Homilía
pronunciada por M.I. Sr. Cango. Pedro R. Tapia Rosete, Acipreste
del Cabildo de Guadalupe en la celebración
del Domingo XIII Ordinario
27 de junio del 2004
Justo
después de habernos mostrado a Jesús rechazado por
los samaritanos e incomprendido por sus discípulos, el evangelista
San Lucas nos presenta tres personajes estereotipo "que iban
de camino”.
El
primer personaje es simplemente e “alguien, no se sabe si
joven o viejo, rico o pobre. Este "alguien" representa
a cada uno de los que somos llamados al seguimiento. Y le dice:
"Te seguiré adonde quiera que vayas"; bellísimas
palabras, afirmación acertada, impecable, asentimiento de
conocimiento perfecto. Ese "alguien" ha entendido quién
es Jesús.
Jesús
sin embargo, manifiesta que este personaje está lejos del
asentimiento real: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros
nidos pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza".
Si se pretende llenar de sentido la decisión de seguir al
Señor, es preciso salir de la propia madriguera, saltar fuera
del nido, es preciso percibir todas las implicaciones del auténtico
seguimiento.
La madriguera es el lugar en el que uno se agazapa y encuentra su
seguridad, porque se halla a gusto y se siente protegido. El nido
es el calor que alienta y protege. En el lenguaje de las ciencias
modernas la madriguera y el nido representan el seno materno, el
ser mimado, el estar abrigado, en la concha de la propia sensibilidad,
al calor del afecto, al amparo de la agresividad.
El hombre siempre está tentado a fabricarse un nido. Jesús
afirma, al contrario, que el Reino es un nacimiento violento, exige
salir "y él, como un esposo que sale de su alcoba, se
recrea, recorriendo su carrera". El que prefiera permanecer
bajo la tienda nunca podrá comprender del todo el Reino.
Realizará nominalmente los gestos del Reino, pero al estar
prisionero de la necesidad de protección, no se enfrentará
con el combate de la existencia saliendo a campo abierto.
Esta postura está hoy particularmente difundida: los muchachos,
los jóvenes, pese a la crisis de la familia, no se aventuran
a despegarse de ella y decidirse a opciones definitivas, ni siquiera
con vistas al matrimonio y, después de un primer momento
de entusiasmo, prefieren optar por decisiones de tiempo limitado.
El segundo personaje es "otro", también sin nombre
ni edad ni origen, a quien Jesús interpela. Y él responde
expresando una petición sensata, legítima, justa.
Es importante subrayar que la radicalidad evangélica, en
esta página de San Lucas, no se halla disminuida o condicionada
por algún tipo de pecaminosidad.
El primer personaje había hecho sin más un ofrecimiento
de sí. El "otro" solicita simplemente poder ir
a enterrar a su padre: "Señor, déjame ir a antes
a enterrar a mi padre".
Sin embargo, las palabras de Jesús nos desconciertan no poco:
"Deja que los muertos entierren a sus muertos". El personaje
pretende, en el fondo, enmascarar la verdadera raíz de su
petición: "crees que quieres seguirme, pero estás
todavía atado a las tradiciones ancestrales, aún no
has comprendido la primacía del Reino, o tienes tal vez una
idea demasiado conceptual, no la real; no has entendido que en el
Reino uno se mueve en el ámbito de un nuevo nacimiento, que
es preciso haber dejado atrás todos los lastres; tú,
en cambio, no quieres renunciar a la herencia paterna". Asistir
al padre en el momento de la muerte, en realidad, significa apropiarse
una herencia y todo lo que ella comporta de ataduras familiares.
La
metáfora del padre representa no sólo la figura del
padre en sentido físico, sino toda nuestra tradición
ancestral: los hábitos familiares, las costumbres heredadas.
Según
los antiguos, son tres las realidades que no pueden ser eliminadas:
la muerte, el sexo, la costumbre. El evangelio invita a superar
estos hábitos inveterados, pero siguen ahí.
"Deja
que los muertos entierren a sus muertos", porque si no dejas
a tu padre, no te haces adulto, no llegas a ser hombre libre; sino
te atas a las tradiciones familiares utilizándolas como escudo
frente a la radicalidad de la fe, vas hacia la muerte, permaneces
esclavo, dejas secar las raíces de la planta del seguimiento.
En el fondo al pretender ir a dar sepultura al padre, el personaje
manifiesta la intención de seguir la costumbre heredada,
de absolutizar la realidad humana.
El
tercer personaje es de nuevo "otro" cualquiera, uno cualquiera
de nosotros. De temperamento probablemente impulsivo, se dirige
a Jesús con presteza: "te seguiré, Señor,
pero déjame despedirme primero de mi familia".
También esta postura es razonable, y tiene tal vez un precedente
profético en el primer libro de los Reyes, en la primera
lectura, cuando Elías llama a Eliseo, que está arando
su campo, al pasar junto a él le echa encima su manto. Eliseo
deja entonces los bueyes y corre tras el profeta gritándole:
"Deja que me despida de mi padre y de mi madre; luego te seguiré".
Elías se lo permitió: "Despídete, pero
vuelve, porque te he elegido para que me sigas". Las palabras
del tercer personaje parecerían, pues legítimas.
Sin embargo, Jesús no las acepta y las desenmascara: "El
que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para
el Reino de Dios". No te percatas de que eres todavía
esclavo de tu pasado, de tu historia, de tus familiares, de tus
amigos, de tus conocimientos, de todo cuanto constituye tu mundo
cultural y afectivo; y menos aún has comprendido la radicalidad
del Reino, y será de estos que van caminando mirando siempre
hacia atrás, mirando lo que han dejado, pensando en lo que
queda o no queda de su historia.
Si vuelves la mirada hacia atrás después de haber
puesto la mano en el arado, si al volante de tu coche te vuelves
a mirar la casa que has dejado, quiere decir que tu corazón
no ha sido conquistado por el Señor Jesús, no está
movido únicamente por el deseo de seguirlo.
La mera lectura del pasaje evangélico de este domingo pone
en evidencia cómo el verdadero seguimiento de Cristo no admite
ninguna demora, ningún apego al propio yo, a las personas,
a las cosas, porque busca una total obediencia a Dios y a su palabra.
Esto significa que una fe no suficientemente enraizada acoge el
Evangelio como una cosa superpuesta, añadida, como una realidad
capaz de embellecer y ennoblecer la propia historia personal: no
sabe descender hasta el fondo de las aguas bautismales, es no querer
darse cuenta de que la historia del hombre está ligada a
estructuras de pecado, mientras que Dios intenta realizar cosas
nuevas sobre la tierra.
Sintetizando, podemos decir: que Jesús nos ha presentado
tres tentaciones de huida de la radicalidad de la fe. Tres modos
que exigen, por contraposición, una triple libertad evangélica:
la libertad frente a la madre, al seno materno, la madriguera y
el nido; la libertad frente al padre, frente a las tradiciones ancestrales;
la libertad frente a uno mismo, es decir, frente a la propia historia
y a la necesidad de coherencia humana.
Esta
triple libertad que conquista es la tarea de toda una vida y el
compromiso hacia la madurez; toda persona debe vivirlo, y el cristiano
ha de vivirlo sobre todo de cara a la radicalidad de la fe.
Que
si hoy nos manifestamos o no, que si vamos a la marcha silenciosa
de solidaridad o no, esa es la respuesta comprometida de cada uno
de nosotros en nuestro seguimiento de Cristo en medio de la sociedad
que estamos viviendo y todos tenemos derecho a hacerlo, sea cual
fuera nuestra propia situación política o religiosa.
Lo importante es que sepamos decirle a los demás y a las
autoridades que nuestra libertad consiste también, en tener
paz y seguridad interna y externa, para nosotros y para los nuestros.