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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del XXXI Domingo Ordinario.

Domingo 30 de octubre del 2005

FIELES  ¿A DIOS, A LA RELIGIÓN, A LA FE, A LA LEY…?

Demos gracias a Dios, nuestro Padre por la bondad con que nos educa, a pesar de la incomodidad y el malestar que nos causan sus palabras como las que el día de hoy dirige a su Iglesia. Si verdaderamente entendemos lo que es educar, no debe extrañarnos que nuestro Maestro y Hermano fiel Jesucristo, se dirija de vez en cuando a nosotros de una manera tan directa y por demás violenta.

Sí, hermanos, no conviene olvidar que la Palabra de Dios es, por su naturaleza, incómoda y desconcertante. Eso se debe —y ojalá lo entendamos cada vez mejor—, quizá, a que nuestras formas de ver, vivir y actuar van ordinariamente en sentido opuesto a su enseñanza y a sus exigencias. ¡Claro que su visión de las cosas no es la nuestra! Y cuando nos atrevemos a oír lo que nos dice, la reacción no se hace esperar, y va a consistir precisamente en defender la postura que tanta seguridad falsa y orgullo nos ha generado.

Aunque los textos, tanto del profeta Malaquías como el del evangelio, fueron invectivas contra los dirigentes religiosos, por el hecho de ser Palabra viva de Dios para nosotros, éstos —como regalo de Dios— son la oportunidad de que todos, como Iglesia, reflexionemos y revisemos nuestras actitudes de coherencia, honestidad y humildad respecto a la fe que decimos profesar. Es un tema muy actual que cuestiona nuestra autenticidad cristiana.

El texto profético de Malaquías, en la primera lectura, nos reporta la maldición de Dios sobre los sacerdotes, y las bendiciones de éstos, porque han desviado al pueblo al que debían conducir por los caminos de la verdad y la justicia. Con sus enseñanzas han pervertido la verdadera religión y sólo han servido de tropiezo para muchos que los escuchaban y los seguían. Por eso Dios mismo los desacredita delante del pueblo.

Como contrapartida, en la segunda lectura, escuchamos el propio testimonio de san Pablo en su primera carta a los tesalonicenses. Él ha sido para ellos como una madre en cuanto que, por el amor tan entrañable que les prodigó, estuvo dispuesto hasta a dar, junto con el evangelio, la vida por ellos si hubiera sido necesario. Si continuamos leyendo esta carta, veremos a Pablo hablando en otro tono. Un tono grave con el que exhorta a vivir de una manera digna de los hijos de Dios (4,7; 5,5-10). Vemos, entonces, al apóstol desempeñando su función de maestro y pastor de una manera responsable y amable con quienes le han sido encomendados.

La palabra más fuerte de este domingo, hermanos, la escuchamos, con toda su fuerza y autoridad, de labios de Jesús. Para entenderla mejor no debemos olvidar el contexto en el cual lo hemos venido escuchando los tres domingos anteriores. Recordemos que se trata del contexto de una ríspida relación con las autoridades judías, especialmente las religiosas. Jesús se ha dirigido a ellos, con paciencia y modo, para disuadirlos de su resistencia a aceptar el mensaje de salvación que les ofrece. Ellos, en cambio, se han cerrado a escuchar al Maestro y se han, aferrado, por el contrario, a defender neciamente sus puntos de vista muy cortos e interesados acerca de Dios, de la religión y de la práctica de la Ley.

En el capítulo 23, el evangelista Mateo, recoge los principales reclamos que Jesús hizo a estos hombres. Las expresiones son muy fuertes y muy directas. Los siete reclamos tienen en común la denuncia de una doble moral y de la hipocresía. En efecto, los líderes religiosos se han hinchado tanto que ejercen un verdadero autoritarismo religioso sobre el pueblo colocándose ellos como punto de referencia en la observancia de la Ley.

Pero un sencillo análisis de sus actitudes de arrogancia y supuesta santidad nos hace ver algo que nos puede suceder, y de hecho nos sucede, hoy en la Iglesia. Es un riesgo de todas las religiones; y sucede por confundir la religión con la fe. Hermanos, la fe no es la religión, aunque aquella se expresa generalmente en signos religiosos. La fe es algo muy profundo y misterioso. Tiene su origen en Dios, pues, como decíamos el domingo pasado, es don suyo. Es un don al cual el hombre responde libremente desde lo más profundo de su ser mediante una filial adhesión obediente y amorosa. Por el contrario, la religión es principalmente, expresión y práctica externa; y cuando está fundada en la fe la expresa genuinamente. No están peleadas, pero no son lo mismo. Podríamos decir que la religión está por debajo de la fe, está a su servicio, como su expresión externa.

La Ley, especialmente la divina, está inscrita en el corazón humano como parte de su ser. Está en su conciencia y puede ser abrazada libremente cuando el creyente la descubre como un don precioso de Dios, para su propio bien y para alcanzar la felicidad. Cuando esto sucede, estamos, mis hermanos, frente a un acto de fe. Por eso la fe se expresa principalmente como obediencia, como actitud interna. Pero hay leyes que supuestamente son como glosa de la ley divina, pero inventadas por los hombres, cuya función es la de hacerla práctica en la vida ordinaria. El problema se da cuando las leyes secundarias se absolutizan y llegan a ocupar el lugar de la primera. Por eso, podemos decir que no siempre obedecer, sin más, equivale a obedecer a Dios. No siempre es lo mismo ser observante de leyes que creyente. La fidelidad a la religión se da por la observancia de las leyes que la rigen. El legalismo está muy lejos de una auténtica observancia por la obediencia en el amor. Y es lo que sucedía con los fariseos y doctores de la ley, que cain en la hipocresía, a vivir una doble moral y en la arrogancia y autosuficiencia. Jesús no está contra la autoridad. Nos dice obedézcanles y hagan lo que les digan, pero no imiten su ejemplo. La ley puede ser justa y es necesaria en la convivencia social y no siempre la observan quienes están encargados de enseñarla y exigir su observancia. Pero eso no debe ser justificación para que no nos rijamos por ella. No se está proponiendo la anarquía. Todavía hay gente muy infantil que sigue en todo, sin crítica alguna, lo que manda la autoridad; pero también hay gente no menos infantil, que se opone sistemáticamente a toda determinación u ordenanza de la autoridad. Y todavía hay gente que usa, como argumento para alejarse de toda práctica religiosa, la mala conducta de los dirigentes religiosos.

Nuestra fe, en la obediencia y en el amor, no puede depender de la coherencia o incoherencia de los sacerdotes o de la gente observante de las prácticas religiosas. Es cierto que la predicación, como ya lo hemos dicho repetidas veces, es más eficaz cuando va acompañada por las obras. Así actuó Jesús. Pero tengamos siempre presente que, fuera de Él, todos somos seres humanos muy limitados y en proceso de conversión y de crecimiento. Todos los seres humanos podemos, en algún momento, decepcionar y ser  causa de escándalo. Alimentemos mejor nuestra fe en el único que no decepciona: Jesús, el maestro a quien escuchamos cada domingo y quien nos adherimos existencialmente en la comunión eucarística y el compromiso de solidaridad fraterna en la caridad.

Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, maestra de verdadera devoción y de fidelidad al Evangelio nos enseñe a decir, como ella, un ‘sí’ auténtico fiel y permanente al Señor de la verdad y de la vida. Amén.

 
 
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