InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías
   
 

Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. José Luis Amezcua Melgoza, Obispo de la Diócesis de Campeche.

6 de agosto de 2005

«Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve».

R. P. Don Próspero Huchín,

Hermanos Sacerdotes,
Queridos peregrinos de Campeche y Campechanos residentes en esta ciudad capital. Hermanos todos en el Señor.

1.- Pronuncio con inmenso amor y reverencia estas palabras, tan sencillas y a la vez tan maravillosas, con las que la liturgia de las Horas pone fin a la oración cotidiana. Con estas palabras que tantos corazones guardan y tantos labios pronuncian en todo el mundo, te saludamos, Oh Madre, tus hijos que formamos la Iglesia de Dios que peregrina en Campeche, y que con gran alegría venimos desde la «tierra del pregonero» donde también es adorado tu Hijo «Jesucristo, a esta tu «casita sagrada» y ante tu sagrada Imagen, para que nos acerques a tu Hijo y nos lo muestres escuchando el llanto y la tristeza, remediando y curando las diferentes penas, miserias y dolores. Nosotros aquí presentes las repetimos juntos, conscientes de que éstas son las palabras con las que la Iglesia, desde hace siglos, te ha saludado a Ti, Madre del Hijo de Dios: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve».

Es grande nuestra alergia, queridos hermanos y hermanas, porque nuestros pasos nos traen aquí. Nos traen a Ti, María, en este Santuario del pueblo de México y de toda América Latina, en el que desde hace tantos siglos se ha manifestado tu amor maternal.

Venimos hoya tu santuario, Madre, como peregrinos para dar gracias a Dios por los dones recibidos a lo largo del año en nuestra Diócesis de Campeche, en las comunidades parroquiales, en los grupos y movimientos apostólicos, en las comunidades de vida consagrada, en el seminario y casas de formación. También venimos para encomendarle los problemas de la Diócesis y de quienes Dios ha confiado a mí cuidado pastoral. Venimos aquí y, como siempre, repetimos con entusiasmo: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve».

2.- ¡Cuántas veces hemos experimentado que la Madre del Hijo de Dios dirige sus ojos misericordiosos a las preocupaciones del hombre acongojado y le obtiene la gracia de resolver problemas difíciles, y él, pobre de fuerzas, se asombra por la fuerza y la sabiduría de la Providencia divina! También lo han experimentado generaciones enteras de peregrinos que acuden aquí desde hace tantos años. Si no fuera así, no tendría lugar hoy esta celebración. No estaríamos nosotros aquí, queridos hermanos, que recorremos juntos los senderos del Tepeyac, siguiendo las huellas de la cruz de Cristo y el camino del amor de su Madre. Este lugar ayuda al corazón y a la mente a penetrar en el misterio del vínculo que unió al Salvador que padecía y a su Madre que compadecía. En el centro de este misterio de amor, el peregrino que viene aquí se encuentra a sí mismo, encuentra su vida, su cotidianidad, su debilidad y, al mismo tiempo, la fuerza de la fe y de la esperanza, la fuerza que brota de la convicción de que la Madre no abandona al hijo en la desventura, sino que lo conduce a Cristo y lo encomienda a su misericordia.

La Virgen María nos acoge hoy en su casita del Tepeyac, hogar de todos los mexicanos, donde nos sentimos escuchados y consolados; donde recuperamos nuestras fuerzas; donde nuestro corazón encuentra la alegría y la paz (Cfr. Is 66,10-14) que ha traído Jesús. A todo peregrino que se acerca a la dulce Señora del Tepeyac, ella le consuela con aquellas tiernas palabras: «Hijo mío el más querido: No es nada lo que te espantó, te afligió; que no se altere tu rostro, tu corazón. Por favor no temas esta enfermedad, ni en ningún modo a alguna otra enfermedad o dolor entristecedor. ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Por ventura aun tienes necesidad de alguna otra cosa?» (NM 118-119)

¡Qué palabras tan sentidas, tan profundas y tan maternales! ¿Cómo no amar a esta Madre común, que con tanto cariño nos trata? Ante un amor tan grande, de nuevo la Iglesia de Dios que peregrina en Campeche, se hace presente en la Basílica de Guadalupe, como todos los años, para venir a hacer su ofrenda de amor a nuestra bendita Madre María de Guadalupe. Como san Juan Diego, venimos con nuestra tilma, con flores y cantos, para decirle a María que la amamos verdaderamente, que amamos a su Hijo Jesucristo, que amamos a la Iglesia y que, a pesar de nuestras fallas humanas, queremos ofrecerle nuestras rosas y nuestra vida misma.

Con esta confianza ya sabemos a quién acudir. Nunca nos sentiremos solos y abandonados, pues estamos bajo la sombra de «la Señora del Cielo». No olvidamos que hablar de la sombra es hablar de la casa; por tanto, estar en la casa de la Virgen, es gozar de su cuidado y estar seguros, como un niño pequeño en el regazo de su madre. Nos protegerás, Madre, como lo hiciste con Jesús. Al amparo de tan buena Madre, estamos tranquilos.

3.- Al amparo de la Virgen de Guadalupe, nuestro pueblo descubre que la Iglesia es una «familia que tiene por madre a la Madre de Dios» (DP 285). La presencia de María no se da en la sombra del anonimato, pues ella suscita en los fieles una experiencia personal de fe, que se expresa en el diálogo y en la oración. Se trata de una presencia femenina que origina un ambiente de familia, de acogida, de amor y de respeto por la vida. «Es presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios», que suscita en el creyente la oración de la ternura, del dolor y de la esperanza (Cfr. DP 291).

«En aquellos días, dice el evangelio, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea» (Lc 1, 39). Este viaje de María, del cual nos habla el Evangelio de hoy, es casi una prefiguración de su singular viaje espiritual que, inicia con el «Sí» en el día de la Anunciación y culmina en el día de la Asunción al cielo en cuerpo y alma. Un continuo caminar hacia Dios siempre iluminado y sostenido por la fe y una fe que progresa cada día. De acuerdo con el plan de Dios, en María «todo está relacionado a Cristo y todo depende de Él» (MC 25). María aceptó este plan de Dios en su vida: En la Anunciación libremente dio su Fiat y se mantuvo fiel incluso en el momento de la muerte del Hijo amado en la cruz. Fue la fiel acompañante del Señor Jesús en todos sus caminos. La maternidad la llevó a una entrega generosa y completa (Cfr. DP 292).

María camina siguiendo los pasos de Cristo. En ella la fe aparece como «don, apertura, respuesta y fidelidad» (DP 296). Como mujer creyente y discípula, se abre a la Palabra y se deja penetrar por ella; vive momentos difíciles, pero supera la incomprensión y el dolor permaneciendo fiel a la Palabra de Dios: cuando no la comprende y queda sorprendida, no la rechaza, sino que la medita y la guarda en su corazón (Cfr. Lc 2,51); y cuando suena dura a sus oídos, continúa llena de fe dialogando con Dios que le habla (Jn 2,4). Por su fidelidad a Dios, en ella se cumple la bienaventuranza más importante: «Dichosa tú, que has creído» (Lc 1,45).

María es ejemplo y modelo de servicio en la Iglesia, pues proyecta su vida y su amor maternal hacia los hombres para Ilevarlos a Cristo. Por su fe, su amor y esperanza, la Virgen María se convirtió en la sierva del Señor. La Sagrada Escritura la presenta como la mujer que, yendo a servir a Isabel su prima que esperaba a su hijo, le hace un servicio mucho mayor: Anunciarle el Evangelio con las palabras del Magníficat. En las bodas de Caná está atenta a las necesidades de los anfitriones y su intercesión suscita la fe de los discípulos (Cfr. Jn 2,11). Todo su servicio a los hombres es para abrirlos al Evangelio e invitarlos a escuchar la Palabra de su Hijo: «¡Hagan lo que Él les diga!» (Jn 2,5).

4.- Con su vida de entrega generosa, María nos ayuda a comprender y a vivir el Misterio de la Eucaristía, pues ella misma ha practicado su fe Eucarística, antes de que la Eucaristía fuera instituida, cuando ofrece su seno virginal para que se encarne el Hijo de Dios (Cfr. EdE 55). «Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1, 45): María anuncia en el misterio de la Encarnación la fe Eucarística de la Iglesia. Cuando al visitar a Isabel, lleva en su seno al Hijo de Dios hecho carne, se convierte de algún modo en el primer Sagrario de la historia (Cfr. TB 67) «donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como irradiando su luz a través de los ojos y de la voz de María» (EdE 55). Y la mirada extasiada de María al contemplar y abrazar a Jesús recién nacido es el modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística, que es encuentro con Jesús.

El feliz encuentro con Jesús en la fracción del pan o en la adoración Eucarística, si realmente creemos en Él y lo experimentamos en nuestra vida, no puede sino Ilevarnos, casi arrastrarnos, a ser sus testigos ante nuestros hermanos, a hablar de Él, a comunicar a otros nuestra experiencia de fe, a dar a conocer quien es Él, etc. La Eucaristía que celebró Jesús con sus discípulos después de su resurrección (Cfr; Lc 24,30-35), los lanzó a la misión de anunciar que el Señor había resucitado. En la etapa actual que vive nuestra Diócesis, la Eucaristía debe ser fuente, centro y culmen de la nueva evangelización que juntos estamos emprendiendo al potenciar la pastoral profética.

La Eucaristía es el alimento del amor pastoral y del entusiasmo evangelizador que necesita el Pueblo de Dios en el inicio del nuevo milenio. ¿Acaso no ardía el corazón de los discípulos de Emaús al escuchar la palabra de Jesús y reconocerlo en la fracción del Pan, fuente de su anuncio misionero? (Cfr. Lc 24,30-35). Ante la fatiga y el cansancio del apostolado, el desánimo, la indiferencia de la oración y la contemplación diarias, así como el poco recogimiento espiritual, Jesús en la Eucaristía se ofrece como alimento para nutrir la vida de fe, sostener el dinamismo evangelizador y renovar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas» (EN 80). Además, fortalece la caridad pastoral que alimenta el nuevo ardor misionero. La Eucaristía, Pan de los débiles que por Cristo se hacen fuertes (2Cor 12,9), nos ayuda a alcanzar la coherencia de vida cristiana necesaria para realizar nuestra misión evangelizadora.

En esta perspectiva, la falta de compromiso y de generosidad, así como el individualismo que puede verse muchas veces en las comunidades cristianas, manifiestan que la comunión eucarística no produce sus efectos mágicamente. Es necesaria la cooperación del hombre que alimenta su devoción, pero que además se ofrece a sí mismo (Cfr. Rom 12,1) junto con el pan y el vino para ser instrumento de unidad y de servicio para transformar el mundo.

La Eucaristía tiende a unificarlo todo. Por eso, su «fuerza generadora de unidad» (EdE 24) es tan importante en una sociedad muy sensible ante las faltas de testimonio y las contradicciones a veces escandalosas de los creyentes. La Eucaristía se encamina a unificar la doctrina y la vida, la celebración de la fe y la relación con los hermanos, la experiencia personal e íntima y la forma de actuar en la vida diaria. Por eso es necesario revisar nuestro modo de celebrar la Eucaristía, nuestra predicación, nuestra catequesis y nuestra espiritualidad, para que la comunión eucarística impregne nuestra comunidad diocesana de toda su fuerza unificadora y podamos avanzar y crecer como creyentes, con una fe más culta, que pueda tener eco en lo que hacemos cada día.

Por eso acudimos hoya María, la mujer Eucarística, pues desde su experiencia de mujer creyente, educa personalmente nuestra fe. Así lo manifiesta el Santo Padre cuando afirma que: «puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la Palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo en una actitud como ésta» (EdE 54)

5.- Los exhorto a poner gran empeño en esta obra tan importante de la evangelización, con la certeza de que no será en vano. La Virgen María de Guadalupe nos dice hoy los mismo que a Juan Diego: «Ten por seguro que lo agradeceré mucho y lo pagaré, y por esto te he de hacer dichoso, te daré felicidad y merecerás mucho que recompense tu fatiga, con que vas a poner en obra lo que te he dado en comisión» (NM 27). Durante siglos hemos experimentado la especial cercanía de la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, venerada en esta Basílica de Guadalupe. A ella, nuestra Madre, queremos confiarle el futuro caminar de nuestra Iglesia diocesana de Campeche y en sus manos ponemos el adviento que hemos comenzado esperando un nuevo pastor.

« Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, Oh piadosa!, ¡Oh dulce Virgen María!».

¡Santa María de Guadalupe, Madre de Dios! Dirige tu mirada a este pueblo de Campeche que desde hace siglos permanece fiel a ti ya tu Hijo.

¡Santa María de Guadalupe, Hija predilecta de Dios Padre! Dirige la mirada a nuestra Diócesis de Campeche que siempre ha puesto su esperanza en tu amor de Madre.

¡Santa María de Guadalupe, Abogada de las gracias! dirige a nosotros la mirada, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, y obtén nos lo que más necesitamos.

¡Santa María de Guadalupe, Virgen pobre y humilde!, abre el corazón de los ricos a las necesidades de los pobres y de los que sufren.

¡Santa María de Guadalupe, Reina de la misericordia! Ayuda a nuestros hermanos campechanos que se encuentran desempleados a encontrar un trabajo, a nuestras autoridades a generar más empleos y a los que se han quedado en la calle a encontrar una vivienda.

¡Santa María de Guadalupe, Reina de la paz! Dona a las familias campechanas el amor que permite superar todas las dificultades de la vida y haznos crecer en el amor, en el aprecio y la defensa de la familia como Dios la ha querido.

¡Santa María de Guadalupe, Esplendor de la Iglesia! Vuelve tus ojos misericordiosos a los jóvenes campechanos y anímalos a caminar con Jesucristo. Envuelve a los niños con el manto de tu protección para que tengan siempre el buen ejemplo y amor de sus padres.

¡Santa María de Guadalupe, Reina de los Apóstoles! Haz que los sacerdotes de la Diócesis de Campeche sigan las huellas de tu Hijo Jesucristo dando cada día la vida por las ovejas que les han sido encomendadas. Anima a las comunidades religiosas de nuestra Diócesis con la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad.

¡Santa María de Guadalupe, Gloria del Espíritu Santo! Obtén para esta iglesia de Campeche la luz del Espíritu Santo, para que pronto tengamos al Pastor que esté al frente de nuestra comunidad diocesana y nos guíe, y ayuda al que ahora entregamos a la hermana diócesis de Colima.

¡Santa María de Guadalupe, Reina de México! En ti ponemos todos los frutos de nuestra vida, de la pastoral de la diócesis; a ti encomendamos la Diócesis de Campeche; en ti confiamos y por eso, una vez más te saludamos con amor y alegría: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve».

 + José Luis Amezcua Melgoza
Obispo electo de Colima y
Admnor Ap. de Campeche.

México, D. F., 6 de Agosto de 2005

 

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina Anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados