Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIX Domingo Ordinario.
8 de agosto de 2004
A
LA SANTIDAD A TRAVÉS DE LO ORDINARIO
Hermanos:
bendigamos al Padre de nuestro Señor Jesucristo, por la gran bondad
que nos ha mostrado al hacernos ciudadanos del Reino por los méritos
de su Hijo y por el don de su Espíritu.
Hermanos,
el domingo pasado la Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras,
nos ilustraba acerca de la relatividad de las cosas y de los actos
que realizamos para ser felices y darle sentido a nuestro paso
por este mundo.
Podríamos
decir que este domingo damos un paso más en la profundización del
tema meditamos la semana pasada. Decíamos que lo importante de
lo que tenemos y somos es que lo colocamos siempre en relación con
el don supremo de la caridad. Es el amor a Dios y al prójimo lo
que le da sentido a los somos y tenemos.
En
consonancia con eso, hoy la Palabra nos enseña, mis hermanos, que
el valor de nuestras acciones depende de la fe y la intención con
que las hacemos. Veamos qué dice la Palabra que hemos escuchado
hoy.
El
himno de alabanza a Dios, único y verdadero, que nos reporta el libro
de la Sabiduría, en la primera lectura, es un reconocimiento a
la misericordia de Dios para con el pueblo elegido, cuando con
una misma acción Dios castigaba a sus enemigos y salvaba a sus amigos.
Este doble efecto de un misma acción es para el autor la señal inequívoca
de la benevolencia de un Dios fiel que está cerca de sus fieles
para protegerles y para castigar a quienes se oponen a sus proyectos
de salvación. Pero esta acción ambivalente de la acción divina
en la historia de Israel es también la razón del culto que el pueblo
le ofrece.
La
lectura nos da elementos que son propios de la liturgia como son:
los sacrificios, los himnos, el compromiso de solidaridad.
El homenaje a Dios y el vínculo con la comunidad van unidos.
El banquete en común expresa y corrobora ese vínculo con una sanción
sagrada (A. Schökel).
Hermanos,
este pasaje bíblico nos enseña que en los actos ordinarios de cada
día tenemos la oportunidad de agradar a Dios o de ofenderlo. Nuestras
actitudes ante los bienes materiales y la manera de comportarnos con
los demás es una oportunidad de servir al Señor o de rebelarnos contra
él, que también usa de una misma acción para salvar y condenar.
Dicho en otras palabras, honramos y servimos al Señor cuando compartimos
lo que somos y lo que tenemos con nuestro prójimo y le servimos;
así mismo, nuestras relaciones con el mundo y nuestra actitud ante
las cosas que poseemos son la ocasión de relacionarnos con el creador
de todas las cosas; son una oportunidad de diferenciar al Creador
de sus criaturas de las cuales nos servimos para honrar la soberanía
divina.
En
la segunda lectura del día de hoy, el autor de la carta a los Hebreos
nos invita a reflexionar en la fe, no en su aspecto de adhesión
existencial a Cristo, como en relación con la esperanza de alcanzar
los bienes prometidos. Se nos describe la fe como algo que proporciona
ya desde ahora lo que se nos promete; es un anticipo de lo
que se va a recibir y es, a la vez, el fundamento, la garantía y el
medio de saber y comprobar eso que aún no se percibe visiblemente
(L. Rubio).
La
esperanza,
mis hermanos, la necesitamos para esperar y desear aquello que
no poseemos todavía, pero que vislumbramos como algo que nos pertenece
como promesa, porque sólo podemos esperar lo que se nos promete o
nos pertenece por vocación.
Por
tanto, queridos hermanos, si creemos por la fe que hemos sido llamados
a una vida superior en Cristo, tenemos derecho, más aún, tenemos
obligación de trabajar por las cosas que no perecen. Ante todo, como
enseña san Lucas en labios del mismo Jesús, hemos de estar
atentos a su venida y no las cosas pasajeras de este mundo, como
si ellas fueran nuestro destino y lo único que da sentido a nuestra
existencia.
Y
la mejor manera de estar atentos a su venida, con la cual nos hará
partícipes del Reino, es precisamente hacer lo que nos toca en
la rutina de cada día, de acuerdo con la tarea que se nos ha encomendado.
Vistas
así las cosas, vemos, mis queridos hermanos, que ser cristiano
no es otra cosa que vivir la vida ordinaria simplemente bajo la mirada
del Padre que nos alienta con su Espíritu a hacer vida el Evangelio
en todos los actos y actitudes de nuestra vida.
En
la Eucaristía, especialmente la dominical, anunciamos lo que esperamos
y nos comprometemos a compartir lo que somos y tenemos, no
sólo por la oración, sino también por la escucha de la Palabra, así
como su interiorización por medio la contemplación personal y comunitaria.
Que
Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Madre, nos auxilie,
en este anhelo de fidelidad a Dios y a su Hijo Jesucristo, para
que, como ella, podamos ser portadores de la Buena Noticia.
Amén.