Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo
de Ramos.
4 de abril del 2004
NECESITAMOS LA LIBERACIÓN QUE JESÚS NOS OFRECE
Con
la procesión de ramos, mis queridos hermanos, iniciamos hoy
la semana santa. Semana en que la Iglesia actualiza, como memorial,
es decir, haciendo presentes, los misterios más importantes
de nuestra redención: la pasión, la muerte y la resurrección
de nuestro Señor Jesucristo.
Son días santos, de sentimientos, consideraciones y actitudes,
por demás encontrados. A la vez que sentimos tristeza y angustia,
lo menos que podemos hacer es agradecer y alegrarnos por la bondad
y la misericordia de Dios nuestro Señor y nuestro Hermano Jesucristo.
Como una gracia de Dios llegamos hasta sentir desilusión de
nosotros mismos, para confiar menos en nosotros y esperar más
el auxilio de Dios que se nos concede por medio de Jesucristo nuestro
Salvador.
El
Domingo de Ramos, mis hermanos, nos introduce en esta experiencia
del misterio de la muerte y de la vida. Como los judíos felicitamos
a Jesús y, en él, a nosotros mismos, pues en lo que
Él es y hace nos vemos gratamente involucrados y altamente
favorecidos. También nosotros, como sus contemporáneos,
no acabamos de entender bien a bien qué es lo que Jesús
hace, pero alcanzamos a percibir que es para nuestro bien; nuestro
sumo bien. Ésta es la razón de nuestro gozo. Vivimos
y expresamos una fe tal vez muy entusiasta y poco profunda que exige
hondura y solidez. Y esto sucederá, —¡Dios lo quiera!—
en los días siguientes, especialmente al final, en el día
de la resurrección.
Pero
en el día en que vamos a conmemorar la Última Cena,
el jueves santo, tendremos ya un adelanto que iluminará y dará
el sentido al triduo pascual: viernes santo, sábado santo y
domingo de resurrección. Hoy, Domingo de Ramos, se nos presenta
la obra de Jesús de una sola mirada; vemos en conjunto cada
momento de las últimas horas de Jesús. Desde su entrada
decidida y tan segura como generosa a Jerusalén, el lugar de
su derrota y de su muerte, según los criterios de este mundo;
lugar de su victoria sobre la muerte, el odio, la soberbia y el pecado,
según los proyectos divinos. ¡Qué paradoja! Contemplaremos
al dueño de la vida, muerto y humillado; veremos la gloria
de Dios, como nos lo hace ver san Juan, en la muerte ignominiosa de
la cruz.
La
procesión, con que hemos iniciado la celebración, nos
ha ayudado un poco a vivir y a considerar estos misterios.
Al
final de esta semana, queridos hermanos, la Vigilia Pascual nos permitirá
vivir, en una noche, lo que debe ser la actitud permanente del cristiano:
la espera vigilante de la vida eterna que se manifestará en
la resurrección del Hijo de Dios. Su triunfo es nuestro triunfo
si desde ahora, en nuestra vida ordinaria, que transcurre en medio
de tantas dificultades, carencias y pecados, nos esforzamos por vivir
cada momento en la observancia de sus mandamientos, principalmente
el mandamiento del amor.
Que
santa María de Guadalupe, la Virgen Madre, nuestra Señora,
nos acompañe en este camino de la pasión, muerte y resurrección
de su Hijo, para llegar con Él, a la gloria de la Resurrección.
Amén.