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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad de la ASCENCIÓN DEL SEÑOR.

23 de mayo de 2004

UNA FIESTA DE ESPERANZA Y COMPROMISO

         Hermanos: ¡Bendito y alabado sea nuestro Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo que en su bondad infinita nos ha llamado a ser continuadores de la obra salvadora de su Hijo amado! En efecto, mis hermanos, ¡hasta dónde ha llegado la excesiva caridad de Dios por nosotros que, a los que creemos en Cristo y pertenecemos a Él, nos ha llamado a ser, en la historia presente, quienes, en nombre suyo, llevemos a cabo su obra de salvación, mediante el testimonio de la fe y de la obras! ¡Bendito y alabado sea!

        La fiesta de la Ascensión, hermanos míos, estrechamente ligada a la unidad del misterio pascual, es para nosotros ocasión de valorar el ser de la Iglesia y su acción en el contexto misterioso de la Pascua. Dice el papa san León Magno que “Al ir por delante la Cabeza, la Ascensión de Cristo es ya nuestra propia exaltación” Esto es el fundamento de nuestra esperanza a la vez que la razón de nuestro compromiso de ser testigos de las cosas celestes sin dejar las de la tierra o —si se quiere ver de otra manera— de vivir comprometidos en las cosas de este mundo para conducirlas a su plena realización en el cielo, según el proyecto divino de hacer que Dios sea quien consuma todo en todo (2ª. Lectura) en Cristo.

        Después de su pasión, Jesús se presenta vivo entre los suyos, de un modo nuevo y superior, pero camina y come con ellos, en este mundo al que son enviados, como testigos de su resurrección, a anunciar el perdón de los pecados y la vida que Dios ofrece a todos como hijos de Dios a fin de que, procedentes de todas las naciones del mundo y llevados por el Espíritu, formen un la única Iglesia por la que Dios quiere salvar a toda la humanidad.

        Hoy, mis queridos hermanos, san Lucas nos narra un mismo acontecimiento de dos formas distintas. Es, de notar que él es el único que nos menciona —y dos veces— este hecho: para concluir su evangelio y para iniciar la segunda parte de su obra. Parece decirnos el autor que donde termina la obra de Jesús comienza la obra de la Iglesia.

        Según el texto evangélico, el hecho tuvo lugar en el mismo día de la Pascua, en el día de la resurrección, en cambio, según el libro de los Hechos —del cual escuchamos la primera lectura— sucedió cuarenta días más tarde. No pensemos hermanos, que se trata de dos hechos distintos o de un descuido del autor. Recordemos que los autores sagrados no pretenden transmitirnos hechos puramente históricos —aunque no dejan de ser históricos—, sino que intentan, sobre todo, presentarnos los hechos con toda la trascendencia y con todas la implicaciones y repercusiones que tienen en la fe y en la vida de la Iglesia.

        De esta manera, hermanos, podemos entender que “la ‘ascensión del día de Pascua’ viene a significar la humillación de Jesús en la muerte y su exaltación gloriosa como Señor del universo. Alude sobre todo a su suerte personal. Es, en definitiva, el contraste entre la cruz y la gloria que san Pablo canta en su gran himno cristológico de la carta a los Filipenses (2,6-11). Subraya al mismo tiempo el sentido de despedida, diciendo que se separó de ellos (51).

        La ‘ascensión de los cuarenta días’, en cambio, está enmarcada en un contexto eclesial. Son los albores de la nueva comunidad. Más allá de la suerte personal de Jesús, se viene a proclamar el comienzo de un tiempo nuevo. Es el tiempo de la Iglesia que, siendo distinto del de Jesús, es prolongación y continuidad del mismo. La Ascensión es como el gozne que separa y une a la vez el tiempo de Jesús y el de la Iglesia” (Juan Apecechea, Desde el Evangelio, 410).

        En otra palabras, mis hermanos, la Ascensión señala una nueva forma de presencia del Resucitado. Él quiere estar presente en el mundo a través de la Iglesia. Ya no lo vemos, menos todavía lo ve el mundo; pero lo puede ver si quiere en las comunidades eclesiales y en la toda la Iglesia universal.

        Decíamos que esta fiesta es de esperanza y de compromiso. Como esperanza es la garantía de nuestra propia ascensión con Él a nuestro destino final, ya desde ahora, pero unidos a Él. Como compromiso es la toma de conciencia de nuestra responsabilidad de asumir dinámicamente nuestro papel de cuerpo de Cristo vivo que actúa en la historia mientras vuelve. Esto significa, hermanos, muy concretamente, que él quiere seguir mostrando su amor a la humanidad a través de la Iglesia; que quiere seguir salvando a través de ella; que quiere acercarse a los pobres, a los marginados y a los que menos cuentan a través de todos y cada uno de nosotros; que quiere consolar a los afligidos, orientar a los confundidos, perdonar e iluminar a quienes viven en tinieblas y sombras de muerte, mediante el ministerio y la caridad de sus ministros y de todos los fieles, en general. ¡Es el tiempo de la Iglesia o, si queremos entenderlo así, el tiempo del Cristo vivo a través de la Iglesia.

        Esto, mis queridos hermanos, es una grave responsabilidad que tenemos todos como Iglesia. Y aquí estamos todos muy comprometidos. No es responsabilidad de la Jerarquía y del laicado por separado. No, juntos hemos de dar testimonio de nuestra misión. Y en la Eucaristía expresamos el mayor signo de esta conciencia y del empeño que tenemos, bajo el impulso del Espíritu, de cumplir con alegría y gratitud, pero también con generosidad, la noble misión que se nos ha encomendado.

        Estamos seguros de que Nuestra Señora, Santa María de Guadalupe, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, está siempre presente en esta tarea y ella nos alcanzará de su Hijo las gracias necesarias para vivir de acuerdo con esta noble misión. Se lo pedimos también a nuestro hermano, su embajador fiel: san Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

         Que así sea.

 
 
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