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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo de la Ascención del Señor.

Domingo 8 de mayo de 2005

NO, YO NO DEJO LA TIERRA
 (Himno de I Vísperas)

Alabemos, Hermanos, a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo porque envió a su Hijo a salvarnos por el amor que nos tiene y nos ha dado su Espíritu por alcanzar la filiación divina que es el tesoro prometido a quienes creen esperan y aman.

Mis hermanos, estamos a una semana de culminar la cincuentena pascual con la que hemos celebrado al Señor muerto y resucitado para nuestra salvación. Ha sido una Pascua muy especial en la que Dios nos ha bendecido con el término del largo, fecundo y luminoso ministerio del Papa Juan Pablo Segundo, para después darnos a su sucesor el Papa Benedicto Dieciséis.

Estos acontecimientos son parte de la historia de salvación, porque Dios no nos salva sino a través de situaciones reales de la historia, la del mundo y la de cada uno de nosotros. Esto es así, hermano, porque desde que el Verbo entró en el mundo Él se hizo también parte de la Historia. Se hizo tiempo y espacio asumiendo la historia humana.

Y así es hasta el día de hoy. Él no se ha ido para alejarse de nosotros, sino, al contrario, para estar más cerca (Prefacio) aunque de una manera misteriosa. Su presencia actual es un reto a nuestra fe y al amor que le profesemos. Más aún, hermanos, Él ha querido hacerse presente en el mundo a través de nosotros, su Iglesia.

Es éste el mensaje de la fiesta de la Ascensión del Señor. Pero acerquémonos un poco a las lecturas para escuchar ahí lo que Dios nos quiere decir.

Las lecturas nos ofrecen diferentes perspectivas de este misterio íntimamente ligado al de la resurrección. Hasta podemos decir que es una manera de ver la Resurrección. En la Ascensión se nos invita a contemplar la glorificación y la exaltación de Cristo en quien se manifiesta todo el poder y la fuerza de Dios en beneficio de la humanidad. Él es el todopoderoso y eterno, pero no como alguien ajeno al hombre desplegando su poder sobre éste como si sólo quisiera hacerle sentir quién es quién.

De ninguna manera, mis hermanos. Él es un Dios tan sorprendente que, sin dejar de ser el Señor de la creación y de la Historia, es alguien que en su proyecto misericordioso ha querido asociar al hombre en su proyecto misterioso de amor por el hombre.

Hermanos, la fiesta de la Ascensión nos invita a descubrir la misión de la Iglesia, pueblo de Dios, por medio de la cual quiere salvar a la humanidad. Él es el Señor de la Iglesia y su alma es su propio Espíritu. Esta gran verdad misteriosa es el fundamento del ser y el quehacer de esta gran comunidad creyente. Y es que nuestra misión de Iglesia, mis hermanos, es precisamente hacer visible a Cristo. Por eso decimos, con san Pablo, que somos el cuerpo de Cristo (segunda lectura). Somos la epifanía o manifestación de Cristo en el mundo. Éste es su deseo cuando dice que hemos de ser testigos suyos (primera lectura). Sin esta conciencia no es posible un cumplimiento humilde y obediente de la misión que se nos encomendó desde el principio, según nos lo refiere san Mateo en el evangelio de hoy.

San Pablo dice en la carta a los efesios, segunda lectura de hoy, que Cristo es Señor de toda criatura no sólo actual sino futura. Esto querría decir, me parece, que si Cristo es Señor del futuro, también la Iglesia, su cuerpo, tiene también proyección hacia el futuro, al futuro definitivo. Cuando nos encontremos cara a cara con Dios. Pero lo importante es que ya desde ahora nos encaminamos a ese encuentro. Para eso fuimos creados y destinados.

La Ascensión nos hace contemplar nuestra verdadera vocación que se funde, en cierto modo, con la propia misión, la individual y la comunitaria. La misión de la Iglesia no puede ser sino una continuación en el presente de la misión de Jesús. Por eso, Jesús les dice a sus discípulos que recibirán la fuerza del Espíritu Santo (v.8) de la misma forma como Él fue concebido en el seno de María (Lc1,35), como decimos en el Credo: por obra del Espíritu Santo.

Hermanos, si nuestra misión es anunciar a Jesucristo mediante el testimonio, según los Hechos (v. 8) y hasta el fin del mundo como nos los indica Mateo, quiere decir que tenemos ante nosotros, por medio de la Palabra, la consigna de reflejar constantemente sin desfallecer al Señor de la historia que salva hoy al hombre. “Viviendo como hijos del Padre celestial atraerán a otros,… a la alianza con Dios. Serán una luz hacia la que serán atraídas todas las naciones” (A. Leske, en Comentario Bíblico Internacional, 1209).

Hermanos, esta presencia del Señor, se da de una manera privilegiada en nuestras celebraciones eucarísticas, aunque no sólo. El Señor Jesús, antes de sufrir la pasión que culminó con su muerte, expresó su deseo de quedarse con nosotros, así lo escuchamos hablar el domingo pasado, según en evangelio de san Juan, y lo acabamos de escuchar hoy en el evangelio de san Mateo. Cuando nos reunimos para orar, para agradecer y para alabar en las asambleas dominicales, anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección mientras vuelve.

Y cuando salimos de esas celebraciones de fe, vamos muy fortalecidos y decididos a dar el testimonio de nuestra fe ante un mundo muchas veces hostil y escéptico. Es entonces cuando comienza la prueba más contundente de que somos seguidores del único y verdadero Dios. Cuando con perseverancia y paciencia vamos abriendo caminos al amor y a la paz con la práctica de la justicia y la búsqueda de la verdad.

Acudamos a María, nuestra Señora y Madre de Guadalupe, figura y madre de de la Iglesia, para suplicarle su cercanía constante y su intercesión para de  que podamos, como ella, responder a la vocación y a la misión que nos señala el Señor y maestro de ser perseverantes testigos suyos con la vida misma. Amén

 
 
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