Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo
XI del Tiempo Ordinario.
13 de junio de 2004
QUIEN AMA CUMPLE TODA LA LEY
Hermanos: La gran misericordia
de Dios, nuestro Padre se sigue manifestando en nuestro tiempo, pues
todo el tiempo ha sido santificado por la muerte y resurrección de
su Hijo. De esta forma nos sigue llamando a vivir en permanente correspondencia
al amor que nos tiene y no cesa jamás.
En los domingos del tiempo
ordinario que hoy reiniciamos, mis queridos hermanos, estamos siguiendo
las enseñanzas divinas a través del evangelio de Lucas y uno de sus
temas fundamentales es la manifestación que Jesús hace de sí mismo,
como el que salva a los pecadores. En este sentido Él se proclama
ya como Dios, puesto que en la conciencia de los judíos sólo Dios
puede perdonar los pecados.
Como siempre, las lecturas
de la Sagrada Escritura nos invitan a descubrir, a valorar y a acoger
en la obediencia de la fe, las bondades de un Dios rico en
misericordia, que antes de que el pecador se arrepienta, se
muestra dispuesto al perdón y a la reconciliación. Y, más aún
mis hermanos, la Escritura nos muestra constantemente que Él llega
a hasta señalar los caminos o las formas que le convienen al pecador
arrepentido para su regreso y su conversión a la amistad con Dios.
Es este el caso que podemos
ver en la primera lectura. David llega al arrepentimiento, y por
tanto al perdón, porque se ha hecho sensible y dócil a la palabra
de Natán, el profeta, que en definitiva reconoce como Palabra
de Dios. Esta Palabra divina, reprueba la conducta que lleva en su
vida el rey elegido y puesto por Dios al frente de su pueblo. El procedimiento
del profeta para reclamar los derechos de Dios es típico del estilo
profético que consta: de una denuncia abierta y clara de la situación
de pecado, que consiste fundamentalmente en la no observancia
de la ley; enseguida hace una enumeración de los beneficios que
Dios ha concedido al pecador, en este caso, David; después se
pronuncia una amenaza de castigo por el o los pecados cometidos;
y finalmente, viene la oferta del perdón ante el arrepentimiento.
Vemos en este pasaje, mis
hermanos, que la Palabra de Dios, es decir, la Biblia, como enseña
san Pablo, no es útil sólo para enseñarnos sino para también para
ser corregidos y educados en la justicia (cf. 2Tm 3,16).
El Nuevo Testamento, queridos
hermanos, nos hace ir más allá de esta visión ya de por sí admirable
de Dios para con su pueblo y, podríamos decir que, en general, para
la humanidad. En la antigua Alianza se hacía hincapié en la fiel
observancia de la ley que, muchas veces —como hoy— se hacía
sólo de una manera formalista y externa. A partir de Cristo, san
Pablo nos enseña en la segunda lectura, tomada de su carta a los Gálatas,
que no es el cumplimiento servil de la ley, sino la fe lo
que justifica, es decir, hace entrar en el orden de la salvación,
en tanto que la justificación nos hace morir con Cristo y nos da su
vida. Admitir otras formas u otros medios par salvarse como la de
fincar la salvación en el estricto cumplimiento de la ley, significaría
afirmar que la muerte de Cristo ha sido en vano.
Pero la mejor y más completa
enseñanza, mis queridos hermanos, nos la da el mismo Jesús
en esta página tan conocida del evangelio, con el toque personal de
Lucas como evangelista de la misericordia. Valdría la
pena repasar ese diálogo entre Jesús y el fariseo Simón que, murmuraba
internamente de la actitud y la actuación de Jesús ante aquella pecadora.
Solo quiero subrayar aquí por la brevedad del tiempo de que disponemos,
las actitudes del fariseo y de Jesús, para sacar las consecuencias
para nuestra vida a la luz del mensaje de Cristo. El fariseo,
por inclinación natural, se considera bueno porque dice observar la
ley con todo su rigor. Su actitud es tan arrogante y su seguridad
de tal modo excesiva, que se cree con la capacidad de juzgar no sólo
a aquella mujer, sino también a Jesús.
Frente a esta actitud del
fariseo, Jesús aparece ejerciendo, una vez más, la misericordia
de Dios. Jesús provoca un encuentro fundado en la misericordia
divina invitándonos, tanto al fariseo como a nosotros a ver los
valores que trae el verdadero arrepentimiento. Así, la mujer pecadora
tiene un encuentro de amor y de perdón, de manera que en su fe
encuentra la salvación, mientras el fariseo, que representa
al tipo de aquellos que se creen tan justos que hasta Dios les debe,
se ve privado de esta oportunidad de experimentar el amor de Dios.
Esta breve reflexión, nos
lleva, mis queridos hermanos, a caer en la cuenta de que para ser
salvados y, por eso, ser llevados a la vida eterna, es necesario
que aceptemos que somos pecadores y necesitados de salvación,
esa salvación que el Padre nos ofrece por la fe en su Hijo Salvador.
Aceptar a Jesucristo en la vida personal es aceptar el amor gratuito
de Dios que es lo único que salva. Que salva para la vida eterna,
y que libera hoy del pecado. Quiero, decir, hermanos, que si pecamos
es porque no nos dejamos amar gratuitamente por Dios. Digámoslo
de otra manera: si nos dejáramos amar verdaderamente por el Padre
en el amor de su Hijo, ya no tendríamos que pecar.
El hombre liberado del pecado
se convierte en liberador de otros. Y no hablamos, necesariamente,
de la liberación de la ignorancia, del hambre, de la enfermedad y
del abusos de la estructuras opresoras. Toda
clase de esclavitud tiene su origen en la más profunda esclavitud
del pecado que se manifiesta en la orgullo,
en la soberbia, la mentira y la prepotencia. Cuando Dios nos libera
de esto, podemos emprender con sentido aquellas otras liberaciones.
Más aún, vienen prácticamente como efecto de la primera. Esta liberación
se da, digámoslo una vez más, sólo en el amor.
Hermanos, cada Eucaristía,
que celebramos con devoción y verdaderamente conscientes de las exigencias
que implica, posibilita todo esto, pues lo que celebramos es precisamente
el amor y la misericordia de Dios para con nosotros.
Que María, nuestra Señora
de Guadalupe que preside este sagrado recinto nos alcance la
gracia de experimentar la misericordia de Dios y la comprensión y
amor a nuestros hermanos alejados de este influjo de la gracia.
Amén.