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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXXII Domingo Ordinario.
                                                                                                                        
    7 de noviembre del 2004

DIOS ES NUESTRO FUTURO

Demos gracias, hermanos, a Dios nuestro Padre porque tenemos en Él nuestro futuro y nos a atrae con lazos de misericordia dándole sentido a nuestro presente y perdonando nuestro pasado.

Hermanos, como seres humanos y cristianos en proceso permanente de crecimiento, somos una realidad histórica que transcurre entre el pasado y el futuro viviendo el presente en la conciencia y en la libertad responsable e integrando nuestro pasado para darle sentido y significado a la luz de Cristo muerto y resucitado. Pero es muy interesante considerar que el futuro, mis hermanos, el todavía no, es para nosotros un radical desafío que condiciona nuestras decisiones de muchas formas, haciendo de ellas una aventura y una oportunidad de ser protagonistas de nuestra propia existencia.

El futuro nos tira hacia adelante a través de la esperanza. Esta virtud, humana y divina por ser don de Dios, es la que nos permite vivir de cara al futuro, hacia la promesa. El cristiano vive de promesas. Y quien promete es nada menos que Dios, el Dios fiel y misericordioso que viene a nosotros con sus dones para hacernos dignos de la herencia prometida.

Esta es la convicción en la fe que movió a los siete hermanos macabeos y a su madre. Este episodio de la historia de Israel ilustra muy bien la fe incipiente en la esperanza de la resurrección. En efecto, tenemos en este texto, junto con otro del libro de Daniel, los primeros pasos hacia una doctrina sobre la fe en la resurrección que, a la luz de la de Cristo, llegará a su más alta expresión.

Ya estamos en la recta final del año litúrgico y tenemos, entonces, la oportunidad de reflexionar en las últimas realidades de la vida de todo hombre. Son temas que no tiene sentido evadir; darles la cara es lo que procede: la muerte y lo que sigue será siempre una pregunta constante como lo ha sido en el pasado. Hermanos, no todos creemos en el misterio del más allá de la muerte. Nadie niega, mis hermanos, la muerte, porque es una de las verdades que es imposible negar; pero no todos esperan algo después de la muerte. Esto es parte del mensaje de la revelación judía y cristiana.

Para quienes creemos que fuimos llamados a la existencia por el amor de Dios, creemos —porque así lo aceptamos como revelación de Dios— que Dios nos ha creado para ser eternamente felices a su lado. A esto llamamos los cristianos “salvación”. Esta certeza de la fe tiene mucho que ver con el presente de nuestra vida. Por eso he dicho que el futuro condiciona nuestro presente. Dios es nuestro futuro como una luz que ilumina y da sentido a nuestro momento presente. Y esta certeza de fe se consolida a la perfección no sólo con las enseñanzas de Cristo, como es el caso del texto del evangelio de hoy, sino con su propia actitud ante la muerte.

En el evangelio de hoy tenemos, pues, un pasaje que hemos de situar bien en su contexto histórico para comprenderlo mejor. Los capítulos 20 y 21 de el evangelio de san Lucas están cargados de de una fuerte tensión alimentada por las discusiones entre los jefes de los judíos y Jesús. Le discuten su autoridad para enseñar y para actuar como lo hace. Jesús, por su parte se va aproximando a su muerte y da muestra de su aceptación actuando, a pesar de eso, con libertad y seguridad totales. Sus enemigos intentan acorralarlo con preguntas que, para ellos, de no contestarlas o al contestarlas, por lo difícil de responder, darían motivo para pedir su muerte al procurador romano.

Los fariseos, principales enemigos de Jesús, eran partidarios de la reciente creencia en la resurrección, mientras los saduceos, enemigos de los fariseos, pero tan influyentes como éstos, la negaban.

Vemos en su repuesta, hermanos, que, como siempre, el Señor Jesús no se deja atrapar en problemas artificiales y por demás enredosos como superficiales. Jesús responde con la profundidad propia de Él yendo mucho más allá de las expectativas y de los conocimientos de sus adversarios. Su respuesta, mis queridos hermanos, es una verdadera revelación que deja bien claro que la resurrección consiste en una nueva manera de existir. Afirma que con la resurrección cesan todas nuestras necesidades más elementales porque todo el ser humano queda totalmente transformado sin dejar de ser el mismo. Él lo expresa en términos de su tiempo: serán como ángeles, dice.

El fundamento de esta certeza de fe es que Dios es un Dios de vivos. Es el Dios de la vida. Nosotros somos  hijos de la resurrección como dice literalmente el texto griego en el verso 36. Resucitar, mis hermanos, no es revivir, es trascender la muerte de tal manera que se adquiere la vida en toda su plenitud. Como realización perfecta y definitiva de la persona en Dios, como hijos suyos. Como Él nos creó: a imagen y semejanza suya.

Al celebrar cada domingo, hermanos, la Sagrada Eucaristía, actualizamos la muerte y la resurrección del Señor cuyo efecto real y misterioso en nosotros es precisamente nuestra propia muerte al pecado al mismo tiempo que nos insertamos en la vida gloriosa del Resucitado. Los verdaderos discípulos del Señor resucitado vivimos ya, de alguna manera la resurrección. Es decir, nuestra vida transcurre en Cristo, de una manera nueva. De la celebración eucarística salimos al mundo para ser en medio de él signos vivos de Cristo resucitado.

Quiera nuestra Señora, Santa María de Guadalupe, que vive ya la plenitud de la resurrección al lado de su Hijo, interceder por nosotros, para alcanzar con ella la promesa del Padre.

Amén.

 
 
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