Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monsroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe, Rector del Santuario en la celebración de la
Solemnidad de San Pedro y San Pablo.
29 de junio del 2004
Mis amados hermanos y hermanas,
peregrinos que vienen de distintos rumbos de la ciudad, del interior
del país, tal vez algunos más allá de nuestras
fronteras. Mis amados
hermanos y hermanas de la vida religiosa, mis amados hermanos en
el sacerdocio, en el ministerio, diáconos, sacerdotes, muy
querido señor obispo Guillermo Ortiz Mondragón.
Especialmente
quiero saludar a mis hermanos indígenas purépechas,
que han venido de Santa Fe de la Laguna a esta Casita de la Señora.
Mis hermanos los concheros que también están aquí,
un particular saludo para ellos.
Celebramos
hoy unidos, en un entrañable recuerdo, la fiesta de estos
dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia
y testigos cada uno desde su personalidad propia, de la Fe y del
amor de Cristo. Pedro era pescador de Betsaida, Pablo un judío
de Tarso en la actual Turquía, de la tribu de Benjamín
y de formación farisea. Ambos fueron llamados por Cristo
Jesús. Uno junto al lago de Genesaret, el otro en el camino
de Damasco donde iba para encarcelar a los cristianos. Ambos respondieron
con prontitud y se convirtieron en personajes importantísimos
en la historia de la primera comunidad.
En
verdad los santos que hoy celebramos nos dan un admirable ejemplo
de vocación apostólica. Cada uno en su territorio,
Pedro para los israelitas, Pablo para los paganos. Cada uno con
su carácter, cada uno con su pedagogía, son un ejemplo
estimulante para todos nosotros sacerdotes, religiosos y laicos,
porque todos estamos llamados a tomar parte en esa siempre nueva
aventura del anuncio del evangelio, en la nueva evangelización
que necesita el mundo de hoy, que necesita cada generación.
Pedro
y Pablo eran personas con carácter muy diferente y que tenían
sus debilidades. Recordemos lo que nos cuenta la escritura, los
evangelios, los Hechos de los Apóstoles. Uno negó
a Jesús y el otro le persiguió a muerte, pero Cristo
ganó para sí —esto es lo importante y fundamental
mis amados hermanos—, Cristo los ganó para sí
con su elección y su perdón y ellos supieron responderle
con generosidad.
Uno
dejando sus redes y su barca, otro en el camino de Damasco, ¡hasta
el martirio que ambos sufrieron en roma en la persecución
de Nerón. Y así, el que había negado a Jesús
ante una criada y unos guardias, ahora dio testimonio de el ante
las autoridades, aunque le costara la vida.
El
que persiguió a los discípulos de Jesús para
encarcelarlos se convirtió en el más decidido Apóstol
de Cristo. No le pudieron hacer callar ni las cárceles, ni
los azotes, ni las amenazas a muerte, absolutamente nada. Y es que
después de encontrarse con Cristo vivo, con Cristo glorioso,
con Cristo Resucitado, después de enamorarse de él,
imposible dejarlo mis amados hermanos, imposible!
Quién
me separará del amor de Dios?, ¿el hambre, la guerra,
la persecución?, ¿Quién?, nada, nadie, absolutamente
nadie. “señor, tu sabes que te amo. Señor, tu
sabes que te quiero”.
Pedro y Pablo nos recuerdan ante todo que pertenecemos
a una iglesia apostólica fundamentada, cimentada en Cristo
Jesús, que es la piedra angular; pero también sobre
los Apóstoles que el mismo Jesús ha escogido y que
siguen siendo el punto de referencia de toda la construcción
comunitaria, ahora con el papa Juan Pablo II que la preside en la
caridad al frente del colegio episcopal. No vamos cada uno por su
cuenta mis hermanos, de ninguna manera. Somos iglesia, somos comunidad
unida en la fe, comunidad unida en el amor.
Pedro y Pablo nos dan también un admirable
ejemplo de testigos valientes de cristo en un momento difícil:
el de las primeras persecuciones. Nos viene bien su ejemplo porque
tampoco es fácil ser testigos del evangelio de cristo en
el mundo de hoy, en este tercer milenio. Aunque no necesariamente
terminemos en el martirio —creo que esa dicha, esa gloria,
no es para nosotros—, pero si poco a poco, tenemos que ir
muriendo por cristo, testificando con gozo, con alegría,
con entusiasmo.
Los dos apóstoles vivieron días dramáticos
de persecución, de cárceles y de azotes hasta el martirio
final, pero con la ayuda de Dios fueron fieles a su vocación
y nos invitan también a nosotros a ser valientes en nuestro
testimonio de fe. No murieron juntos, Pedro fue mártir del
circo de la colina del Vaticano en tiempos de Nerón; Pablo,
un poco más tarde en la Vía Ostiense camino del mar.
Dios me ha dado la gracia de renovar mi fe en la
tumba de san Pedro, en la tumba de san Pablo, apenas hace unos cuantos
días; de orar por la fe de mis hermanos y de pedirle al Señor
que por intercesión de estos Apóstoles me siga empujando
a ser fiel instrumento suyo.
Pedro y Pablo, el primero, según una tradición
muy antigua, murió crucificado cabeza abajo porque no se
sentía digno de morir como su Señor, como su maestro
Jesús. Pablo, decapitado. Cada uno de ellos tiene una Basílica
dedicada en el lugar de su martirio en el vaticano y en la Vía
Ostiense. Son basílicas levantadas en el siglo IV, por Constantino,
apenas iniciada la era de paz para la iglesia.
La
comunidad les recuerda juntos desde muy pronto por el papel complementario
que ambos tuvieron en los orígenes de la iglesia. Hoy es
pues un día muy grande, muy importante para nuestra Iglesia
Universal. Celebramos a estos dos gigantes de la fe, a estos dos
grandes apóstoles, columnas de la iglesia y testigos de la
fe y del amor de cristo. A ellos quiero encomendarme, a ellos quiero
encomendarle mi sacerdocio, como lo hice en estos días que
estuve en sus respectivas tumbas.
El
sacerdote, responsable y pastor de la comunidad cristiana, tiene
que ir delante de todos en el seguimiento de Jesucristo, en el enamoramiento
de Cristo, en la aventura de seguir a Cristo. Totalmente, absolutamente
por sobre todas las cosas. El que bautiza y perdona en el nombre
de Cristo; el que parte el pan y distribuye la sangre en el nombre
de Cristo, el que anuncia la palabra en el nombre de Cristo, tiene
que ser como Cristo, tiene que ser otro Cristo, lo va a decir muy
claro son Agustín, otro Cristo, así es mis hermanos.
Todos
los cristianos, los bautizados, debemos ser otro Cristo, pero el
hombre sacerdote tiene que actuar y vivir in Persona Christi, sobre
todo, sobre todo, cuando preside la Sagrada Eucaristía. In
Persona Christi, Cristo mismo.
El
sacerdote, de tanto representar un papel, termina viviéndolo,
termina compenetrándose totalmente de él. Claro que
estamos lejos de ser simples actores. ¡No!, in Persona Christi,
todo lo que significa esta expresión mis hermanos. El sacerdote,
que tanto representa a Cristo tiene que vivirlo. No importa tanto
lo que hace o lo que dice, cuanto el espíritu que pone en
ello, ¡el espíritu!, el mismo de Jesús, el Espíritu
Santo!
Por
tres veces ungido el sacerdote: en el Bautismo, en la Confirmación,
en el Orden Sacerdotal. Ungido su pecho, ungida su cabeza, ungida
su frente y sus manos. Gracia tras gracia, Espíritu tras
Espíritu. Todo el Espíritu sobre el, todos los dones
del Espíritu sobre el. ¡Que increíble es esto
mis hermanos!
Cierto
que la misión del sacerdote es difícil y a veces poco
gratificante pero ¡Que más gracias quiere!, ¿Qué
mas gracia?, la abundancia del espíritu está en él.
Cuenta con el poder, cuenta con la luz del Espíritu para
todo y en todo.
La
misión principal del sacerdote no es distinta, diferente
a la de Pedro, a la de Pablo. La misión principal del sacerdote
es evangelizar. Bien lo decía pablo: ¡ay de mí
si no anuncio el evangelio!, ¡ay de mí si no predico
a Cristo muerto y resucitado!
La
misión principal nuestra es evangelizar, predicar a Jesús,
con la palabra, con la vida misma, ser testigos del amor de Cristo,
especialmente anunciar el evangelio a los alejados del influjo del
mismo, preferencialmente a los pobres; acercarse a los pobres y
enfermos, escucharles, hacerse pobres con ellos, curar sus heridas,
llenarles de esperanza, devolver su dignidad y sobre todo, es esencial
hacerles comprender que dios les ama, que cristo esta en ellos,
que son también otros cristos, es fundamental en la tarea
del sacerdote.
Mis
amados hermanos, pensemos en esto. Contemplemos agradecidos a estos
dos grandes Apóstoles, Pedro y Pablo, a estas dos columnas
de la Iglesia que representan y que significan todo lo que es nuestra
iglesia: institución y carisma. Jerarquía, clero,
pueblo de dios, todo.
Que
estos santos Apóstoles nos animen a seguir adelante, que
esta su solemnidad, su fiesta, sea ocasión para renovar todos
nuestra fe, especialmente nosotros, renovar nuestro ministerio sacerdotal
y decidirnos a vivir cada día con intensidad y profundidad
esta gracia inmensa y maravillosa que es el sacerdocio y que gratuitamente
se nos ha entregado.
Que
de verdad pueda yo un día decir, y así le pido a dios
no solo para mi sino también para mis hermanos sacerdotes,
que a pesar de nuestras fragilidades, a pesar de nuestras debilidades,
le sepa decir, “Señor, tu sabes que te amo, tu sabes
que te quiero” y que de verdad también pueda decirlo
como pablo: “todo para mi es basura”, después
de haberme encontrado con Cristo, a quien debo entregarlo a todos,
para todos.
Que
la Dulce Señora del cielo, Santa María de Guadalupe,
madre de Cristo, sumo y eterno sacerdote, desde su Corazón
inmaculado de madre, me aliente y nos aliente a seguir siendo sacerdotes,
según el Corazón de su Hijo Jesucristo. Que así
sea mis amados hermanos.