Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del III
Domingo Ordinario.
Domingo 23 de enero del 2005
VOCACIÓN
Y CONVERSIÓN
Hermanos,
Dios nos ha llamado a la salvación por medio de su Hijo amado, Jesucristo.
Alabémoslo y démosle gracias por este gesto de amor sin medida
para con nosotros, que hemos conocido su mensaje y nos hemos puesto
en camino tras las huellas de su Hijo.
Hermanos
la vocación fundamental y necesaria para todos es la que nuestro Padre
Dios nos ha dado a todos los miembros de esta humanidad a la que pertenecemos.
Es muy probable que Dios nos haya llamado a la existencia con la
única finalidad de ser felices. Y todo ser humano experimenta
esta necesidad desde lo más profundo de su ser. Pero también todos
tenemos la experiencia de que mientras más la buscamos con nuestros
propios recursos, más nos equivocamos y la alejamos de nosotros.
Dicho
de otra manera, hermanos, que el llamado de Dios a la felicidad
perfecta es algo que llevamos muy profundamente en nuestro ser, pero
no sabemos cómo hacerlo realidad. La doctrina constante de la
Iglesia es que el hombre está imposibilitado para ello porque ha sido
herido profundamente por el pecado.
Por
eso hoy resulta muy interesante que valoremos la vocación como
sinónimo de conversión. De hecho en la historia de grandes vocaciones
encontramos la conversión como respuesta inmediata al llamado.
Sin
embargo, mis hermanos, el proceso entre vocación y conversión comienza
un poco más atrás: en la luz que Dios arroja sobre nuestra vida
para que veamos cuál es la dignidad a la que somos llamados y
cuál es la grandeza de su misericordia en este proceso. Veamos
cómo ilustran las lecturas de hoy estas verdades tan vivas como misteriosas
que todos experimentamos permanentemente.
La
primera lectura, que hoy escuchamos una vez más del profeta Isaías,
se sitúa en la historia del pueblo de Israel, precisamente en
los momentos en que los pueblos del Norte, se convirtieron en provincias
asirias. Tiempos en que esa región empezó
a perder su identidad de pueblo de Dios, pues se contaminó de prácticas
paganas de los muchos pueblos que fueron llevados como esclavos
de los asirios. En ese contexto tan oscuro para el pueblo el profeta
anuncia la salvación como una luz. Se trata de la liberación y
la paz que resplandecerán como obra de un nuevo y misterioso rey en
el futuro. Esta buena noticia llenó de júbilo a los que anhelaban
y suspiraban por la salvación.
Este
texto es retomado por el evangelista Mateo que hoy escuchamos.
Aquí se nos dice que Jesús es quien con su actuación cumple esta
profecía de Isaías cuando afirma que el pueblo inmerso en las
tinieblas ha visto una gran luz; sobre aquellos que habitaban en
tierra y sombras de muerte, una luz le brilló. Se refiere, mis
hermanos, precisamente a la situación de abandono espiritual en
la que vivía en tiempos de Jesús un buen número de hebreos de
aquellas regiones paganizadas. El Señor aparece, entonces, como la
luz que se ocupa principalmente de las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt
10,6; 15,24).
En
ese ambiente, el de Galilea, es donde Jesús comienza
su predicación y donde recibe las primeras respuestas de conversión
en vistas al Reino. Notemos, mis hermanos que se nos dice en el
relato evangélico que la respuesta se concreta en un ‘dejar’ y
un ‘seguir’. ‘Dejar todo’, es la forma como el evangelista nos
habla de una conversión, es decir, de un cambio radical de manera
de ver, pensar y de actuar. Seguir a Jesús es, por otro lado, expresión
de una fidelidad y perseverancia en la fe aceptada y en la cual se
compromete la vida entera.
Hermanos,
Dios es luz y en él no hay tinieblas porque Él habita en una luz
inaccesible (1Jn 1,5; 1Tm 6,16). Para nosotros los cristianos,
es Jesús el vivo reflejo de la luz del Padre que ha brillado sobre
nuestro mundo, nuestra tierra; la tierra de todos o la de cada
uno de nosotros. Pues él mismo dice yo he venido como luz en el
mundo para que quien cree en mí no permanezca en tinieblas (Jn 12,46).
Cuando
fuimos bautizados, los cristianos fuimos arrancados de las
tinieblas de pecado para ser sumergidos en la luz de Cristo. Desde
entonces, somos luz en el Señor, por eso hemos de comportarnos como
hijos de la luz (Ef 5,8). Hermanos, según
lo que hemos dicho antes, esto no será posible sin la conversión.
Ésta podría entenderse muy bien precisamente como el paso de las
tinieblas a la luz. Pero debemos saber también que no es algo
que se hace de una vez por todas. Mis hermanos, la conversión es
un proceso permanente que nunca termina en nuestra vida. Y es
un proceso que podemos sostener si seguimos fiel y perseverantemente
a Jesús durante toda la vida.
Por
otro lado, hermanos, el bautismo nos capacitó para reflejar la
luz de Cristo ante el mundo. En esto consiste la vocación de ser
mensajeros de estas buenas noticias. Como el Bautista, y después Cristo,
todos los bautizados somos evangelizadores por vocación. Esta
noble labor de ser mensajeros no sólo se realiza por medio de palabras
sino, más que nada, a través del testimonio de vida de todos y
cada uno, es decir, como individuos y como comunidad, sea ésta
familiar, parroquial, diocesana o universal.
Por
tanto, hermanos, hagamos de nuestras comunidades todas, un faro
de luz de Cristo, en medio de las tinieblas de un mundo alejado
de Dios con intereses puestos en muchas cosas que lo niegan. La
Eucaristía dominical, mis hermanos, es el medio más perfecto
que la Iglesia tiene para mantenernos en el proceso de conversión
y donde mejor nos preparamos para cumplir la misión que por vocación
hemos recibido en el bautismo.
Estamos
celebrando el Octavario por la unión de los cristianos. Muy al principio
se cumplía el deseo de Jesús: que todos sean uno. Así
se pudo escribir aquello de que los creyentes tenían un solo
corazón y un alma sola. Pero no tardaron en surgir disensiones.
Pablo acusa con tristeza a la iglesia de Corinto: Me he enterado
de que hay discordias entre ustedes… y andan divididos.
Seguimos
divididos. Cierto que se han dado y se siguen dando pasos de acercamiento,
esfuerzos favorables a la unión. Esta iniciativa del Octavario
es uno de ellos. Aprovechemos estos días para orar con más insistencia
la oración de Jesús: <<Padre santo, a los que me has dado
guárdalos en tu nombre para sean uno como Tú y yo somos uno>>
(Jn 17, 11). El que reza, el que desea la
unidad, ya se está acercando a ella. No es la unidad institucional,
doctrinal o litúrgica, pero es unidad espiritual, una unidad en el
amor.
Seguramente
María, Nuestra Niña y Madrecita; Nuestra Señora de Guadalupe y
nuestro querido San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
nos acompañan en estos propósitos. Amén.