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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad de María, Madre de Dios.

1 de enero del 2005

MARÍA, MADRE DE LA PAZ.

Hermanos, alabemos a Dios, al Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque nos ha dado por medio de María a su Hijo para nuestra salvación y para gloria de su nombre, pués Él es nuestra paz, Él es la reconciliación de Dios, su Padre, con nosotros y la garantía segura de una reconciliación mutua entre nosotros.

Celebramos hoy, mis queridos hermanos, a la Madre de Dios. Es una manera de celebrar a fondo este misterio de amor que se da en Jesucristo, encarnado en el vientre de María, nacido en circunstancias tan especiales, que vivió entre los hombres como cualquier hombre y padeció y murió como un malhechor para resucitar como hombre-Dios. Él es la bendición más alta y sublime de Dios para la humanidad, pues con él nos vinieron todas las gracias de la misericordia de Dios.

Los textos litúrgicos de centran, de hecho, en la persona del Señor, el Hijo de María y en su nombre como salvador nuestro, más que en María. Pero al resaltar su misterio de Dios y hombre, necesariamente se implica a su Madre, pues fue ella la que, por su fe y su obediencia, quedó mas que nadie implicada en la obra divina de la salvación permitiendo que el Hijo de Dios se hiciera hombre y hermano nuestro.

La primera lectura, tomada del libro de los Números, nos sitúa en la mentalidad bíblica que afirma que invocar la bendición de Dios sobre nosotros consiste en invocar su nombre sobre nosotros a fin de que él mismo venga a nosotros como signo eficaz de salvación. Con su bendición Dios nos protege y nos es propicio con sus dones como son la paz, la abundancia de bienes especialmente el de la felicidad.

San Pablo, en la segunda lectura, nos enseña sobre este misterio de salvación, que Dios realizó en la plenitud de de los tiempos, es decir, cuando se cumplió el tiempo previsto por Dios para dar cumplimiento a sus promesas de salvación hechas por medio de Israel a toda la humanidad. Esto comenzó, según el Apóstol, en el momento del nacimiento del Hijo de Dios por el que se introdujo en la historia de un pueblo y se puso bajo la ley  para rescatarnos de la ley y hacernos hijos; por lo cual la adopción no es un simple título jurídico que nos hace herederos, sino que es toda una realidad ontológica, es decir, que comprende todo nuestro ser en su realidad más profunda, como don del Espíritu Santo. Por tanto somos verdaderos hijos de Dios, nacidos por el Espíritu que se nos ha dado.

San Lucas, en su evangelio nos indica en el último versículo del texto de hoy, que Jesús, según la costumbre, fue sometido al rito de la circuncisión mediante el cual se entraba a formar parte del pueblo elegido, recibiendo un nombre que expresaba la misión que el nuevo miembro habría adquirido en la Alianza. El nombre de Jesús, en efecto, indica que será el realizador de la salvación. El Hijo de Dios, pues, al entrar a este mundo por medio de María, asume su misión de redentor o salvador de la humanidad.

Pero no se puede hablar de la humanidad de Jesús sin hacer referencia a María. Ella también tiene una misión en la historia de la salvación: es la Madre de Dios. El concilio de Éfeso (año 431) la declaró solemnemente “Santísima Madre de Dios” a fin de que Cristo fuera reconocido verdaderamente como Hijo de Dios e Hijo del hombre. Esta es, mis hermanos, la razón más profunda y radical del culto y de la devoción que el pueblo cristiano le rinde, puesto que María no recibió ese don para ella sola, sino para llevarlo al mundo.

Dios nos ha bendecido con el don su Hijo, y en esto está implicada íntimamente su Madre. Por eso también la llamamos nosotros, madre nuestra, “Madre de la divina Gracia”, esa Gracia, única e insustituible que es Jesús mismo.

Ahora bien, si Cristo, como dice san Pablo, es nuestra paz (Ef 2,14), es en el nombre de María que la Iglesia celebra la jornada de la paz en todo el mundo: esa paz que María, una de nuestra raza humana, ha encontrado en el infinito abrazo al amor divino: la paz que Jesús ha traído a los hombres que creen en el amor de Dios.

María ha aceptado en nombre de la humanidad la salvación y ha asumido la responsabilidad de ese don al servicio de la paz. Y si queremos, todos con ella somos factores de una paz auténtica y permanente; de una paz que, fundada en Cristo, es definitivamente sólida. ¡Cristo es nuestra paz! Esto es una gran verdad medular de la fe cristiana, porque significa nuestra reconciliación con Dios, fundamentalmente, pero también con todos los hombres y con el mundo que Dios ha creado para nuestro bien y nuestra felicidad.

Pero debe quedar bien claro, mis hermanos, que la paz, según la enseñanza bíblica, no se limita a la ausencia de guerra. Es más bien un concepto muy positivo y dinámico; por eso shalom, el término hebreo, significa también  armonía, desarrollo, crecimiento, progreso. Todo cual no se da sin la justicia, la verdad, el amor y la libertad, como decía el papa y beato Juan XXIII, “las cuatro columnas de la casa de la paz”.  

Su santidad Juan Pablo II , en el mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz de este año, llama a todos los responsables de las naciones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a darse cuenta de que es necesario construir la paz en el mundo, y lo hace a través de las palabras del apóstol san Pablo: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien” (Rom 12, 21). En su mensaje el Sumo Pontífice insiste en que la paz es el resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien vence al mal. Afirma categóricamente que la paz es un bien que se promueve con el bien. Es un bien para las personas, las familias, las naciones y para toda la humanidad; pero es un bien que se ha de custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras buenas.

A Cristo, nuestra paz, nos unimos cada domingo en la celebración eucarística para aprender de Él a ser mansos y humildes desde lo más íntimo de nuestro ser a fin de edificar una nueva sociedad en el respeto y la convivencia fraterna, mediante la igualdad en los derechos y las responsabilidades.

Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, Reina de la paz, nos acompaña con solicitud solidaria en el esfuerzo por dar gloria a Dios en la construcción del Reino de paz que Cristo ha venido a inaugurar con su nacimiento. Amén.

 
 
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