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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Quinto Domingo de Cuaresma.

28 de marzo del 2004

¡DICHOSO AQUEL CUYA CULPA ES ABSUELTA…! (SAL 32,1)

      Hermanos: Se acercan los días de hacer presentes y actuales los misterios de nuestra redención. Abramos la mente y el corazón al amor misericordioso del Padre a fin de recibir en la gratitud y en la alegría los dones que ha a tenido a bien concedernos por medio de su Hijo amado.

      Cada domingo, mis hermanos, la Palabra de Dios es nueva y sorprendente, pues, si nos abrimos a ella, realiza sus maravillas en medio de nosotros y con cada uno de nosotros. En la santa Cuaresma la Palabra ocupa un lugar principal, ya que es ella la que nos va mostrando la voluntad de Dios en el proceso de nuestra conversión, a la vez que nos alienta y nos fortalece para seguirla.

      Este domingo somos invitados, una vez más, a experimentar esta realidad misteriosa en nuestro camino hacia la celebración de la Pascua. Los invito, entonces, mis hermanos a acercarnos a esta Palabra para dejarnos instruir por ella.

      El profeta Isaías nos coloca frente al futuro que Dios tiene proyectado realizar con su pueblo elegido y que nosotros, en la perspectiva cristiana, vemos extendido a todos los pueblos de la tierra. Se trata de una realidad nueva en la que el hombre no tiene más que aceptar y entrar en ella. El pasado ya no cuenta, ni vale la pena recordarlo, pues Dios hace nuevo todo. Ahora, según el profeta, lo importante es ver hacia adelante. San Pablo nos propone hacer un esfuerzo, como el que él mismo hace, para alcanzar plenamente como bautizados lo que ya en gran medida hemos recibido de esta novedad realizada por Cristo. Esto exige, mis hermanos, un profundo conocimiento del Señor, así como nuestra participación en sus sufrimientos.

      El evangelio nos ofrece hoy, para nuestra consideración, un pasaje del evangelio de Juan pero de estilo lucano. En realidad, sólo a duras penas, cuadra con el contexto propio de los capítulos 7 y 8 de este evangelio, y los mismos estudiosos nos se explican qué tiene que ver ahí este episodio del que, por otro lado, podemos, agradecer a Dios su gran valor tanto literario como kerigmático. Se trata de una trampa, una de tantas, que los jefes de los judíos ponen a Jesús para así tener de qué acusarlo. Es una trampa que sus enemigos permanentes le ponen a manera de un dilema, con el que pretenden ponerlo contra la pared; y esperan que se pronuncie. Pero se trata de un problema falso, pues no es necesario confrontar la misericordia con la justicia.

      Decimos, mis hermanos, que el texto es muy kerigmático porque más que nada proclama la misericordia de Dios propia de Él y exigida a los seguidores de Jesús. Podríamos decir que se trata de una realización práctica del ‹‹quiero misericordia y no sacrificio›› (Os 6,6; Mt 12,7) y del ‹‹no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores›› (Lc 5,32) así como de aquello que dice el profeta Ezequiel: ‹‹Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva›› (33,31). Precisamente lo que considerábamos, mis hermanos, el domingo pasado.

      Este pasaje del evangelio nos muestra a Jesús realizando su misión con toda su fuerza y toda su profundidad. Pues Él vino a buscar lo que estaba perdido. Vino a hacer nuevas todas las cosas. En Él tenemos, en efecto, la plenitud de lo anunciado por Isaías, de manera que donde hay miseria y pecado sobreabunde el don de la salvación, como dice san Pablo. “Salvación gratuita para la adúltera y salvación inesperada para un pueblo humillado en la deportación: Miren, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando ¿no lo notan?.. haré brotar agua en el desierto y ríos en la llanura…, dice lagrimea lectura. El pasado y la misma liberación de Egipto serán superadas por la nueva realidad.

      Hermanos, esta acción creadora de Dios llega a su plenitud en el encuentro con Cristo, pues es Él quien de las tinieblas hace salir la luz, de un pecador hace un discípulo, de una masa de pecadores se hace un pueblo elegido: Israel, la Iglesia. Jesús extermina el pecado pero salva al pecador arrepentido: no peques más es la palabra liberadora y renovadora. Hace superar el pasado, pasar de lo viejo a lo nuevo con la fuerza de Cristo redentor.

      Jesús, mis queridos hermanos, no ha venido a condenar sino a salvar. Si Él, que no tiene pecado, no lo hace, menos lo puede cualquiera de nosotros. Porque nadie es justo ante Dios según lo dice constantemente la Escritura (vgr. Sal 14, 1-3; Rm 3,9.23). Jesús respeta la ley y condena el adulterio; pero salva y exige la cooperación libre y responsable del pecador arrepentido: no peques más. Al mismo tiempo, apela a la conciencia de los acusadores. Se inclina dos veces a escribir algo en el suelo, como para dar tiempo a que recapaciten en su situación personal y se vean también liberados del grave pecado de condenar.

      De este modo, mis hermanos, Jesús se ocupa de todos. Los fariseos también necesitan ser liberados de su pecado, más aún de su hipocresía. Como la adúltera, tienen necesidad de pasar de la muerte a la vida. Ella es salvada de la muerte con que era amenazada mediante la lapidación; a ellos se les da la oportunidad de verse libres de un crimen que están cometiendo por más que se pretendan apoyarse en la ley; si quieren, pueden ser también perdonados.

      Mis hermanos, podemos quedarnos con esta enseñanza: No es el temor, ni un mero remordimiento de conciencia lo que nos lleva a la conversión, sino la profunda experiencia de ser perdonados; en otras palabras, la experiencia de sabernos amados. Si seguimos pecando, hermanos, es seguramente porque no nos hemos encontrado con el amor. Nada nos recrea como el amor de Dios.

      Pidamos a Santa María de Guadalupe, nuestra Madre, la concebida sin pecado, que nos alcance la gracia de ser misericordiosos y comprensivos con los que sucumben ante la tentación, ya que nosotros también estamos propensos a pecar.

      Amén.

 
 
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