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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXI Domingo Ordinario.

22 de agosto de 2004

SÍ EXISTEN LOS CRISTIANOS ANÓNIMOS  

        Queridos hermanos: alabemos la gran misericordia de nuestro Dios y Padre que nos ha elegido a formar parte de su familia muy a pesar de nuestras resistencias al amor que nos tiene y nos ha hecho conocer en la obra redentora de su amado Hijo Jesucristo.

        Hermanos, la misericordia de Dios es más patente cuando más conciencia adquirimos de nuestra falta de correspondencia a su amor fiel y constante. De tal modo que parecería que mientras más nos alejamos de su proyecto de salvación, más se empeña Él en salvarnos. ¡Así de grande es su amor por nosotros!

        Es muy importante hermanos, que valoremos la misericordia de Dios para con cada uno de nosotros y para con su pueblo, que es la Iglesia, para que no nos llenemos de soberbia y pensemos que se nos debe lo que se nos da gratuitamente.

        Este domingo la Palabra de Dios nos enseña acerca del plan de salvación que Dios tiene para toda la humanidad y no para unos cuantos. Somos elegidos, es cierto, pero nos somos los únicos, pues como dice san Pablo, Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven (1Tm 2,4). En todo caso hemos sido elegidos para ser instrumentos de salvación para muchos. Éste es el mensaje que se nos da en las lecturas sagradas de este domingo. Detengámonos un poco a saborear la Palabra que Dios nos regala hoy.

        La primera lectura, tomada del libro de Isaías nos habla de la universalidad de la salvación. El profeta, un hombre que vivió después del exilio de los judíos en Babilonia y autor de la tercera parte del libro, anuncia el renacimiento del pueblo que Dios realizará por pura misericordia y con un propósito bien claro: que la salvación del pueblo atraiga la atención de todos los pueblos de la tierra para que reconozcan al verdadero Dios, el de Israel, le den culto junto con éste y de esta manera se salven. En otras palabras, Dios quiere que los pueblos de la tierra vean, en la liberación de Israel, la fidelidad de Dios y su poder para con su pueblo elegido a fin de que viendo crean, se unn a su pueblo en un solo culto y de esta manera se salven.

        El Evangelio, por su parte, mis hermanos, nos presenta a Jesús en abierta polémica con los dirigentes religiosos del pueblo que manifiestan continuamente su rechazo a los paganos. Contra ellos —que se creen justos y se atreven a excluir a quienes no piensan  ni actúan como ellos— expresa, principalmente, las palabras más duras al anunciarles que serán los primeros que serán lanzados fuera de la salvación.

        Jesús nos advierte que no basta con pertenecer de nombre al grupo de quienes se dicen sus discípulos, sino que es necesario actuar en consecuencia con lo que implica ser discípulo.

        Las palabras sobre la puerta angosta no son otra cosa que la expresión poética del esfuerzo que implica seguir a Jesús. Ser discípulo auténtico no es cosa fácil y no puede quedar en la superficialidad de una pertenencia meramente numeral o nominal. Ser discípulo, mis hermanos, exige coherencia entre el conocimiento y la práctica de lo sabido o aprendido. Más aún, no basta con rezar si no hay plena disposición para cumplir la voluntad del Señor, según otra frase de Jesús que nos reporta san Mateo: No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21).

        Esto, mis hermanos, nos lleva a considerar la realidad de la verdadera comunidad de Jesús. Estamos acostumbrados a pensar que por pertenecer a la Iglesia y cumplir con lo que ella prescribe, basta para considerarnos salvados. Y por el contrario, solemos afirmar muy contundentemente que quienes no pertenecen a la Iglesia —y muy concretamente la católica y romana— no se van a salvar. Esto, mis hermanos, es muy peligroso, porque Dios es más grande que la Iglesia y, además, es Dios de todos, incluso de aquellos que no lo conocen, porque no han oído hablar de Él.

        Lo verdaderamente importante es que cumplamos con la misión que se nos da cuando fuimos llamados por el bautismo y, en general, cuando, por la práctica de los sacramentos y la escucha de la Palabra que nos ilumina, nos vamos identificando con la misión misma de Cristo. Es así como debemos entender la entrada por la puerta estrecha.

        Por lo demás, mis hermanos, aceptemos con profunda humildad que muchas veces no somos mejores que miles de hombres y mujeres que buscan, como dice la Liturgia Eucarística, con sincero corazón a Dios por caminos distintos.

        Entendamos, pues, mis hermanos, que nuestra pertenencia a la Iglesia sí es un regalo de Dios, pero no descansemos hasta cumplir la misión que el Señor nos ha encomendado. El evangelio habla de un esfuerzo, porque la obra de Dios por su parte ya está hecha, pero la nuestra está por hacerse o se está realizando y hay que llegar a la meta. En esta línea se entiende lo que Jesús nos dice en el evangelio de Mateo, de que sólo los que se esfuerzan entrarán en el reino de los cielos. Esperemos como si todo dependiera de Dios, pero trabajemos como si todo dependiera de nosotros.

        La Iglesia jamás deja de orar por todos los seres humanos de la tierra. Pues con Cristo y gracias a Él, Dios quiere salvarlos. Es en este sentido como debe entenderse que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

        Oremos con María, nuestra Señora de Guadalupe que al hacerse presente en estas tierras vino a cumplir precisamente esa misión de colaborar con Cristo, su Hijo en la salvación por la fe en el Evangelio. Seamos con ella misioneros y que nos acompañe con su intercesión.

        Amén

 
 
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