilde, pobre y sencilla, el Espíritu
Santo le enseña el arte y la sabiduría según la cual Dios
es aquel Señor que se complace en ensalzar a los humildes
y en humillar a los que están arriba.
De igual forma, a través de
la presencia de nuestra “Morenita del Tepeyac,” en
el Valle del Anáhuac, ensalzó al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin
y junto con él, a todas las culturas prehispánicas, así
como sigue ensalzando y dignificando a los indígenas de
nuestro país.
“E inclinando la cabeza entregó
el Espíritu”
Para San Juan, el Don del Espíritu
Santo ha sido inaugurado en el Calvario, y en el mismo momento
de la muerte de Cristo, que es el comienzo de su glorificación:
“inclinando la cabeza entregó al Espíritu.” El agua
que sale del costado de Jesús, es vista como el cumplimiento
de la promesa sobre los ríos de agua viva que brotarían
de su seno y como signo del Espíritu que recibirían los
que creyeran en Él.
Lo que fue la paloma en el
bautismo de Jesús, es ahora el agua en este bautismo de
la Iglesia; es decir, un símbolo visible de la realidad
invisible del Espíritu. El agua y la sangre son los vehículos
sacramentales y símbolos de su efusión.
¿Quién estaba junto a la cruz
para acoger ese soplo y estas primicias del Espíritu? Estaba
María, junto algunas mujeres y con Juan. Ellos son “los
que creen en Él” y que asisten al cumplimiento de la promesa
recibiendo el Espíritu.
Este cumplimiento de toda su
obra es el nacimiento de la Iglesia, representada por María,
en su condición de Madre y por Juan en su condición de creyente.
Jesús sobre la cruz manifestó
su amor supremo, cuando en la persona de su Madre y del
Discípulo amado constituyó al nuevo pueblo de Dios y les
comunicó el don del Espíritu Santo.
Este es el Espíritu del que
María recibió las primicias, estando junto a la cruz de
Cristo. Y que siglos después, a través de Ella, se nos
comunicaría a nosotros ese mismo Espíritu de Jesús, a través
de la Guadalupana.
María, amiga de Dios
María, desde su inmaculada
Concepción y de modo especial en la Anunciación, había sido
cubierta por la sombra del Espíritu, y así en su vida, fue
viviendo nuevas y sucesivas efusiones del Espíritu Santo,
hasta llegar a la dilatación o laceración máxima de la cruz.
En ese momento María fue “como
plasmada y hecha una nueva creatura por el Espíritu Santo.”
Así, el amor con que Dios nos
ha amado hasta el extremo, es el amor con el que nos hace
amigos suyos. Por tanto, dentro de todos los títulos tan
numerosos en las letanías marianas deberíamos añadir otro
más: “María, la amiga de Dios.”
En el Nuevo Testamento Dios
tiene ahora a una amiga, y es María. Nosotros podemos apoyarnos
en esta amistad entre Dios y María, y es lo que nuestro
pueblo de México, de una forma muy especial, ha hecho a
lo largo de centurias.
San Bernardo decía que María
es la “calzada real” por la cual Dios ha llegado
hasta nosotros y por la cual nosotros podemos ahora ir hacia
Él. Parafraseando al santo podemos afirmar que María de
Guadalupe fue y es la “calzada real” por la que el
Espíritu y el Evangelio llegaron a nuestra patria.
Nosotros, hoy a los pies de
Santa María de Guadalupe, nuestra amada “Morenita del
Tepeyac”, nos atrevemos a pedir más todavía a María,
nuestra Madre y Maestra:
¡Madre, déjanos en herencia
todo tu espíritu! ¡Que tu fe, tu esperanza y tu caridad
se hagan nuestras! ¡Que tu humildad y sencillez se hagan
nuestras! ¡Que tu amor por Dios se haga nuestro! “Que en
todos resida el alma de María para glorificar al Señor;
que en todos resida el espíritu de María para exultar a
Dios.”
“Porque
siempre estáis ahí,
sencillamente porque sois María,
simplemente porque existís,
recibid nuestra acción de gracias,
Madre de Jesucristo.”
Que
así sea.