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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Tercer Domingo de Cuaresma.

14 de marzo del 2004

SI NO SE CONVIERTEN, PERECERÁN

          Bendigamos, hermanos, a Dios nuestro Padre, pues por el amor que nos tiene, nos concede una vez más un tiempo de gracia para reconciliarnos, mediante su amor, con Él, con nosotros mismo y con nuestro prójimo. Amén.

          La palabra que Dios nos regala hoy nos invita a revisar cuál es la imagen que tenemos de Dios. A veces tenemos la idea de que el Dios de la Antigua Alianza es totalmente distinto y hasta negativo. Pero no es así, pues en la primera lectura se nos presenta un Dios que, en primer lugar, tiene que ver con la historia del pueblo. Precisamente por este especto, este texto es uno de los más profundos de la historia de la salvación, pues nos encontramos con una afirmación de la presencia histórica de Dios: Desde la promesa hecha a Abraham hasta el momento en que esa promesa tiene cumplimiento ahora en el momento de la liberación del pueblo que Dios va a protagonizar frente el Faraón.

          Liberación es el concepto que define mejor la salvación. “Liberados o salvados de…” y “liberados o salvados para…” indican los dos aspectos de la salvación verdadera. El negativo y el positivo. La iniciativa es siempre de Dios que entra siempre en los eventos humanos. La zarza ardiente es el signo de esa presencia, a manera de una teofanía. El nombre con que Dios se revela y se identifica no significa de ninguna manera algo estático. Sino todo lo contrario. Podría significar: el que es y hace ser. Los hebreos lo verán como aquel que con la liberación hizo existir al pueblo. Y así es hermanos, sabemos que el éxodo no sólo es liberación sino también y principalmente llamada a una nueva manera de existir.

          Por eso, mis hermanos, este evento fundador del pueblo de Israel significó para todos sus miembros la vocación a ser libres, de manera que cuando pecan volverán a sufrir, a lo largo de su historia, la esclavitud por parte de otros pueblos. Para nosotros los cristianos, este acontecimiento va más allá: a la luz del acto redentor de Cristo, es un signo de liberación interior, es decir, de la fuerza del pecado, para ser verdaderamente pueblo de santos. Como a los hebreos, según el Señor Jesús, también sobre los cristianos, si nos separamos del camino trazado por Dios, tendremos que sufrir las consecuencias de nuestros pecados, pero no como castigo de Dios.

          En la segunda lectura, san Pablo se sirve del éxodo para amonestar a los corintios (y a nosotros). Recurriendo a la Escritura, se nos ofrece un buen ejemplo de cómo ella nos ayuda a corregirnos, a educarnos, a convencernos y a formarnos en la justicia y la santidad. Los salvados del éxodo, señala Pablo, se separaron de Dios y lo mismo puede sucedernos a nosotros. Para alcanzar la salvación, mis hermanos, no basta la acción de Dios; es imprescindible la colaboración humana. ¡El que crea estar firme, cuídese de no caer!

          La explicación de Jesús del sentido de dos acontecimientos que, si fueran de nuestra época, aparecerían en los diarios (como el acto terrorista de Madrid) nos autorizan también a nosotros para reflexionar: Una desgracia, cualquiera que sea su origen; sea una catástrofe natural o producida por los hombres, como es el caso de España, de ninguna manera puede tomarse como señal de castigo. Más bien vemos a lo largo de toda la Escritura que el Señor es un Dios rico en misericordia y lento a la ira; no es un Dios vengador o justiciero, como solemos oír entre la gente. Desde luego que Dios no puede estar manipulando la libertad de la gente y utilizarlos para castigar, por más que a veces así se exprese la misma Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento. No, hermanos, considerarlo así es no querer ver las cosas con honestidad y verdad. Solemos buscar siempre culpables para desentendernos de nuestras responsabilidades.

          Hermanos, estos acontecimientos nos deben hacer reflexionar sobre la necesidad de nuestra conversión. No nos podemos quedar en la superficialidad del amarillismo. La mayoría de los males de este mundo son consecuencia de nuestro actuar egoísta, materialista y soberbio y absolutamente carente de sentido social y mejor dicho en palabras cristianas, de sentido fraternal. Es tiempo, mis hermanos, de que asumamos con honestidad la parte de culpa que tenemos en los males que nos aquejan, no sólo en las personas o en las familias, sino en los ámbitos político y económico tanto a nivel nacional como internacional. Las desgracias de los hombres, donde se encuentren, sean de la nación, raza o credo que sean, no pueden ser ajenas a nuestra conciencia y a nuestra responsabilidad.

          Hermanos, es necesario que aprendamos, de una vez por todas, que la tinieblas no se combaten con más tinieblas, que la violencia no se sofoca con violencia sino con luz, con perdón, comprensión y mediante los canales institucionales de una sociedad civilizada. Gracias a Dios no entramos como nación en ese juego de poder, de soberbia y ciego. Pero lo más importante es que aprendamos que, como cristianos, veamos en qué debemos cambiar individual y comunitariamente para evitar que la violencia y el desorden salvaje nos envuelva y nos lleva a situaciones de muerte que, ciertamente nos son queridas por Dios.

          Todos somos pecadores, hermanos. Y necesitamos hacer penitencia, es decir, caminar por las vías de la conversión a Dios y a nuestros hermanos, incluidos quienes nos ofenden. Esos son los frutos que el Señor Jesús espera de nosotros. En el evangelio de Lucas, que acabamos de escuchar, la higuera es símbolo de cada uno de nosotros.

          Pidamos a nuestra Señora, nuestra Madre de Guadalupe, que interceda por nosotros los cristianos del mundo y de nuestro país, para que no dejemos de experimentar el amor paternal y misericordioso de nuestro Dios, y seamos dignos hijos suyos en nuestras relaciones con quienes no lo conocen o lo conocen mal. Pidamos especialmente por nuestros hermanos que sufrieron el ataque terrorista para que perdone los pecados de los difuntos y les de su paz y a los sobrevivientes les de su gracia, su consuelo y un crecimiento en su esperanza.

           Así sea.

 

 
 
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