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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

05 de septiembre del 2004

RENUNCIA Y DESPOJAMIENTO PARA SEGUIR A JESÚS

    Alabemos, hermanos, a Dios y Padre nuestro quien nos ha dado en su Hijo el medio único y perfecto por el cual nos da su Espíritu que nos conduce y nos hace sabios en el conocimiento del misterio divino y nos hace fuertes en el seguimiento de Jesucristo, nuestro Señor y Maestro.

    Hermanos, el pueblo de Israel era consciente de lo que le hacía distinto de los pueblos que lo rodeaba. En el libro del profeta Baruc (3,9-4,4), por ejemplo, se tiene la certeza de que el distintivo principal de Israel frente a los demás pueblos era su conocimiento de Dios y de sus proyectos de amor para el hombre.

    El libro de la Sabiduría, por su parte, nos hace notar que ese conocimiento es revelación de Dios a través de su Espíritu que permite al hombre aprender lo que le agrada a Dios para salvarse.

    El trozo del libro de la Sabiduría que hoy escuchamos, forma parte de la oración de Salomón  que el sucesor de David pronuncia, según nos lo refiere el primer libro de los reyes (1,6-9). En ella Salomón, que se reconoce mortal y limitado, pide la sabiduría que sólo de Dios puede provenir a fin de gobernar a su pueblo con justicia. En el verso 13, la sabiduría está estrechamente unida al Espíritu Santo de Dios y señala que es la única capaz de interpretar la voluntad y el proyecto de Dios, pero también la única que puede garantizar una aplicación adecuada de la justicia.

    San Lucas, del cual hemos venido escuchando su mensaje en estos domingos de tiempo ordinario, después de anunciarnos los domingos pasados, que el reino está abierto a todos, nos plantea hoy el problema de las exigencias que deben tener en cuenta quienes quieran seguir el camino propuesto por Jesús. Es muy probable, hermanos, que cuando Lucas redactó su evangelio había visto ya, acompañando a san Pablo, que en muchos casos la conversión al cristianismo suponía tener que romper o distanciarse de la familia, perder alguna posición ventajosa o implicaba algunas dificultades materiales, así como carencias o limitaciones de diversa índole.

     Jesús, según Lucas, impone la renuncia a muchas cosas y personas, hasta a uno mismo si queremos seguirlo hasta la plenitud de la gloria. El texto original, escrito en griego emplea un verbo que suena muy fuerte. En donde leemos preferir en la traducción que hemos escuchado, está el verbo “odiar”. Pero, no nos asustemos; nos debe quedar bien claro, mis hermanos, que Jesús no está suprimiendo el cuarto mandamiento de la ley mosaica, que obliga al amor filial. Como en el arameo —lengua que hablaba Jesús— no existe el verbo “preferir”, se usa en su lugar un verbo que se traduce literalmente como odiar o aborrecer.

    Pero el sentido de la exigencia de Jesús es que se ha de poner en segundo o tercer lugar algo porque hay en la vida de la persona un valor que exige tenerse en primer lugar. Una exigencia tan inaudita, por consiguiente, mis hermanos, no puede venir más que de Dios. Ningún otro líder espiritual o fundador de alguna religión, ha tenido la osadía de tal exigencia.  Algunos autores señalan, entonces, que este texto, es una declaración implícita de la divinidad de Jesús.

    Jesús nos pide, además, cargar la cruz. Y esto, mis hermanos, no significa que se deba añadir algo, sino que consiste en un estilo de vida permanente. Se trata, queridos hermanos, de una renuncia y un desprendimiento, hechos de tal modo a conciencia que resulte una verdadera opción de vida.

    Cargar con la cruz es, entonces, algo indispensable para ser verdadero discípulo de Jesús y no un mero admirador romántico y sentimental. Alguien dice que “mientras que la radicalidad del seguimiento no tenga consecuencias, incluso en lo que se refiere a los bienes materiales, siempre podemos pensar que nuestras confesiones de fe son palabras vacías.

    Por eso, Jesús nos invita a ser sabios, como Salomón, para ser conscientes, aceptando con honestidad y humildad lo que somos y podemos, de que es necesario pedir el auxilio divino para mantenernos firmes y alegres en el seguimiento de Cristo. Seguir a Jesús, queridos hermanos, no es fácil, pero tampoco imposible. Pero exige de nosotros, prudencia y humildad para pedir la ayuda divina. Para pedir el don de su Espíritu, como lo hace Salomón y lo recomienda Jesús, pues, como dice Él mismo: lo que es imposible para el hombre es posible para Dios (Mc 10,27 y par.)

    Los invito, hermanos, a que cada uno revisemos nuestras actitudes y nuestros apegos para discernir a la luz del Espíritu, qué cosas nos están impidiendo seguir cabalmente, con libertad y alegría al Señor. Cada Eucaristía ha de ser la oportunidad que Dios nos concede, al sentirnos interpelados por la Palabra y al ofrecer el santo sacrificio de su cuerpo y su sangre, de situarnos frente a Cristo que nos ama y da su vida por nosotros, para ver con sinceridad que impedimentos estamos poniendo en el seguimiento del único y verdadero maestro.

Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, nos sirva de guía y ejemplo en el seguimiento de su Hijo. Amén.

 

 
 
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