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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del XXXII Domingo Ordinario.

Domingo 6 de noviembre del 2005

¿POR QUÉ VIGILAR?

Queridos hermanos: Demos gracias a Dios que nos mantiene a la expectativa para hacernos desear permanentemente su misterio, y nos va dando señales que, a la luz de su Espíritu, hemos de saber interpretar a fin de hacer su voluntad y así lograr el encuentro con Él.

La vigilancia, hermanos, no es una actitud que nos guste, especialmente cuado somos objeto de ella. Nos parece un atentado a nuestra intimidad. De acuerdo. Que no se nos vigile; pero sí que se nos cuide. De esta manera entonces, se vigila nuestro entorno para prevenir, para advertir, para asistir y ayudar en caso necesario.

Es un hecho, mis hermanos, que vigilamos para evitar situaciones desagradables: el robo, una posible agresión, un accidente… o bien para estar preparados a recibir algo agradable: la llegada de una visita, la entrega de algo que esperamos porque se nos ha prometido, una buena noticia…

La vigilancia algo tiene que ver con la esperanza, pues es una expresión de la esperanza. Porque esperamos a partir de algo que se nos ha prometido: una visita, una promoción en el trabajo, un premio, un resultado, el regreso de un ser querido… vigilamos, pues, en general, porque esperamos y nos disponemos anímica y activamente para alcanzar o conseguir lo que se no ha prometido o nos hemos propuesto obtener.

La primera lectura de este día, tomada del libro de la Sabiduría, un documento bíblico del siglo anterior al nacimiento de Cristo, considera esta experiencia de la búsqueda y de la espera como expresión de la sabiduría. Se Podría decir que es de sabios saber esperar. Se espera con sentido. Es decir, no esperamos más que lo que la razón y la inteligencia nos dice que se puede esperar. La emotividad acompaña la espera, pero no debe hacernos que la desvirtuemos. El texto que acabamos de escuchar termina diciendo que la sabiduría personificada sale al encuentro de quien la busca, pues es don de Dios, y en los siguientes versículos afirma que la sabiduría comienza con el deseo de instrucción, desear la instrucción es amarla, amarla supone obedecer sus leyes, observar sus leyes es garantía de inmortalidad y la inmortalidad nos acerca a Dio; así, el deseo de la sabiduría nos conduce al reino (v. 17-20).

Tenemos, entonces, mis hermanos, en este texto los elementos para comprender a fondo lo que Jesús nos dice en el evangelio sobre la vigilancia. Ésta ha de ser una espera inteligente y prudente, es decir con sabiduría. Por eso lo primero que deberíamos pedir es sabiduría, como don de Dios, pues es la que nos permite cumplir, desde el amor, la Ley.

Pero veamos, como siempre, cómo podemos entender mejor el texto evangélico, situándolo en su contexto. Nos encontramos en un contexto diferente al que veíamos los tres domingos pasados, exceptuando el de las misiones. El de hoy es el del, así llamado, ‘Discurso escatológico’, el último de los cinco discurso que contiene el evangelio de san Mateo. Pero el evangelista, al citar las palabras de Jesús, intenta dar una respuesta a la situación que vive su comunidad: “El retraso de la venida del Señor y el paso del tiempo, han hecho que aparezcan [en esa comunidad] signos de abandono, negligencia, rutina y enfriamiento. El evangelista les recuerda las palabras de Jesús que confirman la certeza de su venida [es decir, su regreso] y la necesidad de preparar este gran acontecimiento, viviendo las enseñanzas del Señor” (Comentario introductoria a 24,1-25,46 en la Biblia de América). San Mateo nos reporta tres parábolas de Jesús con las que nos exhorta, tanto a los primeros destinatarios de su comunidad, como a nosotros. Y, según ésta de las jóvenes previsoras y las descuidadas, la preparación consiste, en primer lugar, en la vigilancia perseverante.

Pensemos, ¿por qué debemos vigilar? Me parece, hermanos, que la vigilancia, antes que nada nos mantiene despiertos, atentos, activos. Tenemos la vigilancia, en primer lugar como experiencia de vida. Si vigilamos, significa que estamos vivos. Vigilamos porque necesitamos prever, para medir nuestras capacidades, de manera que podamos hacerle frente a cualquier adversidad o amenaza. Es decir, vigilamos para estar preparados, pues nos sabemos, cuándo ni cómo pueda darse un imprevisto. Vigilamos para tomar las medidas necesarias para salir al paso de lo que pueda venir.

Si esto se aplica, mis hermanos, en la vida ordinaria, también tiene aplicación en el campo de la fe, que es en el que nos encontramos en este momento para apropiarnos la Palabra de Dios. Podemos, entonces añadir, y a la luz de la primera lectura, que vigilamos porque nos interesa conocer la voluntad de Dios y necesitamos ver y entender sus señales para poder cumplirla. Creemos, en efecto, que Dios jamás se calla, que está, más bien, en diálogo con nosotros, y por eso necesitamos estar atentos a sus palabras. Y porque Él nos habla también a través de los acontecimientos, nos mantenemos firmes con la luz del amor, esperando qué nos quiere decir a través de ellos. Dios pasa por nuestra vida, la individual y la comunitaria, la de toda la Iglesia, en la historia.

Hermanos, la Eucaristía de cada domingo nos mantiene permanentemente en estado de alerta. Nos mantiene el amor que celebramos, experimentamos, nos comunicamos y agradecemos en los encuentros dominicales de la familia de Dios en torno a su Hijo. El encuentro con su Palabra, el testimonio de unos para con otros, la experiencia del perdón por su sacrificio en la cruz y el amor que significa su vida entregada por nosotros, así como la comunión que fortalece nuestra solidaridad en el amor fraterno fincado en el amor de Dios, todo esto nos mantiene en vigilante espera para alcanzar lo que se nos promete por la fe. En esto consiste la necesidad de la misa dominical.

Quiera Dios concedernos siempre el don de la perseverancia con el auxilio amable y entrañable de nuestra Señora de Guadalupe que nos cuida e intercede por nosotros. Amén.

 

 
 
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