Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo
de Resurrección.
11 de abril de 2004
CRISTO, NUESTRA PASCUA, VIVE ENTRE NOSOTROS
Este
domingo, queridos hermanos el primero de la historia, resuena a través
de toda la tierra por medio de la Iglesia, el alegre anuncio de la
Pascua: Cristo ha resucitado y vive más allá de la muerte.
Es el Señor de la vida. Este día más claro, que
todos los demás días, resuena una vez más la
Palabra poderosa de Dios que ha creado los cielos y la tierra, ha
formado al hombre a imagen y semejanza suya y, todavía más,
lo ha elevado a la categoría de hijo suyo, inmortal como su
propio Hijo. Este es el hombre nuevo en Cristo muerto y resucitado.
¡Aleluya! ¡Aleluya!.
Cristo, Palabra creadora del Padre es el primogénito de la
creación renovada. En Él llega a su plenitud el germen
de vida de toda la creación. Pero es la humanidad la principal
beneficiada de esta obra maravillosa realizada por el Unigénito
del Padre, pues ve realizada la gran esperanza de una vida total,
en una tierra y unos cielos nuevos donde no haya luto y lágrimas;
donde exista la luz eterna sin asomo de sombras.
Todo esto, mis hermanos, se da hoy: Pero permanece invisible a los
ojos de quienes todavía no creen. Los creyentes tienen el don
de ver los indicios de la nueva creación que está dándose
en la realidad tan cercana de cada día. La muerte ha sido vencida
definitivamente por medio de la muerte libremente aceptada por Jesús
en el amor. Con la muerte eterna fue vencido el pecado, por la obediencia
del Inocente hasta el sacrificio.
Y a pesar de que el “misterio de la iniquidad” acompaña
todavía la existencia humana hasta el último día,
sabemos, por la fe en el Resucitado, que bien y mal se insertan de
una manera misteriosa en el plan amoroso de Dios, pues ya no causa
temor ni terror a quienes caminamos a la luz del Resucitado.
Pero esta nueva vida, mis hermanos, y a diferencia de la natural
que recibimos sin nuestro consentimiento, exige de nosotros una adhesión
consciente y libre. Y, una vez aceptada mediante la conversión
y el bautismo, exige también que seamos responsables para mantenernos
en ella. Sin embargo, aquí también interviene la fuerza
del resucitado.
Por la fuerza del Resucitado: Es posible vivir el amor fraterno;
es posible cambiar el odio por el perdón y la comprensión;
podemos vivir construyendo juntos un mundo para todos en lugar de
crear barreras que discriminan y excluyen; podemos compartir todos
los bienes en vez de acapararlos de una manera codiciosa. Gracias
al Señor resucitado, hermanos: Conocemos y servimos a la verdad
en lugar de perdernos en las vanidades y las mentiras de este mundo;
Trabajamos por la justicia en medio de un mundo de codicia y materialismo;
proclamamos la primacía del amor por encima de todo anhelo
de poder y de soberbia.
“Hoy es el Día que hizo el Señor, hoy es el día
del triunfo y de la gloria. La exaltación que Juan veía
ya en la cruz hoy se hacer realidad y experiencia deslumbrante. Cristo
ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. No esta
aquí, donde ustedes lo buscan. No está aquí,
en lugar oscuro y frió, en algún rincón del infierno.
No está aquí, roto y necesitado de nuevos ungüentos.
El Ungido ya perfuma el universo. ¡Cristo ha resucitado! Al
que vimos triturado, lo vemos ahora resplandeciendo.
El sepulcro, antes tenebroso; se convierte en el sol: lucero que
alegra, ilumina y enciende; en flor: primavera que renueva la vida
y la embellece; en fuente: un venero que sacia, que lava, que fecunda;
y perfume inigualable: que seduce, cura y enamora.
Hoy la Iglesia, las comunidades cristianas, se revisten de sus mejores
galas, porque en ellas Cristo resucita, el triunfo de la vida, el
triunfo del Amado. Y cuantos celebramos esta Pascua podemos afirmar:
¡Cristo sí está aquí! <<Lo verán
en Galilea>>. Y cada comunidad es Galilea; donde se reúnen
los que creen y los que aman es Galilea.
Él está aquí, en medio de nosotros, y nos habla
al corazón. Él está aquí, nos cura de
nuestras dudas y nuestros miedos. No teman. Soy yo. Él está
aquí, se deja palpar, y exhala su Espíritu en nosotros.
Él está aquí, y nos alimenta con su cuerpo. Él
está aquí, y nos renueva, nos pacifica, nos resucita.
Él está aquí, y nos envía a ser testigos
de su resurrección.
La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia
y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Insisto, mis amados
hermanos: Es un proceso de lucha contra el mal y de superación
de la muerte. Que la vida venza a la muerte, que la paz derrote a
la violencia, que el perdón supere a la venganza, que la alegría
se imponga sobre la tristeza, que la solidaridad prevalezca sobre
el egoísmo y la injusticia, que la esperanza levante el desencanto
y la depresión.
En esta lucha estamos. Somos personas resucitadas y seremos sembradores
de resurrección. Somos personas alegres, purificadas, esperanzadas,
llenas del Espíritu de Jesús. Queremos formar un solo
corazón y una sola alma como fermento de la nueva Humanidad.
Pero hay muerte todavía. Hay muchas lágrimas y sufrimientos
gratuitos, hay mucho odio y violencia, hay mucho vacío y desesperanza,
hay mucha soledad y tristeza, hay mucha miseria y muerte… Es
la antipascua.
En esta lucha estamos. Jesús está con nosotros. Su
Espíritu no deja de alentar la nueva vida. Que Él haga
de nosotros cultivadores de nuevas pascuas, que ayudemos a Cristo
a resucitar”.
En todo esto, mis queridos hermanos, consiste el milagro de Pascua.
Esto es el signo o la prueba contundente de que Cristo vive en medio
de nosotros. Las obras realizadas con actitudes de hombres nuevos
son luz que brilla delante de los demás para que ellos también
den gloria a Dios (cf. Mt 5,16).
¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Aleluya!