Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Quinto
Domingo de Pascua.
9 de mayo de 2004
SIMPLE Y SENCILLAMENTE AMAR
Demos gracias, hermanos, a Nuestro buen Padre Dios que, por el bautismo,
nos ha hecho hijos en su Hijo único para que, enseñados
por Él, seamos imagen viva del amor con que somos amados. En
efecto, mis hermanos, Jesús, en su mandamiento nuevo y único
nos ha pedido que, amándonos, demos el signo verdadero de su
misterio, pues hemos sido llamados a ser testigos del Dios vivo y
verdadero que es amor (cf. 1Jn 4,8).
Hermanos, el acontecimiento pascual ha inundado al mundo con su luz
y con su alegría haciendo nuevas todas las cosas. En este privilegiado
tiempo pascual no podemos dejar de admirar y contemplar los misterios
del amor de Dios. El misterio no es oscuridad; no es en sí
algo negativo, sino al contrario, es exceso de luz; es algo que, de
acuerdo a nuestra naturaleza humana, hecha de tiempo y espacio, necesita
precisamente eso: tiempo y espacios adecuados para asimilarlo; y más
para vivirlo. Dicho de otra manera: si el misterio es considerado
como exceso de luz, significa, entonces, que es imposible recibirlo
de golpe y que en cambio, se necesita tiempo y paciencia para comprenderlo
y penetrar en él.
La Iglesia, siempre sabia y prudente, nos invita a recorrer durante
cincuenta días los misterios de la Pascua precisamente para
tener la oportunidad de asimilar y vivir más intensamente el
misterio que entrañan la pasión la muerte y la resurrección
del Señor que vive y se hace presente en medio de su pueblo.
Por eso, mis hermanos, domingo a domingo, convocados por su Espíritu,
nos reunimos para caminar juntos e ir descubriendo el amor de Dios,
sus dimensiones, así como sus exigencias. Sabemos que él
se hace presente en medio de nuestra asamblea para explicarnos las
Escrituras. De esta manera su Palabra se hace alimento y sustento
de la vida espiritual, así como la fuerza que tanto necesitamos
para andar por los caminos de sus mandamientos.
Es así, hermanos, como es superada la dificultad que encontramos
para cumplir el mandamiento del amor fraterno, pues el mismo que nos
exige nos da la ayuda para cumplir lo que nos pide. Podemos estar
seguros, mis hermanos, que Jesús no nos exige nada que Él
no esté dispuesto a ayudarnos a conseguir. San Agustín
de Hipona, comprendiendo esta gran verdad oraba así “Concédeme
lo que me pides y pídeme lo que quieras”. Y más
todavía eso que Él nos pide Él mismo lo ha llevado
a cabo a la perfección.
Por eso con toda autoridad nos dice: “ámense unos a otros
como yo los he amado”. Y en esto, nadie como Él es tan
coherente puesto que, con su muerte aceptada en la obediencia y en
el amor, antes de morir había dicho: Nadie tiene amor más
grande que quien da la vida por sus amigos (Jn15,13).
Nada nos configura más a Cristo que no sea el amor a Dios y
a nuestro prójimo. San Juan en su primera carta nos advierte
que Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1Jn 4,7b),
pues como Dios es amor, el que permanece en el amor permanece en Dios
y Dios en él (1Jn 4,16b). Así que, hermanos, no podemos
ser verdaderos discípulos de Jesús si no amamos. Éste
es el distintivo genuino de nuestra pertenencia a la familia de Cristo.
Este es el signo; nuestra carta de identidad. No hay otro por vistoso
o atractivo que sea.
Si alguien dice que Jesús pide imposibles. Tiene razón.
Pero recordemos lo que en otra ocasión dijo: Para los hombres
es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible
(Mc 10, 27). Por eso no podemos intentarlo sin la ayuda de Dios. Es
necesario intentarlo unidos íntimamente a Cristo en el amor
y en la obediencia. Sólo con Él podemos soñar
en alcanzar imposibles.
En el amor fraterno se manifiesta la vida nueva a la que hemos nacido
en la Pascua de nuestro bautismo. Esto es tan cierto que si no lo
experimentamos profundamente, es probable que todavía no hayamos
pasado de la muerte a la vida. Nosotros sabemos que hemos pasado de
la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece
en la muerte (1Jn 3,14) afirma sal Juan en su primera carta.
Por eso la característica de quienes han resucitado a una vida
nueva, es decir, de quienes han sido salvados, mediante el bautismo,
es el amor fraterno; por encima de cualquier otro signo. Se trata,
cierto, como ya hemos dicho, de algo muy difícil, pero que
no por eso deja de ser exigencia de Jesús. Si permanece es
porque es un desafío que podemos ir alcanzando en la medida
de nuestro esfuerzo personal con la ayudad e Dios y el apoyo de los
demás. Lo importante es no dejar de luchar por lograrlo. Se
trata de una opción fundamental de la vida cristiana.
La Eucaristía, mis hermanos, es punto de partida y punto de
llegada de este distintivo cristiano. Esto quiere decir, que en la
medida en que comprendemos y asimilamos el misterio pascual que celebramos
cada domingo en la Eucaristía, vamos necesitando vivirlo en
la vida diaria y en sus diferentes ámbitos, por un lado. Y
por otro, significa que en la medida en que practicamos el amor a
la manera del de Cristo, podemos con mayor autenticidad celebrar lo
que es signo cultual por excelencia del amor de Dios hacia nosotros
y de la unidad de todos los creyentes.
Está claro, entonces, mis hermanos, que nos puede faltar cualquier
cosa, pero si nos falta el amor al prójimo, no estamos siendo
verdaderos discípulos de Cristo. Pidamos a nuestra Señora
y Maestra, Santa María de Guadalupe, la Virgen Morena, su intercesión
para que su Hijo nos conceda, con la donación de su Espíritu,
amar como Él ama y así demos al mundo la prueba más
clara de su presencia liberadora.
Amén.