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VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA POR MONS. CONSTANCIO MIRANDA WECKMANN, OBISPO DE ATLACOMULCO EN OCASIÓN DE LA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE ATLACOMULCO, A LA BASÍLICA DE GUADALUPE.

21 de octubre de 2005

El hecho guadalupano de acuerdo a las tradiciones y testimonios que han llegado hasta nosotros, que son las apariciones de la Virgen al indígena Juan Diego, está plasmado en el mensaje que envió a todos los habitantes de esta tierra y la imagen que nos dejó como signo y testimonio. En esto se apoya la fervorosa devoción de México a santa María de Guadalupe; devoción que venera a la Virgen en su imagen del Tepeyac, como a la siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, el Hijo de dios hecho hombre, y Madre nuestra también.

Como en las narraciones bíblicas, aquí también la Señora hace su presentación: “Yo soy la siempre Virgen Santa María Madre del verdadero Dios…” Esto es lo que María declaró sobre su persona para darse a conocer.
Cada una de estas palabras tenía un gran sentido para Juan Diego, que con los datos y verdades de la fe cristiana que había recibido en la doctrina de los misioneros, podía entender sin dificultad quién era la señora que le hablaba.

Enterado Juan Diego de está presentación y convencido de que se trataba de la Virgen Santísima, prestó toda su atención al mensaje que le comunicaba: “Deseo vivamente que se elija aquí un Templo, para en él mostrar y dar todo mi amor… pues yo soy vuestra piadosa Madre”.

Tanto las palabras de María, como su actitud y sus acciones en todo el relato, destacan este hecho o verdad, el cual pone la Virgen como centro de su mensaje y base de la benéfica intervención que va a desarrollar en su acción evangelizadora.

Necesitábamos un templo, no para que María se acercara a nosotros, sino para acercarnos nosotros a Ella, a fin de mantener viva nuestra fe, esencialmente comunitario; para rezar y alabar juntos al Señor; para recogernos en nuestro interior y sentir su acción providente, para formar una comunidad viva por la Palabra y la Eucaristía.

La Virgen, sin duda alguna, no quería solamente mostrarse como piadosa Madre remediando las miserias materiales y los dolores del cuerpo; ni quería tan sólo un templo material donde se conservara su imagen. Era Madre en el orden de la gracia y ante todo, su intención era la de aliviar las miserias espirituales y las penas de alma; era la de borrar de nuestro corazón el culto a las pasiones y esclavitud del egoísmo y la ambición, con sus verdaderos y crudelísimos sacrificios humanos, que se acabarán las luchas, el dominio y la explotación entre los hombres. Quería un templo espiritual en el corazón de cada uno de lo habitantes de esta tierra; quería que animados por la fe y en el amor, todos, indígenas y españoles, vencedores y vencidos, vivieran en paz y en justicia y uniendo sus vidas, culturas y fuerzas, construyendo una verdadera comunidad humana, eclesial y nacional.

Toda la intención y el sentido de las palabras y el proceder de María quedaron expresados en su bendita imagen, signo especialísimo del mensaje y de la acción evangelizadora de María.
En la presencia de la imagen que perdura a pesar de los obstáculos y agentes destructores, se simboliza su continua intervención que evangeliza al pueblo, robustece su fe y anima su piedad. En la apariencia mestiza, la Virgen expresa su intención de unir dos razas y culturas. María ha presidido el acontecimiento histórico y remediado las grandes calamidades. La Virgen congrega en torno suyo a los “moradores de esta tierra y a los demás amadores” suyos, que olvidándose de odios y venganzas, y superadas las miserias y opresiones, se sienten unidos en mutua e íntima comprensión.

Sin embargo, todos tenemos un pequeño círculo en el que nos movemos, nuestro pequeño mundo de la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, la parroquia, un mundo en el que aunque no lo pretendamos, damos continuamente testimonio bueno o malo con el ejemplo de nuestra conducta, con nuestras palabras y decisiones. En este pequeño mundo si podemos influir de tal manera que desaparezca del egoísmo y la injusticia y reinen la paz y la hermandad cristianas.

Transformar y cristianizar nuestro pequeño mundo con nuestra influencia personal, no solo cae dentro de nuestras posibilidades, sino que es parte del compromiso ineludible de nuestra fe, que todos los cristianos contrajimos en el bautismo. San Juan Crisóstomo decía; “No digas; no puedo influir en los demás, porque si eres cristiano es imposible que eso suceda, es más fácil que el sol no brille ni caliente, que el cristiano no brille”

Querida Madre nuestra, María de Guadalupe, hoy hemos venido en peregrinación desde nuestra amada Diócesis de Atlacomulco, habiendo comenzado este caminar el lunes pasado desde la Catedral, corazón de nuestra Iglesia Particular y en este año solamente dedicamos, consagramos queremos decirte que en este año de la Eucaristía también quisimos dedicarlo, animados por la Asamblea Diocesana de Pastoral a la Familia; anima y bendice Señora Nuestra a todas y cada una de nuestras familias, ven a vivir en ellas. Como una ofrenda te traemos el nacimiento de los 12 decanatos que recientemente han surgido, acompaña su caminar pastoral para que lleguen a ser verdaderos espacios de crecimiento, vivencia y madurez de nuestra fe.

Madre de misericordia, maestra del sacrificio escondido y silenciosos, a Ti que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores. Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra.

Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia nonos sueltes de tu mano amorosa.

 

 
 
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