Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, rector
de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de
Guadalupe en la celebración del VI
Domingo Ordinario.
Domingo 15 de febrero del 2004
POBRES RICOS Y RICOS POBRES
Alabemos
al Padre de nuestro Señor Jesucristo por su gran misericordia
con nosotros, pues en su Hijo nos ha dado la riqueza incomparable
de ser sus hijos y herederos de su gloria.
Continuamos, mis hermanos, en esta escuela dominical de la Eucaristía,
nuestros encuentros con Jesús y con la Iglesia, conducidos
por ese gran catequista que es el evangelista san Lucas. Hasta ahora
no había hecho más que presentar a Jesús. Pero
no nos había transmitido todavía ninguna de sus enseñanzas.
Y hoy, queridos hermanos, asistimos al inicio de estas enseñanzas
de una manera muy solemne a la vez que desconcertante para quienes
somos todavía ignorantes de los verdaderos proyectos de Dios
para con nosotros.
Estas primeras palabras, que nos transmiten, cada
uno a su manera, tanto el evangelista Mateo como Lucas, son de alguna
manera un resumen muy denso pero muy preciso del mensaje de Jesús,
pues toca lo más hondo no sólo del mensaje mismo,
sino de las condiciones para recibir el mensaje. Y para recibirlo,
se nos dice, es necesario, ante todo, tener una profunda actitud
de pobreza a fin poder recibir el don de Dios desde la situación
de necesitados. Es probable que pensemos que no necesitamos nada
de nadie, pero no podemos decir lo mismo de Dios. Si somos verdaderos
creyentes, siempre tendremos necesidad de sus dones. Y por aquí
va, me parece, el mensaje que se nos propone hoy a través
de las lecturas que acabamos de escuchar.
El profeta Jeremías pronuncia estas palabras
de parte de Dios en un lenguaje sapiencial con una malaventuranza
y una bienaventuranza. Al revés de Jesús, que empezará
con cuatro bienaventuranzas y terminará con cuatro malaventuranzas,
como contrapartida. Jeremías no condena, de ninguna manera,
el que se confíe en general en los demás, ¡sería
peligroso que lo entendiéramos así! Pues la confianza
de unos con otros, es necesaria para la convivencia humana. En el
contexto político de su tiempo, el profeta reprueba que se
acuda a las seguridades que pueden proporcionar las alianzas con
potencias políticas de entonces y hacer a un lado a Dios
que se ha comprometido en una Alianza de amor con su pueblo. Este
es el contexto en que Jeremías pronuncia su palabra profética.
Por eso invita a confiar plenamente en Dios, garantizando que el
justo que confía principalmente en Él, asegura su
vida misma.
San Lucas, que, como ya decía, nos introduce
hoy en el contenido de las enseñanzas de Jesús, nos
transmite estas palabras del Señor que son de entrada desconcertantes
y, hasta cierto punto molestas y chocantes tanto para ricos como
para pobres por tajantes y contundentes como de entrada parecen.
¿Es que los pobres son dichosos y los ricos son infelices,
simplemente por ser pobres o ser ricos? La experiencia inmediata
parece contradecir esta afirmación. Todos sabemos lo importante
que son los bienes materiales para vivir dignamente. Y, por otro
lado, sabemos y tenemos experiencia de las dificultades, angustias
y vergüenzas que pasan quienes carecen de ellos. La verdad
es que ni riqueza ni pobreza hacen feliz al hombre por sí
solas.
Lo que Jesús nos muestra con su actitud
misma ante los bienes materiales y ante la pobreza es que una y
otra tienen ventajas y desventajas. Ambas pueden ser buenas o malas
según las integremos en la vida de fe. Ya el Eclesiástico
dice: Buena es la riqueza adquirida sin pecado, mala la pobreza
fruto de la impiedad (13, 24). Ésta es la clave. Desde esta
perspectiva de fe podemos, queridos hermanos, hacer que la riqueza,
como don de Dios, nos lleve a abrir el corazón a los que
tienen menos y necesitan, con lo cual nos hace verdaderos testigos
del amor de Dios y de su generosidad para todos. Sin fe, por el
contrario, la riqueza puede perdernos al metalizar el corazón
y endurecerlo frente a los que carecen de todo; y, más aún,
puede llevarnos a tal grado de avaricia que nos haga llegar a cometer
toda clase de crímenes contra los más indefensos.
Por otro lado la pobreza, desde la fe nos lleva
a poner toda nuestra confianza en nuestro buen Padre Dios providente
y misericordioso y, por eso a relativizar todo bien de tal manera
que nos haga capaces de desprendernos con libertad y alegría
para compartir aún lo poco que tenemos. Pero la pobreza,
al margen de la fe, también nos hace pecar, veamos simplemente
a nuestro alrededor, hermanos, cómo la delincuencia, mucha
veces tiene su origen en la necesidad y luego se convierte en una
forma de vida.
De manera, hermanos, que entonces, para entrar
en el número de los bienaventurados, es decir entre los discípulos
de Jesús, hemos de esforzarnos por seguir las huellas del
que siendo rico se hizo pobre por nosotros. Repito, para concluir,
que ni la riqueza ni la pobreza nos hacen felices o desgraciados
por sí mismas. Ambas son una oportunidad para obrar bien
a partir de una relación de amor con Dios y con nuestros
hermanos. Pero si nos quedara todavía alguna necesidad de
precisar más esto, no dudemos en escoger la pobreza, pues
es claro que es el camino que el Señor eligió para
salvarnos. Así que hagámonos pobres o aceptemos serlo
como una bendición para acercarnos a los preferidos del evangelio,
es decir, de Jesús mismo. No olvidemos que, a diferencia
de el evangelista Mateo que usa el término “pobre”
en su sentido espiritual y más bien religioso al añadirle
“de espíritu”, san Lucas usa el mismo término
en griego, pero sin calificativo alguno, con lo cual, según
los estudiosos de la Biblia, se refiere a la pobreza social. Jesús,
entonces, se refiere a los pobres materialmente entendidos.
Pidamos al Señor que, como Él, sepamos
acoger a los pobres para compartir con ellos no sólo lo que
tenemos, sino todavía más, lo que somos y sabemos.
Hay muchos de ellos muy cerca de nosotros. Acudamos a nuestra Señora,
Santa María de Guadalupe la pobre y humilde que confió
plenamente en las promesas de Dios y abrió su corazón
para recibir y luego darnos al Salvador.
Que así sea.