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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del Domingo de Ramos de la Pasión del Señor.

20 de marzo del 2005

LA VIDA ES PARA DARLA

Bendito sea el que viene en el nombre del Señor Dios nuestro. Bendito sea Jesús que nos amó hasta el extremo de dar la vida por nosotros. Bendito sea su Espíritu Santo que nos conduce con su gracia por los caminos de la pasión de Cristo para llegar a la gloria de la Resurrección.

Hermanos, iniciamos hoy la semana más importante del calendario litúrgico. La santa cuaresma nos ha venido preparando para esta experiencia de la Pascua del Señor. Permítanme, mis hermanos, insistir en la importancia de esta celebración medular de nuestra fe católica señalando que tiene cuarenta días de preparación y cincuenta de prolongación, pues recordemos que el tiempo pascual dura cincuenta días y culmina con la fiesta de Pentecostés.

La pascua, queridos hermanos, da sentido a todas las demás celebraciones de la Iglesia. Todas están vinculadas de alguna manera con ella. Lo mismo sucede con las prácticas cristianas, pues están vinculadas a ella como a su fundamento.

Es por eso de suma importancia que meditemos una vez más en este misterio de amor que llena de sentido nuestra vida y ennoblece y dignifica la creación entera.

Todo comienza, mis hermanos, en el gran proyecto de salvación para la humanidad; en la voluntad soberana y misericordiosa de nuestro Padre Dios de poner las bases de la salvación en su Hijo amado. Este proyecto se mantiene como promesa durante mucho tiempo y, de una manera privilegiada, en el pueblo judío que él eligió para manifestar en la historia su plan de amor para salvar al hombre.

Con la encarnación de su Hijo este proyecto, mis hermanos, llega a su cumplimiento, pues es él precisamente quien con su muerte aceptada en la obediencia de amor a su Padre y de su amor al hombre, su hermano, lleva a la plena realización ese plan divino

Es sólo en este contexto de amor como podemos, los cristianos hacer una celebración por la muerte de nuestro hermano mayor y Señor Jesucristo. Con su muerte nos dio la vida verdadera que ¡sólo de él! ¡De nadie más! puede venir.

Hoy contemplamos, hermanos, el misterio del Dios-Hombre, del Dios-Hermano de la humanidad cumpliendo las promesas hechas por Dios a nuestros Padres.

La profecía de Isaías nos muestra al Siervo de Yahvé firme en el sufrimiento, en la ignominia y en el aparente fracaso, prefigura la suerte de Cristo, el manso y humilde que no opuso resistencia alguna a la voluntad de su Padre, ni se resistió a la maldad de los hombres. Él estuvo seguro, hasta su muerte, de que el plan de su Padre era un don suyo, como oferta de salvación para todos los hombres. Por eso se sometió, por obediencia, a la muerte más oprobiosa, contrastando, así, con la soberbia y la desobediencia de Adán que hundió a la humanidad entera en el pecado y en la muerte.

Contemplemos, hermanos, acompañados de la Virgen Fiel, Santa María de Guadalupe, en un silencio meditativo, esta semana, pero especialmente durante el triduo santo, la gloria de Dios en el trono que su Hijo eligió para servirnos desde allí como nuestro Rey y Señor: en la cruz, el signo de su amor fiel a Dios y al hombre. Y, a partir de este acto supremo de amor, preguntémonos cómo le corresponderemos al Señor por todo el bien que nos ha hecho. Amén.

 
 
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