Homilía
pronunciada por Mons. Vicente García Bernal, Obispo de la
Diócesis de Cd. Obregón, en
ocasión de la peregrinación de su diócesis
a la Basílica de Guadalupe.
9 de julio del 2005
Muy queridos hermanos sacerdotes, hermanas religiosas,
hermanos y hermanas todas en Cristo Nuestro Señor y particularmente
peregrinos que vienen de nuestra Diócesis de Ciudad Obregón, peregrinos
de la Diócesis de Chihuahua:
Por décima séptima vez durante el tiempo que el Buen
Pastor me ha concedido estar al frente de la Iglesia particular
de Cd. Obregón, venimos en representación, en esta ocasión no tan
numerosa, de todos los fieles católicos que peregrinan en aquella
iglesia.
Anteriormente en este periodo, la Diócesis peregrinaba
junto con la Arquidiócesis de Hermosillo pero ya desde el año 1989,
estamos viniendo aquí en grupo. Siempre venimos con grande entusiasmo,
alegría y emoción, y no puede ser de otra manera pues venimos a
la casa de la Madre del Cielo, a la casa que ella misma pidió que
se edificara para atender las piadosas súplicas de cuantos aquí
la invocamos.
En este año, yo siento que nos acompaña desde el Cielo
alguien que mostró un afecto muy especial por María y que al encontrarla
aquí como Guadalupe, sintió que desde el principio hasta el fin
de su pontificado, lo protegió y lo ayudó en sus tareas de sucesor
de Pedro, de evangelizador del mundo, y que entregó hasta los últimos
momentos de su existencia el amor por el rebaño que Jesús le encomendaba.
¡Si, el espíritu de Juan Pablo II está aquí, en la Basílica
de Guadalupe!!! (aplausos) y desde aquí su presencia se extiende
a toda nuestra Patria mexicana. Me pareció un signo muy elocuente
el evento que al estar celebrando los funerales del papa se llevó
a cabo aquí en la Ciudad de México cuando el pueblo acompañó por
diversas arterias de la ciudad al Papamóvil vacío hasta esta Basílica,
pero la fe de toda la gente entendía que el espíritu del Papa amigo
de México estaba presente.
Así nosotros ahora sabemos que con nuestra peregrinación
de la Diócesis de Cd. Obregón el Papa guadalupano está aquí en espíritu.
Cuántas y cuán innumerables fueron las enseñanzas de Juan Pablo
para toda la humanidad y para nuestra patria. Quisiera reflexionar
en que él nos inculcó que nos confiáramos a Dios: ¡No tengan miedo,
abran las puertas al Redentor!. Nos inculcó que imitáramos a María
que confió tan profundamente en nuestro Señor cuando le respondió:
“Hágase en mi según tu Palabra pues he aquí que soy la esclava del
Señor”.
Nosotros, igual que el Pueblo Mexicano, venimos desde
Sonora con grandes angustias, con grandes problemas, con grandes
carencias en todos los órdenes, casi cada año tenemos que repetir
lo mismo. Sentimos muchas carencias en lo espiritual y en lo material,
las circunstancias por las que atraviesa nuestra nación y nuestra
tierra, como son la inseguridad, la violencia, la pérdida de valores
humanos y sobrenaturales, el narcotráfico, el crimen organizado,
la pornografía, la cultura de la muerte, el relativismo ético y
doctrinal, la falta de agua en nuestro suelo, todo eso influye para
que nuestra confianza en Dios se vea como un tanto o un mucho débil.
Eso hace que nosotros mismos nos vayamos haciendo un
tanto conformistas y nos vayamos dejando influenciar por el permisivismo
y vayamos contemporizando con muchas cosas negativas, como diciéndonos:
“al fin y al cabo que Dios no remedia las cosas, no escucha nuestras
súplicas, no nos concede lo que le pedimos”.
Pero es cuando Cristo nos dice: “Hombres de poca fe,
por qué no confían como mi Madre María”. En efecto, la Virgen siempre
fiel es la que nos puede ayudar eficazmente. ¿No lo hizo así con
Juan Diego cuando él desanimado, desalentado, quería que se le quitara
la misión que María misma le había encomendado?. Y es cuando María
de Guadalupe le hace ver que él había sido escogido y que va a tener
éxito muy positivo. Juan Diego como hombre de fe creyó que si podía
con la ayuda de aquella señora y niña suya, llevar a cabo la encomienda
que se le había hecho.
Pues bien, nosotros ahora que hemos padecido tantas
desilusiones, tantas engaños, tantas mentiras y que han hecho que
nuestra barca haya estado a punto de zozobrar o que inclusivo haya
zozobrado en varias ocasiones, digámosle a María, digámosle a Jesús:
“aumenta nuestra fe, no nos dejes caer en tentación, líbranos de
todo mal”.
¡Si!, María nos da y nos infunde confianza y nos repite
como en Caná de Galilea: “Hagan lo que él les diga”. Y claro que
queremos hacer la voluntad divina, signo de ello es que estamos
aquí en su casa y que para ello se han llevado a cabo muchos sacrificios,
muchas privaciones por varios meses casi desde hace un año que han
tenido que estar haciendo ahorros para emprender esta peregrinación
y llegar aquí.
Pero esto es signo que creemos por la fe que para la
peregrinación que llevamos a cabo en nuestra vida terrena hacia
la vida del Cielo también necesitamos de grandes esfuerzos, de muchas
renuncias, de ir por la senda difícil de la práctica de las virtudes.
No teman a los que matan el cuerpo, teman más bien a
aquellos que pueden llevar el alma y el cuerpo al lugar de castigo.
Pidámosle a María por todas nuestras necesidades espirituales
y materiales, que nos ayude a que aumente nuestra fe, nuestra esperanza
y que nuestro amor sea cada vez mayor. Que nos dé los recursos que
necesitamos para que haya trabajo y para que podamos desarrollarnos
en lo económico y en lo social.
Que también en lo político, en estos tiempos, nos conceda
que todo este ambiente que se respira, se componga, que sobre el
egoísmo domine el afán de hacerle el bien a los demás; que sobre
el afán de conquistar el poder para provecho propio y satisfacer
a intereses de unos cuantos, se imponga el querer de verdad desde
un puesto de mando, desde un escaño, desde un tribunal, servir a
los demás y no servirse de ellos para provecho propio.
Pidamos desde ahora que los ciudadanos que están tan
desalentados, desilusionados porque la política ha ido fracasando,
podamos confiarnos en que las cosas van a estar mejor.
Pero también de una forma muy particular, en esta peregrinación
les pido que pidamos a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu
Santo, por intervención de María, que en estos momentos quienes
están trabajando para que en un momento dado el Papa Benedicto XVI
designe al nuevo pastor, al nuevo obispo de la Diócesis de Cd. Obregón,
sean iluminados para que se elija y llegue con nosotros dentro de
algunos meses el pastor que más convengan en orden a apacentar la
grey de nuestra querida Diócesis.
Pidan por este indigno siervo del Señor que ha estado
como obispo desde hace 17 años y por unos meses más que faltan por
transcurrir para llegar a ser relevado, pidan que el Señor perdone
mis carencias, que el Señor me dé fuerzas para seguir sirviéndole
hasta el fin de la vida.
Ciertamente es la última vez que como obispo propio
de la Diócesis de Cd. Obregón, peregrino al frente de este rebaño,
pero serán algunas otras veces en que los acompañe con el favor
de Dios si el me concede como hasta ahora, salud y vida.
Al pasar pues a la liturgia de la Eucaristía, unámonos
a Jesucristo para que por el Espíritu Divino, este sacrificio Eucarístico
llegue a la presencia del Padre para adorarlo, agradecerle, pedirle
perdón y solicitarle auxilios y gracias para nuestra Salvación.
Que Santa María de Guadalupe a quien visitamos en esta
peregrinación y a quien llenos de gozo contemplamos en la imagen
que ha quedado impresa en la tilma de San Juan Diego, sea la intercesora
para que nuestra Patria, nuestro estado de Sonora y nuestros municipios
enclavados en la Diócesis de Obregón, caminen por la senda hacia
el progreso y la paz y todos lleguemos a poseer la Patria del cielo
en donde seremos felices eternamente.
Que esto que les deseo sea para juntos contemplar y
alabar a Dios, bendecir a la Virgen y a los santos y gozar eternamente,
convivir con todos los que se nos han adelantado y nos encontremos
allá. Amén.