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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXXIII Domingo Ordinario.
                                                                                                                        
14 de noviembre de 2004

NADA DE LO PRESENTE  ES ABSOLUTO

Demos gracias, hermanos, porque nos ha llamado a vivir en el futuro una realidad que anhelamos profundamente y nos mueve a vivir según la voluntad soberana del aquel que nos ha creado para Él.

Estamos en el penúltimo domingo del Año Cristiano. El próximo será el último, con la fiesta de Cristo Rey del  Universo, al final de los tiempos. Es por eso que las Lecturas Sagradas, nos presentan con rasgos apocalípticos ese tiempo tremendo al cual todos tenemos que enfrentarnos.

San Agustín decía “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en ti”. Hace ocho días considerábamos cómo la vida del discípulo de Cristo está en tensión constante entre el presente del “aquí y ahora” de la historia personal, y de la humanidad, y el futuro prometido a todos los que ama el Señor y han de salvarse. Veíamos también que la Iglesia nos presenta, en estos últimos domingos del año litúrgico, las realidades últimas de todo hombre, que antes se conocían como las postrimerías del hombre. Podríamos decir que todo hombre está hecho de presente, pasado y futuro.

Retomando estas ideas del domingo pasado, mis hermanos, nos situamos hoy, una vez más ante esta realidad inexorable del hombre; de todo hombre, creyente o no. Para eso dejémonos iluminar por la Palabra de Dios que siempre nos sale oportunamente al paso de nuestra vida como luz y guía, tanto como consuelo y como fortaleza.

El profeta Malaquías nos presenta un cuadro que no es para nada ajeno a nuestras experiencias actuales. El Profeta escucha por dondequiera que los judíos de su época se quejan de que los malvados progresan cada día en sus empresas, mientras quienes sirven al señor fielmente no ven la recompensa prometida. ¿De qué sirve observar los mandamientos? Con la visión de un mundo que no trasciende, sino que termina aquí, como es la del Antiguo Testamento, casi en su totalidad, esta pregunta es muy seria.

El profeta adopta una perspectiva de solución más allá de este mundo. Es promesa de un Dios que ha sido siempre fiel a su pueblo. Por eso, a través del profeta dice: “Estoy preparando un día, dice el Señor todopoderoso, en el que ellos (refiriéndose a su pueblo) volverán a ser mi propiedad. Seré compasivo con ellos como un padre con el hijo que le sirve. Entonces ustedes verán de nuevo la diferencia que hay entre el justo y el malvado, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve (Mal 3,17).

¡Cuántas veces, mis hermanos, nos hemos preguntado, sin hallar respuesta, de la misma manera, ante las injusticias que se cometen a nuestro entorno o, con frecuencia contra nosotros mismos! ¡Y cuántas veces habremos dicho como los contemporáneos de Malaquías: No hemos sacado ningún provecho en observar sus mandamientos y en hacer penitencia ante le Señor todopoderoso! (Mal 3, 14).

El Señor, si embargo, asegura que llegará un día en que se pondrá en claro quiénes son de Dios y quienes no. Dios también cumple su promesa de justicia. El fuego consumará a los malvados, la luz iluminará y protegerá a los fieles, los que perseveran.

En el evangelio de hoy hemos escuchado una página de un género literario que merece atención muy especial para poder captar su mensaje. Tal vez hable no sólo del final de los tiempos sino que se refiera al mismo tiempo a la inminente destrucción de Jerusalén, catástrofe que sufrió por segunda vez en el año 70 de nuestra era. Pero por lo que a nosotros toca, como Palabra de Dios, es una advertencia de Jesús sobre la situación por la que hemos de pasar siendo discípulos fieles y observantes.

Con mucha frecuencia, mis hermanos, pensamos, y lo deseamos profundamente, que por ser buenos no nos va a pasar nada. Cuántas veces, hermanos, nos portamos bien sólo para que nos vaya bien; más aún, para que Dios nos ame y nos salve. Pero, como hemos podido deducir del mensaje de la primera lectura, esto no es posible. Y Jesús nos advierte algo, tal vez, más desconcertante: que precisamente por ser de los suyos, discípulos y servidores del Evangelio, vamos a tener que sufrir mucho, hasta de quienes menos esperaríamos.

Pero hoy se nos asegura, una vez más, que la fidelidad de Dios está segura. Él nos protege hasta el final. Su justicia se hará sentir en el día que Él tiene previsto. Esta certeza, mis hermanos, nos mantiene en paz aún en medio de las persecuciones, humillaciones y aparentes fracasos. Esto se llama esperanza, una virtud teologal que nace de Dios y se nos da como un regalo que nos mantiene firmes en la vigilancia y en la perseverancia. Todo se pasa; nada es para siempre, excepto el amor de Dios y su fidelidad para nosotros. ¡Sólo Dios Basta!  En esto se funda la fe del discípulo de Cristo.

Cada domingo alimentamos esta esperanza en la celebración de la Eucaristía. Al contemplar la obra que Dios realiza a través de la muerte y resurrección de su Hijo amado, actualizadas en la celebración eucarística, vemos nuestro presente  como algo que transcurre hacia el futuro que Dios nos tiene preparado y nos anuncia el misterio pascual. La Palabra de Dios nos ilumina de una manera especial dándole sentido a lo que vivimos en el presente. ¡La Eucaristía es prenda del mundo futuro!, “Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestros Señor Jesucristo”, no olvidemos el futuro al preocuparnos por el presente ni olvidemos el presente cuando pensamos en el futuro.

Quiera Dios concedernos la gracia de vivir cada día más intensamente este misterio y que Santa María de Guadalupe, la Virgen, Madre y Señora nuestra nos acompañe en este camino.

Amén.

 
 
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