Homilía
pronunciada por M.I. Sr. Cango. Pedro R. Tapia Rosete, Acipreste
del Cabildo de Guadalupe en la celebración
del Domingo XII Ordinario
20 de junio del 2004
Escuchamos
hoy un mensaje muy en serio. El evangelista San Lucas nos presenta
el camino de Jesús, el programa de su muerte y de nuestra
salvación. El pasaje evangélico de hoy concluye el
relato del ministerio en Galilea y comienza la subida a Jerusalén. El
pasaje evangélico que se nos ha proclamado hoy tiene tres
partes:
1.- La confesión de Pedro en Cristo
2.- El anuncio de la Pasión y
3.- La norma que Jesús da a los discípulos para ir
en su seguimiento: eso de tomar la cruz de cada día y seguirlo.
1.-
En tiempos de Jesús, todos esperaban la llegada de Dios,
de su Enviado, del Mesías, como un rey temporal. A su llegada,
dados los signos que Jesús hace, es difícil reconocerlo
como Mesías. De ahí la interpretación de Jesús
a sus discípulos en un momento evangélico crucial:
¿Quién dice la gente que soy yo?
Esta
pregunta nos la sigue haciendo hoy, Jesús a los cristianos
en las diferentes etapas de nuestra vida. Probablemente, todos hemos
dado respuestas distintas. Así para unos Jesús es
el hombre para los demás, el Varón de dolores, el
Cristo de los milagros, el Profeta revolucionario, el Redentor de
los pecados, el Señor sacramentado, El liberador del Pueblo,
etc., etc… Recordemos que cada evangelista da una imagen distinta
y verdadera de Jesús. En definitiva, como dicen las confesiones
primitivas de fe: Jesús es el Señor o el Cristo, Jesucristo.
2.-
La confesión de fe de Pedro va unida en san Lucas a un “signo”
decisivo: La pasión y la Resurrección. A Cristo se
le reconoce en el momento de su muerte, crucificado por su tenor
de vida. Pero se le reconoce, a su vez, por su Resurrección,
ya que entregó su vida como rescate por todos.
Hoy también
escuchamos el primer anuncio de la Pasión de Jesús.
“Es necesario que el Hijo del Hombre sufra mucho…”
El plan salvador de Dios es un misterio de solidaridad profunda
con el dolor y el mal del hombre.
La lectura del Antiguo Testamento nos prepara esta visión
salvífica del dolor; Dios va a realizar la salvación
y la reforma de Israel a través de la “piedad y la
compasión”: “Volverán sus ojos hacia mí,
a quien traspasaron”… Sea quien sea la persona a la
que se refiere esta frase, el Nuevo Testamento ha interpretado la
profecía refiriéndola a Cristo. Se anuncia la salvación
de la humanidad —de nuevo el triunfo del amor y del perdón
sobre nuestro pecado— por el camino del sufrimiento de uno,
en la línea del último Cántico del Siervo de
Yahvé, del profeta Isaías, que se entrega a por los
demás, cargando con nuestras culpas.
Cristo reinterpreta
inmediatamente la confesión de Pedro en la clave de su entrega
hasta la muerte: la Cruz y la Resurrección son el camino
de la nueva alianza de Dios con la humanidad. La Vida ha llegado
para nosotros a través de una experiencia profunda de dolor
y sufrimiento. Un eco que todavía vivimos de la Pascua: es
que cada domingo celebramos el mismo acontecimiento central y en
cada eucaristía participamos de la misma Pascua de Cristo.
“Anunciamos tu Muerte proclamamos tu Resurrección,
Ven Señor, Jesús”.
3.-
San Lucas escribe su evangelio pensado también en la comunicad
eclesial y en la historia de dificultades y sufrimientos que vivirá.
Aquí nos recuerda las palabras que Jesús: “Si
alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo,
que tome su cruz de cada día y me siga”.
El seguimiento
de Jesús va a ser por el mismo camino que Él siguió.
Ser cristianos es conformarse a Cristo, asimilar sus actitudes vitales.
En este caso su actitud de “entrega por” los demás,
hasta la muerte, por la salvación de la humanidad. El anuncio
de la pasión de Jesús es también el anuncio
de nuestra Pasión. Su renuncia es también norma de
vida para nosotros los cristianos.
No se trata
de buscar acciones extraordinarias de heroicidad: la "cruz
de cada día", las pruebas que nos trae cada día
la misma vida, ese constante sacrificio de nuestras relaciones con
los demás, nuestra entrega, nuestras enfermedades, nuestros
vecinos, amigos y familiares molestos, las dificultades que vivimos
en nuestra patria, en nuestra ciudad, en nuestro municipio o colonia,
la inseguridad en que vivimos, la corrupción de quienes son
nuestras autoridades, las formas de como cada quien entiende el
poder, la autoridad todo esto y más supone una disposición,
una disciplina, pero se nos da la gran ocasión de contribuir
con Cristo, a través del sufrimiento llevado con amor, a
la salvación de la humanidad.
El
"revestirse de Cristo" como dice la segunda lectura, el
"mirar al traspasado" como escuchamos en la primera, tienen
en nuestra vida diaria unas traducciones no muy solemnes, tal vez,
pero si muy significativas, y que muestran nuestra voluntad de seguimiento
de Cristo en su camino. El mundo en que vivimos nos inculca el mensaje
de una alegría fácil y de felicidad barata, Jesús
no nos engaña, desde el principio nos pone delante la seriedad
del amor de Dios, que vence al mal a través del dolor y de
la muerte de su Hijo.
Al
celebrar ahora la Eucaristía asumamos nosotros mismos esta
actitud del sacrificio pascual de Cristo. Y que la intercesión
de nuestra Madre Santa María de Guadalupe, a quien esta mañana
venimos a saludar nos conceda la gracia de convertirnos en auténticos
testigos del amor de Dios para nuestros hermanos, no sólo
llevando nuestra propia cruz, sino ayudando a nuestro prójimo
a llevar la suya propia, haciendo nuestros los dolores, sufrimientos,
pobrezas, de tal forma, que al experimentar el amor de Dios tengan,
desde la Iglesia, no sólo un mejor concepto, sino la mejor
respuesta vital sobre lo que significa Jesús en sus vidas.
Amén