Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del
Domingo XXVI del Tiempo Ordinario
26 de septiembre del 2004
RESPONSABILIDAD SOCIAL CRISTIANA
Bendigamos y alabemos a Dios y Padre nuestro, hermanos, pues
con el proyecto de amor que nos ha manifestado por medio de su Hijo
Jesucristo, se ha dignado compartir con nosotros su misterio y nos
ha hecho cooperadores suyos en la salvación de todos los hombres.
Hay
temas en el camino de la fe, queridos hermanos, que no son fáciles
de asimilar, sobre todo cuando nos hemos hecho ideas muy personales
y cerradas en lo que toca a las relaciones con los demás y nuestro
compromiso de unos con otros. Este es el caso del mensaje de
este domingo centrado en la comunicación de bienes y en la sensibilidad
para atender las necesidades de los que menos tienen.
Nuevamente
el profeta Amós nos ilumina con las palabras que Dios le
inspiró para dirigirse a la gente de su tiempo en Israel. El domingo
pasado lo escuchamos denunciando la codicia con que los comerciantes
proceden en sus negocios con el sólo fin de incrementar sus
ganancias sin importarles los movimientos fraudulentos a los recurren.
Ante la inminente posibilidad de metalizarnos en los intereses
y en el corazón, Jesús, por su parte, nos advertía contundentemente
que no es posible servir a Dios y al dinero. La propuesta,
entonces, era servir a Dios con el dinero.
Hoy
volvemos, pues, queridos hermanos, a escuchar al profeta Amós
y al Señor Jesús con el mismo tema de la riqueza y
la pobreza y con la misma vehemencia y exigencia de parte de
Dios para afirmar la dignidad del hombre especialmente de los
pobres, al mismo tiempo que para desenmascarar el cinismo de
los ricos que, enfrascados en sus bienes, permanecen y duermen tan
tranquilos y satisfechos pero tan insensibles ante la pena de
los que poco les falta para no quedarse sin nada. Como digo,
mis hermanos, este tema es muy difícil de tratar, porque, acostumbrados
a que se soslayen estos asuntos, no faltan quienes se sienten
ofendidos por la forma en que se expresan los escritores sagrados
y el mismo Jesús. Pero créanme, hermanos, que en la predicación,
quien desempeña este gravísimo y delicado oficio debe ser el primero
que se aplica la Palabra por dura que ella suene.
Y debemos,
hermanos, ser muy honestos con Dios y con los demás. Por
eso no podemos dejar de predicar lo que Dios quiere y como lo quiere,
por un lado, y por otro, no es signo de lealtad dejar de predicar
a los fieles lo que Dios nos dice hoy. No seríamos fieles ni
a Dios ni a quienes decimos servir, incluso cuando incomoda. Este
es un pasaje de la Escritura a los que algunos llaman evangelios
molestos o incómodos.
Veamos
a nuestro alrededor, nuestro propio país, y si no nos hemos metalizado
y no hemos dejado endurecer el corazón, veremos que, esa situación
del siglo VIII antes de Cristo, es la misma por la que pasamos
hoy. ¡Cuánta miseria en torno nuestro! ¡Cuánta gente joven
si futuro! ¡Cuántos que mueren prematuramente por enfermedades que
pueden controlarse con no mucho dinero! ¡Los que mueren de desnutrición!
¡Cómo aumenta el desempleo! En cambio, ¡qué lejos estamos de
acabar con la corrupción, el tráfico de influencias y la impunidad
que unos pocos con mucho poder logran sin ningún pudor! Los pocos
ricos son cada vez más ricos y cada vez menos en cantidad, mientras
los pobres aumentan en número y disminuyen en sus posibilidades
de una vida digna. Exactamente como sucedía en tiempos del profeta.
Hermanos,
no nos engañemos, si no compartimos ahora, quedaremos excluidos
del Reino. Es tiempo de escuchar y atender la voz de Dios. No
esperemos que los muertos nos lo vengan a decir, porque eso no sucederá
jamás. Los que esto escuchamos, no tenemos excusa alguna para
dejar de actuar a favor de los más necesitados de nuestra sociedad.
Aunque no nos guste escucharlo: Dios está de lado de los pobres.
¿Queremos salvarnos? Hagámonos pobres, empezando por ser sensibles
a las carencias de tantos hermanos, para después organizarnos para
compartir no sólo lo material, porque muchos, quizá, no tengamos
grandes fortunas; pero sí tenemos otros privilegios: la cultura,
la salud, una familia, seguridad económica suficiente, un futuro
seguro…
La
Eucaristía, mis hermanos no puede alimentar en nosotros la ilusión
de sentirnos seguros sólo porque venimos a misa. No, hermanos. La
Santísima Eucaristía es el lugar de encuentro con Dios y con los
hermanos. Como todo encuentro, exige de nosotros libertad,
amor y responsabilidad. LIBERTAD para acudir con gozo
al banquete que la Iglesia, comunidad de hermanos, ofrece con Cristo
al Padre; AMOR porque la iniciativa viene del Espíritu de
amor del Padre y nos hace vivir en el amor fraterno; y RESPONSABILIDAD,
porque en toda celebración eucarística hay un pacto no sólo con
Dios, sino con todos y cada uno de los hermanos con quienes compartimos
la vida. Aquí aprendemos juntos a ver con los ojos de Dios
para no permanecer ciegos ante las necesidades de los hermanos;
pero también aprendemos juntos a escuchar lo que Dios quiere
de nosotros a través de su Palabra.
El
rico no era perverso, ni siquiera malo en sentido genérico; pero
tenía el grave defecto de ser ciego y sordo; ciego ante la
existencia de los indigentes y sordo a la voz de Dios que nos habla
a través de las Sagradas Escrituras: Tienen a Moisés y a los profetas,
dice Jesús.
Quiera
Nuestra Señora de Guadalupe, a quien Dios envió a nuestras tierras
a servirle en la evangelización, continuar nuestros caminos hacia
el Padre por la escucha de la Palabra y la práctica de la caridad
para nuestros hermanos los más pequeños.
Amén.