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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Cuarto Domingo de Adviento.

Domingo 19 de diciembre del 2004

EMMANUEL: DIOS CON NOSOTROS

Alabemos a nuestro Dios, Padre, Hermano y Abogado nuestro, que está siempre con nosotros; camina con nosotros toda la vida en todos sus instantes, momentos y situaciones felices y tristes, de éxito y de fracaso, porque su nombre es Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.

El domingo pasado, tercero de Adviento, coincidió con la solemnidad de nuestra Señora de Guadalupe y meditábamos en la primera lectura cuyo texto hoy también se nos propone en la liturgia universal de este domingo. Que valga la pena haberla ya meditado un poco recientemente para que podamos concentrar nuestra atención en profundizar un poco más en la segunda lectura y, especialmente en el evangelio.

Baste recordar, por ahora, de una manera concisa, cómo el profeta Isaías invitaba al rey Ajaz a confiar en la fidelidad de Dios a la promesa, hecha a su padre David, de que siempre le mantendría un sucesor suyo en el trono y que por lo tanto no debería temer invasión alguna de sus enemigos, ni menos acudir a ayudas extranjeras porque nunca hacen un servicio gratuitamente. Esto nos va a ayudar a entender un poco más el sentido del anuncio que el ángel del Señor hace a José.

En el evangelio que hoy hemos escuchado, y a manera de un relato, san Mateo nos transmite la experiencia de fe de la Iglesia que desde sus orígenes cree que Jesús nació por obra del Espíritu Santo del seno de María, la virgen, según la profecía de Isaías.

Hermanos muy queridos, el nacimiento virginal de Jesús nos debe llevar más allá de una reflexión meramente moral, como frecuentemente lo hacemos, llevados por una actitud moralista que, desgraciadamente se queda en la superficie del misterio. A la luz de la tradición más auténtica cristiana, vemos que la intención del autor (tanto el humano como el divino, pues no se oponen) es la de mostrarnos que el nacimiento de Jesús, con todas las circunstancias, tan especiales como exclusivas, ponen de manifiesto la gratuidad y singularidad de la acción de Dios para salvar al género humano incapaz de hacerlo por sí mismo.

Quiere el texto, en otras palabras, hacernos ver que la fe cristiana consiste en aceptar el don que Dios nos concede en la misma encarnación de su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre. La culminación de la obra de Dios por salvarnos empieza con la Encarnación de su Hijo. Por eso el texto evangélico nos habla del cumplimiento de la profecía de Isaías  como prueba muy puntual de la fidelidad de Dios a David que, representando no sólo al pueblo elegido, sino a toda la humanidad, recibió la promesa de que uno de su linaje sería Mesías y Salvador. La fe cristiana consiste, pues, en la aceptación de Jesús como salvador y Dios. Jesucristo realiza su obra salvífica desde su Encarnación gracias a la libre aceptación de María y su ‘sí’ fiel y obediente hasta su Resurrección gloriosa. Toda su obra, pues, realiza el proyecto salvador de Dios para el hombre.

Por eso, hermanos, todo lo que gira en torno a Jesús entra en el proyecto salvífico de Dios. Así, no solamente Jesús, cuyo nombre significa “El Señor salva” sino también José es protagonista, junto con María, de esta última etapa de la salvación, y lleva también lleva un nombre significativo en el proyecto de Dios para salvarnos. En efecto, el nombre de José significa “Que Dios añada” refiriéndose seguramente a los hijos con que Dios bendice a los justos. José, a pesar de no haber tenido hijos de su carne y de su sangre, Dios le añadió mucho más que eso encomendándole legalmente a su propio Hijo: un hijo extraordinario cuyo nombre no sólo significa, sino realiza la salvación, porque Él mismo es la salvación del mundo.

Además de María, José es también, por tanto, una figura ejemplar en el Adviento, es decir, en la espera del Salvador. Como la virgen, José es modelo de la espera por su confianza no sólo en Dios sino también en María. José le creyó a Dios y su fe es modelo de fe del creyente que no tiene evidencias sino sólo la Palabra de un Dios fiel y lleno de amor que cumple sus promesas llevando a cabo sus planes para beneficio nuestro.

La intervención de san José en la historia de salvación es muy significativa ya que se le encomienda poner el nombre al hijo de María: Tú le pondrás por nombre Jesús dice el texto sagrado. En la cultura hebrea donde nace la Biblia, poner nombre significa intervenir en el ser de aquello que se conoce de una  manera misteriosa. Por tanto, eso significa que José toma parte en la obra de Jesús. Dice un autor que “poner el nombre es, en cierto modo, un acto creador” (Trilling).

Nosotros, queridos hermanos, podemos, si queremos, ser protagonistas de esta historia, si, como María y José, Isaías y el Bautista, aceptamos el papel de instrumentos al servicio del que viene. Dios siempre ha querido contar con una especie de mediadores, y espera que nosotros le sirvamos hoy para llevar esta buena noticia de salvación a muchos, a todos los que la anhelan y están abiertos a ella. Pero esto sólo sucede si nos llenamos del espíritu del nacimiento de Jesús. Este misterio de amor tiene que llenar todo nuestro ser, pues de otra manera sólo tendremos fiesta, y peor aún, tendremos descanso, o tal vez ruido diferente, tal vez tengamos regalos y sentimientos nobles, pero no habrá encuentro con el misterio. De esta forma, mis hermanos no puede darse la verdadera alegría y la paz que tanto anhelamos. Es necesario que todos sepan que Dios está con nosotros, que el nombre de nuestro Dios es Emmanuel.

La Eucaristía, queridos hermanos, es la más perfecta expresión de fe de que Dios viene para quedarse en medio de la Iglesia. Y María nos acompaña en esta espera cuando decimos después de la consagración: ¡Ven, Señor Jesús!

 
 
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