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VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA POR MONS. JOSÉ LUIS AMEZCUA MELGOZA, OBISPO DE COLIMA, EN OCASIÓN DE LA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE COLIMA, A LA BASÍLICA DE GUADALUPE.

20 de octubre de 2005

 

Queridos hermanos Sacerdotes del presbiterio de Colima, Hermanos Laicos peregrinos y demás hermanos:

Nos presentamos hoy en esta Basílica un grupo de católicos, amantes y devotos de María la Madre de Dios, que venimos desde la Diócesis de Colima como peregrinos a visitar a nuestra Madre de Guadalupe, como suelen hacerlo otros muchos a lo largo de todo el año, de todos los rincones de nuestra patria.

Somos representantes de otros muchos que no pueden hacerse presentes hoy pero que están en comunión con nosotros, y queremos dejar en el regazo de María nuestras súplicas y plegarias, nuestras cuitas y sufrimientos, uestras alegrías y preocupaciones. Tenemos bien probado que Ella ha cumplido lo que le dijo a nuestro hermano san Juan Diego: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?".

Porque es la Madre y porque aquí dejó sus huellas al encontrarse con Juan Diego y nos heredó el tesoro de su imagen, por eso nos llenamos de alegría y venimos a veda y contarle lo que cada uno trae en su corazón.
Sabemos de antemano que Ella nos consuela y que marcharemos felices de haber conversado con "la Madre del verdadero Dios por quien se vive" (NM),


1.- La liturgia que nos ilumina.


Sabemos, como 10 acabamos de decir en la oración de esta celebración festiva ante Ella, que Dios ha querido ponemos bajo su especial protección y, además de consolamos con estas palabras, comprendemos que Ella nos lleva a quien tenemos que poner en el centro de nuestra vida, es decir a su Hijo Jesucristo. No podríamos comprender de otra manera nuestra fe en Jesús y nuestro amor a María. Recordamos claramente lo que hizo María en el primer milagro de la vida pública de Jesús y lo que dijo a los sirvientes de la fiesta, cuando faltó el vino: "hagan 10 que El les diga" (Jn 2,5) y por ello, al venir hoy a esta basílica, la casa de todos, sabemos que escucharemos de sus labios lo que dijo en Caná de Galilea, porque Ella no podrá decir otra cosa diferente, sino las palabras que nos Uevan ante quien debe ser el centro de nuestra vida, es decir hasta su Hijo. Si María de Guadalupe ocupa un lugar importante en nuestra vida religiosa, Jesucristo debe estar en el centro y continuar siendo el eje de toda nuestra vida de fe.

¡Madre de Guadalupe, recibe nuestro saludo y nuestra ofrenda, pero sobre todo recibe nuestros corazones y 10 que en ellos traemos, 10 nuestro y lo de aquellos que queremos. Podemos sentimos, como Juan Diego, "pequeños", escalerillas de tabla, gente menuda, sin importancia", pero ante Ti, Madre, somos hijos que han sido redimidos por la sangre de tu Hijo Jesús y que buscamos también, como tantos en nuestra patria, la felicidad!

Hermanos creyentes, cada vez que celebramos la santa Eucaristía escuchamos la Palabra de Dios en la que encontramos vida y fortaleza pata continuar. Ella nos ilumina el sendero de la vida, ella nos deja siempre enseñanzas para que las llevemos a la práctica y no lleguemos a sentimos deprimidos por las diferentes situaciones y problemas que tenemos en la vida. Hoy hemos escuchado que nuestro Padre nos recuerda cómo el hombre y la mujer de fe sabe, y no debe olvidar, que todo su ser, alma y cuerpo, debe ponerlos al servicio del bien, no dejamos arrastrar por la fuerza del mal. Dios ha querido hacer todo en su creación para servir a la criatura, que es 10 más grande que ha puesto en este mundo y ha sembrado en el corazón de todos, el deseo de la felicidad. Todos caminamos buscándola, algunos se van por caminos equivocados y no la alcanzan, otros, escuchando su palabra, entran por el camino que nos señalas y logran vivir mejor. Pero Tú, como Padre bueno, nos llamas a todos a alcanza.tJa"'Y nos dices que la plenitud de la felicidad la tendremos cuando lleguemos a verte cara a cara (Jn).


En nuestros tiempos, sabemos que hay una corriente fuerte que nos invita a dejamos arrastrar por ella y que conduce poderosamente, no al bien que Tú quieres, sino al mal. Los bienes que Tú quieres que sirvan y sean para todos, se van quedando en pocas manos; no hemos encontrado aún las formas más adecuadas para gobernamos y las personas que en verdad deseen preocuparse por el pueblo sino que van tras sus intereses, y la miseria. Del pueblo continúa creciendo; los desastres naturales también nos alcanzan y dañan cada año una u otra zona de nuestro suelo; nosotros mismos, tenemos que reconocerlo, no hemos recibido con gran interés el contenido de tu palabra salvadora y hasta podemos pensar que alcanzaremos la felicidad de manera casi mágica.

Vemos injusticias, vemos hermanos destrozados por la droga o el alcohol, observamos el número creciente de hermanos nuestros que buscan una mejor vida e intentan pasar a otro suelo para lograrlo y, frecuentemente, se encuentran con la muerte; constatamos que la familia se va desintegrando y que no encontramos los caminos para comprender la necesidad y la urgencia de salvarla.

Y con la miseria material, crece también la cultural y aumenta el número de hermanos que no pueden asistir a la escuela y formarse para la vida. Bien podemos decir que no hemos sabido poner nuestras fuerzas y todo nuestro ser al servicio del bien, y, quizá hemos colaborado en ocasiones a que crezca la fuerza del mal y nos hemos involucrado en la misma corriente.

Por todo esto tenemos necesidad de sentir la urgencia de pedir a Dios nuestro Padre, que por intercesión de la Nuestra Señora de Guadalupe, la Madre de Jesucristo y querida Madre nuestra, nos ayude a comprender mejor esta exigencia para poner nuestro esfuerzo y nuestra vida al servicio del bien. Si logramos caminar en esta dirección, lograremos obtener la santificación, lograremos llegar a ser hombres y mujeres maduros en su fe, que la comprenden y se dan cuenta de las exigencias que nacen de ella y que se tornan urgentes en nuestro tiempo y en nuestra diócesis.

En el Evangelio que acabamos de escuchar hemos oído a la vez que Jesús dice a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡Y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!” El señor hace referencia a su acción evangelizadora mientras vivió entre nosotros y manifiesta su deseo de ver toda la tierra abrasada y hasta consumida por el fuego que su venida enciende en el mundo. Debemos tener presente que el fin principal de su misterio, de la proclamación de la buena nueva y de toda su actividad y milagros se expresa con la imagen del fuego que consume y que lanza a lo inaudito. Quien está lleno del fuego del amor de Dios es capaz de lo extraordinario. En la visión de Jesús, su ministerio es "un bautismo" no sólo con agua, sino también con "fuego" (Lc. 3,16), un, bautismo que no va destinado únicamente a los demás, sino que le concierne también a él, él tiene que enfrentarse con la prueba. El ansía que esa realidad llegue a su cumplimiento, porque su bautismo está unido estrechamente con los objetivos de su ministerio, es decir con su muerte en la cruz. Por estos acontecimientos dolorosos muestra el amor que encendió su corazón y lo llevó a "dar la vida" por la salvación de todos. (Cfr. Fitzmayér, nI, p. 498).


II.- En el fin del año eucarístico.


Nuestra presencia en este lugar sagrado donde nos encontramos con María, se lleva a cabo en las postrimerías del año dedicado a la santísima Eucaristía y cuando los obispos de la Iglesia se encuentran reunidos con la cabeza de la Iglesia, con el Papa, reflexionando sobre este misterio fundamental de nuestra fe católica. Sabemos que la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de toda su acción evangelizadora, que de ella se ha alimentado a través de los siglos. Hoy mismo celebramos este misterio a los pies de María, la mujer eucarística, que acompañó a los discípulos del Señor en los albores de la Iglesia (H.Ap. 2,42) Y es bueno recordar lo que es parte de la verdad sobre la Eucaristía. Ella es el sacramento que nos convoca para hacer viva la experiencia de iglesia, para sentimos comunidad de creyentes que, unidos a Jesús ya toda la Iglesia, formamos ese nuevo pueblo de Dios que peregrina hacia la vida eterna. También alrededor de esta mesa comemos el pan de la vida, y por ello le llamamos la mesa del banquete; aquí encontramos el pan que nos fortalece y nos hace caminar con alegría en la vida. Siempre será triste que debiendo alimentamos con este pan, lo dejemos a un lado y perdamos las energías que nos ayudan para avanzar en nuestra vida de comunidad.


La Eucaristía es también sacrificio de Jesús que se ofrece por nosotros en la cruz, aquí lo tenemos a El, "el misterio de nuestra fe", como lo aclamamos cada vez que celebramos la misa. Ante este misterio de Dios que se acerca a nosotros y se queda en un pedazo de pan pata convertirse en alimento, nosotros reafirmamos nuestra fe diciendo: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor, Jesús!".

Hemos querido recordar en ésta mañana dos columnas de nuestra espiritualidad como mexicanos:" el amor a María y el amor a la santísima Eucaristía” .Los dos siempre 4eberían estar unidos, ellos son pilares fundamentales que nos llevarán a no perder nuestra identidad como pueblo religioso que debe dar siempre un lugar importante a Dios nuestro Padre en nuestra vida de cada día.

Al acercarse las próximas fiestas en honor de nuestra Madre de Guadalupe, sabemos que México vibra, en toda su geografía, con el anuncio de que María de Guadalupe desde el Tepeyac nos busca y nos convoca a reconocerla como la "Madre del verdadero Dios por quien se vive", pero también a escuchar la voz de ese "Hijo amado". Sabemos también que la tenemos presidiendo la Iglesia madre de la Diócesis, la catedral, y que desde allí nos convoca en nuestra tierra a estar atentos al llamado de Jesús y a no perder esta identidad mariana y Cristo-céntrica que tenemos el gozo de poseer en nuestra Patria. Al llevar con nosotros el gozo de este encuentro con María y su bendición maternal, que llevemos también la alegría de gravar en el corazón las enseñanzas de su Hijo Jesucristo. Que así sea.





 
 
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