Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad
de la Santísima Trinidad.
06 de junio de 2004
Hermanos:
Bendigamos a Dios Padre, y al Hijo único de Dios, y a Dios Espíritu
Santo porque el amor que nos tiene es grande y para siempre. Amén.
Queridos
hermanos: después de haber repasado los grandes misterios de nuestra
salvación, desde la Encarnación hasta Pentecostés, nos encontramos
este domingo ante la contemplación del misterio fundamental de
la fe cristiana: nuestro Dios es uno y trino. En efecto, hermanos,
somos cristianos, no porque nuestro Dios se identifique sólo en Jesucristo.
No. Lo somos porque ha sido Él quien nos ha dado a conocer el misterio
de Dios. Jesucristo es Dios, él es el Hijo de Dios que nos ha
revelado que Dios es una comunidad de vida y de amor. Dios es un
misterio de amor que se ha dado a conocer por medio de su Hijo a todos
los que estén abiertos a la íntima acción de su Espíritu. ¡Dios
es un equipo muy dinámico!
Llegar
al conocimiento de este misterio divino no es un logro de la mente
y de la razón humana. Es producto de una revelación misericordiosa
de Dios al hombre. Pues aunque Él mismo puso en el corazón humano
el deseo de buscarlo, encontrarlo y conocerlo; jamás hubiera llegado
el hombre a la profundidad de su misterio si Dios no lo hubiera dado
a conocer a través de la historia de salvación. Esta historia
tuvo sus comienzos en la misma creación del mundo, pero se intensificó
cuando intervino en la historia de un pueblo que Él eligió para manifestarse.
Así intervino Dios mismo en la historia humana para darse a conocer
poco a poco, hasta “llegar a la plenitud de los tiempos”
Las
lecturas de este domingo, mis hermanos, nos ilustran en la comprensión
de este misterio de amor del Dios que se manifestó ya desde la Antigua
Alianza hasta culminar con el esplendor de la presencia de Cristo
como revelador pleno del Padre y dador del Espíritu Santo.
En
el Antiguo Testamento, como lo podemos comprobar en la primera lectura,
hay un avance en el desarrollo del misterio de Dios, al presentar
a la sabiduría no sólo como un bien noblemente deseable, sino como
si fuera una persona que está presente con Dios o en Él desde
antes de la creación del mundo. Y el libro de los Proverbios no es
el único libro que nos hable en ese tono, pero tal vez sea el primero
en la historia de la literatura bíblica. Así, mis hermanos, en el
texto de este domingo la Sabiduría revela su origen, su parte activa
en la obra de la creación y la tarea que desempeña frente a los seres
humanos que es, nada menos, conducirlos a Dios. Hemos de señalar,
hermanos míos, que siendo la Escritura Santa un instrumento de revelación
divina, tenemos que en la personificación de la sabiduría es muy difícil
distinguir entre lo que es mero artificio literario y lo que es una
auténtica intención de revelaciones nuevas. La tradición cristiana
la refiere a Cristo, Sabiduría de Dios, como lo llama san Pablo
(1Co 1,24).
La
segunda lectura nos habla de la triple relación con el único Dios:
por medio de la fe en Cristo, estamos en paz con Dios quien ha
derramado su Espíritu en nuestros corazones.
Con
su Espíritu se nos han dado multitud de bienes entre los que contamos
la paz, el acceso al favor del Padre, la esperanza de la gloria
de Dios, el amor de Dios y la reconciliación, éste último
como don fundamental.
El
Evangelio nos sitúa en la noche anterior a su pasión donde Jesús les
asegura el don del Espíritu que, siendo Espíritu de verdad,
los conducirá a la plena posesión de la verdad sobre su misterio.
Es el Espíritu, según esta afirmación de Jesús, quien nos hace
comprender cómo Cristo Jesús ha cumplido en plenitud las Escrituras,
nos hace capaces de entender el verdadero sentido y todo el alcance
de sus palabras, de sus actos y de sus signos; cosas que los discípulos
no habían comprendido antes.
La
promesa del Espíritu, queridos hermanos, en momentos tan importantes
de la vida de Jesús, es una afirmación de Jesús que describe
para nosotros las relaciones íntimas de Dios consigo mismo en función
de nosotros. Lo importante de este texto sagrado es que vemos, mis
hermanos, que Dios no es ajeno a nosotros. O si se quiere ver
al revés: nuestra existencia no transcurre al margen de Dios.
Si
decimos que Dios tiene una actividad interna consigo mismo,
debemos ser conscientes de que lo enunciamos con sumo respeto, sabiendo
que lo que pensemos, afirmemos o experimentemos de su misterio siempre
será inexacto. Será apenas una aproximación. Y de la misma forma
nos hemos de conducir al sacar las consecuencias que siguen: que esa
intimidad de amor consigo mismo nos afecta. Nuestra misma existencia,
desde su inicio, es producto de su amor. Nada de los nuestro le es
ajeno, por eso tampoco Dios es ajeno a ninguno de los aspectos o zonas
de nuestra vida. Esto, mis queridos hermanos, es la mejor experiencia
que podemos tener de Dios.
En
esto consiste el verdadero conocimiento de Dios: es sabernos ligados
existencialmente a su misterio. Esto no es teoría. El Espíritu
no nos revela teorías acerca de Dios, pero no podemos dejar de
enunciar verdades concisas como son los enunciados dogmáticos. En
el credo, por cierto, afirmamos, dicho de otra manera, que única
es la revelación de Dios, que su fuente es el Padre, que
se realiza en el Hijo y que se cumple en los creyentes por
medio del Espíritu.
Que
Dios, Uno y Trino sea aceptado entre todos los hombres, depende en
cierto modo de la forma y de la intensidad como nos relacionamos con
Él. Hagámonos, al menos el propósito mis hermanos, de decir con
mayor respeto, conciencia y responsabilidad la fórmula tan antigua,
atribuida a san Basilio (+379), cuando nos persignamos, bendecimos
o simplemente iniciamos nuestra oración. No olvidemos que toda la
oración litúrgica es profundamente trinitaria. Porque así es el Dios
en quien creemos.
Que
Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Madre, que vivió en
la obediencia una relación íntima de amor con este Dios, al escuchar
al Padre y al concebir al Hijo por obra del Espíritu, nos acompañe
en este crecimiento de amor a Dios y a toda su obra. Amén.