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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en ocasión del Día de las Madres.

10 de mayo de 2004

MARÍA MODELO Y MADRE DE LA IGLESIA UNIVERSAL

       Hermanos y hermanas muy queridos en Cristo: Alabemos y demos gracias al Señor, el santo y todopoderoso y eterno, Dios nuestro en la celebración eucarística de esta noche, en honor de nuestra Señora y Madre María Santísima de Guadalupe.

       Porque Ella es la Madre de Aquel que venció al pecado y, destruyendo la muerte desde su raíz, recobró para todo el género humano la vida que todos los descendientes de Adán y Eva habíamos perdido por nuestros pecados.
En el relato del Génesis que acabamos de proclamar en la primera lectura, hemos escuchado la pregunta de Dios a Adán: ¿Dónde estás? No es que Dios lo ignore. Lo que busca con su pregunta es que Adán, es decir todos nosotros, caigamos en la cuenta de las circunstancias en las que nos encontramos. Es decir, en una situación de pecado y de muerte: un estado de miseria, un trágico estado de fracaso total. Sin Dios, a quien toda la humanidad ha perdido por la desobediencia (San Ambrosio, San Agustín). Pero la pregunta tiene una aspecto positivo, hermanos: es la oportunidad que Dios da a fin de que al reconocer el pecado pueda Él acercase a ayudar (Crisóstomo).
     
      Después que Adán, el hombre, y Eva, la mujer, comieron del árbol, se degradaron. Sintieron miedo, vergüenza, vacío. Es la situación del hombre después del pecado. No necesita más castigo. La manzana prohibida está siempre agusanada.
     
      Pero Dios se acerca al hombre, y aquí empieza la historia de la salvación. Dios se acerca al hombre porque lo ama y se compadece de su situación.
Las palabras de Dios son, sobre todo, promesa. Anuncia la derrota de la serpiente, es decir, del mal que está dentro del corazón del hombre y del mal que está fuera del hombre y lo seduce. Y anuncia la victoria de la mujer y su Hijo. Bendita promesa que hace posible toda esperanza.
     
     
En oposición a la mujer que duda: Eva, hay una joven que cree: María. En oposición a la mujer que, engañada, dijo no, hay una mujer que, iluminada, dijo sí. En oposición a la mujer que llora el pecado, hay una mujer que canta gozosa las misericordias del Señor.
Si Eva fue madre de vivientes, María será Madre de la Vida, si Eva acarreará problemas a sus hijos, a quienes trasmite el dolor y la muerte, María solucionará los problemas de sus hijos, colaborando con Cristo en la redención. Sí, el fundamento de nuestra esperanza siempre es Cristo, pero María nos ayuda, Ella es “camino seguro para llegar, seguir y vivir a Cristo”.
     
      Queridos hermanos: Ante el protagonismo del hombre como pecador y castigado por sus consecuencias, el Hijo de Dios aparece como el protagonista de la santidad y de la salvación por su obediencia total y perfecta. Unida a él estrechamente, por designio divino, aparece María, nuestra madre, con una docilidad a la gracia como ningún otro mortal. Ella, al aceptar la Palabra en la obediencia de la fe, con limpio corazón mereció concebirla en su seno virginal, tal como estaba previsto en el plan divino de salvación del género humano. Además, mis hermanos —como dice el prefacio con que alabaremos esta noche a Dios, nuestro Padre—, al dar a luz a su Hijo, preparó el nacimiento de la Iglesia.
     
      Hermanos, la maternidad divina de María ha llevado a la Iglesia, en su tradición de siglos, y apoyándose en la Escritura, a ver en ella a María como modelo y madre de la Iglesia. Esta noche hemos escuchado dos textos de los cuales el evangelio de san Juan es fundamental. En este texto sagrado, mis hermanos, la tradición de la Iglesia ve en el Discípulo amado a la Iglesia toda que recibe como Madre a María. Además, en la tradición se dice que si María es Madre de la Cabeza de la Iglesia, lo es también del cuerpo.
Así, podremos escuchar hoy en el mismo prefacio, al mismo tiempo que anunciamos como una catequesis, a la manera de un credo (según la ley teológico-litúrgica lex orandi, lex credendi): Ella, al recibir junto a la cruz el testamento de tu amor divino, tomó como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo.
     
      El texto de la segunda lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos hace recordar, por su parte, que ella es su modelo en la oración desde cuando permaneció en la espera de Pentecostés, al unir sus oraciones a las de los primeros discípulos.
     
      Todo esto y más, que por el momento no es posible traer a nuestra reflexión, hace mis queridos hermanos, que hoy honremos a María como madre. No dudemos de acudir a ella como abogada e intercesora segura en todos los momentos y circunstancias de la vida. Y, aunque ella es modelo de toda la Iglesia y de todos y cada uno de sus miembros, hoy la queremos proponer como modelo especial de las madres, a fin de que, a ejemplo suyo, colaboren con Dios en la salvación no sólo de sus hijos encomendados por Dios a ellas, sino que sigan siendo un vivo testimonio de fe, amor y obediencia a Dios por su servicio en el ambiente familiar.
      Terminemos nuestra reflexión con una mirada agradecida y suplicante a María, Madre de Dios.
     
      Agradecida, porque a su fe, a su disponibilidad, y a su entrega debemos que llegara hasta nosotros la salvación, es decir, Jesús. Ella hizo posible la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Suplicante, porque queremos que a lo largo de nuestro peregrinar no deje de mirarnos con sus ojos misericordiosos. No hace falta más. Si Ella nos mira, en seguida se dará cuenta del vino que necesitamos.
     
      Nuestra Niña y Madre, Santa María de Guadalupe, conoce bien su misión y esta en el cielo y aquí en el Tepeyac, velando por sus hijos -¡tantos!- Seamos también nosotros concientes de este gran potencial que tenemos en María y consecuentes con la dignidad y responsabilidad de ser hijos de tal Madre.
Pongamos en su Corazón bondadoso nuestras intenciones de esta noche y digámosle que vuelva sus ojos misericordiosos a todas las madres vivas y enfermas, a las madres solteras que son ejemplo de superación ante circunstancias por demás difíciles: trabajan, estudian y además atienden a sus hijos; a las madres abandonadas, que son papá y mamá para sus hijos, o que sufren la ingratitud, el olvido o los vicios de sus hijos. No olvidemos a las abuelas o a las tías que son verdaderas madres en ausencia de las madres naturales. Vaya nuestro agradecimiento a esas mamás heroicas que merecen todo el apoyo de los suyos, de la sociedad y de los propios hijos. Oremos también por nuestras madres que se han adelantado en este peregrinar a la Casa del Padre Celestial.

      Amén.

 

 
 
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