Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del
Domingo XV Ordinario
11 de julio del 2004
LA MISERICORDIA ESTÁ SOBRE LA LEY
Mis amados hermanas y hermanos:
Alabemos a Dios nuestro Padre, porque su misericordia
ha sido tan grande con nosotros que cada día nos concede
la gracia de practicarla entre nosotros a fin de irnos asemejando
cada vez más a Él de quien somos imagen y semejanza.
En nuestro camino acompañando a Jesús
hacia Jerusalén, hoy lo encontramos en una disputa con un
maestro de la Ley. El evangelio comienza con una pregunta que le
presenta el mencionado personaje, y que de hecho es la pregunta
que se debería plantear todo creyente: “¿Maestro
que debo hacer para conseguir la vida eterna?” Y Jesús
le responde que siga la Ley, que cumpla lo que esta escrito, “si
haces eso, vivirás”. Esta respuesta de Jesús
nos da la pista de lo que supone el seguimiento de toda experiencia
religiosa: los mandamientos de Dios son el camino de la vida y la
felicidad plenas. Y para los cristianos Jesús es aquel que
ha completado y llevado a plenitud toda la Ley. Por eso, seguirle
a él y cumplir sus enseñanzas es el camino que lleva
a la vida; Jesús es el camino, la verdad y la vida.
Esta idea aparece hoy repetida en las diferentes
lecturas. En la primera, del libro del Deuteronomio, Moisés
recuerdo el precepto de escuchar al Señor y guardar sus mandamientos
contenidos en la ley. Con un añadido: hay que hacerlo “con
todo el corazón y con toda el alma” Y también
aclarando que esa ley “no es cosa que te exceda, ni inalcanzable…
El mandamiento está, muy cerca de ti: en tu corazón
y en tu boca. Cúmplelo”.
Y en la segunda lectura, san Pablo recoge un himno
Cristológico que canta la grandeza universal de Cristo, remarcando
que él es “imagen de Dios invisible”, la cabeza
de toda la creación y también de la Iglesia, “porque
en él quiso Dios que residiera toda plenitud“. Este
himno, situado al principio de la carta a los Colosenses, que comenzamos
a leer hoy, ayuda a entender que Jesús es el resumen de toda
ley y voluntad divinas.
¿Y en que consiste esa Ley que hay que cumplir
para alcanzar la vida eterna? Jesús le hace responder a su
mismo interlocutor, citando el Antiguo Testamento: “Amarás
al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda
tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y a tu prójimo
como a ti mismo” (Dt 6, 5; Lv 19,18). Queda claro, pues, y
así queda recogido también en los otros dos evangelios
sinópticos (Mt 22m 36-40; Mc 12, 28-31), que el mandamiento
principal de la Ley es amor. Pero un amor en dos direcciones complementarias;
hacia Dios y hacia los demás. Sin embargo, entonces y ahora,
es más fácil cumplir la dimensión vertical
que la horizontal. Por eso Jesús a lo largo del evangelio
tiene mucho interés en subrayar la segunda, sin la cual pierde
todo sentido la primera. Recordemos cuál es el principal
mandamiento de Jesús: “Este es mi mandamiento: que
se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 13, 34; 15,
12.17).
En esta misma línea, Jesús explica
la parábola del buen samaritano, centro de la liturgia de
este domingo, para recalcar la importancia del amor hacia los demás.
Fijémonos en la parábola de Jesús.
El hecho acaeció en el camino de Jerusalén a Jericó.
Un hombre, victima de unos ladrones, quedo gravemente herido y necesitaba
ayuda urgente. Pasaron por aquel lugar un sacerdote y un levita
que no atendieron al herido. Al contrario. Continuaron por el otro
lado del camino. Seguramente no querían contagiarse para
no quedar impuros, ya que la ley decía que el contacto con
la sangre y con la muerte hacia impura a una persona. Y ellos seguramente
iban a ofrecer un sacrificio. Eran una personas importantes en el
culto y debían observar la pureza ritual para poder ejercer
sus funciones. No dudaron. La Ley les prohibía actuar. Y
tal vez se marcharon con la conciencia muy tranquila. Esta podría
ser la explicación mas benévola de su actitud. En
ellos se refleja una crítica a los “oficialmente buenos”
que son precisamente los que buscan excusas para no ayudar. Son
los que teóricamente amaban mucho a Dios, pero olvidaban
amar a los demás.
Como vemos aquí, como en tantas otras ocasiones,
Jesús se opone a la Ley, porque da más importancia
a su cumplimiento que a la atención a los demás. Para
Jesús, el amor a la persona siempre es prioritario. La atención
a los pobres y a los necesitados es lo más importante. Para
nosotros los cristianos siendo Cristo el fundamento de todas las
cosas y siendo Él el verdadero intérprete de la Escritura,
tiene la primacía en la aplicación de la Ley. Más
aún, con su mandamiento nuevo coloca cualquier otra regla
de conducta por debajo de este precepto: el del amor.
Fijémonos bien ¿Qué hace este
samaritano? Deja inmediatamente todas sus obligaciones y se dedica
totalmente a atender al malherido y extenuado. Los samaritanos eran
considerados como herejes por los judíos y no se hablaban
con ellos. Además, el lugar donde se sitúa la parábola
es territorio judío y seguramente el herido también
era judío. El samaritano prescinde de todo eso y sólo
ve a la persona que necesita una ayuda urgente.
Jesús nos propone al Buen Samaritano como un modelo para
todos nosotros. Fijémonos con qué afecto y amor atiende
al herido. “Le dio lástima”. Se compareció
de él, lo que quiere decir: sufrir con él. Hizo suyo
el sufrimiento del expoliado. Desinfecta sus heridas y la venda.
Sube a la cabalgadura y lo lleva a la posada… ¡Qué
pruebas de amor! Amor, manifestado en el afecto y la ternura. ¡Amor
eficaz y generoso!
Cuando Jesús dice al escriba o maestro de
la ley, que vaya y haga lo mismo que el samaritano, le indica, no
que vaya y cure las heridas del prójimo —lo cual casi
siempre resulta gratificante y favorable para quien actúa
de ese modo—, sino que le manda que se atreva a saltar sobre
la ley, aún a costa de su propia seguridad moral. Es decir
le pide que corra el riesgo de ser mal visto por no observar la
ley. Incluso que corra el riesgo de ni siquiera estar en paz con
la propia conciencia.
Habría que examinarnos acerca de qué
tanto somos capaces de contradecir las normas que nos impone la
sociedad con tal de ponernos al servicio de los marginados y los
más necesitados y entre ellos seguramente de mi hijo, mi
cónyuge, mis vecinos, los enfermos que esperan mi visita,
la persona que necesita ser escuchada. El prójimo es el migrante,
aquella persona que se encuentra sola, los que no tiene “papeles”…
El prójimo no se quien será hoy ni quien será
mañana. Se trata solo de estar atentos y no pasar de largo.
Igualmente vale la pena revisar nuestra jerarquía de valores
para ver si no buscamos sólo seguridad en la conciencia propia,
permaneciendo encerrados en nuestro castillo egoísta y sordo
(y más aún, temeroso de ofender a Dios) sin importarnos
los demás por más que requieran de nuestra misericordia
y compasión.
Que Santa María de Guadalupe, la Madre de
la Misericordia, nos enseñe a vivir el mandamiento del amor
e interceda por nosotros ante su hijo para que nos abra los ojos
y fortalezca nuestro corazón para hacernos caer en la cuenta
de cuál debe ser nuestra actuación.
AMÉN.