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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del X Domingo Ordinario.

Domingo 5 de junio de 2005

CONOCIMIENTO Y SEMEJANZA

Hermanos, nunca dejamos de sorprendernos ante la novedad de la Palabra, pues cada vez que el Espíritu tiene a bien mostrarnos el misterio de amor del Dios único y verdadero, estrenamos algo de ese misterio en el que nos vemos venturosamente involucrados. Esta fascinación del misterio de Dios nos lleva a un conocimiento que no tiene fin, como una sed que no se apaga, pero que satisface nuestras necesidades más profundas y sentidas de criaturas en busca de absoluto, de eternidad, de plenitud.

La primera lectura, hermanos míos, nos invita al conocimiento de Dios. Aparece este concepto dos veces: al principio y al final del trozo del Antiguo Testamento que acabamos de escuchar, y en el evangelio, las palabras que Jesús cita del profeta: misericordia quiero y no sacrificios, se encuentran precisamente en paralelo con conocimiento de Dios, más que holocaustos. Es decir, se dice que Dios prefiere misericordia y conocimiento de Dios más que sacrificios, aunque sean holocaustos que eran el tipo de sacrificio perfecto.

Según el profeta Oseas, Dios está esperando que el pueblo se convierta, que vuelva a Él. El pueblo, por su parte, expresa su deseo de conversión, apoyándose en la certeza de la fidelidad de Dios que perdona y levanta a los pecadores; pero esa conversión es aparente y superficial: como la nube mañanera que, en cuanto sale el sol, se desvanece, o como el rocío, que también a la salida del sol, se evapora. Por eso Dios, por medio del profeta, señala muy puntualmente el origen genuino de la verdadera conversión: el conocimiento de Dios en el amor.

En el trozo bíblico que acabamos de escuchar, el pueblo de Dios entra en escena reflexionando, pero con una actitud equivocada. Piensa atinadamente en la misericordia de un Dios bienhechor y compasivo hacia los pecadores, pero el problema es que piensan que es un deber de Dios para con ellos. No quieren asumir que deben corresponder a la fidelidad de Dios con actos que manifiesten su fidelidad a Dios y a la alianza.

El profeta recuerda al pueblo de la antigua alianza, y nos recuerda hoy a nosotros, miembros del pueblo de la nueva alianza, que la verdadera conversión sólo puede darse si vamos más allá de una religión formalista y meramente exterior y que sea, más bien, la expresión de un amor perseverante, fiel y obsequioso hacia Dios y hacia el prójimo; es decir, como veíamos el domingo pasado, con actitudes de verdadera adhesión a la voluntad divina como expresión viva más de fe que de religión.

Jesús, en el llamado que hace a Leví, el futuro apóstol Mateo, manifiesta, una vez más, la coherencia de ese Dios fiel a sí mismo y al hombre. En efecto, mis hermanos, en la Alianza definitiva de amor de Dios por el hombre, sellada en la sangre de Cristo en la cruz y todavía más en su resurrección, quedó de manifiesto la decisión irrevocablemente amorosa del Padre por salvar al hombre. Así se explica la afirmación de Jesús: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

Hermanos, todos quedamos incluidos en esta categoría de pecadores, puesto que ninguno de nosotros podemos alcanzar la salvación por méritos propios. Así que todos somos llamados, como Leví, a seguir a Jesús, es decir, a convertirnos en discípulos para aprender a vivir como hijos de Dios y algunos ademas que hemos sido llamados al ministerio sacerdotal a actuar “in persona Christí”. Saber esto y vivirlo nos impide sentirnos superiores a los demás y nos impide despreciarlos desde nuestra soberbia. Al contrario, nos hace ser solidarios con todos los pecadores y, a la luz de nuestra experiencia de perdonados, cooperamos a que muchos vivan esta experiencia. 

En este aprendizaje de discípulos, queridos hermanos, tiene que ver mucho el trato permanente con Dios que nos permite el conocimiento que Él quiere que tengamos de Él. Este conocimiento, mis hermanos, no es meramente conceptual, no se trata de saber mucho sobre Dios que —dicho entre paréntesis—, a veces se trata del dios hecho a la medida de nuestros deseos e intereses. No, el conocimiento de Dios es el que nace del amor, es el que se da a través de una experiencia profunda de amor fiel y obediente.

Cuando llegamos a un conocimiento auténtico de Dios es cuando empezamos a pensar como Él piensa, a sentir como Él siente, a hablar como Él habla…, a amar como Él ama. Y entonces, nos interesa lo que a Él le interesa, somos misericordiosos como Él es misericordioso, perdonamos como Él perdona; como Él, amamos la paz, la justicia, el orden… Queremos, como Él, que todos los hombres se salven, porque nosotros mismos hemos sido salvados. Ya no nos sentimos superiores a ningún otro, ni andamos con intrigas, ni ponemos sancadillas a nadie, ni con ambiciones desleales. Nos abandonamos en sus manos para que nos haga a imagen y semejanza suya. Ésta es la obediencia de la fe en el amor. Pero, hay que insistir, sin un verdadero y auténtico conocimiento del único y verdadero Dios no es posible ni la conversión ni el conocimiento cabal de nosotros mismos.

Hermanos: la Eucaristía dominical es la escuela perfecta donde recibimos no sólo la teoría o la doctrina para conocer a Dios, sino recibimos, sobre todo, la fuerza del Espíritu que se nos comunica a través de su Palabra: la Escrita y la del testimonio de quienes nos reunimos para celebrar al verdadero Dios. La reflexión y la oración compartidas con Cristo en el Espíritu nos llevan a ser testigos en el mundo, de cada día y de cada circunstancia, en el que somos enviados de Jesús. La Eucaristía no nos encierra en un grupo egoísta de intereses particulares y de proyectos miopes y obtusos, más bien nos abre los horizontes del único Dios de todos los hombres.

Que Nuestra Señora, Santa María de Guadalupe, la concebida sin pecado, nos acerque, con su intercesión, cada día más a lograr en nosotros la imagen perfecta del hombre, la del proyecto original de Dios, del cual su Hijo e Hijo de Dios es modelo acabado. Que la madre de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote tenga en su corazón de Madre a todos los sacerdotes, particularmente a Sr. Cango. Pedro Rafael Tapia, y nos haga a todos ser según el corazón de su Hijo, Amén

 
 
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