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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXVIII Domingo Ordinario.

10 de octubre de 2004

TODO ES GRACIA

     Demos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y Padre nuestro, pues por pura gracia de su benevolencia nos ha salvado por la sangre de su Hijo y en él nos ha llamado a ser herederos de la gloria que nos ha prometido.

     El tema de este domingo, mis hermanos, nos es de manera alguna ajeno al del domingo anterior, ya que se nos hablaba de la gratuidad de la salvación, pues Dios nos ama tanto que antes de nuestro interés por salvarnos, Él ya ha hecho todo para hacernos entrar en su proyecto de vida eterna a su lado, por los méritos de su Hijo. Más, aún, es por la acción de su Espíritu que deseamos la salvación que no es definitivamente otra cosa que la intimidad con Él en el amor.

     El propósito que tiene el autor de los libros de los reyes en este pasaje, que se lee hoy en la liturgia dominical, es mostrar al Dios de Israel como el Dios de todos los hombres, incluso de sus enemigos entre los cuales se encuentran los sirios a cuyo rey sirve Naamán como general de su ejército. Éste hombre es un símbolo de todos los hombres que se abren al favor del único Dios verdadero y lo descubren para luego creer sólo en Él y rendirle culto; especialmente un culto de adoración agradecida.

     Podríamos decir que Naamán es el tipo de los alejados de fe y que, una vez que ven lo que el Dios misericordioso hace con ellos, responden al llamado a la fe con un ánimo agradecido. Al volver a su tierra, el sirio sólo pide permiso a Eliseo para llevarse un poco de la tierra en donde se adora al verdadero Dios. Es como el reconocimiento de que Dios ha elegido al pueblo de Israel como el lugar donde quiere mostrar su misericordia con todos los pueblos de la tierra. Aunque vuelva a su tierra, donde se adoran a otros dioses, Naamán, según lo promete, descubrió al verdadero Dios en el favor recibido y en adelante sólo a él quiere servir fielmente.

     Naamán, mis queridos hermanos, descubrió a un Dios que le salió al paso en el camino de su vida. En el evangelio, vemos a un hombre agradecido que sanó y descubrió en Cristo al Dios verdadero, presente entre nosotros. Ambos hombres sanaron físicamente y por su fe encontraron la salvación. En realidad, mis hermanos, la salud tan apreciada por todos, y por Dios mismo, es poca cosa cuando se alcanza la salud eterna por la fe. Es lo que le sucede, hermanos, al leproso agradecido.

     La lepra, en tiempos de Jesús se tenía como un castigo de Dios, pues ya ni siquiera era digno de asistir al templo para alabar y agradecer a Dios por sus beneficios. Quedaba marginado de la sociedad y debía permanecer fuera de la ciudad para no contagiar a los demás. Era considerado como un ser impuro y, si llegaba a sanar, como lo indica el libro del Levítico, debía presentarse a los sacerdotes que eran los únicos que podía dar fe de su sanación. Podía reintegrarse a la sociedad después de cumplir con los ritos de purificación previstos por la ley de Moisés. Es por eso que Jesús los manda a presentarse ante los sacerdotes. Cuando se alejan de Jesús, los diez leprosos no ha sido sanados; es en el camino donde sanan.

     Es uno solo de los diez el que, al verse favorecido por Jesús se devuelve para agradecerle. Esto le pareció más importante que llegar a donde los sacerdotes. Parece, pues, que para este leproso era más importante mostrar su gratitud y reconocimiento a Jesús, que llegar pronto a cumplir con lo prescrito por la ley para volver a la vida normal, como lo hacen los otros nuevos.

     Pero la gratitud a Jesús, a quien el leproso reconoce como Dios, por el gesto de postrarse a sus pies, es lo que completa en él la obra que Dios tenía prevista: su salvación. Los nueve restantes sólo se reintegraron a la sociedad, el solitario se reintegró a la amistad con Dios por su reconocimiento. Levántate, vete; tu fe te ha salvado, le dice Jesús, para asegurarle el efecto de su actitud agradecida; un resultado insospechado por aquel hombre sencillo y de sentimientos nobles.

     Hermanos, la gratitud, se dice que muestra lo más noble que hay en todos y en cada uno de nosotros. Y así es, mis hermanos. La gratitud es reflejo de una paz interior libre de soberbia y de una serie de sentimientos y actitudes por demás opuestas a la fe y al amor. La gratitud sólo nace del interior humilde que sabe que nada merece, como lo veíamos el domingo pasado, que reconoce, más bie, que todo es gracia. Que Dios no nos debe nada y que, al contrario, como criaturas le debemos todo. La gratitud nos lleva a la fe que nos hace reconocer, alabar y anunciar la gran misericordia de Dios con toda la humanidad y al mismo tiempo con todos y cada uno de nosotros. 

     La fiesta más bella de la gratitud a Dios es la Eucaristía, pues eso es lo que significa este nombre. Y en ella aprendemos a reconocer que todo lo recibimos de Dios a través de los que formamos la gran comunidad humana, especialmente la comunidad eclesial. En la Eucaristía nos vamos identificando con el Dios del amor que lo único que quiere es nuestro bien, el máximo bien: nuestra salvación. Esta tarde en la Ciudad de Guadalajara, Dios mediante, arrancará “el 48 Congreso Eucarístico Internacional, con la confianza de la presencia siempre nueva del Señor. La Iglesia, pueblo peregrino, encuentra en la Eucaristía el alimento de vida que la sostiene en su caminar, pues sabe que va rumbo a la patria definitiva” (cfr. Hb. 11, 13-16). num. 32 D.B.  Quiera el Señor concedernos en este congreso un crecimiento profundo, cada vez más maduro y responsable que nos lleve a la auténtica alegría de sabernos amados y nos capacite para amar, con el amor de Dios, a todos.

     Que Santa María de Guadalupe, que siempre está presente en la Eucaristía acompañándonos con su intersección, también sea para nosotros modelo de gratitud alegre y fecunda para ayudar a otros en su camino hacia la salvación.

     Amén.

 

 
 
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