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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXXI Domingo Ordinario.
                                                                                                                         
31 de octubre de 2004

ZAQUEO DESCUBRE SU CAPACIDAD DE AMAR

Demos gracias, hermanos, a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro por el gran amor con que nos ha amado dándonos a su Hijo para que por medio de él conociéramos el amor que nos tiene desde que fuimos llamados a la existencia.

Comencemos por reconocer el amor que nos muestra al dejarnos su Palabra que nos ilumina y nos conduce por la verdad cada domingo en la proclamación gozosa  que la Iglesia hace con devoción y gratitud. Ella, al tiempo que nos hace sabios, nos pone en comunión de amor con Dios y unos con otros en la contemplación de su misterio.

El día de hoy, este trigésimo primer domingo del tiempo ordinario, escuchamos del libro de la Sabiduría un texto en el que se nos describe el amor de Dios por sus criaturas como muestra de su poder y de su ternura, benevolencia y compasión. Porque amas todo cuanto existe y no desprecias nada de lo que hiciste, si odiaras alguna cosa, no la habrías creado, dice el texto. Al inicio de su obra dice el autor que Dios no ha hecho la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos (1,13) y en el texto que estamos comentando afirma que, apenas nota una señal de arrepentimiento, pasa por alto el castigo (v.23) porque ama a todos los vivientes. Este es nuestro Dios y es también, mis hermanos, por un lado, una invitación a amar a las personas  como las ama Dios. Y por otra, es un aliciente para no desanimarnos ante el peso de nuestros pecados, pues sólo espera una señal de arrepentimiento para acudir en nuestro auxilio.

En la lectura del evangelio escuchamos a san Lucas, que nos presenta una vez más a los pecadores públicos a quienes Jesús ve con amor para animarlos a la conversión. Zaqueo es un publicano y, además, rico. Jesús había asegurado que es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico enterar en el reino de Dios (Lc 18,25). Zaqueo se encuentra, entonces, entre la amenaza de Jesús, por ser rico y el desprecio de sus paisanos, por ser publicano o recaudador de impuestos. Esto hace muy interesante el encuentro de Jesús con aquel pecador. Encuentro que culminará con una comida.

Tenemos, mis hermanos, en este pasaje un verdadero proceso de conversión que comienza en el amor gratuito de Dios que Jesús manifiesta en la mirada y en el llamado que le hace. Zaqueo experimentó en aquella mirada y ese llamado por su nombre de parte de Jesús una invitación a vivir en el amor al que le abrió el corazón abriendo sus manos a los pobres.

Probablemente éste se parecía al de la parábola del domingo pasado, la del fariseo y el publicano en oración (Lc 18,9-14) y tal vez hasta había oído, si  no directamente, sí de alguna manera, que Jesús había dicho que no se podía servir a Dios y al dinero (cf. Lc 16,13) o aquello de vender las posesiones para dar limosna a fin de hacer tesoros en el cielo (cf. Lc 12,33).

De ahí le surgía su curiosidad por ver y conocer a Jesús. Había recibido una noticia inicial que le interesaba, quizá, tomar y profundizar. Ésta era su oportunidad.

Hermanos, el primer impulso, efecto de su conversión inicial, que Zaqueo tiene, es el de dar. Pero no es como el de alguien que da para la propia autosatisfacción, como autoafirmación de la superioridad que pretende tener sobre otros. Hay veces que damos para justificarnos precisamente de tener más para continuar así sin ningún sentimiento de culpa.

No, la respuesta de Zaqueo nace de su conversión interior, nace de una cambio de ruta provocado por aquel encuentro en el amor de Dios del cual Jesús es portador. Zaqueo, mis hermanos, se descubre amado y descubre en aquel momento una oportunidad para vivir en el amor hacia los demás.

Hoy tengo que hospedarme en tu casa, declara el Señor muy directamente. Se hace recibir como huésped de aquel que a los ojos de todos es pecador, ¡es un pecador público! Así son los modos de Jesús. ¡Tan distintos de las formas puritanas y fariseas de muchos de nosotros, los buenos cristianos! Es el camino del Dios de la misericordia, como nos lo muestra la primera lectura. Se hace el encontradizo para convertirse en el anfitrión de los alejados, de los rebeldes, de los pecadores. Sólo basta un pequeño gesto; un poco de interés. De lo demás se encarga Él.

Hermanos, cada domingo nos reunimos en la casa del Padre a donde nos congrega el Señor Jesús para salvarnos: hoy ha llegado la salvación a esta casa (v.9). Dios nos evangeliza a todos. Él mismo, como lo acabamos de considerar, es la buena noticia en acto; como diría san Pablo, Él es el evangelio de Dios. Él nos reúne en su mesa donde se nos da en alimento a través de su palabra y a través de los signos del pan y del vino. Cuando comemos su cuerpo y bebemos su sangre hacemos nuestra la salvación que nos alcanzó en la ofrenda de su cuerpo y su sangre en el sacrificio de la cruz. Ahí se nos da para que nosotros, por nuestra parte nos podamos dar a los demás, especialmente, y como él lo hace, a los pobres, a los que más lo necesitan. En la Eucaristía nos sucede, si queremos, lo mismo que a Zaqueo: el encuentro con Jesús nos lanza a encontrarnos con nuestros hermanos para realizar, como es su deseo, la unidad en el amor.

Quiera nuestra Señora Santa María de Guadalupe interceder por nosotros a fin de que la experiencia de encuentro con su Hijo nos permita trabajar por la construcción del Reino.

Así sea.

 
 
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